Calamitosas vulgaridades y maquillaje de palabras

 

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Cuando se me acerca un hombre que quiere ligar y lo primero que me dice es: “Yo soy un hombre muy sincero” aunque yo jamás se lo haya preguntado, ni se me haya pasado por la cabeza que no lo fuera, ¿no es algo sospechoso que sea su primera frase? Vale, eso se traduce en mi cabeza como: “Este tío es un mentiroso”.

Excepto en contadas ocasiones y por motivos fundados, no miento, por tanto no suelo presentarme a la gente y decirle, “¿Sabes qué? Yo no miento nunca”. Si alguna vez lo digo, marchaos rápidamente.

De igual manera, cuando se me acerca alguien y me dice: “Yo trato muy bien a las mujeres”. Aparte de sonarme machista, me suena a que las trata fatal. Y ya cuando ves que va saludando a las tan bien tratadas féminas y ellas responden dando imperceptibles e inconscientes pasitos hacia atrás, la cosa queda meridianamente clara.

Existe otra frase que me pone verdaderamente enferma, comprendo que debe de tratarse de alguna moda salida de algún descerebrado y a la gente se le ha pegado. Me refiero a: “Soy muy amigo de mis amigos” Pero, ¿de quién vas a ser amigo, de tus enemigos? Hace falta ser inepto. La frase que quieren decir es: “Tengo muy buenos amigos”.

Hay otro tipo de hombres que te advierten con premura que “jamás les faltes al respeto” La verdad, nunca lo he entendido. Es como si yo me acerco a alguien y le espeto a la cara “No me toques nunca este ojo”. Evidentemente es que tengo un problema con el ojo. Pues lo que les pasa a éstos es que sí les han faltado mucho al respeto, es decir, que tienen la autoestima por los suelos.

De igual manera, no llevo nada bien los cambios en las expresiones que se han utilizado toda la vida para intentar hablar de una manera más culta.

Me refiero a frases como: “me están comiendo la cabeza”, en vez de “me están comiendo el coco” o “me están lavando el cerebro”. Es la expresión de toda la vida. Y además, no se dan cuenta de que la cabeza es lo de fuera.

Hay otros que, en su afán de hablar de una forma “más fina”, se empeñan en evitar a toda costa mencionar la palabra “pelo”. Ellos carecen de pelos ¡qué asco! Y suelen decir: “Se me ponen los vellos de punta”. Y aunque la palabra “vello” se utiliza, jamás se usó en esta expresión tan corriente, hasta que la acuñó la Pantoja, qué sí tenía un problema de pelos.

Asímismo, estoy harta de oír continuamente en los medios de comunicación más prestigiosos la expresión “personas humanas” ¿Es que existen las “personas inhumanas”? Yo las llamo simplemente “animales”.

No hace falta que intentemos mejorar estas expresiones de nuestro idioma. Están ahí para ser utilizadas con propiedad y dentro de un registro concreto.

 

Aprendizaje e influencias

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Nunca he sido consciente de la influencia que han tenido mis palabras y mis actos en los demás.

Siempre he sido ese tipo de personas que consideraba que no crecía en ningún sentido, si no se ponía en alguna situación que le causaba esfuerzo, miedo o la hacía sentir incómoda.

Desde muy pequeña, en aquellos veranos en los que mis padres me embarcaban en un avión para pasar un mes de verano en el Reino Unido, supe lo que significaba la palabra aprender.

Aprender pasaba por la etapa en la que desconocía el terreno que pisaba, arriesgaba, me equivocaba en las respuestas y, al fin, comenzaba a acertar.

A lo largo de ese trayecto, mi esfuerzo siempre se veía recompensado por una sensación de satisfacción enorme causada por haber vencido algún tipo de obstáculo o dificultad. 

Creo que la manera más efectiva de aprender es mediante experiencias palpables, es decir, llevando tus conocimientos a la práctica. Enganchándote, en cierta manera, a esa situación de vacío, que da el ignorar el terreno que pisas y la posterior sensación de haberlo dominado finalmente.

Hasta hace muy pocos años, no me percaté de la legión de seguidores “ocultos” que aprendían de lo que yo les contaba, aquellos que me seguían en silencio, mientras yo describía cómo había sido una u otra experiencia.

