El túnel de los horrores

El tunel de los horrores

(Dedicado a mi amiga Catalina. Felicidades por haberlo logrado)

Procurando no mirar mucho hacia los lados y concentrándose en el frío suelo de aquel  inhóspito lugar, se metió rauda en el ascensor. Sólo tenía que ponerse una inyección en la barriga y salir. No podía ser tan difícil.

Decidida a terminar con el trámite cuanto antes, entró en el ascensor que la dejó en el segundo piso. Nada más salir, apareció ante ella un largo pasillo por el que comenzó su recorrido.

Mientras avanzaba no pudo evitar leer los carteles de las puertas cerradas que se cruzaban en su camino. El primero, a la derecha: “Sala de Tumores”.

-Qué práctico, pensó. Lo dejas ahí y a la salida te haces la loca y lo olvidas. Muy bien pensado. Comprendo que este sitio tenga fama. Aquí, el que no se cura es porque no quiere.

Continuó avanzando por el frío pasillo desierto, mientras se concentraba en el  jardín soleado que la esperaba a la salida, cuando, a la izquierda, la sorprendió otro cartel en una puerta también cerrada y de aspecto aún más cutre y deprimente que la anterior: “Peluquería”.

Ahora ya estaba algo perdida. No entendía la finalidad de una peluquería en un hospital de esta índole. Le entró cierta depresión. Sin embargo, recapacitó un poco y al acordarse de lo que había leído en la puerta anterior, se le hizo la luz. Era lógico que al desprenderse uno del tumor que lo acosaba y teniendo en cuenta que probablemente la Sala de Tumores en el que se depositaba, estuviese repleta de otros muchos tumores de gente que había tenido la misma idea de dejarlo allí abandonados a su suerte, a todos se les pusiesen los pelos de punta. De ahí, la genial idea de instalar una peluquería en este sitio.

La idea, en realidad, estaba bien pensada, pues ¿a qué ser medio normalito, no se le ponen los pelos de punta si entra en una sala a dejar su tumor, se encuentra con los tumores ajenos y, encima, teniendo que hacerle sitio al suyo? Aún así, no entró en la peluquería, más que nada, porque sabía que solían dejarte peor de lo que entrabas y la desvencijada puerta no parecía garantizar que arreglasen los desaguisados con demasiado estilo.

Consiguió apartar la mirada del espantoso cartel y mirar de frente hacia el resto del interminable corredor que se mostraba ante sus ojos. Mientras lo hacía, otro cartel despistó su concentración: “Capilla” -¡Bueno, ya estaba bien, ni respirar la dejaban en aquel lugar. Salías de una y te metías en otra!

No es que ella no encontrase lógico todo aquello. En realidad, a pesar de que el hospital había sido edificado en los años sesenta, estaba todo muy bien pensado.

“Sala de tumores”, se le ponen a uno los pelos de punta, “Peluquería”, para que te los arreglen y tengas un pasar, después, “Capilla”. Y es que el que no se pusiese a rezar tras los dos carteles precedentes no era de este mundo, y más sabiendo lo que le esperaba al final del pasillo.

Vamos, que todo esto lo discurren como túnel de los horrores para un parque de atracciones y se forran. Tendrían al personal gritando y corriendo de un lado para otro sin parar.

Decidió pasar también de la capilla. Si rezaba, lo haría en casa y para pedir que no la metiesen nunca más en un sitio tan tétrico como espeluznante.

Se atrevió a mirar de reojo hacia un lado. Gran error. Esta vez la puerta no era tan pequeña como las otras, es más, eran dos y el cartel rezaba: “Quirófano”. “No, no… Ahí, sí que no entraba, ella ya había dejado su tumor a la entrada y allí se quedaba”.

¡Por fin! “Hospital de día”. Buena señal, quiere decir que ahí, no te dejan pasar la noche.

Una enfermera de rostro muy dulce, aunque levemente momificado, cuyo pelo permanecía sospechosamente estático, le indicó que pasase a la sala de espera. La pobre, probablemente habría cometido el error de entrar en la peluquería, ya que la tenía cerca.

Entró en un enorme salón vacío con un montón de sofás de cuero negro desgastado. Se sentía algo reticente a sentarse, más que nada, porque la planta de plástico que se hallaba en el centro del espacio, había acumulado polvo, probablemente desde la inauguración del famoso hospital.

