La piel de bisonte

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Ella no era del tipo de personas que no respetase otras formas de ver la vida u otras religiones.

Había pasado porque él fumase en pipa, ritual sagrado para conectar el mundo físico y espiritual.

Tenía el apartamento lleno de plumas, símbolos de fortaleza y poder.

No había dicho ni una palabra cuando él tocaba el tambor, hecho a mano por él mismo, en el rellano de la escalera.

Se había solidarizado en los períodos de ayuno, práctica común entre los nativos americanos.

Tampoco rechistaba al verlo bendecir cada piedra de las joyas que diseñaba al terminar de horadarlas, ya que los propios nativos americanos de la tribu le habían asegurado que era un chamán.

Se callaba al verlo enmudecer cuando saludaba a los pájaros o se le llenaban los ojos de lágrimas al mencionar a las águilas.

Por si todo esto fuera poco, se había dejado impregnar con el humo de hierbas con propiedades protectoras antes de los largos viajes. Y en mitad de las autopistas, ella ponía los brazos en cruz para que él la rodease con la sagrada humareda.

Todo ello, en el fondo, la divertía.

Había pasado por hacer fuego en mitad de la naturaleza, a pesar de su pavor a cualquier cosa no humana que se moviese.

Sin embargo, esa noche, él subió un poco más el listón de sus desafíos, con la seguridad de que aquella prueba la desconcertaría definitivamente.

Pretendía dormir con una piel de bisonte o búfalo, ya que se consideraba una manifestación directa del Gran Espíritu. Imaginando que ella, se trasladaría al otro lado de la casa, pues suponía que no iba a dormir “con ambos”.

Era una apuesta fuerte esta vez. Sin embargo, ella no estaba dispuesta a ceder.

Se tumbó en su lado de la cama como todas las noches, no sin antes preguntar si el bicho estaba lavado y desinfectado, lo cual a él le ofendió aún más.

Y aquella noche entre ellos, no sólo estaba el mal humor y estupefacción de él, sino también una enorme piel de bisonte que se había traído en uno de sus muchos viajes al norte de Canadá.

Mientras ella, con su delicado camisón negro procuraba alejarse de aquella enorme alfombra de pelos negros tono carbón, que le rozaban la nariz cada vez que se daba la vuelta.

Era una de aquellas calurosas noches de verano en Suiza, en las que la temperatura, y tanto pelo en la cama, la despertaban asustada cada vez que se encontraba con esa mata de crines negruzcas mientras él refunfuñaba en alemán.

Sin embargo, en la oscuridad de la habitación ella sonreía, pensando que ni él, ni aquel bisonte, habían podido con ella.

Vidas paralelas

Maleta

Observaba, tras aquel ventanal, cómo un manto de lluvia caía sobre transeúntes que corrían a guarecerse bajo los arcos.

Su café aún estaba caliente y, según su costumbre, lo estrechaba entre sus manos, no sólo para calentarse, sino como en un afán desmedido de que aquel momento no se escapase.

Fue ahí, mientras el humo y el olor de la taza acariciaba sus mejillas, cuando se le ocurrió pensar en la de veces que corremos sin saber hacia dónde, persiguiendo algo que no se sabe lo que es y que, tras mucho tiempo, te dabas cuenta de que, casi siempre, estaba delante de tus narices. Era una tontería pensar en lo que vendría después, era estúpido ir tachando cosas de tu lista imaginaria para llegar. No se llegaba, por lo menos, no así.

Sentada en su cafetería favorita, justo en aquel momento, era ridículo pensar en lo que iba a venir o lo que quería alcanzar. Estaba harta de conducir tan rápidamente, en realidad estaba harta de conducir, siempre atada a su móvil, a sus aplicaciones, respondiendo mensajes continuamente como si le fuese la vida en ello.