Sin saberlo, he sido pionera en muchas cosas, y también sin saberlo “vendía” sin querer, viajes, másteres, vacaciones, maneras de ver la vida, ropa, estudios, inversiones, ideas para negocios, consejos y una larga lista de cosas.

Aconsejaba, sin pretenderlo, disfrutaba compartiendo mis conocimientos sobre lo que había aprendido, haciendo advertencias sobre lo que no me parecía bien. Y, simplemente, la gente me seguía, me observaba, me preguntaba y aún lo hacen.

Sé que puede sonar pretencioso, pero no lo es. Más bien me estoy refiriendo a mi asombro al percatarme hasta qué punto puede influir lo que decimos en otras personas.

Estoy orgullosa cuando pienso en la cantidad de vidas en las que he influido. Eso sí, a veces me digo a mí misma que eso, hoy en día, es una profesión que se paga ¿no? Pues… de nada 🙂

La Universidad en casa

391802741_5e2735db17_oLa idea de poder asistir a cursos de las universidades y organizaciones más prestigiosas del mundo sin tener que desplazarse es ya una realidad actualmente. Son los denominados Masive Open Online Courses, los MOOC.

Existen muchas plataformas digitales de e-learning que están cada vez más presentes en la red, como:

http://oyc.yale.edu/

https://www.udacity.com/

https://www.edx.org/

http://ocw.mit.edu/

http://www.extension.harvard.edu/

 

Hoy me gustaría hablar de una de ellas: Coursera:

https://www.coursera.org/

Los cursos se imparten en ella de manera gratuita y a todo el mundo que esté interesado en formar parte de ellos. La idea es ofrecer una educación sin límites.

Hace años que llevo formando parte de los diversos cursos ofrecidos por ésta y otras plataformas similares. Y pienso que, en conjunto, es una gran idea. Aunque también creo que aún está en ciernes, es decir están tanteando el terreno y en pleno proceso de desarrollo.

A pesar de todo, no creo que debamos perder de vista este modelo educativo cada vez más extendido. El campo de la educación, al igual que muchos otros, está cambiando tan rápidamente cómo lo hacen las nuevas tecnologías.

A mi modo de ver, uno de sus puntos fuertes es que, los diversos cursos que ofrecen muchas de estas plataformas educativas, pueden seguirse en distintos idiomas.

Visto bajo este prisma, se convierten en otra oportunidad, no sólo para indagar sobre un área de conocimiento concreta, sino también en una herramienta para desarrollar nuestras habilidades lingüísticas.

Y en caso de querer asistir a una clase en la que no dominas el idioma, poseen convenios con grandes empresas de traducción que ofrecen los materiales del curso en gran variedad de lenguas.

Las clases ofrecidas por Coursera están diseñadas por catedráticos y profesores de reconocido prestigio, que elaboran el curso para que, al final de éste, domines la materia que imparten.

La lecciones se ofrecen mediante vídeos con material de lectura adicional y foros en los que puedes participar si quieres, aunque no hay obligación y algunos de ellos ya ofrecen certificados.

De esta forma, lo que también está ocurriendo es que se está construyendo una comunidad global de miles de estudiantes extendidos por todo el mundo. La comunidad de estudiantes la forman ya unos 4 millones de personas.

Los cursos que ofrecen se integran en diversas especialidades, tales como, Humanidades, Medicina, Biología, Ciencias Sociales, Matemáticas, Informática y Negocios, entre otras muchas.

Dentro de las mismas, podemos elegir entre más de 400 cursos de 20 categorías creados por 85 universidades de 16 países.

Existen diversas opiniones sobre la eficacia de la educación on-line respecto a la educación presencial, por este motivo se han llevado a cabo diversas investigaciones sobre este tema en los que se prueba que la eficacia de la educación a distancia es casi tan beneficiosa como la presencial.

Sobre este punto, yo no he llegado a una conclusión, simplemente procuro probar diversas opciones para formarme una opinión sobre ellas. Lo que sí sé, es que es mejor asistir a un curso a distancia que no hacerlo y, por el momento, todos los cursos de las diversas universidades de los que he formado parte, no han hecho más que contribuir a mi desarrollo personal, tanto en conocimientos, como en idiomas.