El helado y nada acogedor mármol del suelo, salpicado de unas motas grisáceas se extendía sin piedad por todo aquel gigantesco salón, en el que después de unos quince minutos de espera, sus piernas apenas soportaban el peso de su cuerpo.

Decidió sentarse, aunque sospechara que los grandes sillones de cuero no se limpiaban desde los años sesenta.

Se acercó a uno de ellos y colocó tímidamente su trasero al borde del mismo para no tocar más de lo imprescindible.

Como si todo estuviese preparado para asustar a las visitas, el sillón se balanceó de tal manera que hizo que saliese despedida como una bala hacia el espantoso florero plastificado. Consiguió frenarse apoyándose en la mesa de cristal. Las flores que la decoraban sacudieron algo de su polvo en su nariz y estornudó.

Empezaba a dudar si, en aquel lugar, pretendían que se lesionase para ingresarla. Es cierto que estaba algo torpe, pero también es verdad que, para visitar aquel lugar, debería haber entrenamiento físico y psíquico porque sino, no salías viva o salías con un trauma.

No se había recuperado aún del susto cuando entró una enfermera y le indicó que pasara a otra sala.

El espectáculo allí era tan deprimente, que las motas del suelo le antojaron alegres florecillas comparadas con lo que allí se veía.

En su empeño por salir de aquel agujero lo más inmediatamente posible, no se sentó en silla alguna, no quiso que la pinchara el brazo. En pie, como una estaca, se subió la camiseta y le dijo a la enfermera que le pusiese la inyección en la barriga.

Cuando se dio la vuelta para decirle que ya había terminado, ella ya se encontraba en el jardín haciendo respiraciones diafragmáticas y llamando a un taxi.

Aunque, francamente aliviada, ya que se había “olvidado” recoger el tumor y no pensaba volver a por él.

Crimen y castigo

Tony-Vito

Imposible cenar contigo si no fotografiabas el plato que ibas a comer.

Un recuerdo de nuestra cena, pensaba yo entonces… hasta que lo ponías en Facebook.

Tristes eran los postres cuando observabas desolado que tenías un solitario “me gusta”. No se puede vivir para los “me gustas” de Facebook. Suele convertirse en algo trágico.

Sin embargo, los bogavantes te salían de unos colores fantásticos, he de reconocerlo. Claro que no podía ser de otra manera, porque si no te habías comprado el último iPhone que estaba a la venta no te atrevías a sacarlo del bolsillo. A ver si el camarero iba a pensar que no te lo podías permitir.

Cuando me decías que habías adelgazado unos treinta kilos porque habías pagado uno de los mejores hoteles expertos en adelgazamiento, de esos que preparan tu cuerpo con comidas regulares, paseos a ciertas horas y tiempo para la meditación, la verdad es que no mentías del todo. Me han dicho que la cárcel donde estuviste, tenía estas prestaciones.

Desde luego, a ti te había dado un aspecto bastante mejor. El que te hubiesen prohibido el alcohol y no te dejaran tomar hamburguesas a altas horas de la noche mientras veías, embelesado, películas de matones y mafiosos, a los que emulabas por las mañanas inventando alguna estafa por Internet… ¿Cómo llamabas tú a eso…? !Ah, sí, ya recuerdo! Ser empresario. En cierta manera tenías razón, creo que Vito Corleone tenía negocios parecidos y Tony Soprano también, sólo que él era mucho más simpático.

Siento haberte cortado el grifo de “emprendedor”, es todo un desperdicio, lo sé. Pero me enfadaba que dejases a tantas familias en la calle con tus estafas y cuando me enteré… En fin, siempre he sido mala para los “negocios”, hasta tú me lo decías.

Ahora con los treinta kilos otra vez a cuestas, y la poli pisándote los talones, se ha vuelto más difícil lo de los viajes, el champán y los spas.

Tu error fue pensar que las rubias éramos todas tontas.

Ahora el bogavante me lo voy a tomar yo, pero no voy a sacarle fotos, no vaya a ser que no me pongan un “me gusta” en Facebook y pase mala tarde.

Uno de tantos

Justicia 2

¡Debiste ceñirte a la primera versión!

¿Por qué dejaste que ese médico escribiera ese informe sobre tu mierda de dedo? ¡Eres una estúpida!

Si no hubieras ido a verlo, ni hablado por un dedo roto, tu mierda de dedo…

El juez, lo absolvió, basándose en que había sido tan solo una pelea. Ni siquiera influyó en él, ni en la fiscal o demás mujeres de la sala que ella apenas pudiera tenerse en pie después de su operación.

