Bruselas, José Ovejero y yo

A la morte subite

La primera vez que fui a Bruselas llevaba una pequeña maleta y el libro de José Ovejero titulado “Bruselas”, que me había leído unas tres veces, entusiasmada con la idea de visitar y probar todos los lugares y extravagancias de la capital belga que en él se desvelaban.

El libro y la cara de Ovejero en su contraportada me acompañaron durante todo el tiempo por la ciudad, que pretendía hacer mía, antes de irme a trabajar allí.

Mi persistencia, curiosidad y avidez por aprender, hacían que me agarrase al manoseado libro mientras buscaba los lugares que en él se describían y recorría sin cansancio cada una de las calles, plazas y avenidas de la ciudad. Solía empezar por lo obvio y más turístico para ir adentrándome en lo escondido al ojo del turista.

Durante mi aventura la cara de José Ovejero me observaba y, me atrevería a decir, me consolaba cuando me sentía perdida y sola en alguna callejuela que parecía tener tantas historias que contarme que me alejaba de puro miedo a oírlas.

Sin embargo, J.Ovejero parecía que me sonreía y me susurraba al oído:

 – Tranquila, vete “A La Mort Subite”, tómate una Gueuze y ríete un rato con los circunspectos Vossen, descendientes directos de los que empezaron el negocio.

Y así lo hacía, seguía las indicaciones del libro, encontraba el lugar, y me tomaba la cerveza de imposible pronunciación para mí por aquel entonces. La tragaba, aún consciente de que tenía el listón más alto, en cuanto sabor amargo se refiere, de todas las cervezas belgas que podía probar. Reía para mis adentros con su libro encima de la mesa y su cara risueña, cómo diciendo:

– Amarga ¿eh? Y encima, con esos tres en la barra a punto de escupirte en un ojo por pronunciar mal el flamenco y ser otro espécimen más de turista ignorante. Pues, empieza a acostumbrarte, así es Bruselas a veces – Y así, la soledad compartida, era más llevadera.

Hice varios viajes “de investigación”, un Máster en Derecho Comunitario y Asuntos Europeos, hasta me empeñé en matricularme durante un mes de verano en la Universidad Libre de Bruselas para aprender francés y también con el fin de poder pasar más tiempo diseccionando las antiguas piedras de la ciudad.

En la universidad de Bruselas, aterricé un domingo lluvioso de agosto en un campus inhóspito, sin un alma a la vista, arrastrando mi maleta por un frondoso bosque sin edificio alguno a la vista. Era una universidad fantasma en verano, cuyo recuerdo más nítido no son sus clases de francés, a las que asistí religiosamente, sino más bien su terrible suciedad y abandono.

Pasé ese difícil mes, enclaustrada en mi habitación donde lo más prudente era dormir vestida y ducharme con sandalias de goma para no pisar el suelo de la ducha.

Los que llegaban al campus, solían regresar en avión al día siguiente, sobre todo los españoles. Sin embargo yo, no quise dejarme vencer, por aquello del orgullo de la hija única que, al final, aguanta más.

Luché mucho por vivir en Bruselas, conseguí hacer mío cada rincón de la ciudad, logré trabajar, como deseaba, en el Parlamento Europeo. Allí viví durante tres años experiencias dignas de recordar y otras tantas dignas de olvidar, pero puedo decir que las viví.

Creí haber vencido para, más adelante, creerme que las jaulas doradas me bastaban, que las puertas cerradas no me importaban. Y, por fin, tomar consciencia de que el dinero, en ocasiones, se convierte en la cuerda que rodea tu cuello y en la llave que cierra la puerta de tu libertad o, por lo menos, de la libertad que tú necesitas.

Bruselas, un lugar en que el calor se traduce en millones de mosquitos ansiosos por no dejarte ver por dónde caminas, donde las terrazas y mercadillos te atraen con sus mil curiosidades, donde las antigüedades te seducen hasta la saturación.