 

J. D. Salinger, un escritor rebelde de traducción imposible

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Hoy he vuelto sobre las páginas de uno de mis libros de referencia, El guardián entre el centeno, The Catcher in the Rye.

Aunque podría hablar horas sobre él y sobre su autor, creo que se ha escrito suficiente sobre él, tanto mentiras como verdades. Sólo pretendo dedicarle un fugaz pensamiento.

Jerome David Salinger, nacido el 1 de enero de 1919, Nueva York, Estados Unidos, se convirtió en uno de mis escritores favoritos por muchas razones que no vale la pena enumerar aquí. 

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The Catcher in the Rye, que fue un clásico de la literatura moderna estadounidense, casi desde el mismo momento de su publicación, en 1951, va acompañada de una rebeldía que a mí me sigue acompañando en muchas ocasiones y que, no puedo negar, me llena de un secreto regocijo interior. Por eso, dejo que siga conmigo para poder continuar observando el mundo con ese punto entre crítica burlona y escepticismo. Desde este punto de vista puedo trazar una distancia entre los acontecimientos que me rodean y mis pensamientos, y esta relativización, es lo que me permite discernir entre lo que es vital y lo que sólo debe provocarnos una simple sonrisa.

Siempre he creído que Salinger no puede ser traducido, porque, como muchos otros escritores, pierde su esencia misma, la que lo convierte en el autor que llegó a ser. Cuanto más lo leo más me afianzo en mi opinión. Nunca he encontrado una buena traducción de sus palabras que, con facilidad, se tiznan de connotaciones sólo posibles en la mente del lector que lo entienda en su idioma original, el inglés. 

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… yo tampoco estoy segura de que me apeteciera.

Los españoles y el inglés

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Empieza septiembre y como cada nueva temporada viene acompañada de nuevos propósitos para “hacer las cosas bien” “enderezar tu vida” y, como no, aprender inglés de una vez por todas.

Este tipo de frases se repiten una y otra vez con cada nuevo comienzo de temporada. Es algo cíclico, pero nunca acabamos de convencernos de que no basta con repetir nuestros deseos en voz alta para que éstos se cumplan.

¿Por qué a los españoles les cuesta tanto aprender inglés?

En primer lugar, para aprender cualquier cosa, y más si se trata de un idioma, hay que olvidarse de los complejos y esto es, no sé por qué, inherente al español.

No he conocido pueblo que se vitupere más, se insulte y que sea más crítico consigo mismo que el español. Es una costumbre poco sana, nada inteligente y que, además, suele favorecer a los demás países.

No he conocido a ningún inglés o americano que se sintiese avergonzado por pronunciar el español como si se acabase de beber un barril de Rioja. Siguen practicando e intentándolo hasta que lo consiguen. Y cualquier español que se burle de su forma de pronunciar es porque ignora que su acento de alcohólico empedernido se debe a que en su idioma algunas consonantes son plosivas. Un sonido plosivo es un sonido consonántico producido por el cierre completo del tracto vocal, de forma que el flujo de aire aparece completamente bloqueado por un instante. Cuando este cierre finaliza, el aire se escapa produciendo un sonido. Este sonido se llama plosión: de ahí el término “plosivo”.

Hay muchas otras nacionalidades a las que podría referirme, por ejemplo los chinos. No he visto que ningún chino dejase de hablar español, a pesar de tener serias y comprensibles dificultades para pronunciar todas las “erres” ya que tienden a convertirlas en  “eles”.

Así como la pronunciación en inglés de los alemanes. Muchos de ellos, tienen un problema al pronunciar la “w” porque la pronuncian como una “efe”:

“Fi are happy to see you” en vez de, “We are happy to see you”.

También tienen problemas con la “s”, pues les resulta muy difícil la “th”, que tiene un sonido parecido a nuestra “z”, sólo que al pronunciarla hay que sacar más la lengua.

Un claro ejemplo es este famoso vídeo de You Tube del operador de radio de un barco que oye un S.O.S.

“We are sinking”

“We are thinking”.

“What are you thinking about?”

Como buen alemán, siempre dispuesto a hablar un rato.

