El mundo estéril de otra generación perdida

transferrrrrrrrr

Estos días he estado releyendo un libro que me ha obligado a pensar de nuevo en la cuidad como algo deshumanizado repleto de personajes que van y vienen, cruzando sus caminos una y otra vez y construyendo una tela de relaciones.

Estos recuerdos me los ha traído un libro de John Dos Passos escrita a principios del siglo XX, que lleva por nombre Manhattan Transfer, una estación de tren que existía en New Jersey y que era la estación de transferencia que conducía a Manhattan.

En ella se habla de una forma bastante pesimista de los seres que habitan en la ciudad de Nueva York en la época de la Gran Depresión y en la que en realidad, la protagonista es la ciudad misma.

La novela posee rasgos muy parecidos a los de El gran Gatsby, sólo que  ésta habla del éxito, mientras que Manhattan Transfer habla del fracaso.

El tipo de personajes que describe Dos Passos, y que habitan la metrópoli, son bastante intrascendentes. La mayoría de sus personajes son obreros, amas de casa, políticos, estafadores o triunfadores.

Y pensando precisamente en este cuadro de Nueva York, no puedo más que hacer una comparación con la corteza de las urbes gigantescas de hoy en día en las que el ser humano se pierde en una maraña de superficialidad sin lograr dar un sentido real a sus vidas.

Nos hayamos ante una crisis, no económica, sino ante una crisis de valores en la que priman precisamente las cosas que carecen en realidad de importancia. Una situación equivocada que nos ha llevado a relegar a un segundo, tercer o cuarto plano la esencia de lo que nos hacía ser felices. Impulsándonos a comprar trozos falsos de esa felicidad perdida a través de pequeñas satisfacciones materiales, que sólo sostienen a unos pocos y empobrecen a la mayoría.

¿Acaso la historia se repite una y otra vez, forzándonos a despertar de nuestro estúpido deambular y atendamos a lo realmente esencial de la vida?

Podemos pensar que esto ocurre porque sí, o podemos decantarnos hacia cuadros que se repiten porque este es el plan que quieren que sigamos.

Dos Passos fue miembro de la denominada Generación Perdida, en donde también se incluyen autores como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Ezra Pound, William Faulkner, o John Steinbeck. Todos estos escritores, plagaban sus libros de desfiles de personajes dominados por la soledad y la angustia existencial; personajes que se encontraban en un mundo estéril y cuarteado moralmente. Un mundo enmarcado por la gran guerra y el crack financiero norteamericano.

John Dos Passos ataca la hipocresía y el materialismo de los Estados Unidos entre las dos guerras mundiales. A mi juicio dos elementos muy presentes en la sociedad de hoy en día que están llevando a la sociedad hacia un agujero en el que ya se hallan inmersas más de dos generaciones y del que será difícil salir.

Una sociedad que desconfía de su futuro y que da tumbos ante la falta de valor que aportan sus dirigentes, ante la carencia absoluta de ideales, movida por la premisa del sálvese quien pueda, en la que prima la deshumanización de crecientes monstruos urbanos. Y una época marcada también por un individualismo feroz en el que hemos abandonado normas esenciales, en otros tiempos pilares en los que se sostenía nuestra sociedad.

Y ante esta situación, cuya solución veo muy lejana, sólo se me ocurre pensar que si, como viene ocurriendo desde hace siglos, la historia se repite en ciclos, esta crisis de valores tendrá una solución, aunque aún no la podamos vislumbrar.

Confiemos en que así sea.

Un nuevo año… o no

feliz-ano-nuevo-2014-L-JKydwK

Parece que el año empieza como terminó, con una gran tormenta.

Estoy sentada delante de mi ordenador y me pregunto hasta cuándo van a aguantar los cristales de las ventanas todo ese viento, granizo y el rugir furioso de las olas.

Puede que la tormenta pase, pero hay cosas que por mucho que nos obliguen a repetir, no van a pasar.

Este año, como siempre, dejaron de “crear” noticias para ocuparse de mantenernos informados de “lo importante”: las campanadas, las uvas, que hay gente que se muere de hambre, pero sólo por Navidad, el Gordo de la Lotería, lo gordos que nos ponemos por estas fechas y todas esas impactantes noticias que repiten y repiten año tras año con cara de inusitada novedad. En fin, para eso les pagan.