La urbe de las mil historias secretas de los que allí trabajan, las lámparas de lágrimas, las velas por doquier, el chocolate de Madame Godiva, los cientos de cervezas, los cócteles, las invitaciones y los restaurantes.

La ciudad que no se pinta la cara ni para los turistas y te recibe con oscuras piedras teñidas de siglos, con marionetas que no te dejan olvidar lo que los españoles hicimos una vez allí.

La nieve, la soledad, la humedad, la falta de luz, me acompañaron mucho tiempo, y con ellas, siempre estaba José, y su cara en aquel libro sonriente y pacífico.

Hasta que un día comprendí. Ya conocía los secretos que, sin saberlo, había ido a buscar. Ese día también entendí que mi trabajo pedía de mí algo más que no le quería dar.

Ahí es cuando decidí que era el momento de recuperar parte de mi ser perdido durante esos intensos años, orgullosa de haber salido victoriosa de otra de mis aventuras, de haberme mantenido firme en mis principios, de no haber cedido a las muchas tentaciones que me habían rondado.

Sin embargo, tampoco salía indemne, sino cansada por la batalla y con las heridas invisibles, las que todos tenemos cuando nos empeñamos en vivir.

Ya era hora de volver a sumergirme en la cálida luz de mi país, de volver sin más. Otra parte de la estatua de mi ser estaba tallada. Era suficiente, pues.

 

Mis distintos “yos” según el idioma, un cambio sin vuelta atrás

Berlin

Hay una gran diferencia entre viajar, por muchos países que visites, que vivir en ellos.

He vivido y trabajado tanto en Bruselas, Zúrich, como en Berlín, durante años y viajado por algunos más. Aunque reconozco que Suiza y Alemania están más en mi corazón.

En estos años he desarrollado, lo que denomino “mis distintos yos”. Estas variantes de mí misma, aparecen sobre todo al cambiar de idioma, pues al hacerlo, también cambia mi manera de pensar.

Cuando hablo inglés, alemán o francés, no pienso en español, sino en el idioma en el que hablo. Utilizo estructuras diferentes, que se han ido trazando a base de tiempo.

He aprendido, que tanto para dominar un idioma, como para poder integrarte en un país, no debes forzar el proceso, sino dejar que fluya de forma natural, pues se trata de una trasformación que se alimenta de tiempo.

Las claves son dejarse llevar, observar y permitir que se produzcan cambios en tu interior.

Si pretendes vivir en un país que no es el tuyo y sentirte parte de él, debes abrirte a un proceso de aprendizaje en el que participarán tus sentidos, la manera en que percibes el mundo y entiendes la vida.

No se trata sólo de “saber cómo van las cosas en ese país” sino en encontrar tú yo de ese lugar.

Cuando cruzo la frontera hacia un país en el que ya he vivido y que conozco, en esencia sigo siendo yo, con mi manera de pensar, el mismo sentido del humor y todas las características propias de mi ser, pero también mi manera de hablar, mi comportamiento, incluso mi tono de voz, es otro.

No voy a decir que cuando voy a Suiza me convierto en suiza, ni que cuando voy a Alemania me convierto en alemana, pero desde luego sí se produce un cambio en mí.

Siento que hay una derivación de mí que me hace sentir que pertenezco al país. Igualmente que, si no estoy en él, me falta algo. Y de la misma manera, si no estoy en el mío propio, lo añoro. A esto me refería en mi entrada “Feeling Nowhere”.

Este tipo de sentimientos únicamente se dan cuando te has adaptado a lo nuevo, de manera que ya forma parte de algo que sientes como tuyo.

Uno de los detonantes principales de este otro yo, es el idioma. Pues aunque sigo siendo la misma persona, cuando pienso en alemán, los recorridos que hace mi cerebro para expresar algo, difieren a los que recurro cuando hablo en español.

Si me expreso en inglés o francés no siento igual, que si lo hago en alemán o español.

Una persona que viaje por diversos países, pero viva y trabaje en uno solo, no puede sentirse de esta manera.