Por tanto, los alemanes también podrían vituperarse hasta la saciedad, pero se centran en las cosas que hacen bien y así se nota menos. Una actitud más acertada.

Por otra parte, el aprendizaje de idiomas en España está obsoleto desde hace años. Teoría mucha, práctica nula. Y aunque ahora están empezando a emplear nuevos métodos para renovarse, están bastante mal pensados y son una pérdida de un tiempo precioso.

Es cierto que un idioma no deja de aprenderse nunca, ni tan siquiera el materno. Los idiomas están llenos de entresijos y son, sobre todo, entes cambiantes, vivos que no dejan de desarrollarse, avanzar y crecer.

Sin embargo, es posible aprender a expresarse con naturalidad en un idioma extranjero, leerlo y escribirlo sin que esto lleve unos cien años, como ocurre en España.

Matricularse en un curso puede ayudar, depende del curso y del profesor, pero el aprendizaje de un idioma es algo íntimo, es sólo entre tú y el idioma.

Tampoco es algo que se pueda forzar, es un acto natural que requiere tiempo, para unas personas más y para otras menos, pero hay que tener presente que, antes de empezar con este proceso, necesitaremos hacer un “vaciado de datos”. Es decir, tu mente tiene que estar abierta al cambio que se va a producir y no puedes ponerte a comparar, ni pronunciación, ni gramática, ni los giros con tu idioma materno con el que estás aprendiendo. Es simplemente otro idioma y tienes que aceptarlo, con las cosas que te gustan y con las que no.

La única manera de llegar a dominar una lengua hasta el punto de pensar en esa lengua, es rodearse de ella durante el mayor tiempo posible.

Comentarios como, “qué forma tan rara de pronunciar tienen éstos”, sólo denota ignorancia, porque para ellos tú también pronuncias de una forma rarísima.

Ahora mismo me viene a la mente una chica de la República Dominicana que, casada con un alemán, intentaba aprender el idioma de él sin éxito alguno y siempre solía quejarse de que “los alemanes hablaban con los dientes pegados” y como ella no los tenía pegados, por eso no podía aprender alemán.

Tampoco establezcas una cruzada contra las estructuras y las traduzcas directamente de las españolas, en un intento de colonizar al otro idioma. Las estructuras son distintas y ya está, al igual que la gente que las utiliza tienen otras formas de pensar y ven el mundo con matices algo diferentes a los tuyos.

Acepta que es distinto y que la pronunciación es otra parte de él y por ello igual de importante. Por poner un ejemplo, las vocales en inglés no son tan abiertas como en español, por tanto, cuanto “más claramente” o “mejor” quieras pronunciar, más acento extranjero tendrás.

Vuelve a ser ese niño que eras, pon tu mente en blanco, copia sonidos y estructuras, aunque al principio sólo balbucees, déjate llevar, disfruta y tanto el inglés, como cualquier otro idioma formará parte de ti.

Los españoles podremos hablar inglés cuando nos olvidemos de nuestros complejos, de nuestro sentido del ridículo y estemos dispuestos a cometer los errores que conlleva todo proceso de aprendizaje.

¿Es “mediaval”? Pues, no sé, “petete”.

"petete"
“petete”
Castillo "Mediaval"
Castillo “Mediaval”

El conocimiento del propio idioma es la base para el aprendizaje de lenguas extranjeras.

Cuando una persona no conoce bien su lengua materna, aunque haya pasado por la universidad, es poco probable que pueda desarrollar las habilidades necesarias para dominar un idioma extranjero.

Constato este hecho con la pequeña anécdota que voy a contar en esta entrada.

Estos días al leer las noticias, me he acordado de un antiguo compañero de trabajo, abogado de profesión.

Cuando trabajábamos juntos, el hombre ya tenía una pésima fama entre sus colegas. Yo solía intentar ayudarlo en lo que podía porque, en cierta ocasión, también me había ayudado él a mí, o eso me había parecido.

Su ignorancia en general era vasta como una llanura, pero en cuestión de idiomas era vasta e intensa.

Sus continuas salidas de tono y ridículos públicos lo convertían en objeto de burla por parte de nuestros compañeros, que lo respetaban poco por motivos bien fundados.

