Un ataque de…

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La calle está llena de gente y no puedo evitar el pensamiento de salir de entre la masa de personas que se cruzan conmigo.

Me encuentro con filas de personas que me miran. Me siento observada, juzgada. Eso me enfada. Quiero confundirme con la multitud, pero no parece posible.

Empiezo a sentir que debo salir de allí. Reflexiono, aún me quedan unas cuantas calles para llegar a casa.

Son unas calles, nada más. Una distancia insignificante. Sin embargo, un pensamiento me asalta. No puedo evitar pensar que si por cualquier motivo me encontrase mal en este preciso instante, me marease o sufriese un ataque al corazón, podría caerme en mitad de la calle.

Dos consecuencias aterradoras se desprenden de ese pensamiento.

1-    No me daría tiempo a alcanzar mi casa.

2-    Todo el mundo, que no quiero que me mire, me miraría.

Estos dos pensamientos se traducen de inmediato en sensaciones.

Mis manos comienzan a sudar, mi corazón se acelera y también me mareo.

Si mi corazón se acelera más, me puede dar el ataque al corazón al que temo.

Si me mareo, es posible que ocurra lo que bajo ningún concepto quiero, desmayarme en mitad de la acera.

Al pensarlo, mi miedo se hace realidad.

Me arrepiento de haberlo pensado. Ahora es mi mente la que tiene el poder sobre mi cuerpo. He permitido que el miedo comience a extenderse. Y no sé cómo detenerlo.

Las sensaciones se vuelven muy raras. Si le cuento a alguien lo que siento, probablemente me encierren.

La acera de cemento que piso se me antoja blanda, además, no me parece tener el cuerpo equilibrado. Mi sensación es la de tener un peso en el hombro izquierdo que hace que me escore hacia un lado.

Intento respirar profundamente y calmarme.

Lo principal es que nadie se percate de que estoy caminando con un hombro más alto que el otro.

Echo una ojeada a un escaparate para ver si mis hombros se encuentran nivelados.

La verdad es que doy una imagen de lo más normal.

Me calmo un poco.

Sin embargo, la acera continúa siendo demasiado blanda. La miro. Todo está normal. No puedo evitar sentir cómo mis pies se hunden como si pisase una ciénaga llena de agua y barro.

Es una sensación horrible, pero poco tiempo le puedo dedicar porque estoy ocupada en nivelar mis hombros.

La sensación de pesadez, ha pasado ya al ojo izquierdo. Vaya, todo ocurre del mismo lado. Según la imagen que envía mi mente de mí, me veo ridícula, ya que me parece llevar un hombro más bajo que otro, pisar un suelo poco firme y lucho por mantener abierto mi ojo izquierdo.

En mi interior, sé que son sensaciones absurdas y me enfado conmigo misma por no saber dominarlas.

No me encuentro nada bien. No me gusta ese descontrol al que me estoy viendo sometida. Mejor me paro un rato. Me meto en una tienda. La luz me molesta en los ojos, en los dos.

Con el fin de tranquilizarme, me apoyo en una pared y disimulo cogiendo en mi mano una chaqueta. Hago como si mirara el precio.

Veo la etiqueta borrosa y noto como si la pared en la que estoy apoyada fuera tan blanda como el suelo que piso. Es como caminar por un colchón y apoyarse en otro.

Nada es seguro, ni duro, todo es blando e inseguro.

Pues sí que voy avanzando. Ahora ya no sólo se me cae un hombro hacia la izquierda, sino que tengo problemas con la pared y el suelo. El ojo izquierdo se empeña en cerrarse, veo borroso y tengo fotofobia.

Vale, vamos a ser claros, más bien tengo fobia a secas.

Un ataque de pánico en toda regla.

Si me muero, no importa, pero por favor, que no se me note y, sobre todo, que todas las señoras que tengo a mi alrededor no me miren. Ante todo discreción. No quiero llamar más la atención, ya me miran bastante sin que haga nada.

Con la mano que me sobra me agarro a un estante de ropa.

Anda mira, éste sí que está duro. Es como una boya en medio del océano.