Si tu día a día, los sabores, los sonidos, los tonos de voz, la luz, las costumbres, la manera de pensar y todos los factores que te rodean, los has hecho tuyos, es entonces cuando has creado un nuevo yo.

 Museos y café en Berlín

En el aprendizaje de un idioma, por ejemplo, ocurre un fenómeno similar.

Hay gente que es incapaz de formar frases o pronunciar bien un idioma ajeno al suyo porque no derriba esa barrera, y no olvida las estructuras de su lengua materna, ni su fonética.

Estas personas hacen que su mundo sea, en este sentido, monocromo.

Si abandonas estas barreras y te abres, comprendes que la pronunciación de las distintas lenguas parte de un centro que no es el mismo para todas y si pones obstáculos para encontrarlo siempre hablarás ese idioma con acento extranjero.

Del mismo modo, si te empeñas en pensar en español y crees que sólo ésas son las estructuras “correctas” y que en ese otro idioma “deberían ser así, porque así te las han enseñado”, nunca dejarás de cometer errores en ese idioma extranjero.

Es decir, es una cuestión de abrirse o no. Si esta apertura se produce, habrá millones de conexiones cerebrales que cambiarán y también se crearán otras nuevas. El mapa de tu cerebro se ampliará en todos los idiomas que domines. Percibirás las cosas bajo prismas diferentes y dispondrás de un arcoíris de perspectivas, que enriquecerán tu vida.

Yo soy varios” yos” distintos, construidos a base de experiencias muy buenas y también muy malas, que hacen que vea el mundo en colores.

Estas diversas perspectivas son como una droga que nutre de claridad y agudeza a mi mente, pero no está exenta de efectos secundarios como que no sepas cuál de esos” yos” es al que debes seguir. Lo malo, es que, una vez la has probado, no hay posible vuelta atrás.

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Feeling Nowhere

4

A forgotten bottle of Spanish wine brings back memories.

I look out the window holding my glass.

Closing my eyes I breathe in the smell of my wine.

It smells like home.

 

Haunted by my feelings, I begin to fall apart.

Wet eyes full of tears are shouting that I´m wrong.

I wonder why I am so far away from home.

 

I love this country, it´s cold and calm.

My mind speaks languages that I don´t even understand.

 

I close my eyes and again breathe in the smell of my wine.

Images of my country come to mind,

Warmth, light, faces, laughters, and the sun.

It is late at night.

 

I drink the whole glass of wine and then a second one.

The wine tastes like home and takes me to that place in the sun.

 

I breathe the clean, cold air of this quiet night.

I´m not feeling better and I need another one.

I do love this country and the taste of my wine.

 

I´m awake again!

Spanish words run through my blood.

I thought I’d lost them but they are back!

My blood is burning lost in the dark.

 

I love this city, I really do.

But I am dead tired of it too.

My country´s been waiting for a long time.

It can´t wait to have me there and neither can I.

 

Wait for me just one more night!

Though the night I left, I let you die.

And now we know that we only have this glass of wine.

 

¿Es “mediaval”? Pues, no sé, “petete”.

"petete"
“petete”
Castillo "Mediaval"
Castillo “Mediaval”

El conocimiento del propio idioma es la base para el aprendizaje de lenguas extranjeras.

Cuando una persona no conoce bien su lengua materna, aunque haya pasado por la universidad, es poco probable que pueda desarrollar las habilidades necesarias para dominar un idioma extranjero.

Constato este hecho con la pequeña anécdota que voy a contar en esta entrada.

Estos días al leer las noticias, me he acordado de un antiguo compañero de trabajo, abogado de profesión.

Cuando trabajábamos juntos, el hombre ya tenía una pésima fama entre sus colegas. Yo solía intentar ayudarlo en lo que podía porque, en cierta ocasión, también me había ayudado él a mí, o eso me había parecido.

Su ignorancia en general era vasta como una llanura, pero en cuestión de idiomas era vasta e intensa.

Sus continuas salidas de tono y ridículos públicos lo convertían en objeto de burla por parte de nuestros compañeros, que lo respetaban poco por motivos bien fundados.