Se daba cuenta de que todo podía esperar. Excepto momentos como aquellos y, menos, en aquella ciudad donde un día había vivido una vida paralela a la suya. Una de las muchas ciudades donde había ensayado cómo hubiera sido ella en un sitio al que no pertenecía, imaginándose cómo se hubiera desarrollado todo si hubiese nacido allí.

Un sueño de dos años para, como siempre, hacer las maletas. Ese momento tan difícil, un momento más lleno de decisiones que ningún otro. Hacer y deshacer las maletas implicaba un sinfín de decisiones, miles de previsiones futuras. Odiaba hacer y deshacer maletas, tanto para marcharse, como para llegar y, sin embargo, había sido una constante en su vida.

Siempre persiguiendo aquel espejo paralelo, su otro yo en otra vida, en otro país, en otros brazos, en otra historia, sólo por saber, por curiosidad, por mirar qué había en su otra vida paralela, persiguiendo tachar vidas de su lista, para terminar haciendo las maletas, porque, en el fondo, sabía que su vida se encontraba en aquellos momentos felices tras un ventanal con una taza de café caliente entre sus manos. Y eso, lo tenía en cualquier cafetería, en cualquier barrio de cualquier lugar del mundo. También en el suyo propio. Aunque para entenderlo, hay que tener las maletas bien llenas de vidas paralelas.

PERDIDOS

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Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

Europa y sus cafés

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La uniformidad siempre me ha producido un miedo devorador. La hipocresía o el conformismo también.

Los cafés son lugares para citas, conspiraciones, son clubs cuya función es desarrollar el espíritu.

Por los cafés discurren un sinfín de personas. Son sitios con historia de la que han sido testigos. Por ellos, han pasado grandes pensadores, que se reunían alrededor de esas mesas de mármol y de esas interminables charlas de las que surgían ideas, libros, teorías, conspiraciones y guerras.

Es un espectáculo tentador observar a todo el que entra en unos de estos cafés e imaginar quién es o dudar si aún es posible que en Europa surjan ideas, charlas como las que se daban antes.

Hace tiempo que todo el sistema se mueve en círculos, no sólo en Europa. Hace tiempo que somos más que benévolos con las adicciones al poder.

A medida que se conoce Europa, mientras recorres sus calles, cuando entras en sus cafés, te das cuenta de que las diferencias son, en realidad, nexos entre sus pueblos. Uniones que hay que saber interpretar, pequeñas pistas que nos hablan de un pasado común que nos empeñamos en borrar.

Y estos nexos se van diluyendo para ceder el paso a un todo uniforme. La uniformidad es pavorosa cuando nos iguala, si no permite diversidad de ideas. Se convierte así en un monstruo que lima las diferencias, lo diferente, lo que es nuevo y aún no tiene público, lo que no se entiende, porque aún no se conoce, esto da como resultado que todos formemos parte de la tediosa globalización. Es la muerte de un interesante mosaico de contrastes.

La cultura común europea cargada de mezclas, conexiones y resentimientos sigue viajando con nosotros y es aceptable porque forma parte de nuestro pasado.

Esa es una de las razones por las que en Europa las calles tienen nombres para recordarte la historia y para obligarte a recordar el pasado. En Estados Unidos, por el contrario, las calles tienen números y su pueblo suele mirar hacia el futuro.

Sin sus cafés, Europa muere y pierde su propia esencia. Las tertulias, el intercambio de pensamientos, las grandes ideas morirán también. Están en ello, por eso nos regalan aparatos. De esta manera, Europa y su sociedad se autodestruirán. De hecho, ya lo están haciendo desde hace tiempo y con bastante éxito.

Los cafés son necesarios como puntos de reunión para pensadores, poetas, e intelectuales.

Como también lo es, la diversidad lingüística que tiene que existir, pues la muerte de una lengua es irreparable.

Leer muchos mundos nos proporciona los elementos necesarios para ser capaces de encontrar sus nexos. Esta capacidad de “lectura” solo se adquiere si se cultiva el espíritu, lo cual no es asunto de élites.