Qué sueño me está entrando con toda esta lucha inútil contra mí misma. Casi no puedo abrir los ojos. Son como dos yunques, me pesan. Tengo que volver a la oscuridad de la calle e intentar llegar con cierta dignidad a casa.

Me centro en pensar que aunque yo me vea a mí misma como si tuviera un hombro de doscientos kilos y un ojo cerrado, la gente parece no percatarse.

Hay que salir de la tienda antes de que otro síntoma decida visitarme.

Mi certeza es que me está dando un ataque cerebral, pero mi mente me dice que no es posible que me dé uno cada vez que intento salir de compras.

Bueno, ya que estoy, voy a ver si aprovecho y llego a la caja para pagar la chaqueta, que al fin y al cabo es de lo más mona.

El finger

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Temblando y agarrada al billete de avión me disponía a regresar a España desde Hannover.

Mi madre había cogido el primer avión hacia Alemania para acudir a rescatarme. Después de interminables charlas había logrado arrancarme de la casa donde vivía. Aquella crisis de angustia había dado paso a síntomas de agorafobia y sentía pánico a abandonar los lugares conocidos.

Estaba agotada ya que llevaba meses sin poder dormir por las noches. Solía pasar el día estudiando alemán en casa y practicando cada día a bajar un peldaño más de las escaleras del piso donde vivía, para lograr alcanzar la acera y poder, algún día, regresar a mi país.

El aeropuerto de Düsseldorf no era muy grande, pero a mí toda aquella gente que me rodeaba me parecía una multitud demasiado bulliciosa. Procuraba mirar hacia el suelo simulando un estado de calma que no tenía, mientras hacía cola para entrar en aquel aparato que nos llevaría de vuelta a casa.

Mientras tanto, el único pensamiento que ocupaba la mente de mi madre era sacarme del país cuanto antes. Con este firme propósito, me sujetaba con fuerza por un brazo e intentaba distraerme con alguna charla frívola que yo me esforzaba por escuchar.

Entregamos los billetes en el mostrador de la puerta de embarque y entramos en el finger. Pude sentir cómo la presión sobre mi brazo había cedido. El hecho de haber superado ese mostrador se le antojaba la última de las barreras para llevarme de vuelta.

Mis pensamientos estaban algo más llenos de dudas. Era consciente de que una vez que lograse meterme en el avión, no habría salida y el encerrarme en él, o en cualquier otro sitio, me producía pánico. No por temor a volar, sino porque me mareaba aun teniendo ambos pies sobre tierra firme. No me fiaba de mis sensaciones. Era como cuando tienes fiebre alta y sabes que tus sensaciones están deformadas, pero a ti te da igual, porque lo que te importa es lo que estás sintiendo.

Con un hombro medio encogido y mirando fijamente a la moqueta del suelo del finger, concentraba mis esfuerzos en que mi respiración fuese pausada y tranquila.

No sé cuál era la posición de la puerta del avión, sólo recuerdo que el pasillo en el que estábamos hacía una curva muy pronunciada hacia un lado.

En aquel momento aparté mis ojos del suelo y se me ocurrió mirarme las piernas, entonces pude observar que tenía la rodilla derecha doblada, mientras que la izquierda permanecía estirada en posición normal.

Respiré profundamente y armándome de valor ante la posible respuesta, pregunté a mi madre:

–      Mamá, ¿para ti el suelo está normal?

–      Sí, claro – contestó lacónica.

No tardé ni un segundo en desprenderme de su brazo para iniciar una carrera en sentido contrario.

O sea, que toda aquella cola de pasajeros se hallaba de pie con ambas piernas perfectamente rectas y, para mí, ni el suelo, ni mi rodilla derecha lo estaban. Entré en barrena.

Mi madre, para entonces, había abandonado la fila de pasajeros sin pensárselo dos veces y, ante el asombro de la gente, empezó a perseguirme por todo el finger, intentando alcanzar la manga de mi chaqueta.

La pobre ante la perspectiva de quedarse con una persona totalmente descontrolada y rodeada de alemanes, gritaba una y otra vez:

-Li, Li, párate, escucha.