En una ocasión recuerdo haber tenido una charla con él sobre edificios o arquitectura, no recuerdo con exactitud. Ahí me explicó que le gustaban bastante las construcciones que se habían hecho en la época “mediaval”.

Con el único fin de ayudar a mi colega y sin intención de reírme de su ignorancia, le explique que se decía “medieval”, que viene del término “medievo”, es decir, “Edad Media” y que se podía incluso decir “Medioevo”, pero lo más utilizado era  “medieval”.

En fin, a él este rollo le importó una higa y con cara de suficiencia, me dijo que se decía “mediaval” porque se derivaba de “Edad Media”, recalcando: “Media”, por tanto “media-val”, me replicó con una sonrisa de suficiencia.

No había nada que hacer.

Nos encontrábamos acuñando estos nuevos términos cuando sonó el teléfono del despacho de mi amigo el cual se apresuró en contestar.

Debo mencionar que por aquel entonces, ambos trabajábamos en un país de habla francófona y, por tanto, una de las lenguas de trabajo era el francés.

Si el español ya era un problema para él, no digamos un idioma extranjero. Pero ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida. Descolgó el teléfono.

Por su manera de mover los pies me percaté de que estaba hablando con algún funcionario, ya que esto solía ponerlo bastante tenso. Yo también lo estaría si tuviese que mantener una conversación telefónica en francés sin dominar el idioma.

Sumido en su profunda ignorancia, mi amigo pensaba, que para hablar francés había que terminar casi todas las palabras en “ete” o en “é” y que a partir de ahí, el problema para descifrar ese galimatías pasaba a ser del que lo escuchaba.

Me disponía a irme para preservar la privacidad de lo que sabía iba a ser un diálogo de besugos, cuando oigo: “LLe ne se pa, petete”.

Me paré en seco.

Aquello era mucho. Pensé que le iban a rescindir el contrato y así ocurrió, aunque por éste y otros motivos, que ahora no vienen al caso.

¿Estaba acaso intentando explicarle al funcionario algo sobre “El Libro Gordo de Petete”? ¿Por qué decía aquel espantoso “petete” una y otra vez?

Me acerqué a él, pero para entonces ya llevaba demasiado rato con el auricular pegado a la oreja, y sin entender nada de lo que se le decía al otro lado del aparato, soltaba una retahíla nerviosa de ese tartamudeante “petete”, que en su mente se traducía por un “peut-être”, es decir, “quizás”.

No había más que yo pudiese hacer por él. Cerré la puerta al salir y sólo me consoló el hecho de que allí las puertas de los despachos están insonorizadas. Hay cosas que es mejor guardar bajo llave.

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

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La Linterna del Traductor

REVISTA DE TRADUCCIÓN

Número 3 – Septiembre 2002 – ISSN 1579-5314

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

Livia de Andrés

Todo intérprete que lleve algún tiempo ejerciendo su profesión, se habrá encontrado con dificultades añadidas a su, ya de por sí, duro trabajo y tendrá, por tanto, en su currículo un sinfín de anécdotas con las que amenizar las reuniones de sus amigos y parientes.

Existen muchas ocasiones en las que las personas que utilizan los servicios de un intérprete no entienden bien el trabajo de éste y, por tanto, lo dificultan.