Supongo que todos ellos saldrán a la calle con algún lacito en cuanto la maten.

Insomnio merecido

Atormentado

Las noches son largas para quien no puede conciliar el sueño.

No es mi caso. Mis noches son dulces, felices y tranquilas. Y es que yo, para dormir bien, creo en algo, albergo planes y esperanzas. Procuro pensar que el día siguiente será mejor, distinto, o que se repetirán los ratos buenos. Me arrimo al lado que me gusta, porque el malo, aparece demasiadas veces sin necesidad de invocarlo.

Sin embargo, para los insomnes, los minutos y sus horas se alargan sin fin, proporcionando la sensación de que su noche no se acaba nunca, convirtiéndose en interminable.

Tú siempre me confesabas el miedo que sentías a dormir, balbuceando palabras sin sentido sobre el mal que habías esparcido por doquier durante tu vida. Quisiste enmendarte conmigo, pero has vuelto a cometer, uno tras otro, todos los errores del pasado. Esta vez vas a peor, acelerando sin precauciones tu pendiente. Inconsciente de que, esta vez, es la definitiva.

Ahora sé que tú perteneces a aquellos que no pueden dormir porque se lo merecen, porque pagas un ínfima pena por lo que has perpetrado y continúas perpetrando.

Una de las causas más comunes del insomnio es el estrés acumulado y las preocupaciones cotidianas.

Sin embargo, también existe cierta tradición que asocia el insomnio a la mala conciencia. Tú no puedes conciliar el sueño por odiar, o por desear y haber causado el mal a muchos, los cuales proclaman, con voz contenida, el no haber podido recibir justicia por la manera en que has estropeado sus vidas. Las voces impotentes de los que ven libre a su verdugo.

Como digo, yo duermo bien. Actúo de día y sigo mis pasos. Segura y, sobre todo, constante.

Y tú, sé que no puedes dormir porque soportas tus culpas, tus delitos, que se acumulan con los años. Culpas, que no borras ya tan fácilmente con la ingesta prolongada de alcohol, aunque me han dicho que lo intentas con vehemencia.

En tus sueños impera una noche helada, oscura, con un terco silencio sin estrellas, presagio del oscuro mundo de tus tinieblas.

Te engañas por el día. Sin embargo, la noche, persigue tus delitos no expiados. Se venga del culpable y te arrebata el sueño, te castiga con su silencio aterrador, un silencio en el que escuchas a los que sabes que te esperan, que te esperamos. Y, por fin, cuando Morfeo te visita, lo hace en forma de horribles pesadillas de las que te he visto despertar sudando. Esas de las que jamás hablabas.

Tú eres un insomne merecedor del castigo, sólo previo al verdadero, por eso, se te priva de dormir a tus anchas manteniendo tus sentidos vigilantes, con los nervios excitados, engañándote de día.

No dormirás hasta que tu culpa se revierta en resolución. No lo hará nunca. No la hay para ti. Ya te he dicho que soy constante.

Buenas noches.

La abeja

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Escuchó un zumbido ronco y penetrante. Miró a su alrededor. La sala parecía vacía y tranquila. Torció la cabeza y siguió golpeando el teclado de su ordenador.

Sin embargo, aquel aterrador zumbido regresó a sus oídos. Se levantó de la silla y miró hacia el blanco techo. Allí estaba. Jamás había visto ante sus ojos una abeja de semejante tamaño. No lo entendía, no era verano, ¿Por dónde había entrado? Entonces recordó haber dejado la ventaba parcialmente abierta durante la media hora que bajó a la calle.

Sintió terror, pues no tenía ningún tipo de spray con el que luchar contra aquel bicho. Y a ella le daban terror los bichos, sobre todo de ese tamaño.

Miró a su alrededor, pensando cómo podía deshacerse de aquella bola peluda, que pronto daría con ella y le picaría. Su pulso se iba acelerando a medida que  los pensamientos se agolpaban en su mente. Recorrió la casa en busca de algo que pudiera servirle. Miró a las servilletas de papel de la cocina. Ridículo. Aquel bicho peludo le atravesaría la mano con su aguijón.

Aterrada, se fue a Internet para comprobar el saldo de su cuenta bancaria. No podía pensar con claridad. El terror le impedía razonar de forma lógica.

Descolgó el teléfono y llamó al hotel de cinco estrellas que había justo enfrente de su casa.

– Buenas tardes, me gustaría reservar una habitación para esta noche.

Un pensamiento súbito la detuvo.