Es curioso que no ocurra nada mientras hay fiestas o vacaciones, pero en cuento cesan, las noticias empiezan a crecer como hongos.

Cada hongo creado con algún fin, claro, con su conclusión y todo, ya que la gente no es capaz de sacar conclusiones por sí misma. No importa, se las dan hechitas para que las repitan durante todo el año: “Estamos saliendo de la crisis” “Parece que hay brotes…” “Hay que marcharse a Alemania” “Nuestro sacrificio ha dado sus frutos”…

Eso de repetir y repetir la lección una y otra vez, funciona. Se la creen. El problema es que les plantees algún tipo de pregunta sobre temas que tienen tan claros. Ellos se saben la frase que les ha dado “el profe” en los apuntes. Es más, no dudan de su veracidad, pues la han visto por escrito o la han oído en algún medio, no importa cuál sea. Sólo por ello, tiene credibilidad. Vamos, ¡qué vulgaridad eso de poner en cuestión a la autoridad! Anda, me ha salido un pareado.

Aparte del comienzo de temporada con la invención de noticias, hay otra estrategia muy útil e igualmente repetida, la ocultación de otras que es mejor que no sepamos. Es mejor lo de la fe ciega, en plan secta.

Existen pues, temporadas sin noticias, período de creación o invención de noticias y “no noticias” de cosas que sí ocurren, pero que no debemos conocer.

Tampoco todo esto importa demasiado, pues los votantes, que son los que en realidad interesan, están de rebajas y después de éstas, tienen que empezar a hacer régimen para primavera y luego llega el verano y ¡puf! vuelta al apagón de noticias. Algo encontrarán que puedan repetir para aquellos desgraciados que no puedan marcharse de vacaciones.

Bueno, voy a asegurar las ventanas para que no las rompa el viento. Vamos, que empiezo el año, como lo acabé, oyendo el rugido del viento y negándome a dejarme embaucar por las “no noticias”. Rara que soy.

¡A comprar!

comprassssssssssssss

 

¡Se ha abierto la veda, todo el mundo a comprar!

Las calles se han convertido en un zoo de mujeres ataviadas con abrigos y chaquetones de animales de lo más variopinto. Tigres, conejos, panteras, zorros ¡Parece la selva!

Y es que este año todos los mensajes van dirigidos a convertir a las mujeres en peluches con patas. Y, ante ciertas órdenes es mejor no rebelarse. Ellas lo saben y, por eso las acatan.

Han corrido a comprarse cualquier cosa que tuviera pelos y corren por las calles disfrazadas de mofeta, koala o tigre.

Está permitido ponerse un abrigo de imitación o uno de verdad, eso no importa. Unas van de “mira cuánto me he gastado” y otras de “yo soy ecologista y no me gusta matar bichos, en público claro”. Si te has comprado uno de mentira y otro de verdad, mejor. Este año lo que pega es combinar la alta costura, con lo más tirado.

Si no lo sabes, es que no estás enterada de nada, me refiero a que no estás en el mundillo de las noticias verdaderamente importantes.

Las tarjetas de crédito se adueñan de las calles durante estas fechas, al fin y al cabo son las encargadas de mantener el nivel de gasto exigido para pertenecer a la casta del “yo también puedo”. Se usarán hasta que les dejen pulirse la paga extraordinaria. Eso queda mucho mejor, porque vas sacando billetes por ahí, como si pertenecieras a algún sindicato o partido político y es que lo de robar siempre ha sido de mucho más nivel ¡Jo, qué fuerte!

¿Y los hombres? Ellos que solían protestar ante toda esta avalancha de consumismo, ya han sido amaestrados por las campañas publicitarias de las que no se libran ni pegados al iPad, por sus mujeres o por cualquier empresario que haya ido a por ellos, y a por sus carteras, claro.