Europa y sus cafés, donde se servía de todo y a todos, han tallado canteras de escritores, músicos, pensadores y romances. Han escondido a perseguidos, han preservado lo que se prohibía en algunas de sus ocultas puertas, han  dejado que se siguiera tocando música, que llegó a estar vetada, como el jazz en Bruselas. Han sido escondrijos de lo prohibido.

Las tertulias recorrían infinidad de caminos, algunos tan peligrosos que tumbaban gobiernos o movían ejércitos; Otros abrían nuevas posibilidades al pensamiento y, la mayoría de las veces, servían para cultivar lo que nos hace más humanos: las relaciones sociales.

¿Merece aún la pena recorrer estos caminos? ¿Hemos llegado a un punto muerto en el que todo irá irremisiblemente cuesta abajo? ¿Seguiremos presenciando cómo los andenes de las estaciones de trenes se llenan de zombis solitarios que se aferran a relaciones virtuales inexistentes? ¿Seguiremos como ganado la cultura del mercado de masas?

Crear es un acto desinteresado, una forma de dar, mediante el que regalas parte de ti. Crear ideas o crear belleza profundiza en lo superficial y nos aleja de lo vulgar, que nos deja vacíos, cansados, divididos y confusos.

Acudamos a los cafés, cultivemos las diferencia, retomemos el camino hacia el pensamiento y abandonemos esa tediosa nebulosa de uniformidad globalizadora.

Desnuda en Gotemburgo

Avión a Goterburg

Cuando inicié este viaje pensé que no tenía mucho sentido, por tanto, lo que pudiese escribir durante el mismo tampoco iba a tenerlo.

Mi maleta perdida en Amsterdam. Nada que ponerme en Gotemburgo. Parecía que lo peor del viaje no había sido el irrespirable calor húmedo de Barcelona.

No es la primera vez, ya conozco el procedimiento y las sensaciones que se amontonan después. Prefiero obviarlo todo. Es repetido y me aburre repetir.

Cada vez que me abandonan todas las cosas que he pensado me acompañaban en el viaje, las misma sensaciones vuelven a mí. Frustración, enfado, un nuevo comienzo, otro reto, uno de tantos.

Una hoja en blanco en la que debes escribir sin tinta. Un acertijo para encontrarte a ti misma sin lo que, hasta hace un momento, creías imprescindible.

Una reunión en Gotemburgo con la cara lavada con agua fría y los labios pintados. Factible, de momento.

Dos horas y media lidiando con un grupo de suecos en aquella interminable y tediosa reunión, hacen que reconsidere las posibilidades. El kit de viaje de KLM se convierte en insuficiente.

Me doy cuenta de que la mayoría de las cosas que ocurren en la vida cotidiana son mentira y eso me hace más consciente de la realidad. Es una sensación abrupta que, sin embargo, me gusta, pues me despierta de una bofetada.

Una buena manera de equivocarse es pensar que controlas tu viaje.

Comienzo a escribir de otra forma, por la falta de equipaje, supongo. Elimino lo innecesario. Escribo sin utilizar comas. Escribo sin respirar. Es como me siento. Me habían prometido mi maleta y yo había prometido no romper las normas gramaticales. Si ellos no cumplen, yo tampoco. Escribo sin comas.

Las palabras surgen de sentimientos que lo cotidiano había adormecido.

Vuelta al hotel. Sin ropa. Sin nada. Empiezo a pensar en compras. Antes de la próxima cita, esta vez con amigos, necesito una ducha.

Abro la puerta de la habitación y tropiezo. Las maletas. Allí están, erguidas, mirándome en vertical, desafiantes. Estamos aquí. Hemos llegado. Todo se normaliza. Se calma.


Maletas

Parece que tendré que volver a escribir siguiendo la gramática. Cada línea, cada palabra se convierten ahora en una batalla contra mí misma. Debo dejar de rebelarme. El mundo cumple y yo debo de hacer lo mismo.