– Un momento, por favor.

Con las gotas de sudor resbalando por su frente y la mirada siempre en los vuelos cada vez más rápidos y agresivos de aquel insecto, se acercó, aterrada a su ordenador y escribió en Google:

“Esperanza de vida de las abejas”

Google le espetó la respuesta: “Al igual que ocurre con las avispas, el ciclo de vida de las abejas depende, principalmente, del tipo de abeja. Las abejas obreras viven una media de 45 días, una abeja reina vive de 3 a 5 años.”

Angustiada, volvió a coger el teléfono.

– ¿Tienen alguna libre por un período de 45 días? Quería hacer una reserva urgente , después de ese tiempo, si mi problema no se ha solucionado, me iré de viaje.

El patio interior

Hombre patio interior

Sentado en su vieja silla con la sensación de haberlo perdido todo, de no haber vivido nada, empecinado en su intento por  escribir, simplemente por dejar algo tras su muerte.

Aferrado a un viejo ordenador, con los ojos fijos en una patio interior sombrío, húmedo y umbroso, mirando fijamente a la modesta, monótona y mustia ropa que cuelga la vecina de tercero. Forzando la escritura, sin poder escribir.

Si contase lo que siente y cómo ha llegado a esa situación de soledad extrema, no haría más que ponerse en evidencia, por lo menos, eso es lo él que piensa.

Podría contar historias sobre personas de su vida cotidiana, que forzosamente tendría que inventar, pues no ha hablado con nadie desde hace años.

Mucho tiempo atrás se había convencido a sí mismo, por pura fobia social, de falta de interés por nada, ni nadie. Una vez cultivado con persistencia este aislamiento, había logrado alcanzar la soledad más absoluta. Ahora, que ya era demasiado tarde, se daba cuenta de que no la quería.

Siempre había pensado que tendría tiempo. Tiempo para viajar, para conocer a gente que “mereciese la pena”.

No había querido entablar conversación alguna con el vecino al que le cuesta caminar y que da pasos pequeños hasta cruzar la acera para alcanzar la farmacia.

Tampoco le había interesado aquella  mujer que entra en el portal con los ojos clavados en el suelo y un par de libros bajo el brazo, aquella que aquel día de junio, quiso contarle algo sobre los muchos países en los que había vivido y la razón por la que había regresado.

Él pensaba que su inspiración le vendría sin mirar a las personas, sin conocer situaciones, pasando por la vida  en una larga espera para que llegase algo que nunca había sabido definir bien lo que era. Una vida entera sin actuar, sin hablar, sin moverse de su diminuto piso, rechazando invitaciones, levantando un muro difícil de derribar.

Y ahora era demasiado tarde. Se había convertido para los demás en una silueta, una sombra que salía del portal, no lo veían, ni lo saludaban.

Mientras tanto, él sigue pasando las tardes delante de una cuartilla vacía, levantando la cabeza de vez en cuando hacia el patio interior húmedo y vacío, aunque ya sabe, que no hay nada más que pueda esperar.

Asuntos de sangre

Asuntos de sangre

Esperaba por él sentado en el bar de siempre, con los ojos hundidos en la copa casi vacía. Se sentía enfadado consigo mismo porque se había prometido que no le iba a prestar dinero una sola vez más. Sin embargo, había vuelto a acceder a su petición de ayuda. Probablemente, si no se hubiera quedado sin padres a los pocos meses de nacer, no sentiría este vínculo tan fuerte con su hermano, al que, sin embargo, hacía solo un par de años que conocía.

 

Thomas apareció tarde y corriendo, como era su costumbre. Nervioso, se sentó en la barra junto a él. Lucas levantó la mirada y pidió que les sirviesen dos copas. Su hermano no cesaba de hablar de sí mismo, en una especie de verborrea imparable en la que enlazaba un problema con otro, detallando sus deudas de juego y lo que le pasaría si no las saldaba. Agradecía lo que su hermano, que seguía con la mirada perdida en algún punto de la de barra de madera del bar, estaba a punto de hacer: darle el dinero.

 

Sólo que esta vez, si lo hacía, jamás volvería a recuperar su vida, pues el dinero que le iba a entregar era el único del que disponía. “Me he visto obligado a pedir un préstamo al banco para hacer esto por ti, pero ya no puedo asumir ni ese pago mensual”, dijo a su hermano como quien explica que está condenado a muerte. “Es sólo dinero. Ya saldrás adelante”, replicó Thomas sin darle mucha importancia.