Todos ellos, han conseguido que se unan al circuito de “no sé  hacer otra cosa que comprar”. Y por eso, ellos llevan unas camisas super monas con unas coderas que tienen por fuerza que ser de algún color distinto al de la camisa ¡sino serían de otra temporada! Los pantalones, ah pues, muy “fit” por muy feas que tengan las piernas, si se les cae, mejor, así vemos la marca del calzoncillo ¡qué asco! ¿no? ¡Pero, jo cómo se lleva!

Aunque lo último de lo último este año, es irse al super con el abrigo de pelos y con sombrero. Es por el viento que suele correr entre las latas de tomate, me imagino.

Lo del sombrero de alas con una pluma saliendo, mientras cargas tres bolsas de plástico que te cortan la circulación de las manos, es lo más de lo más. Y si además, llevas los labios pintados como una “It-Girl”, ya ni te cuento.

El modelito hay que lucirlo y ¡dónde lo vas a lucir si no haces otra cosa que ir de compras y al super! Bueno, a veces, también van al super y de compras.

Los telediarios comienzan también a hacer su labor para favorecer el consumismo en otros ámbitos, por si se nos olvidaba algo. Vamos que se preocupan de que no sólo llevemos al bicho en el abrigo, sino que también nos lo comamos.

Y los locutores, con cara de estar confiándonos un secreto de estado, nos advierten de que ¡la gente ya está congelando los percebes o el capón!

Y cierran la noticia con otra pequeña pista a modo de orientación, necesaria para no hacer el ridículo respecto a la media de la “population”: “Este año los españoles nos estamos gastando una media de 180 euros ”. Y si queremos quedar aún por encima de la vecina del cuarto, pues nos gastamos hasta 220 euros ¡Toma ya!

Y es de agradecer que nos lo digan porque, parece ser que si esperamos más, vamos a tener que comprar mucho más caro.

Hay que andarse con ojo, advertencias como ésta, no se pueden dejar pasar por alto. Es aquí cuando todas las señoras, apremiadas por la extrema necesidad de machacarse trabajando como esclavas en la cocina otro año más, forman infinitas colas, creyendo que son sólo ellas las poseedoras del secreto de que hay que congelar.

Y yo, que no soy nada práctica, no sé si repetiré lo de cenar las croquetas del año pasado, o si, en su defecto, me cocinaré una de esas tortillas de patata que me salen tan jugosas. Lo que sí me estoy pensando este año es, lo de cenar de sombrero.

¿Conoces a Manolo?

011

De todos los animales de la creación, el hombre es el único que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir.

John Steinbeck

Manolo es un personaje al que le gusta comer y beber. No me gusta presenciar sus visitas a los restaurantes más exclusivos que, en su caso, salen siempre del bolsillo del contribuyente.

Puedo decir que empiezo a sentir repugnancia con tan solo verlo ojear la carta y comentar los platos que puede comer y los que ya comió.

Cuando pide una botella de vino, siempre duda, pero no porque entienda de vinos. No entiende en absoluto, sólo pide los más caros, que supone son los mejores. Utiliza su duda, para pedir dos botellas, con la excusa de comparar. Botellas que siempre termina.

Durante la comida desfilan ante él platos diversos y le gusta probar aunque su estómago no se lo pida, por pura ambición.

En general, me gusta ver cómo la gente disfruta de una buena cena y de un buen vino, pero en el caso de Manolo, tengo que decir que detesto presenciar sus copiosas comidas.

Sin embargo, lo peor es escuchar a Manolo parlotear durante horas sobre temas superfluos. Sus conversaciones nunca son nuevas, son repeticiones y remakes de otras con frases que repite constantemente con el único fin de rellenar, porque para Manolo no existe eso que se llama silencio. Es un discurso ininterrumpido que no cesa.

Manolo no puede dejar de hablar sin decir nada. Tiene miedo del silencio, teme incluso que los demás hablen porque sabe que su cerebro no puede prestar atención.

Come, bebe y habla sin cesar. Vive y cultiva una continua superficialidad. Elabora un vacío que lo hace inexistente, que lo borra, que hace que los demás, incluso él mismo, quieran prescindir de él. No vive para sentir, sino que vive para aturdirse y así, no sentir. 

Manolo es sólo un traje y una corbata bien pagados. Ese tipo de personas a los que les pagan para no pensar, sino para estar.

Supongo que tú también conoces a Manolo.