Tras dos días con el mismo vestido, me deshago de él casi con saña. Me desnudo tirándolo al suelo con violencia.

Como si abriese una caja de bombones llena de posibilidades, miro el interior de mi reluciente equipaje. Me siento desbordada ante un mundo de nuevas posibilidades, demasiadas.

Sin embargo, es bueno enfrentarse al mundo desnuda y sin maletas. Conseguir obviar esos espejos cóncavos que nos muestran una grotesca realidad.

Resulta inútil aferrarnos a lo que creemos que va a ocurrir, pues origina letargo y falta de reflejos.

Es una idea tan errónea como pensar que controlas tu vida.

Yo

Pura ambición

Pura ambición

Hay personas que nunca tienen suficiente. Quizá sea que se acostumbran a acumular y, a fuerza de repetición, se convierte en un vicio imparable. No sé.

Resulta que hay gente que por más que les sobren los recursos, siempre quieren más.

Hoy me he acordado repentinamente de ellos al ver un jamón en el supermercado.

Aún puedo ver aquella escena con nitidez. Una extensa cola de eurodiputados del Parlamento Europeo de Bruselas, cuando regalaban jamón de Guijuelo o cualquier otro producto.

En cuanto les llegaba la hora de la invitación al despacho, salían disparados, se metían a empujones en el ascensor y, nada más salir de él, se atropellaban para conseguir un plato.

Toda la tercera planta se llenaba de hombretones trajeados. Jefazos insaciables de mando, y de jamón, que ocupaban su escaño durante un mínimo de cinco años. Los mismos hombres a los que había que obligar, pagándoles un extra, a que bajasen unos cuantos pisos y apretasen el botón cuando debían votar en el pleno, si no, les daba una tremenda pereza. Era más sustancioso acudir a una comisión o cambiar una coma en alguna pregunta parlamentaria.

Y allí estaban ellos, sosteniendo aquel ridículo plato entre sus manos, ansiosos por llegar al final de la cola en la que les esperaba un habilidoso muchacho cortando jamón con sumo cuidado. Después de la larga espera llegaba el premio y éste les servía unas cuantas jugosas y finas lonchas, sin poder evitar cierta mirada de desprecio.

Esa fila no la hago yo ni por un jamón ibérico de bellota de cuatro mil euros.

Era una cola tan gratuita como interminable, que yo evitaba para ocupar, reposadamente, una mesita del comedor y pagar por mi almuerzo.

Aún hoy en día, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en los labios al recordar las caras de políticos tan conocidos. Personas que, hoy en día, poseen sustanciosas fortunas, acostumbrados a ser invitados o a obtener todo gratis.

Quizá ese sea el problema, a los niños hay que educarlos desde el principio.

Si pudieseis ver quienes permanecían de pie en estas filas, os estaríais divirtiendo tanto como yo ahora.

Quizá por eso no sea rica, pero me he librado de esas interminables horas en humillantes colas gratuitas y de varices en las piernas.

 

Una mujer sin paraguas

 

München (Marienplatz)

Nunca me han gustado los paraguas.

Me niego a llevar un objeto en las manos que me impida moverme con libertad.

Si el frío o la lluvia son excepcionales, me inclino por los gorros, los sombreros, las capuchas o las boinas. Si llueve o hace una frío moderado, me mojo el pelo o me meto en una cafetería.

El tiempo nunca me ha impedido salir. En todos los países y ciudades en los que he vivido ha hecho frío, mucho frío. No esperaba otra cosa. Es verdad también que me he quejado del calor. No sabía cómo luchar contra él, es cierto.

Ahora, a medida que pasan los años, eso del frío se me hace más cuesta arriba.

Hace unos días estuve en Munich. El frío era justo el que esperaba, ni más ni menos. Un frío poco acogedor. Implacable. Mi frío. El de siempre. Si vas a Munich en febrero y esperas otra cosa, es pura ingenuidad.

