Mi nuevo libro “Historias para antes de dormir”

Hoy me gustaría comunicaros que mi libro “Historias para antes de dormir” ya está disponible en formato electrónico en Amazon Kindle.

El libro consta de una selección de mis entradas más populares que van desde el humor, el suspense, la hipocondría, las reflexiones o los sentimientos.

Podéis descargaros la aplicación de forma gratuita y adquirirlo a través este enlace.

Espero que lo disfrutéis.

Un saludo a todos y gracias por vuestro incondicional apoyo desde que empecé a escribir este blog.

El abismo

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Se incorporó rápidamente y miró a su alrededor. Estaba demasiado oscuro para alcanzar a ver nada. Dio unos pasos hasta que comenzó a notar que la tierra se ablandaba bajo sus pies.

Se arrodilló y comenzó a palpar con las manos hasta que una de ellas, no rozaba nada semejante a la tierra en la que se apoyaba la otra.

En un esfuerzo supremo por vislumbrar algo en una noche tan oscura, y aún temblando tras el accidente, pudo ver un enorme agujero a tan solo unos centímetros de sus rodillas.

Se asomó al borde de un precipicio. Un agujero abismal aún más oscuro que la noche en la que se encontraba preso.

Se alejó cuanto pudo y volvió a ponerse en pie. Estaba desorientado.

La luz de la luna comenzó a alumbrar con tenues rayos una especie de sendero que parecía hallarse a kilómetros de distancia. Nada, excepto esto, servía como punto de referencia, ni un árbol, ni una casa, ni una persona…

Trató de escuchar algún ruido de los muchos que existen en la noche, pero sólo oyó el viento en sus oídos. Lo que le produjo una sensación de soledad que casi no recordaba.

No sabía si había supervivientes, aunque era bastante improbable.

Un deseo violento y repentino de volver corriendo al camino se apoderó de él. Al mismo tiempo, se palpó suavemente el móvil en el bolsillo del pecho. Un absurdo pensamiento se coló en su mente y lo intentó. Sin señal.

Empezó a caminar para intentar acercarse al sendero y alejarse del abismo.

Curiosamente, no sentía vértigo, una sensación que sí se había apoderado de él en aquella ridícula y vieja avioneta en la que los habían trasladado.

Tuvo la prudencia de no mirar a la derecha, pues allí se hallaba el temido borde, de bajada constante y empinada.

La monotonía de sus pasos lo llevó a un estado mental no muy diferente al que lo había llevado la conferencia escuchada el día anterior. Un viaje tan lejano para escuchar a alguien que no había dicho nada. Absolutamente nada, en una de esas charlas repetidas hasta la saciedad en la que, los diversos conferenciantes, sólo se dedican a pasarlo bien a costa de la institución que los envía.

Ese hastío constituía la mejor arma para luchar contra el miedo. No sabía si prefería perderse para siempre en esas llanuras luchando por su vida, rodeado de un oscuro abismo, o si regresar al vacío del abismo en el que hacía años se había convertido su vida.

Había caminado ya un buen trecho de la gigantesca llanura y, ahora, la luna, que estaba justo encima, daba la luz suficiente.

Podía ver ya claramente el camino terroso que lo conduciría de nuevo a la civilización y sus conferencias.

Giró la cabeza y miró los pasos que lo separaban del enorme abismo al que había estado a punto de caer. Miró hacia la enorme luna que pendía de un cielo plagado de sonrientes estrellas.

Y regresó sobre sus pasos para encaminarse, de nuevo, al abismo sin perder de vista la suave luz de la luna.

En tierra de nadie

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Roger destapó el tarro de café y comprobó que no quedaba mucho.

Mientras esperaba a que la máquina preparase lo único que podía servirle de alivio en aquel momento, se sentó en la mesa de madera de la cocina. La mesa de las crisis y las crisis eran siempre con café. Sólo que ella solía estar presente en ellas y ahora ya no estaba.

Era noviembre. Una mañana difícil de sortear, aún para un hombre como él que había sobrevivido a muchas mañanas durante cincuenta y ocho años.

Hacía dos meses ya que ella lo había abandonado y noviembre era una de las pocas cosas que llegaban. Y después de noviembre, diciembre, enero y un mes se confundiría con otro en medio de su absurda existencia. Una vida en tierra de nadie.

Se levantó con la mirada perdida para servirse una taza de aquel negro brebaje que le recordaba las charlas en la cocina. Recuerdos era todo lo que le quedaba. Su vida se había vaciado de un plumazo, de la noche a la mañana y él no podía mirar más que hacia el pasado. El presente era borroso y solitario. No había motivo para la lucha sin que ella estuviese con él.