 

Rodeada de zombis

zombies-h

Hoy quiero dedicar un pequeño espacio de mis pensamientos a todas aquellas personas que se cruzan en mi vida a diario y parecen estar muertas.

Quizá lo estén, no lo sé, porque no hablan, sólo caminan en línea recta con los ojos mirando hacia el horizonte.

Sus miradas no se cruzan jamás con las de otro ser vivo.

Si les das paso en la entrada de alguna tienda, no sale de ellos ni la más mínima palabra.

Si te pisan un pie con el carrito del niño, siguen avanzando como si tu pie formara parte de la acera.

Si les dices buenos días, su cara no muestra ningún signo de vida.

Si los insultas, no oyen.

Si les sonríes, procuran no hacer ningún gesto que pueda delatar que se han enterado.

Si los conoces, hacen que eres invisible para ellos, aunque luego se vuelvan a mirarte por detrás.

Si les das las gracias, tuercen la cara hacia otro lado.

Ellos no son conscientes de que están muertos, pero lo están. Han practicado tanto, que se han muerto.

Creo que la próxima vez que me cruce con ellos, voy a cerrarles la puerta en las narices. He oído decir que los zombis son tan imbéciles, que no se les ocurre abrir las puertas. Sólo se quedan detrás de ellas y las arañan.

A ver si así consigo que no entren más en mi vida.

Ahora mismo vuelvo, voy a cerrar la puerta.

La ley del silencio

House-cards-protagonizada-Kevin-Spacey_NACIMA20130202_0400_19

Hay silencios que transmiten paz y serenidad, sin embargo hay otros que irritan y enloquecen.

En España hay silencio. Un silencio que tiñe las calles del vacío de la desilusión.

Un silencio que anuncia un acontecimiento.

Las palabras fluyen firmes y raudas, pero a nosotros no nos dejan oírlas. Hay ciertas conversaciones que siempre se han mantenido lejos de la mayoría.

No nos dejan participar de estas conversaciones, siempre lo han hecho. Sólo cuando el resultado es el esperado, dicen que nosotros somos sus artífices por elección democrática.

Me gusta el silencio, pero no éste silencio. Es el silencio que alimenta la ignorancia.

Cuando no hablan es que ya hay un plan, que no conoceremos hasta que no esté hecho, firmado y en marcha. Entonces sí, lo sabremos. Tendrá otra forma, estará disfrazado de la mejor arma de manipulación: las palabras.

Sólo algunos verán bajo el disfraz. El resto no se enterará porque la ruptura del silencio, coincidirá con la salida de algún aparato más al mercado, para que sigan creyendo que son felices.

 

Reforma de la Ley de Tráfico y Seguridad Vial

Congreso-de-los-Diputados1

Hoy el Consejo de Ministros ha dado luz verde y envía al Congreso la reforma de la Ley de Tráfico y Seguridad Vial que, entre otras cosas, incluye pruebas de alcohol a los peatones que infrinjan normas de circulación.

Y yo me pregunto, ¿por qué no hacen una prueba de alcoholemia a los señores diputados para asegurarnos de que no votan bajo los efectos del alcohol?

Aunque supongo que ni soplados, ni sin soplar, tienen arreglo.

Ethos, Pathos y Logos en el discurso político

 

40FDAC011Hace ya tiempo que vengo observando como los ojos de muchos políticos se vacían mientras pronuncian un discurso, como si las pocas neuronas que les circulan con dificultad, se fueran a dormir la siesta un rato.

A otros les da por pestañear frenéticamente cuando se les hace una pregunta que no tienen intención de contestar, procurando no mirar de frente a nadie  y actuando como si no se les hubiera secado del todo la máscara de pestañas.

Otros repiten frases vacías sin tono alguno y vacías de mensaje, como si pensaran que se les paga por mover los labios.

La retórica tiene su origen en la Grecia clásica. Aristóteles escribió en su famosa Retórica que existen tres tipos de argumentos persuasivos:

  • Ethos  que se refiere a la credibilidad del orador y su relación con la audiencia.
  • Pathos que se refiere  al receptor del discurso, es decir, a los  argumentos emocionales que pueden incluirse en un discurso, como  las historias, anécdotas, analogías, metáforas, símiles, narradas con pasión.
  • Logos que se refiere a los argumentos lógicos apoyados con evidencias sólidas que apelan a la razón.