Yo recuerdo, y al hacerlo aún se me acelera el pulso, un trabajo de interpretación consecutiva que tuve que realizar cuando trabajaba en el Parlamento Europeo de Bruselas. Eran las tres en punto de la tarde y me habían citado en el despacho de una presidenta de comisión, cuyo nombre no viene al caso mencionar, para hacer de intérprete entre ella, que por cierto era sueca, y una diputada española, que no hablaba inglés. No se trataba de una reunión muy corriente, ya que era la época en la que Romano Prodi acababa de comenzar su andadura como presidente de la Comisión Europea y una de sus políticas consistía en fomentar las relaciones entre el Parlamento, la Comisión y el Consejo de la Unión Europea. Yo pensaba interpretar en una reunión más bien privada, es decir: presidenta, diputada, algún asesor y algún que otro funcionario. Me encontré en medio de un número considerable de personas. Acudieron a dicha reunión, además de los mencionados anteriormente, funcionarios del Consejo, funcionarios de la Comisión, funcionarios de Parlamento, asesores de apoyo para ambos y, cuanto más tiempo pasaba antes de la reunión, iban apareciendo más miembros de la Delegación Sueca que, en mi opinión, más bien venían por el café que por el tema de la reunión. En fin, que aquel jolgorio sólo podía ocurrir en el despacho de una presidenta de comisión, ya que son mucho más amplios que los que se destinan al resto de los diputados, para mi desgracia en aquel momento.

Es cierto que, aunque no era novata en esto de la interpretación y también estaba acostumbrada al despliegue de medios del Parlamento, estaba algo nerviosa. Y mi mayor preocupación era la diputada a la que debía prestar mis servicios como intérprete. La primera dificultad estribaba en que ella era una recién llegada al Parlamento y pensaba que todo lo que ocurría en su despacho era alto secreto, y si bien es cierto que los asuntos de cada diputado no deben salir de su despacho, estos secretos no se extienden ni a los asesores, ni a los intérpretes, ni a cualquier persona que trabaje en el Parlamento y se encuentre implicada de una u otra manera en el asunto que se esté tratando. Pero digamos que la diputada en cuestión había interpretado las normas parlamentarias a su manera y, aunque yo conocía el tema del que trataba la reunión, no había tenido la ocasión de echar ni un ligero vistazo a los papeles sobre los que ella iba a hablar y a los que se aferraba con desesperación. Pero mis problemas no se ceñían únicamente a esto, no, a mí me había tocado el lote completo.

Comenzó a hablar en un tono exageradamente alto para un despacho y mucho más apropiado para un hemiciclo con micrófonos estropeados. El problema era que no se paraba ni a respirar. De su boca brotaban sin cesar un sinfín de fechas, plazos, enmiendas y recomendaciones para sus colegas suecas que la miraban estupefactas.

Tuve que interrumpirla y explicarle que, si no se paraba de vez en cuando, me resultaría imposible realizar mi trabajo. Por supuesto, mi advertencia no le sentó nada bien. Comenzó a increparme delante de todo aquel grupo de gente variopinta que la observaba atónita, preguntándose probablemente, por qué había traído a una intérprete si pensaba darles un discurso en español castizo. Un atento funcionario de los allí presentes intentó socorrerme desviando su atención con algunas de las enmiendas que se presentaban y lo consiguió, cosa que más tarde le agradecí con un café. Yo seguí haciendo mi trabajo lo mejor que pude, pero en un momento determinado de la reunión, diputada en cuestión debió de aburrirse de mi perorata en inglés, que en realidad era la suya, y buscó una solución para que la atención de tan altos representantes no se desviase durante tanto tiempo hacia mi persona. Ni corta ni perezosa, comenzó a gritarle a la sueca en un tono muy superior al anteriormente utilizado y pronunciando como si estuviera sufriendo una especie de parálisis en los órganos fonadores.

Todos se dieron cuenta de lo que intentaba con esto y la presidenta sueca se volvió hacia mí y con su más dulce sonrisa me dijo: “Dile, por favor, que cuando yo me dirija a ella en sueco, también tendré la deferencia de hablarle alto y claro para que me entienda sin dificultad”. Tal era mi vergüenza que me sonrojé. No pude traducir lo que me estaba diciendo y opté por una vía más diplomática, intentando hacer que “nuestra representante española en el Parlamento Europeo de Bruselas” entrase en razón, explicándole que no la estaban entendiendo. Ella me contestó que no fuera ingenua, que si les hablaba claro, la entenderían perfectamente.

Y así continuó, si bien es cierto que, de cuando en cuando, me echaba un vistazo de reojo como preguntándome si su discurso era del todo comprensible o si se estarían perdiendo algo.