Cuando consiguió darme alcance, volví a sentir aquella fuerte presión en el brazo. Aquella vez estaba claro que no pensaba soltarme y que no entendía qué podía haber desatado mi repentina estampida.

Cuando aclaramos que el suelo del finger también estaba inclinado hacia un lado para ella y para el resto de los pasajeros, mis signos vitales fueron volviendo paulatinamente a la normalidad.

Fue un vuelo tranquilo. Mamá se pasó las dos horas que duró sin dejar de hablar de cosas tan divertidas y con tal sentido del humor, que cuando aterrizamos, muchos pasajeros con miedo a volar, se acercaron a darle las gracias por haber hecho su vuelo tan agradable.

Y es que siempre he dicho que mi madre debería hablar más bajo y también trabajar en la radio, pues estoy segura de que haría subir varios puntos cualquier audiencia.

El síntoma

El síntoma

Los síntomas de una crisis de ansiedad pueden ser muy diversos. Muchos de ellos se encuentran recogidos en los libros de psicología y otros, son estrictamente personales e incomprensibles para aquellos que nunca los hayan sufrido.

Hace unos años, tener un ataque de pánico aún era interpretado como algo muy raro, en el que la gente te imaginaba con los pelos de punta y echando espuma por la boca. Sin embargo, hoy en día, puedes leer sobre ataques de pánico en cualquier revista de divulgación, de moda o en el suplemento que viene con la prensa de los domingos. Y de todos es sabido que, los ataques de pánico y las crisis de angustia, no son otra cosa que un estado de estrés extremo. Tan corrientes como un catarro, al que hay que poner remedio.

Por aquella época yo pasaba mi primera gran crisis de ansiedad que tuvo lugar durante mi segundo año en Hannover y de la que vino a rescatarme mi madre, que no dudó en coger el primer avión hacia Alemania.

Ya en mi país y después de haber sido diagnosticada, mi madre dedicaba todo sus esfuerzos a que me recuperase.

Aquella tarde, nos disponíamos a comprar unas pastillas en una farmacia para comenzar un tratamiento.

Ella hacía lo posible por entender mis extravagantes explicaciones y atendía a todos y cada uno de los extraños síntomas que le explicaba con pelos y señales.

Al salir de la farmacia, y probablemente porque ya no soportaba durante mucho tiempo más que siguiese hablando tanto y a tal velocidad, me aconsejó con voz calmada, que comenzase con el tratamiento lo antes posible.

Siempre he estado contra las pastillas, pero en aquel momento mucho más, ya que hasta lo más nimio, hacía saltar mis alarmas y provocaba que mis niveles de hipocondría fuesen más acusados aún de lo que ya eran.

Sin embargo, su consejo era comprensible, pues me daba cuenta de que había que detener aquel estado nervioso en el que me encontraba.

Decidí, por ello, abrir la caja en la misma acera de la farmacia y comencé a leer en voz alta a mi madre, que escuchaba con paciencia, los posibles efectos secundarios que las pastillas podían provocar en mi organismo.

No hizo falta más de un segundo para que mis ojos se quedaran clavados en la primera frase del prospecto.

Posibles efectos adversos:

– ¡Nerviosismo verborroso! – Le grité poseída por el pánico.

– ¿Lo has oído, mamá? ¡Ese síntoma ya lo tengo y sin tomar una sola cápsula! Estoy muy nerviosa y no dejo de hablar, ¿te das cuenta de que tengo el síntoma? ¡Y si tomo esto me pondré aún peor!

Mi madre, que poco tiene de hipocondríaca, y que estaba leyendo las instrucciones conmigo en su afán por complacerme, abandonó inmediatamente la lectura y soltó una carcajada tan sonora que pudo oírse en toda la calle.

Varias personas que nos conocían, nos miraron con envidia por lo divertida que era nuestra vida, pues hasta saliendo de una farmacia éramos como dos cascabeles.

–  No, no – decía mi madre entre lágrimas y sin poder articular palabra.

–  No, no – repetía.