Probablemente cualquier político que pudiese leer el comienzo de esta entrada, no llegaría ni a la tercera línea sin quedarse dormido.

Y es esto mismo lo que nos ocurre a nosotros cuando les escuchamos argumentos que a ellos mismos les producen somnolencia. Esa pesadez de ojos que les produce la frecuente falta de actividad cerebral.

No es únicamente que carezcan de las mínimas habilidades para pronunciar un discurso, si no que llevan tanto tiempo representando la misma obra de teatro, ensayada hasta la saciedad en conjunto por los partidos políticos ya sean éstos de color rojo, azul, verde o violeta, que aunque antes tampoco se creían ustedes sus insultos, ahora el problema es que su “ethos”, es decir, su credibilidad es completamente inexistente y aunque procuren disimular con enfados fingidos y falsa pasión, carecen de empatía alguna con la situación a la que nos han conducido a conciencia y de forma reiterada a través de los años y de las legislaturas.

Para mentir, también hay que esforzarse y ustedes, ya ni se molestan en eso.

Un recorrido de años tapando las chapuzas los unos a los otros, poniéndose de acuerdo tanto para subirse los sueldos, como para firmar de todo a nuestras espaldas que, aunque tuviesen la habilidad de los antiguos oradores, no convencerían a nadie, pues su credibilidad se ha agotado hace demasiado tiempo.

Por tanto, llegados a este punto, aunque fuesen unos expertos en el arte del discurso, ni su ethos, ni su pathos, ni su logos, podrían salvar lo que pensamos de ustedes. Nuestro pensamiento está ocupado en como iniciar un profundo proceso de purificación de arriba a abajo y sin más dilación.

Ya que nos han dejado en tierra baldía.

Un cóctel muy especial

1de3acbe20feab162d9a09663f15ba4f

Llevaba cinco días ya, recluida en un hotel de la Isla de Lanzarote con unos cuantos turistas ingleses y alemanes, en lo que se suponía iban a ser unas relajantes vacaciones para descansar.

Su estancia transcurría a diario a toque de corneta. Cuantos más días pasaban, más enclaustrada se sentía. Le parecía haber sido reclutada en el ejército, pero en período de guerra, por lo rígido de su horario y obligaciones. Todos los huéspedes del hotel corrían de un lado para otro como sitiados por los Unos… y los otros. Nada tenía que ver aquello con un período de descanso vacacional.

El problema no era la isla, sino su acompañante masculino.

El susodicho, se empeñaba en levantarse al alba y hacer cola, plato en mano, junto con todos los guiris, para desayunar todo lo que pudiese meter en su barriga hasta prácticamente reventar. Ese era su plan de las mañanas.

Acto seguido, libro en mano, no para leer, sino por su manía de  esconder la cara detrás algo, se procuraba una tumbona en la piscina del hotel. En este momento del día, desaparecía cualquier signo vital que hubiese podido haber antes del atracón, quedando el sujeto en un estado de letargo hasta bien entrada la tarde. Cuando su pequeño cuerpo terminaba el laborioso proceso de la digestión, parecía que cobraba algo de vida, no mucha, pero algo sí.

Por la tarde, se abría el bufet gratuito de nuevo, reanudándose con ello su actividad y la de ella, por desgracia. Claro que sólo a su novia se le había ocurrido contratar un paquete vacacional con desayuno y cena incluidos, sabiendo que iba acompañada de la persona más tacaña que ha puesto los pies sobre la faz de la tierra. Y no exagero, pues aunque esto lo lea alguna persona afectada por el mismo defecto, no creo que lleguen a apagar los limpiaparabrisas del coche en medio de una tormenta a riesgo de sufrir un accidente mortal, para no gastar la goma que roza contra las lunas; ni tampoco ser capaces de apagar un coche cargado hasta los bordes, para arrastrarlo y frenarlo continuamente con el fin de ahorrar gasolina en un peaje. Creo que, a estos extremos es difícil llegar ¿no? Pues él llegaba sin problema.