 

Sin tan siquiera volver la cabeza para mirarlo y con la absoluta certeza que proporciona la desilusión, entregó el sobre. No pasaron ni minutos antes de que su hermano Thomas abandonase el local con grandes prisas.

 

No volverían a verse. Lucas, iba a terminar con todo, con una existencia que resultaba imposible, porque estaba convencido de que el hueco de deudas sin fin de su hermano crecería hasta que un día lo matasen sin que él pudiese evitarlo. Pero ya no podía hacer nada más por él, ni tampoco por sí mismo, ambos habían sido arrastrados por el mismo destino cuando sus vidas se cruzaron y a causa de un estúpido vínculo sanguíneo al que jamás debió someterse.

 

Antes de haber tomado la decisión, lo había intentado todo, reducir gastos, como dejar de comer fuera, algo que le gustaba ya que vivía solo. También se había visto obligado a controlar sus salidas al cine, uno de sus mayores placeres tras las cenas. Tampoco podía comprarse ropa. Había vendido su flamante Porche y se había comprado un coche modesto de segunda mano, que ahora se caía a pedazos. Caminaba por la nieve con unos zapatos inapropiados que, en cualquier otra circunstancia de su vida, no habría dudado en substituir por otros nuevos. Pero ahora todo, hasta comer, era un lujo del que debía olvidarse.

 

Se sentía hastiado, preso de un cansancio más mental que físico. Había pensado en cambiarse de nombre y adoptar una personalidad falsa, pero no le quedaban fuerzas para ejecutar ningún plan, y estaba solo, sus amigos le habían demostrado que no lo eran, otro golpe, pues siempre había contado con favores exclusivos, así como con auténticas y extensas charlas sobre la amistad. Todo se había ido al garete en cuanto había dejado de frecuentar los lujosos restaurantes de los que era habitual y en los que las botellas de Möet & Chandon se abrían en cuanto traspasaba la puerta. Nunca se había percatado de que las facturas habían sido siempre a su cargo, ni tampoco de que las sonrisas eran fingidas. Ahora su vida se había oscurecido por la claridad con la que lo veía todo.

 

Había intentado jugar en el casino, pero no era lo suyo. En su desesperación, se había lanzado a probar cualquier cosa que pudiera alejar el yunque que sentía en el pecho y que no cesaba de ahogarlo. Había probado incluso con la cocaína, a la que se descubrió alérgico, ya que cada vez que la esnifaba sus ojos se llenaban de lágrimas y la respiración se le hacía difícil.

 

Mientras recorría las calles heladas teñidas de un gris desolador, un único pensamiento martilleaba su mente: el suicidio. No concebía otra solución. Lo haría al llegar a casa, puede que se ahorcase o que tomase pastillas o que abriese la llave del gas y se quedase dormido para siempre. Ya nada importaba.

 

Entró en un bar a tomar la última copa de su vida, un sitio oscuro y tétrico cuyo ambiente le hubiese causado terror en otras circunstancias. Quizá tuviese suerte y lo matasen allí mismo.

 

Después de varias copas, descubrió un pequeño cuarto al final de la barra que conducía a otra parte del local. No prestó mucha atención y desvió la mirada hacia el camarero para pagar con las únicas monedas que le quedaban. Entonces, un hombre musculoso, con tatuajes por todo el cuerpo, se acercó hasta él y le susurró varias frases al oído. Él se detuvo a pensar durante unos instantes, después lo miró y, segundos después, lo siguió hacia ese lugar escondido que conducía a un sótano aislado situado en la planta de debajo del bar.

 

Y allí comenzó el juego. Se sentó y sin pensárselo dos veces se puso la pistola en la sien. Estaba fría. Apretó el gatillo. Disparó sin pestañear y todos los hombres de la mesa doblaron su dinero. Su cara no reflejaba ningún tipo de emoción. Sin apenas inmutarse lo intentó de nuevo en aquel garito clandestino.

 

Cuando salió, parecía que había dejado de nevar pero aun así decidió ir a comprarse aquellos zapatos. Por si acaso. Llevaba en sus bolsillos más de veinte mil euros.

Momentos en la jaula

 

 

Momentos en la jaula

Ella se saca los pantalones y se queda con las piernas descubiertas.

Cansada de mojarse los pechos y la blusa para ducharlo y de sus quejas cada vez que lo toca con las manos heladas, esta vez se le ha ocurrido cubrirse con una chaqueta.