Por el contrario yo me hallaba sumida en un profundo mutismo producto de mi estupefacción y del repentino pánico al no poder frenar aquello ni con una pastilla. No alcanzaba a comprender cómo podía echarse a reír de aquel modo en una situación tan grave como aquella. Tenía un síntoma que me hacía hablar sin poder parar, me secaba la boca, me producía unas terribles palpitaciones y, además, jamás podría frenarlo para volver a ser una persona normal. Pero cuanto más la miraba reprochando su falta de empatía, más agudo se tornaba aquel repentino ataque de risa incontrolada.

Pasados unos minutos en los que hubo momentos en los que pensé que iba a dejar de respirar de las carcajadas que soltaba, pudo por fin articular:

–  Nerviosismo; ver borroso. Son dos síntomas y además a lo que tú te refieres es a nerviosismo y a verborrea, no existe “verborroso” ¡so lerda!

Cuando alcancé a comprender mi estúpido fallo mental, estallé en una carcajada de dimensiones parecidas, que se convirtió en todo un ataque de risa. Las lágrimas nos resbalaban por las mejillas mientras intentábamos recomponer nuestra cara para realizar el camino de vuelta a casa sin dar la impresión de haber sido golpeadas por algún matón. Por supuesto, aquello tuvo un efecto mucho mejor que el de ninguna pastilla y pasé a un estado de relax total.

Eso sí, para entonces ya no eran un par de señoras fisgonas las que había en la acera, más bien todo un corro, a punto de preguntarnos por nuestra receta de la felicidad.

El Prisionero de la Segunda Avenida

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El paro, las crisis de ansiedad, los agobios de una gran ciudad y la lucha diaria por la supervivencia son problemas actuales y de cualquier época.

Esto está magníficamente reflejado en una de mis películas favoritas “El Prisionero de la Segunda Avenida” o “The Prisoner of Second Avenue” de 1975, en versión original, que es como más la disfruto.

Los problemas acucian a una pareja norteamericana de los Estados Unidos de los 70, interpretada magistralmente por Anne Bancroft y Jack Lemmon. La película  es, en realidad, una obra de teatro, pues se desarrolla en espacios cerrados y está plagada de  diálogos que captan al espectador desde la primera escena.

Sus dos personajes principales son Mel Edison y su esposa que viven en la planta decimocuarta de un bloque de apartamentos de la Gran Manzana.

El ambiente agobiante del verano con las altas temperaturas de Nueva York y el crimen en aumento, unido a que lo despiden, le provocan una crisis que le hace ver su vida bajo otro prisma.

Mel, tiene el estrés muy alto por su trabajo, su asfixiante apartamento y la vida que la ciudad le obliga llevar, siempre con prisas y rodeados de gente embebida en sus problemas cotidianos y diminutos mundos.

La situación de la pareja se hace difícil cuando él es despedido y, aunque se esfuerza en volver a encontrar trabajo como sea, acaba recluido en su apartamento con una espantosa y, a la vez hilarante, crisis de ansiedad.

Creo que hay pocos actores que borden tan perfectamente este estado de ánimo como Jack Lemmon y aunque es trágico, es difícil no soltar una carcajada con algunas de sus hipocondrías y continuo estado de ansiedad.

Un hombre como él, acostumbrado a luchar día a día, se encuentra repentinamente recluido en su casa, después de numerosos y humillantes intentos por conseguir trabajo.

Acostumbrado a estar ocupado fuera de casa, aunque con una vida laboral no muy agradable, no asimila el parón repentino. Ahora no tiene nada que hacer y es su mujer la que encuentra un trabajo con el que intenta sobrellevar algo mejor la situación.

Esta estancia prolongada en su apartamento, el calor, el vacío que siente y la soledad provocan que su mente comience a deformar la realidad hasta el punto de verse obligado a ir al psiquiatra.

Se producen situaciones y diálogos que sólo invitan a la carcajada, sin embargo las circunstancias son trágicas.

Mel desvaría y llega a conclusiones exageradas, tales como que se hallan envueltos en una especie de conspiración del Estado contra todos los ciudadanos. Él se ha enterado a través de la radio, pero nadie más lo sabe porque, según él mismo explica, “no hay nadie en casa a las diez de la mañana, pues todos se encuentran trabajando”.