Cuando el avión tomó tierra, una densa niebla nos esperaba en la pista. Normal. Todo muy normal. Aterrizar sin ver es lo que se lleva por esas tierras. Para eso están los radares. Cada vez que aterrizo así, sé que el suelo estará conmigo antes de lo que espero. Y me gusta que sea así. Que me sorprenda rozar la pista.

Sabía que era un viaje hacia el frío y éste no desaparece por quejarse, si lo hiciera, me quejaría.

Un cielo plomizo e inmóvil, no me impidió disfrutar de los muchos placeres de la ciudad. Una grandiosa urbe llena de todos los olores y sabores en los que deseaba hundirme de nuevo.

Nunca he soportado el Glühwein, ese vino tinto caliente para deshacerse del frío. Prefiero la sopa. Opté por un café.

La ventaja de los sitios en los que hace tanto frío es que la calefacción siempre te acoge, si pasas más del tiempo necesario en el país, también te cansa. Ocurre otro tanto con el aire acondicionado y el calor. Nada es perfecto en la vida. Las cosas son así y adaptarse es de sabios. Quejarse no.

Ahora busco climas más gratos, más cálidos, con luces que me tienten y en las que no te espere esa temprana oscuridad diurna, que antes me bastaba suplir con velas.

Ahora busco el sol. Voy entendiendo paulatinamente a todos esos turistas poseídos por la fiebre del sol. Siempre los había criticado y aún lo hago, pero el frío, que sigo llevando muy bien, cansa, sí es cierto, ahora ya cansa.

Y aunque es verdad que continuo alegrándome de estar rodeada de hielo y nieve, mientras dejo que esa brisa helada se pasee por mi rostro cuando serpenteo por las calles de Centroeuropa, ahora me arrimo al calor. Lo confieso.

Aun así, seguiré viajando hacia el frío sin paraguas. No me gustan los paraguas, nunca me han gustado, no los uso y nunca lo haré.

Marienplazt (Munchen)

Los carniceros asesinos y otras costumbres

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Cuando quieres vivir en otro  país que no es el tuyo debes saber adaptarte. No hay otro remedio. Es una lección que aprendí hace años.

Por mucho que te pelees las cosas son como son. Haz lo que puedas y lo que toleres y monta tu vida según tus gustos, pero, aún así, debes aceptar que, por mucho que grites, no te van a dar tortilla española si no estás en España. Y si no puedes vivir sin ella, vuelve a tu país.

No me refiero a que cambies, sino a que sepas que hay ciertas costumbres que debes aceptar.

Podría referirme a cientos de anécdotas pero no voy a extenderme.

Cuando tenía trece años, pensaba que los británicos carecían de agua en las duchas, pues cada vez que intentaba lavarme la cabeza, el chorro disminuía considerablemente. Eso hacía que permaneciese allí dentro durante mucho más tiempo del necesario. Sin embargo, me resignaba, pensando que, al vivir en una isla, carecían de los medios suficientes de los que se gozaba en el continente. Ni se  me pasaba por la cabeza pensar, que la familia que me acogía estaba ahorrando a mi costa, tonta de mí.

Lo mismo pensaba de la comida, que consitía en medio tomate al día y después de eso, me mantenía en pie tomando un té tras otro. Mi disculpa era la misma, que era gente aislada y no tenía las mismas comodidades de las que los demás disfrutábamos. Lo único bueno de esto, es que parece que, por aquel entonces, mi autoestima aún no estaba demasiado dañada.

Ya más crecidita comencé mis periplos por tierras germanas y suizas.

Si tenía que bajar a un sótano común con el bolsillo lleno de monedas para poder lavar mis pantalones, lo hacía. No me gustaba, ni encontraba normal estar tirando monedas a una caja negra hasta que una aguja subiera hasta cierto nivel que indicase que ya habías pagado tu parte.