Sin embargo, ella llevada por su empeño en disfrutar de aquellos días, intentaba moverse, nadar o entablar una conversación con el cuerpo inerte que había arrastrado hasta aquel lugar. Y lo cierto es que no solía conseguirlo, quizá él pensara que al mover la lengua se le escapaba alguna caloría. Había que acumularlo todo.

Como digo, sumida en su aburrimiento y después de haber leído más que si la hubiesen encerrado en una biblioteca, se iba a nadar. El sol canario la quemaba, entonces subía a la habitación so pretexto de ponerse crema, o lo que fuera, para cruzarse por el hotel con algún ser vivo.

Por la noche ocurría otro tanto de lo mismo, vuelta a la dichosa cola plagada de los guiris zombi que se apiñaban para conseguir su tajada gratuita del bufet y su novio, pelín ansioso, poniéndose constantemente de puntillas, plato en mano para ver qué bandeja se estaba vaciando antes de poder catarla. Los camareros que las reponían, miraban la cola de famélicos turistas con gran desprecio, pero ella intuía que a su novio, más bien, lo querían asesinar. Tal era la imagen que daba con su diminuta figura, saltando, mirando fijamente a su presa, casi sordo de pura concentración.

Ella solía esperar sentada en alguna mesa con cara de aburrimiento extremo, observando y preguntándose por qué no les había hecho caso a sus compañeros de trabajo cuando la habían avisado sobre irse de vacaciones con una pareja con tantas “cualidades”. Su depresión se incrementaba mientras observaba cómo el pobre hombre arrastraba los pies hacia atrás sobre la moqueta del restaurante, igual que hacen los toros cuando van a embestir. Tal era su estado de ansiedad por apropiarse de cuanto más mejor, para regresar finalmente con el plato rebosante de una torreta de alimentos mezclados que sólo servían para empacharlo hasta casi morir.

La mirada de desprecio de la mujer se iba pareciendo cada vez más a la del camarero que la miraba extasiado, como preguntándole, “¿te hacen falta más pruebas para deshacerte de él cuanto antes?” La verdad, tenía razón, pues cuanto más lo observaba, más le recordaba a algún bicho de esos que ven los hombres en los documentales, pues acumulaba tanta comida en alguna parte que parecía que iba a hibernar. Claro que, respetaba más a esos bichos que por lo menos pensaban en sobrevivir, no en ahorrar.

Pero con todo esto, sus vacaciones se estaban convirtiendo en una especie de rutina militar que trascurría en observar todo ese ritual repetido al milímetro a diario, aderezado por interminables siestas para que él se recuperarse entre comida y comida.

Un día tomó una decisión. Ella no se había trasladado desde Bruselas a Madrid, sobrevolado Casablanca y aterrizando con el avión haciendo piruetas sobre sí mismo y ella con todos los pelos de punta, para pasarse las vacaciones de un típico turista aburrido. Estaba cada día más roja por aquel sol de justicia y más gorda por la huelga de su metabolismo a causa de la depresión.

Aquello no podía seguir así. Había que hacer algo. Primera gran idea: alquilar un coche. Decidido. “Lo pago yo, me da igual, para eso lo gano”, pensó.

Sin embargo, también quería cortar con todo ese ritual espeluznante de dominguero triste, en este caso, de catalán tacaño. Nada de irse corriendo a la cama a dormir a toque de corneta, levantarse al siguiente, comer como un cerdo y regresar a Bruselas con mucho peor aspecto y más hundida que si la hubieran metido en Alcalá Meco, que seguro que es mucho más entretenida que aquello.

A esas alturas, a ella le daba igual su cara de desaprobación, pues tenía unas ganas infinitas de disfrutar de aquellas vacaciones tan merecidas tras largos meses en la planta once de su despacho, observando el cielo plomizo de Bruselas. Quería unas vacaciones, de esas que siempre había odiado, de esas de las que su familia siempre había huido, quería unas vacaciones horteras.