Y, sin embargo, sabía que él había sido el único culpable de esa marcha. Sus errores habían desembocado en aquella situación que era lo último que hubiese esperado. Nunca sabes cómo van a reaccionar las personas, por mucho que las conozcas.

Hace años ella se hubiese quedado, pero ahora no. Si algo le producía pavor a su mujer es perder su vida en una lucha inútil y él con sus toscas palabras le había demostrado que lo era.

Antes él desconocía que las palabras podían cambiar la vida de dos personas de una forma tan radical, tan sangrante.

Un hombre que había temido a cuchillos y a balas, pero nunca a las palabras, por eso no las había respetado. Se había saltado todas la reglas. Había dicho frases que ningún hospital podía curar. Y así, había matado de un solo golpe el amor que ella sentía por él.

Su imprudencia al expresarse lo había dejado allí, en esa casa vacía, sentado ante esa sólida mesa de madera, solo ante una taza de café, en medio de una cocina que una vez había estado llena de vida, planes y sentimientos.

Siempre se puede hablar. Se puede hablar de todo, pero no se puede disparar a matar e intentar olvidarlo. Hay palabras que se clavan como estacas ardiendo en el corazón de las personas, palabras envenenadas, palabras hirientes que destruyen sin remedio.

Después de aquellas frases teñidas de veneno, ella no había respondido y él, en su ignorancia, había pensado haber ganado la batalla de una discusión absurda, sin saber que en realidad, había perdido la guerra.

La única guerra que hubiese merecido la pena ganar: Vivir junto a ella.

Obsesionado

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Había pocas cosas que no me gustasen de ella.

No podía dejar de observar su manera tambaleante de caminar sobre aquellos tacones inexplicables.

No me explicaba la crueldad de su rostro, ni la repentina aparición de su belleza al sonreír.

Me hechizaba el poder de atracción de cada uno de sus gestos.

Me obsesionaba pensar que se concentraba para decidir si me quería o no en su vida, si me prefería delgado, musculoso, callado o muerto.

Sé que no sabía si deseaba abadonarme.

Me atormentaba su escrupulosa mirada sobre cada unos de mis movimientos.

En realidad, no importaba porque hiciera lo que hiciera, no podía dejar de pensar en ella como un misterio que jamás alcanzaría a descifrar.

Desde que aquel día lluvioso y gris en aquella ciudad rota por disparos de guerras inútiles, no he dejado de morir por puro miedo a que un día me aparte de su vida y no volvamos a compartir esos pequeños bocados de existencia juntos.

No quiero volver a sentirme solo, furioso y desencantado en esas noches de alcohol y mañanas de resaca en las que me mantenía despierto cuando todo el mundo dormía.

Prefiero la agonía de cada minuto con ella.

El asesinato de James

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La verdad es que conocer a James era todo menos un placer.

Su personalidad mezquina y desordenada te invitaba a marcharte en cuanto le estrechabas la mano.

Se había criado en las calles y de ellas había aprendido todo y un poco más. No había agujero de las cloacas que no conociese y que no controlase.

Coincidí unas cuantas veces con él en el club en el que solía reunirme con viejos amigos y me gustaba observarle. Más que nada su aspecto vulgar, sus ademanes de mafioso que se notaban hasta en cómo sacaba el fajo de billetes que solía llevar en el bolsillo. Todos sus gestos atraían mi atención como si de un imán se tratase.

Era un tipo duro, sí lo era.

Las noches y aquel local eran lo suyo. Ese era el centro donde se cuajaban todas las decisiones o todas las venganzas.

El local era bastante atractivo, sobre todo por su música y su comida, pero cuando James aparecía, todo se convertía en una alcantarilla de la que sólo te apetecía escapar. Era imposible obviar su presencia.

La noche en que su mejor amigo, Loren, entró en el club empuñando un arma, todos dicen, que miraron hacia otro lado. Sonaron varios tiros y un extenso charco de sangre se extendió por el suelo. Sin embargo, la reacción de todos los allí presentes fue la misma, incluso la orquesta alzó el volumen de sus voces y los instrumentos sonaron con más intensidad.

Y James desapareció. La policía se sirvió de la versión falsa de los clientes del local. Procuró no ahondar en detalles que todo el mundo quería evitar escuchar. Y se cerró el caso. A nadie le importó el asesinato de James. El se había dedicado a ello durante toda su vida de mafioso, labrándose así una gran reputación como ganster.