Como tampoco me parecía lógico tener que apuntarme en una lista para avisar a mis vecinos de que el martes a las tres quería usar la lavadora ¿Cómo iba yo a saber qué iba a hacer yo el martes a las tres en punto? Es de locos, pero lo hacía. Utilizaba mis turnos y bajaba con una cesta en una mano y un pesado bolsillo lleno de cambio, para ir rellenando una caja negra provista de unas agujas similares a las de un reloj, que tenían que llegar a un nivel con el fin de que ningún vecino aporrease tu puerta después de un cuarto de hora para decirte que no habías cumplido con lo tuyo.

En Alemania y en Suiza, aprendí también que era inútil pelearse en la carnicería. Los carniceros son capaces de ofenderse hasta el punto de querer cortarte una oreja en medio del supermercado.

Cuando compras carne picada en España, el asunto es mucho más sencillo. Te acercas al tío del cuchillo, escoges el trozo de carne que más se adapte a tus necesidades y que esté más limpio. Él te lo enseña y lo estampa con desprecio contra una tabla para cortarlo y meterlo en la máquina que lo va a picar. Y ya está. Esto puedes pedírselo aunque tenga carne picada ya expuesta. Nadie se ofende.

En mi ignorancia, yo pensaba que podía gozar de estos privilegios tanto en Alemania como en Suiza, pero no. No. No. No.

Si te acercas a un carnicero y le dices que no quieres la carne picada que tiene expuesta bajo esos focos rojos que la maquillan de un perfecto tono rojizo, sino una pieza que tú escojas, entra en cólera. En cólera alemana o en cólera suiza, pero cólera.

Y ahí es cuando se desata la batalla en alemán, ya perdida de antemano.

Su cara comienza a cambiar de tono hacia un rojo chillón y mientras sujeta el cuchillo con una mano por encima de su espléndida panza, te explica que él ha estudiado dos años en un plan de formación dual para convertirse en carnicero profesional, que la carne es fresca, cortada por él y que ha pasado todos los controles de sanidad necesarios y un largo ecétera.

Puntos esenciales, pero que a ti, jamás se te habrían pasado por la imaginación antes de señalar tímidamente con tu dedo el trozo de carne limpia que querías para tu cena.

Ningún país es perfecto, sólo son distintos.

El discurso suele durar bastante, tanto en Alemania como en Suiza, si tienes suerte no hay mucha gente a tu alrededor. Yo no la he tenido. Te disculpas y cabizbaja, te resignas a llevarte a casa el paquetito de la carne que tiene expuesta.

Cuando te la entrega, notas que su animadversión hacia ti no ha pasado y nunca lo hará. Ya puedes empezar a pensar en cambiar de carnicero.

No hay más. Es así. Los extranjeros no deben intentar que España cambie, al igual que yo no me peleo con ciertas normas y costumbres, me adapto y evito las que puedo.

No puede gustarte todo del extranjero. Y si tu intención es sólo comer tortilla, ¿para qué has salido fuera de tu país?

¿Pasillo o ventanilla?

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Creo que vivir con miedo es no vivir.

Recuerdo haberme enfadado conmigo misma antes de partir en avión hacia Budapest. No había motivo para tener miedo y sin embargo, lo tenía.

Todo había sido por una pesadilla y también porque, tiempo atrás, yo solía confiar en las líneas aéreas que conocía. Una estupidez, lo sé. Ahora no confío en ninguna, aunque eso no me impide volar.

La línea aérea húngara Malév, aún funcionaba por aquel entonces, pero como era la primera vez que yo oía su nombre, todo en ella me hacía desconfiar.

El viaje prometía, prometía sustos y los hubo de toda índole.

Entré en el avión y, a pesar de haberme concienciado sobre esta aventura, aquello seguía sin darme buena espina.

Lo que vi al entrar en el aparato, era exactamente lo que me esperaba. Un avión muy viejo y muy pequeño.

Era la primera vez que había volado en un avión de ese tamaño.