A pesar de que las crisis de ansiedad no invitan a la risa, no puedo evitarlas al ver esta película, pues esas mismas carcajadas aliviaron muchos momentos trágicos de mi vida, como veréis en mi siguiente entrada y quizá en alguna otra.

Al médico con papá

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Existen días en los que hagas lo que hagas, las cosas no salen bien. Y éste, sin duda,  fue uno de ellos.

Me encontraba pasando unos días en casa de mis padres. Mi madre procuraba pasar tiempo conmigo, pero tenía mil cosas que hacer. Entre ellas, atender un súbito dolor que tenía mi padre en el dedo de un pie, con la consiguiente cita con su médico general.

Lo peor del asunto era que, sin él saberlo, le esperaba una pequeña encerrona, ya que el médico pretendía convencer a mi padre de que se hiciera un examen de próstata, pues su internista había encontrado algo en los últimos análisis que le había hecho.

Mi madre y yo sabíamos que no había persona en la tierra que lograra convencer a mi padre de algo que él no quería hacer, así que, habíamos intentado que este asunto quedase en nuestras manos.

Sin embargo, aquella aciaga mañana, para sorpresa de ambas, mi padre, que ya había estado reflexionando sobre su estratagema para librarse de la cita, se presentó ante nosotras muy decidido, con cara de pocos amigos y nos espetó desafiante: “Me voy al médico solo”.

Papá no ha ido al médico solo en todos los días de su vida, ni tan siquiera a pedir una receta, no fuera a ser que, en un descuido, lo cogiese por las orejas y en vez de firmársela, lo metiera directo en el quirófano.

Después de tan valiente afirmación, ambas teníamos claro que lo que pretendía era marcharse solo a dar una vuelta, hacer tiempo y volver a la hora de comer, protestando por  la cantidad de gente que había encontrado en la consulta y pudiendo afirmar así, que no había podido ser atendido.

Como era preciso que le recetasen algo para el súbito dolor en el pie, yo me ofrecí voluntaria a acompañarlo, con lo que, obviamente le chafé el plan de escabullirse de la visita. En aquellos momentos no sabía a lo que me exponía.

Simplemente quería evitar que fuese solo porque, tanto mi madre como yo, nos temíamos que Francisco, así se llama el médico, pudiese mencionar la prueba de la próstata: “Traédmelo por aquí que ya lo convenzo yo”, nos había soltado con gran seguridad. Después de aquella frase, mi madre y yo pensábamos: “Este pobre hombre no sabe a lo que se enfrenta, si lo supiera preferiría repetir el MIR”.

Lo primero que hicimos fue coger un taxi, ya que mi padre no podía caminar bien. No es que el ambiente en el vehículo fuese muy distendido esa mañana. Papá había entrado en una especie de mutismo muy raro en él, muy probablemente debido a su cita.

Llegamos al centro médico. El sitio es nuevo y diría que agradable, aunque no puede haber ningún sitio donde haya médicos que sea agradable. Y sé que la mayoría de ellos opinan igual que yo.

Me bajé del taxi y dejé a mi padre pagando. La primera en la frente. El pobre estaba tan nervioso, que cuando salía del taxi su cabeza rozó el techo del vehículo y, debido a su falta de pelo, y por tanto, a una mínima protección, se convirtió en un reguero de sangre. Pero esto no lo detuvo ni un momento.

¡Santo cielo! Cuando vi aquello me abalancé a examinarle la cabeza  y comprendí que no debía de haber salido tan a la ligera del vehículo y que la mejor opción hubiera sido poner mi mano en su cabeza cuando descendió, como hacen los polis con los maleantes.

Acto seguido, papá dijo apresurado que no era nada, poniéndose un pañuelo blanco en la cabeza, pero yo ya había observado que se había llevado por delante un buen trozo de piel, nada grave, pero que sangraba abundantemente.

Pues así entramos. Era un espectáculo casi hilarante, ya que en lo único que él podía pensar era en terminar pronto con todo aquello y aceleraba el paso por el pasillo sin darme tiempo ni a seguirlo, con la mano en la cabeza intentando detener la estrenada hemorragia.