Hoy, entre recuerdos y ginebra, la historia de James sigue recordándose, entre los que siguen acudiendo al local. Se habla de ella en el mismo tono  que si hablasen de lo que van a cenar.

Sin embargo, lo cierto es que desde que James no se pasea por las calles de la ciudad, la música suena más alegre y la comida sabe mejor.

Cuerdos y locos

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Se encontraba perdido en una realidad anodina que le indujo a creer cuentos que llegó a utilizar para prolongar su existencia.

Se ahogaba perdido entre una multitud de gente toda igual con lo que su aislamiento aumentaba.

Se sentía atrapado en una vida insulsa girando de forma incesante en busca de pequeños y vulgares placeres.

Hablaba sin hablar, ya que sus palabras eran prestadas.

Oía sin oír, ya que las conversaciones no lograban captar su atención.

Y escondía la cabeza entre historias de vidas que llegó a pensar eran la suya propia.

Su vida eran los libros.

Noche tras noche al llegar del trabajo hundía su cabeza en ellos, acompañado por una botella tan solitaria como él.

Hasta que un día despertó creyendo que él era el protagonista de las interminables historias que leía.

Y comenzó a hablar según lo que la ficción dictase en su cabeza, volviendo a ser dueño de sus palabras. Incluso inventado sus propios términos.

Nadie entendía de qué hablaba porque se dirigía a los personajes que habían salido de la ficción para formar parte de su realidad.

Ellos contaban historias llenas de magia, que sí merecían ser escuchadas.

Y así fue como lo tildaron de loco.

En su locura inventaba su vida cada día y, de esta manera, no había día igual al anterior.

Creó su propio mundo en el que todo era aventura.

Una vida en la que él decidía y que se atenía a las normas que él mismo se imponía.

Los demás continuaron en sus oficinas, repitiendo día tras día lo que habían hecho el anterior, perdidos en una desvaída realidad, vagando sin sentido.

Hordas de personas viviendo sin vivir, sin hablar, sin escuchar.

Todos locos su juicio.

El cuerdo siguió viviendo rodeado del resto del mundo, un mundo de locos.

 

El camionero

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Aparco el camión cerca de la gasolinera.

Llevo años al volante.

Últimamente suelo parar sin razón aparente.

La historia de un hombre como yo, es imposible de contar.

A pesar de ser una de tantas historias, no muy distinta a las otras.

Una historia corriente.

Cuando vi a esa chica por primera vez conduje durante unas tres horas sin saber lo que hacía.

No me la podía arrancar de la mente.

Ella no se dio cuenta de mi presencia.

Aunque lo hubiera hecho, una chica como ella jamás me habría mirado.

Estoy a cinco kilómetros de donde está ella.

Va a ese restaurante de carretera en la que la música de los cincuenta inunda el local.

Se sienta sola, lee el periódico, toma café y se va a trabajar.

Suele llevar un vestido ligero a causa del calor y unas sandalias.

Su melena color dorado debe de ser preciosa suelta.

Nunca la he visto, pero la he imaginado todas las noches.

Sólo dos veces al mes puedo desviar mi ruta esos cinco kilómetros, sólo para observar esa escena cotidiana que tiene lugar todos los días.

Lo hago desde hace dos años que fue cuando su existencia envenenó mi vida.

Soy un camionero de treinta y cinco años.

Nunca he estudiado.

Tengo por amigos a mi camión y mi música.

Antes pensaba que la vida consistía en esas dos cosas.

Era suficiente.

Ahora ya no.

Entraré otra vez en el local que ella, sin darse cuenta, emborracha con su presencia.

Guardaré todas las imágenes que pueda recoger mi mente para repasarlas mentalmente hasta que pueda volver a verla.

Si alguna vez ella me mirase, sólo vería a un hombre bruto, lleno de músculos y con la camisa manchada de grasa.

Nunca he salido de Estados Unidos y ella, probablemente, haya estado mil veces en Europa.

Empujo la puerta del local y echo un ligero vistazo para ver si ya ha llegado.

La veo sentada en la mesa cerca de la ventana, leyendo, tranquila.

Los acordes de una canción de Elvis suenan de fondo.

Me siento en la barra de espaldas a ella y pido un café.

Soy feliz.

Sólo vivo para este momento.

Lo demás ha dejado de importarme.

Mi mundo se reduce a ver esta escena llena de luz.