Esta noche iba a salir, por fin. Una juerga en toda regla. Aunque, nada más abandonar el hotel, para su desgracia, ya se sentía como todas las noches. Barriga hinchada y empezaban a picarle los granos que le habían salido por el sol, junto con unos bultos probablemente debidos a algún alimento del hotel que le había sentado mal. Vamos que,  entre los bultos en las manos, los granos en la cara y la barriga como de una embarazada de seis meses, podéis perfectamente imaginar que no estaba en el momento más atractivo de su vida. Razones por las que necesitaba sol, descanso, y bajar el estrés.

Ya en la recepción del hotel recibió la primera señal de alarma que la avisaba de que la salida nocturna no era muy buena idea, aunque en su decidido afán por darle un nuevo rumbo a esas vacaciones, decidió obviarla. El recepcionista les advirtió de que soplaba monzón. “Bueno, vale ¿y qué? Ni idea, ni le importaba”, pensó. Un poco de viento no la iba a frenar ¿Un poco? Aquello era todo un huracán. Imposible caminar, pelos de punta y falda equivocada. No es que empezara muy bien la cosa, pero ella ni caso.

Su determinación era más fuerte que el viento y en su cabeza sólo había cabida para un pensamiento. Tenía que sacarse la depresión de encima y como “la cosa” que llevaba al lado, no se caracterizaba por su animada conversación, lo único que se le ocurrió fue emular una película de Harrison Ford llamada “Siete Días y Siete Noches” en la que hacía buen tiempo, la protagonista estaba delgada y había muchos cócteles decorados con sobrillitas horteras. El tiempo no iba a mejorar, por lo menos esa noche, menos probable era que su pareja se convirtiese en Harrison Ford, o lo que hubiese sido mejor, que mantuviera una conversación interesante y su colón tampoco iba a deshinchar. Lo único que le quedaba era el plan de las sombrillitas. Se plantó en su cabeza la idea de tomar el cóctel que tuviese más colorines y más alcohol de la isla. Tenía que animarse aunque fuese artificialmente.

El viento soplaba cada vez más fuerte y no podía ni caminar, ni ver por donde pisaba. Se limitaba a seguir un paseo empedrado. Llegó el milagro. Tras una caminata de medio kilómetro luchando contra los elementos de la naturaleza, se alzó antes sus ojos un enorme y lujoso hotel. Su cara se iluminó.

La entrada ya prometía. Piscinas de agua trasparente, iluminadas por un centenar de focos que las hacía brillar como diamantes azules en la oscuridad. Su novio miraba hacia el suelo, a falta de poder taparse la cara con algún papel, libro o documento. Según observó, para entrar en el edificio, había que cruzar un puente de madera construido por encima de la piscina principal que tenía muchas palmeras y arbustos a los lados. Fantástico. Ya se imaginaba en la selva, sus pensamientos se disparaban y le parecía que pronto iba a aparecer un oasis ante sus ojos, quizá plagado de luces estratégicamente colocadas para ocultar granos, barrigas y al final de todo eso, habría un amable camarero con alguna bebida exótica. Esperaba que, por lo menos eso, le bajase la cena y le hiciese pensar que el viaje había merecido la pena.

El puente los condujo por encima del agua cristalina y ya desde éste, vislumbraron el hotel por dentro. La perspectiva de ver gente, quizá tener alguna conversación agradable, tomar alguna bebida maliciosamente cargada de ron isleño que la animase un poco, ya era más que suficiente ¿Qué otra cosa podía pedir esa noche? Bueno, quizá… que no le saliese otro grano.

Entraron entre las quejas de su acompañante, el cual se lamentaba, porque no entendía los motivos para cambiar de hotel, ni tampoco sus  ganas de beber un cóctel, cuando podían beber toda el agua que quisieran, gratis, en el suyo.

Obviando su pánico, ella se fue directa a la entrada. Nada más entrar se le pusieron los ojos como platos al ver una mesa muy hortera con telas horrendas, rosas y fucsias que colgaban hasta el suelo, con lazos enormes de adorno. En el centro de la mesa había un gran cartel que ponía “Coctel Especial de la Casa” ¡Ahí estaba! ¡Lo sabía, lo había logrado! Se le empañaron los ojos de felicidad. Justo lo que necesitaba. Esa noche estaba dispuesta a pasarlo bien y nada ni nadie le iba a amargar esos momentos.