Una vez lo vi sentado, empecé a buscar a una enfermera que le pusiera algo en la herida, pero, oh milagro, la puerta del médico se abrió y nos indicó que pasáramos.

¿Por qué todo ocurría tan deprisa esa mañana? Generalmente, siempre tenemos que esperar un buen rato en la antesala. Pero ese día, nada.

Nos sentamos. Le dije lo que le pasaba en la cabeza. Papá estaba totalmente a la defensiva ante la perspectiva de consultarle lo que le pasaba en el pie.

El médico, al que ya le rondaba la idea de soltarle el discurso prohibido,  pensó que poniendo una voz autoritaria, método que probablemente le funcionaba con muchos pacientes, mi padre iría como un cordero a hacerse la dichosa prueba.

A esas alturas yo ya sabía que no era ni el momento, ni el día y probablemente ni el año. Ya se lo había dicho anteriormente, estando a solas con él. “Deja que le hable mi madre. No le menciones el tema porque lo vas a asustar más” Pero, mi padre que parece una persona afable y sencilla, es muy difícil de conocer y puede acabar con la moral de una persona en unos cuantos minutos sin siquiera proponérselo.

Al terminar de mirarle el dedo gordo del pie y diagnosticarle un probable pequeño ataque de gota, mi padre ya se había soltado mucho más con eso del pañuelo y se lo había dejado pegado, eso sí plegado en cuatro partes, encima de la cabeza y adoptado una posición mucho más a la defensiva que antes, frente al posible agresor. Quizá ya sospechaba que algo más se gestaba allí, con los médicos nunca se sabe. Cruzaba los brazos sobre el pecho. “Mala señal”, pensé yo. No podría decirse que la postura fuese muy natural. Sus ansias de defenderse eran tales, que los había cruzado demasiado arriba mientras apretaba los labios, y eso, junto con el toque árabe que el pañuelo le daba, su aspecto no inspiraba mucha tranquilidad.

Aprovechando que yo estaba sentada del lado del oído en que mi padre no oye, advertí al médico, sin miedo a ser oída, que no plantease el tema ese día. Sin embargo, éste no estaba dispuesto a arredrarse y, haciendo caso omiso de mis indicaciones verbales, inició su propio calvario.

Comenzó explicando con paciencia, pero con seguridad, que era mejor asegurarse del resultado de los análisis del internista y que se sometiese a una prueba, que, según él, era muy sencilla. Y así, pasó a explicarle en qué consistía la prueba en cuestión.

Tras dicha exposición mi padre contestó: “Pero, ¿eso qué es?” Cualquiera que no lo conociese y no supiera en el ataque de pánico en que se encontraba no le hubiese encontrado ni pies ni cabeza a la preguntita, que no era otra cosa que, ¿A qué conduce esto? ¿Va a haber otras pruebas? ¿Qué pasa si encuentran algo? En fin, lo que todos tenemos en la cabeza en este tipo de situaciones. Pero, como es lógico, el médico interpretó que había, quizá, que utilizar un lenguaje menos técnico y volvió sobre el asunto con palabras más sencillas, que tuvieron el mismo resultado: “Pero ¿eso qué es?” Parecía que mi padre se había parapetado en esa frase y no tenía intención de soltar otra cosa por la boca.

Para entonces, yo ya había abandonado al pobre doctor metido hasta las cejas en el asunto y me dedicaba a mirar hacia un lado, distraída, leyendo no sé qué calendario de esos que dedican cada mes a una enfermedad.

Cuando volví la cabeza hacia el médico, me dedicó una mirada de desesperación como suplicando ayuda. “No, no”, pensé, “ya te lo había advertido”.

Lo explicó por enésima vez, pero la postura corporal del médico había cambiado con respecto al comienzo del discurso. Ahora ya no reposaba su espalda en el sillón, sino que se hallaba echado hacia delante enervado. Lo último que le oí decir antes de abandonar la consulta, estando mi padre en la misma posición de autodefensa y repitiendo exactamente la misma frase fue: ¡Qué te van a meter un dedo por el culo!