Según mi acompañante esto lo hacía muy manejable, frase que me inquietó más aún.

Sabía, por experiencia de mis muchas horas por los aires, que los aparatos grandes se mueven menos y esto hace que yo no me entere del vuelo. Puedo leer y centrarme en el pollo duro que me dan para que me entretenga durante el trayecto.

Efectivamente, aquello se movía pero, yo cuando ya estoy en algo, estoy. Apechugo con las turbulencias y con el pollo duro.

Trago saliva, hago de tripas corazón, aparento tranquilidad y me concentro en que el suelo no se hunda antes de abandonar la nave.

Aquello temblaba por todas partes y yo sólo podía pensar en una cosa: “¿serán conscientes de la cantidad de tornillos que se estarán aflojando en un avión tan viejo con ese movimiento?”

Mientras lo pensaba, seguía a la azafata con la mirada. Quería advertirla del peligro y, de paso, preguntarle qué se había tomado para aparentar tal estado de depresión en una situación como ésa.

Algunas maletas se caían mientras ella, totalmente apática, nos dirigía miradas de desprecio y volvía a colocarlas en su sitio.

La comida rebotaba contra las paredes y algunos pasajeros se empeñaban en atraparla dando absurdos manotazos.

Tan entretenida estaba con ese espectáculo que, sin esperarlo aún, anunciaron que estábamos a punto de aterrizar en el aeropuerto de Budapest.

Sentí cierta alegría, aunque no quería precipitarme, pues sabía que quedaba lo peor: el descenso y aterrizaje.

Me atreví a mirar por la ventana y, de pronto, observé que el pequeño aparato se había puesto casi del revés.

Sin casi, se puso del revés.

“¿Será una costumbre húngara o algún tipo de venganza hacia los países capitalistas?”, me pregunté.

Este tipo de filigranas aéreas ya me parecían una tomadura de pelo.

Mi acompañante me dijo que tenían que coger la pista así, a causa de la situación del aeropuerto.

No me creía nada.

Miré hacia una de las alas y observé que tenía una enorme abolladura.

Además, se movía como si se fuera a desprender. Ahora, mi teoría sobre los tornillos parecía cobrar mucho más sentido.

Mantenía los ojos bien abiertos, en alerta máxima, para avisar al piloto de cualquier cosa que pudiera descolocarse o romperse. Seguía expectante. Aunque no sirviese de nada.

Luego, viene mi reacción, la de siempre. Me pregunto a mí misma qué hago yo allí y por qué no estoy en mi casa sentada sobre algo que no se mueva y que se atenga a las leyes de la gravedad. Y me recreo en la estupidez de estar haciendo esas absurdas piruetas en el aire hacia una ciudad desconocida.

La pregunta de siempre, “¿podré regresar por algún otro medio que no sea por el aire?”

“Seguro. Ya lo pensaré en el hotel”.

Con esta simple pregunta, mi estancia siempre se hace más liviana, más llevadera. Me repito que no voy a regresar bajo ninguna circunstancia de la misma manera y me entretengo encontrando distintas opciones, en coche, en tren, a pie…

Siempre regreso en avión, claro.

En fin, todo tiene su recompensa.

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La estación

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Existe un momento en nuestras vidas en el que pensamos, equivocadamente, que hemos tomado un camino determinado, elegido por nosotros y que sabemos hacia dónde nos dirigimos.

Esto no es más que una ilusión.

Si cometes el error, o el acierto, de girar a la izquierda, en vez de a la derecha, esa decisión, por nimia que parezca, puede traer consigo un sinfín de consecuencias.

En realidad, nos hacemos la ilusión de que dominamos nuestro destino, aferrándonos a pequeñas costumbres diarias, que se afianzan con la edad y que nos hacen sentir más seguros, pero no existe nada seguro. Al igual que no existe nada perfecto o que podemos afirmar que la verdad absoluta es una quimera.