En una ocasión recuerdo haber tenido una charla con él sobre edificios o arquitectura, no recuerdo con exactitud. Ahí me explicó que le gustaban bastante las construcciones que se habían hecho en la época “mediaval”.

Con el único fin de ayudar a mi colega y sin intención de reírme de su ignorancia, le explique que se decía “medieval”, que viene del término “medievo”, es decir, “Edad Media” y que se podía incluso decir “Medioevo”, pero lo más utilizado era  “medieval”.

En fin, a él este rollo le importó una higa y con cara de suficiencia, me dijo que se decía “mediaval” porque se derivaba de “Edad Media”, recalcando: “Media”, por tanto “media-val”, me replicó con una sonrisa de suficiencia.

No había nada que hacer.

Nos encontrábamos acuñando estos nuevos términos cuando sonó el teléfono del despacho de mi amigo el cual se apresuró en contestar.

Debo mencionar que por aquel entonces, ambos trabajábamos en un país de habla francófona y, por tanto, una de las lenguas de trabajo era el francés.

Si el español ya era un problema para él, no digamos un idioma extranjero. Pero ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida. Descolgó el teléfono.

Por su manera de mover los pies me percaté de que estaba hablando con algún funcionario, ya que esto solía ponerlo bastante tenso. Yo también lo estaría si tuviese que mantener una conversación telefónica en francés sin dominar el idioma.

Sumido en su profunda ignorancia, mi amigo pensaba, que para hablar francés había que terminar casi todas las palabras en “ete” o en “é” y que a partir de ahí, el problema para descifrar ese galimatías pasaba a ser del que lo escuchaba.

Me disponía a irme para preservar la privacidad de lo que sabía iba a ser un diálogo de besugos, cuando oigo: “LLe ne se pa, petete”.

Me paré en seco.

Aquello era mucho. Pensé que le iban a rescindir el contrato y así ocurrió, aunque por éste y otros motivos, que ahora no vienen al caso.

¿Estaba acaso intentando explicarle al funcionario algo sobre “El Libro Gordo de Petete”? ¿Por qué decía aquel espantoso “petete” una y otra vez?

Me acerqué a él, pero para entonces ya llevaba demasiado rato con el auricular pegado a la oreja, y sin entender nada de lo que se le decía al otro lado del aparato, soltaba una retahíla nerviosa de ese tartamudeante “petete”, que en su mente se traducía por un “peut-être”, es decir, “quizás”.

No había más que yo pudiese hacer por él. Cerré la puerta al salir y sólo me consoló el hecho de que allí las puertas de los despachos están insonorizadas. Hay cosas que es mejor guardar bajo llave.

La Técnica del Espejo

Yo y mis espejos
Yo y mis espejos

Un día paseando por la calle vino a mi mente una imagen de cuando era una niña pequeña y estudiaba ballet: el espejo que me ponían delante cuando bailaba o adoptaba cualquier posición en la barra. Mediante ese invento, muy común en las clases de danza, el profesor no tenía que corregir los torpes movimientos de sus alumnos, ya que el espejo lo hacía por él. Las aspirantes a bailarinas veíamos con horror nuestra propia imagen de movimientos descoordinados reflejados en aquel enorme e implacable espejo. Ello hacía que corrigiéramos inmediatamente nuestra postura corporal. En aquel enorme espejo podíamos observar con nitidez que nuestra imagen no se correspondía con la que teníamos en nuestra mente. La realidad se imponía cruel. La imagen real que proyectábamos a los demás no era en absoluto la que imaginábamos.

A partir de este pensamiento se me ocurrió una forma de defenderme ante situaciones diarias que a muchos nos resultan molestas.

Me refiero a esos conductores perdidos en enormes monovolúmenes, que utilizan más la bocina que el intermitente; a los empleados de banco que tratan a los clientes como a disminuidos psíquicos; a las dependientas que dan lecciones a sus clientes, creyéndose en posesión de una máster en cosmética avanzada; a los peatones que pasean a sus perros, ignorando que tienen que tirar de la correa para que los demás no tengamos que saltar por encima de ella; a los padres que dejan que sus retoños den alaridos en recintos cerrados, de manera que sea imposible conversar en un tono de voz apropiado; o la persona que te llama al móvil por error y que cuando averigua que tú no eres su sobrina María del Carmen, te cuelga sin disculparse; En fin, gente que nos rodea a diario y con la que no nos queda más opción que convivir.