Si tengo suerte, la veo sonreír a la camarera que, después de dos años, nos conoce a los dos.

Un hombre como yo no tiene nada que ofrecer a una mujer como ella.

Un hombre como yo lo daría todo por tener a una mujer como ella.

Tengo una historia que contar, es corriente, como las otras, pero imposible de contar.

La historia de un trabajador que, sin darse cuenta, un día dejó de sentir.

Un hombre que llegó a pensar que la vida, era lo que él tenía.

Alguien que recorría el país de un extremo a otro pensando que lo tenía todo con su música y su camión.

Un hombre que un día, al verla, lo perdió todo como si de un golpe le hubiesen arrancado el corazón.

Su vida, su trabajo y su música perdieron todo significado.

Un hombre que, cuando escuchó de los labios de la camarera, que la chica de la melena dorada, también llevaba dos años esperando por él, creyó morir.

 

Herbert

c2f21c05f61f24e4276ee0c967182b45 Existen pocas cosas que me gusten tanto como cocinar en casa para amigos.

Esa tarde, el sol entraba por mi ventana y daba directamente en la enorme mesa de madera barnizada y montada por mí pocos días después de aterrizar en la ciudad. Habían pasado ya casi tres años.

Aún tenía el pelo húmedo de la ducha y me paseaba por la cocina repasando mentalmente los distintos menús que podía ofrecer a mis invitados.

Ellos saben que me gusta cocinar al tiempo que van apareciendo por la puerta, me gusta que entren y salgan de la cocina, que hablemos mientras bebemos la primera copa de vino, que corten un pimiento en trozos o me sugieran una receta nueva.

Ellos me conocen bien, ya que suelen ser pocos e íntimos.

Solemos improvisar.

Sin prisas y con el relax que proporciona la confianza de estar con los tuyos.

Miro por la ventana y un sol rojizo que me recuerda lo lejos que estoy de mi tierra, me produce un sentimiento de añoranza que procuro apartar de mí. Hoy no. Hoy no hay espacio al recuerdo, sólo quiero dejarme llevar por las sensaciones.

Tras ponerme un vestido negro corto y unas sandalias de cuero que suelo utilizar en casa, me voy a la cocina y enciendo las luces bajas de la encimera de madera.

La luz dorada irradia hasta el salón, ya que son dos habitaciones comunicadas.

Como un goteo mis invitados van llegando.

Íbamos a ser cuatro. Somos siete.

Típico cuando vives en el extranjero.

Siempre hay alguien descarriado que no soporta el peso de la soledad. Con el fin de librarlo de que, en noches semejantes, cometa cualquier locura, solemos invitarlo a unirse a nosotros.

No importa.

Aunque debo confesar que me invade algo de rabia al recordar que yo nunca gocé de estos privilegios por muy nueva o sola que estuviese en una ciudad. Tampoco caía en locuras, simplemente solía librarme de la soledad a base de escribir, leer y sacar fotografías.

Hay tres personas en mi casa a las que no conozco.

Los que se han colado son: una chica italiana muy molesta que no deja de reírse y contar anécdotas estúpidas. Tipo de persona al que odio, ruidosas que no escuchan y procuran llamar la atención.

Y dos hombres más, uno francés y otro alemán. El francés parece tímido. No hace más de tres semanas que ha llegado a la ciudad y el alemán es un tipo extraño.

Mis tres amigos son españoles.

Imagino que nos pasaremos al inglés durante la velada, pero no será así.

Por suerte, uno de mis amigos se empeña en remodelar uno de mis platos. Empieza a cortar cosas y poner especies en la sartén que aún está al fuego.

Aprovecho para servirme un vaso de vino tinto que uno de mis amigos ha comprado. Tengo suerte, porque además de generoso, entiende de vinos y ha traído uno de mis favoritos, Marqués de Murrieta Reserva. Una caja, aunque yo tengo botellas de vino diversas en casa.

Apoyada contra una pared, me dedico a uno de mis vicios favoritos: observar.

Sin lugar a dudas, el más raro es el alemán. Tiene una extraña manera de moverse, como si buscara algo que le falta. Está inquieto. Es mucho mayor que nosotros, está muy delgado y desde que ha llegado no deja de repetir que él casi no bebe. Sólo quiere tomar un vaso de blanco y nos advierte de que no va a pasar de ahí. Una advertencia algo extraña por su insistencia.

Sé que hay alguien que lo conoce porque cada vez que me ve observándolo, me hace un guiño de complicidad, como indicándome que la historia me la contará más tarde.