Aquel día decidí que un avión era un medio de trasporte demasiado rápido para la decisión que acababa de tomar.

Necesitaba un viaje lento, que me permitiera asimilar el cambio tan radical que se iba a producir en mi vida.

El tren fue mi elección porque yo sé que si hubiera elegido llegar en unas cuantas horas a mi destino, habría regresado a Suiza de nuevo.

Y ese tren lento, me permitió pensar, escribir, mirar por la ventanilla e ir cambiando unos paisajes por otros en una pausada transición. De esa forma el goteo de sensaciones se hacía más liviano.

Era un viaje plácido, pacífico. Estábamos yo y el tren.

Solía alargar los desayunos en un intento de frenar la llegada de nuevos minutos. Observaba a los demás pasajeros. En sus caras se leía que muchos de ellos se dirigían decididos a su destino, en otros se podían entrever las dudas. Viajaban sin la certeza de desear alcanzar su destino y con un íntimo deseo de que el viaje no terminara.

Sin embargo, el tren seguía su curso sin pausa, implacable. Se paraba en estaciones, pero retomaba su ruta.

Ya me encontraba a medio camino entre Suiza y España.

Las horas transcurrían lentamente, y sin embargo a mí se me antojaban desbocadas e implacables.

Necesitaba que las agujas del reloj se detuvieran. Mi mente seguía en Suiza. De hecho, recuerdo haber tenido más conversaciones mentales conmigo misma en alemán, que en español.

Ya habíamos salido del país y entrado en Francia. Tras haber parado en una estación, cuyo nombre no tiene importancia, me sentí incapacitada para actuar con el cerebro y, en un impulso, el corazón tomó el relevo.

Como una autómata cogí mi maleta y me bajé del tren.

Parada en el andén observé cómo se ponía en marcha. No había llegado a mi destino, pero era incapaz de subir. Pregunté por un hotel, sin reflexionar demasiado sobre lo que estaba haciendo.

Ya entrada la noche me encontraba cenando en un precioso y acogedor comedor rodeada de las conversaciones de otros huéspedes. No tenía la sensación de encontrarme ni en Francia, ni en ningún otro país. Había parado el reloj. Había tomado la decisión de que necesitaba más tiempo para esa transición. Al fin y al cabo era mi tiempo, mi vida y mi equivocación.

Alcé la copa de vino y miré por primera vez con atención al pequeño restaurante en el que se escuchaba todo tipo de idiomas y escaso francés.

No habían transcurrido ni dos minutos delante de mi cena, cuando una voz, mitad sorprendida, mitad emocionada, pronunció mi nombre.

Si no me hubiese bajado en esa estación, nunca hubiese vuelto a verle.

Las estaciones son encrucijadas, puntos de encuentro y de despedidas, donde las personas se van o aparecen como por arte de magia. Donde puedes volver a ver a la persona que menos esperas.

Y donde se mantienen las conversaciones más sinceras, por esa extraña magia que tiene viajar que hace que abandones tu disfraz de todos los días y recuperes tu verdadero yo.

Y ahora, años más tarde, recuerdo esa larga conversación, en la que palabras y vino se enredaron durante horas. Y fueron precisamente esas horas de charla la medicina que necesitaba para afrontar el cambio de país y de vida. Quizá si no hubiese hablado con Mark, no hubiese podido avanzar en mi trayecto.

Aquella noche Mark no me dio ningún consejo. Pero supo escuchar, que es un arte que poca gente domina.

Las decisiones y conclusiones a las que llegué ya estaban dentro de mí, sólo que él sabía extraerlas con la maestría de un buen cirujano. Utilizaba magistralmente su empatía, esa escasa cualidad de los que saben mantener una conversación.

Siento que existan tan pocos amigos como Mark, con el que, según me han dicho, ya no podré volver a hablar, por lo menos en esta vida.

Con él aprendí que, algunas veces, es imprescindible pararse en una estación.