Lo agarra para que se sienta más seguro y se tapa ambas manos con las mangas de lana para que él no note el frío.

Una vez que el agua de la ducha empieza a fluir, se remanga hasta los codos y comienza a lavarlo.

Él apenas se sostiene y se agarra con fuerza a la tubería de metal que sostiene la cabeza de la ducha.

Él disfruta del agua caliente mientras las piernas de ella, al igual que parte de la lana que cubre sus pechos se mojan hasta quedar empapada. No importa, ocurre a diario. Es otra cosa más en un mar de tantas otras.

Escucha cada cinco minutos como él le dice que le siguen gustando mucho sus piernas.

Ella sonríe.

Un ritual diario. Pesado. Monótono.

El ritual de cuidar de alguien día tras día, excepto las horas en que a él se lo llevan.

Horas ocupadas por prisas. Horas que se escapan demasiado rápido por mucho que ella intente retenerlas, que se van tan deprisa como el agua de la ducha entre sus manos.

Tiempo que, de tanto querer apurar, casi siempre acaba desperdiciando.

Y luego vienen las horas de encierro. Ese tiempo vacío que ella le regala. Tiempo de vida en el que ella muere un poco por él.

Tras un pasado plagado de años de hielo entre ambos, los mismos que ahora se ríen como dos adolescentes metidos en esa ducha diaria. A veces se ríen con ganas, otras sólo lo hacen conscientes de lo grave de la situación, en un desesperado intento de obviarla. De nada sirve no reírse. De nada sirve ya nada.

Y él que sigue mirándole las piernas después de tantos años de silencio.

Hace años que debió haberle confesado que aún le gustaban.

Una bofetada contra el asfalto

Una bofetada contra el asfalto

 

Estaban a punto de cruzar la calle.

El marido, moreno, bajo y gordo, agarraba de la mano a su delgada alta y rubia mujer que lucía una melena estratégicamente ondulada por manos expertas y que se hallaba pendiente de su cuidado aspecto, al que dedicaba horas.

Una niña de unos cinco años jugaba entre los pantalones de su madre y, de vez en cuando, se metía entre las piernas de su progenitor, el cual, a duras penas, podía mirarla sin fruncir el ceño y ordenarle que se estuviese quieta.

La madre iba vestida con ropa de marca de una calidad y precio excepcionales. Y según parecía, se sentía orgullosa de llevar a su lado a quien, sin duda, pagaba sus elevados gastos.

Guapa como era, había tardado demasiado tiempo en casarse y, tras muchos esfuerzos, lo había conseguido.

Los tiempos en los que se había visto obligada a salir sola o acompañar a amigas que ya habían pescado marido, pertenecían al pasado. Ya no hacía falta que dulcificase su tono al hablar para caer bien. Ahora, ya era una mujer casada y no necesitaba esforzarse más. Podía, por fin, descansar.

La niña era feliz correteando mientras la luz de aquel semáforo no daba paso a la pareja.

De pronto y sin mediar palabra, en un rapto de genio incontenido, la mano de él se posó violentamente en el rostro infantil de su hija. Y, en unos segundos, la cara de la criatura golpeó el duro asfalto. El cuerpo de la pequeña había sido arrastrado al suelo bajo el poder de aquel violento manotazo de odio desmedido que el hombrecillo no pudo, o no quiso, reprimir.

Se oyó un alarmante grito de dolor de la niña, que rompió a llorar al sentir la fuerza del duro asfalto sobre su cara. A causa del manotazo se había quedado tumbada en mitad de la acera. En su desesperación, levantaba sus brazos hacia su madre en un gesto de súplica, intentado que la cogiese entre sus brazos.

Él se disculpaba con su mujer, diciéndole que la niña lo había provocado ya que no dejaba de moverse.

Normal, las niñas de cinco años suelen mantenerse quietas, comportarse como estatuas de sal, raro es que jueguen y molesten.

La madre miraba al frente sin mover un músculo aunque el terror se podía leer claramente en su rostro.

Parece que, el gordo piernicorto, no sólo perdía los estribos con la niña, pues la reacción normal de una madre hubiese sido levantarla inmediatamente de la acera para comprobar que no se había abierto la cabeza.

Claro que, es de muy mala educación hacer gestos innecesarios en público y además, si te decantas por ayudar a tu hija, ¿quién te va a pagar la ropa en primavera?

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Espero que lo disfrutéis.

Un saludo a todos y gracias por vuestro incondicional apoyo desde que empecé a escribir este blog.