No es necesario mencionar que lo primero que hizo cuando se acercó el camarero fue señalar la mesa, ansiosa como una niña pequeña, los ojos chispeantes de ilusión. Él, resignado, pidió lo mismo.

Tras una dura espera de unos diez minutos, les trajeron dos enormes copas con sombrillas y pajitas como de un litro cada una. Era perfecto, ella sonreía como una niña ilusionada ante su bomba alcohólica.

Comenzó a sorber por la pajita. Trascurridos unos diez minutos esforzándose en chupar y chupar por aquel tubo fluorescente aquel líquido prometedor y afrutado, no conseguía efecto alguno. Era normal. No podía aspirar a un enorme grado de animación instantáneo con unos cuantos sorbitos. Se recostó en el sofá e intentó entablar una conversación. El mutismo de su compañero era, en este caso, para mostrarle su desaprobación ante aquel desmadre.

Decidió seguir con lo suyo, pero esta vez, nada de pajitas, hundió sus labios entre los hielos para amainar su creciente enfado y cerró los ojos. Bebió hasta media copa. Cada vez sentía que le apretaba más la falda. Aquello de sentirse bien no estaba funcionando ¿Qué le pasaba? No acertaba a dar con el quid del asunto. Ella, que con una sola copa de vino, charlaba por los codos totalmente relajada, esta vez no lo conseguía ni con alcohol de 40º. No lo entendía. Claro que, como en aquella isla todo tenía su ritmo, que era más bien lento, quizá el alcohol que fabricasen también lo hiciesen para que se subiera poco a poco. Seguro que era eso, pensó. Si es que le encantaban los canarios, eran tan relajados.

Persistencia no le faltaba, bebía y bebía con el único fin de perderse en los brazos de Baco, pero hasta Baco la había abandonado.

Cuando su copa estaba prácticamente acabada y se sentía como el pez globo, pero con falda, su colón estaba a punto de salir y gritarle que dejase de tomar tanta fruta y también al mamón que hacía que se le irritasen los intestinos, un día sí y otro también. Pero su colón no salió. Se lo comunicó en forma de dolor sordo, diciéndole: “puedes seguir metiendo lo que quieras, pero ya sabes que cuando me planto, me planto, y de aquí no va a salir nada en varios días. Si sigues con esto, sólo vas a conseguir hinchar aún más”

Empezó a pensar que hasta el cóctel estaba trucado. Le preguntó a su novio si notaba el efecto del alcohol, pero como a él le encantaban las cosas dulces, le dijo que no lo notaba de momento, pero que le parecía que estaba muy bueno.

A esas alturas, ella había alcanzado su límite de paciencia. Llamó al camarero y le dijo, intentando calmarse, que le explicase el contenido del “Súper Coctel Especial de la Casa”, porque ella sólo lo encontraba especial si lo que querías era beber líquido suficiente como para hacerte una ecografía abdominal a la salida del hotel.

El camarero, con cara de extremo aburrimiento comenzó a soltar la interminable lista de ingredientes que contenía mientras alzaba los ojos hacia el techo, intentando recordarlos todos. Cuando iba por el décimo, lo interrumpió para ir al grano: 

“¿Cuántas clases de alcohol tiene?” “No contiene alcohol, señora”.

Aquella corta frase se le clavó como un cuchillo, no pudo articular palabra ¡Todas esas calamidades para después tomar un litro de fruta triturada! No podía ser cierto.

Era una crueldad ¿Hasta dónde iba a llegar aquella tortura? Llevaba más de una hora haciendo esfuerzos ímprobos para tragarse el cóctel más afrutado y azucarado de toda su vida lo más aprisa que había podido ¿Y no contenía ni una miserable pizca de alcohol?

Regresó a su hotel después de tan fallida y amarga experiencia. La barriga le llegaba aún más allá que antes, las frutas se habían unido a la cena gratuita del bufet y su depresión llegaba mucho más lejos que todo ello junto.

Su novio la cogió por los hombros al cruzar las puertas del hotel y le dijo: “¿Ves qué bien? Después del paseo, estamos cansaditos y ya podemos ir a dormir que mañana hay que bajar prontito a desayunar”.