Siempre he sido una persona bastante tímida, pero tengo sentido del humor y soy observadora. Eso ayuda mucho. Suelo comportarme con amabilidad, por muy malo que se presente el día. Siempre he pensado que exteriorizar el mal humor, es una pérdida de tiempo y de energía, además de ser de muy mala educación.

Casi de una forma inconsciente, he logrado poner en práctica una técnica que me ayuda en situaciones molestas, sin que me afecten. Además de divertirme enormemente, consigo grandes resultados.

Nunca he sido partidaria de enfrascarme en una discusión a gritos con nadie, y tampoco quedarme pasmada es una opción. A lo largo de los años, y sin yo pretenderlo, he desarrollado esta técnica, que, aunque no puede llevarse a cabo en todas las situaciones, es muy útil en muchas.

Lo ideal para ponerla en práctica, sería llevar un espejo encima, pero soy consciente de que la gente no puede ir con algo así por la calle y ponerlo delante de todas las personas que le molestan.

Desde el principio pensé pues, que la única solución posible era la imitación. Soy bastante buena imitando y he practicado ante familia y amigos durante años.

Supongamos que deseas anular una cita con un médico. La enfermera descuelga el teléfono con algo que suena a bufido, más que a voz humana. No te irrites. Contesta que deseas anular la cita en el mismo tono con el que ella ha descolgado el teléfono, es decir, con otro bufido. En este punto habrá un silencio. El silencio se traduce como sorpresa. Bien, ya has captado su atención. Segundo efecto, reflexión. Ahora has logrado algo más, que te preste atención. Si en su segunda frase baja algo el tono y se muestra más accesible, tú has de copiar su cambio de tono con tu voz. Ya ha empezado a verse reflejada en su propio espejo. La imagen que proyecta hacia los demás no le gusta. Está recibiendo el mismo trato y no se siente bien. Mejorará hasta tal punto que, al final de la conversación, hablará en un tono amable y normal. A veces la percepción es consciente y otras inconsciente. En cualquier caso, habrá un entendimiento tácito. Ella ha aprendido que no se debe tratar a la gente así y tú has disfrutado con tu pequeña interpretación.

Vas al banco. Tu asesor personal está de muy malas pulgas. Un día torcido lo tiene cualquiera. Sin embargo, él tiene que pensar que tú eres un cliente y debe atenderte bien. En vez de eso, se pone bastante arisco, empieza a despotricar sobre que no puede perder el tiempo conmigo ese día. Mi cara es de asombro, de momento. Al cabo de un rato pierde totalmente la razón y empieza a hablarme en tercera persona, como si fuera la Pantoja: “Fernando Sánchez (nombre inventado, claro), no tiene que atenderla en esto; Fernando Sánchez no tiene que aclararle esto otro; Fernando Sánchez está muy ocupado hoy para estas cosas”. Y con tanto hablar en tercera persona ya empiezas a desconfiar de ti misma y a mirar hacia un lado de la mesa, a ver si es que hay alguien sentado a su lado. Tú quieres llamar al director, pero antes, ¿por qué no intentar lo que tan bien se te da cuando te enfadas? Empiezas a hablar en tercera persona, como hace él, y te refieres a ti como si no te conocieras. Por su cara de asombro, notas que le extraña tu actitud, después se siente incómodo hasta que tú exageras algo más y pasa a sentirse realmente ridículo. Y ya cuando estáis reunidos los cuatro, es decir, sus dos “yos” más mis dos “yos”, él se da cuenta de que su comportamiento no es el más apropiado. Ha funcionado y ha evitado que tuviese que hablar con el director del banco.  

La técnica del espejo, es muy buena para la salud mental, evita enfrentamientos innecesarios, explicaciones inútiles y mejora las relaciones sociales. Eso sí, hay que ser un buen imitador, poseer un buen espíritu crítico, ciertas dotes para la enseñanza y mucho sentido del humor.

Inténtalo, practica sin cesar, verás cómo mejora tu vida y la de los demás.