Caray, el pobre hombre estaba exhausto. Mi padre lo había machacado. Eso sí, él tampoco se encontraba demasiado bien, entre la herida de la cabeza y el bajón de moral a causa de la charla en la que le auguraban todo tipo de males. No había por donde cogerlo. También hay que decir, que el médico no estaba en mucho mejor estado.

Me lo llevé a la enfermería. Sólo quería sacarlo de allí y que le curasen la herida de una vez. Pero la cosa no había acabado. Aún me esperaba otro asalto con la enfermera.

Papá es siempre encantador con las enfermeras, ya que éstas suelen portar utensilios que no le gustan e intenta distraerlas charlando y riéndose. Ellas lo encuentran encantador, viéndolo tan relajado y están siempre encantadas de tener un paciente tan afable.

Entramos en una salita. Se sentó en un sillón. La enfermera echó un vistazo a la herida, dijo que no era profunda, pero que sangraba mucho. Había que desinfectarla y ponerle unas gasas. Como ya he mencionado, mi padre es sordo de un oído, él sigue diciendo que oye poco, pero eso es otro tema.

La enfermera depositó unos apósitos en la cabeza de mi padre. Las gasas blancas se asemejaban a una especie de torreta que había que aplastar “pescándolas” con un esparadrapo. Mi padre me miraba fijamente con todo aquel bulto colocado encima de la cabeza.

La enfermera se esmeró en colocarlas bien, puso bastantes, una encima de otra. La cabeza de mi padre parecía un merengue, blanco, alto y barroco.

En ese momento, la pobre cometió el fallo de avisar a mi padre de que no se moviera, dándose la vuelta para cortar el esparadrapo. Y al estar ella detrás del sillón donde él se encontraba sentado y oyendo que ella murmuraba, se volvió de golpe para preguntarle si quería algo, poniendo “su oído bueno” y su mejor intención. Todo el vendaje salió disparado hacia un lado igual que una serpentina.

Todo era tal sucesión de desastres, que yo me hallaba sumida en una profunda vergüenza y desesperación. Mi ayuda se había tornado más bien en una especie de asesinato tanto físico, como moral, pues se encontraba más asustado y deprimido que antes de acompañarlo.

Me quedé quieta, mirándolo fijamente y sin articular palabra. Me encontraba delante de él, como si me hubiese convertido de pronto en un objeto inanimado, mudo.

Me ha ocurrido otras veces en situaciones que superan mis límites y parece que ésta lo estaba consiguiendo. Me quedé en blanco. Es como si me saliese de mi cuerpo. Se me paralizan las conexiones cerebrales. La gente piensa que, o soy idiota o tengo unos nervios de acero. Ni lo uno, ni lo otro.

Todo era grotesco. Tres veces consecutivas se repitió la escena de las vendas cayendo de la herida de la cabeza de mi padre y cada vez era más gracioso ver cómo él, solícito, se giraba hacia atrás mientras la enfermera se quedaba de pie frustrada, boquiabierta, con el esparadrapo cortado en la mano y no entendía por qué, si lo avisaba, cada vez, de que no se moviese, él giraba la cabeza repentinamente como cuando un bebé tira una y otra vez los patucos al suelo sólo por el placer de ver agacharse a su madre.

Aquello ya duraba más que una operación. La enfermera no alcanzaba a comprender por qué un herido tan amable no se dejaba poner un simple vendaje en la cabeza y seguía intentando pescar a lazo los apósitos que se disparaban cada vez con más gracia como si de una broma molesta de carnaval se tratase. Algo tan sencillo, resultaba labor imposible.

Aquel día le devolví a mí madre una persona herida física y psíquicamente, que, encima, había dejado muy deprimidos a un taxista, a un médico y a una enfermera.

Tras esa mañana, me sentí muy mal, pues mi intento de ayuda se había convertido únicamente en una sucesión de calamidades. Por eso, es curioso que cada vez que le narro a mamá aquel desafortunado día, ni ella ni yo podemos evitar reírnos hasta no poder más.