Llevo media hora viendo cómo todos se divierten y se ríen.

Han hecho callar a la chica molesta poniéndola a cortar cebolla y desde ese momento no ha vuelto a hablar. Parece que el acto le exige tanta concentración que sólo mueve la lengua para sacarla de la boca en un gesto que delata que nunca ha cortado una cebolla. Bueno, por lo menos está callada. No puede hablar y cortar al tiempo.

El tipo raro lleva ya unos cuatro vinos en media hora. Todos blancos y cada vez que se sirve nos repite que él no bebe.

Empiezo a ver que no es que no beba, es que además, debe de estar realmente acostumbrado a ello, porque el alcohol no lo altera en absoluto. Creo que está en la fase de lo que yo llamo “de nivelación”. Es decir, que tiene que beber hasta alcanzar el nivel de alcohol al que está acostumbrado porque, por el momento, no siente el efecto.

Es un tipo realmente curioso. Viste de una extraña forma setentera y tiene un extraño acento de Alemania del Este. Es cutre en sus ademanes, lleva los cuatro pelos que le quedan peinados de una forma muy extraña, como revueltos, para tapar la calva. Eso hace que se la mires con mayor interés. Y para rematar se llama Herbert. Yo también bebería si me llamase así y tuviese ese aspecto.

Transcurrido un rato, todos nos damos cuenta de que su manera de beber raya en lo cómico. Ha conseguido que el alcohol comience a hacerle efecto. Lleva casi dos botellas, pero como buen alemán, es muy persistente y sigue insistiendo en que él no bebe.

Cuando no miramos, Herbert, se sirve una copa hasta el borde del vaso y se la bebe de un tirón. Así cree engañarnos y que todos pensemos que es la misma copa vacía. Por eso se levanta de vez en cuando a la cocina para tirar la botella y abrir otra. Y repite que la botella sigue intacta porque él no bebe.

A estas alturas ya sabemos que las neuronas de Herbert no se comunican entre sí desde hace años.

Se ha convertido en el centro de atención de la reunión.

Nos sentamos a la mesa y comenzamos a cenar.

Herbert nos dice que es un gran empresario, que es dueño de una fortuna. Con este tipo de comentarios en una reunión en la que hay españoles y tú llevas un traje con manchas y que aún conserva polvo del armario del que lo has sacado, te arriesgas a ser objeto de burla o a que piensen que eres muy tacaño. Vivíamos uno de esos momentos en los que las palabras sobraban, bastaba con las miradas, que nos hacían estallar en carcajadas irrefrenables.

Cada comentario que el pobre hombre hacía nos ahogaba de risa. Él seguía bebiendo y comer, comía poco, pero hablaba cada vez más. Y cada vez que nos reíamos, Herbert pensaba que era a causa de sus absurdas anécdotas.

La borrachera de Herbert se convirtió en una de las reuniones más comentadas posteriormente y él, en una de las personas más patéticas que he conocido.

Más tarde me enteré de que este personaje vivía de autoinvitarse a toda reunión que encontrase. La gente que lo conocía decía que siempre llevaba el mismo traje, sólo que las manchas y las arrugas del mismo iban en aumento.

Por cierto, Herbert era un hombre rico que había heredado muchas posesiones. No se le conocía otro oficio más que el de acumular dinero y botellas de otros. Hace pocos días me he enterado de su fallecimiento. No tenía familia, ni amigos. No hubo más que una sola persona en su entierro, su abogado, que según dicen fue para asegurarse de que en la lápida de su tumba grabasen la inscripción: “Yo no bebo”.

Pröst Herbert!

Gastando goma en París

Conducción Con Lluvia

Cada vez llueve con mayor intensidad y el tráfico de la autopista se hace más y más denso.

Mi experiencia como conductora no debería ser probada tal día como hoy. Hace tiempo que no conduzco y no me siento muy segura.

Persigo el coche de unos amigos desde Bruselas a París entre una cantidad ingente de coches, camiones y lluvia. Es viernes y parece que todo el mundo conduce en un estado de desesperación propio del que ansía que llegue el fin de semana.

Procuro guardar la calma y miro de reojo a mi copiloto, que medio adormilado, también me vigila mientras conduzco.

Él tiene muchos más años de experiencia conduciendo que yo, pero bajo la excusa de un cansancio extremo, me ha puesto a mí al volante.

Yo he pensado que era más sensato que condujese alguien sin una dilatada experiencia que una persona con experiencia, pero que se quedaba dormida.

Años más tarde averiguo que su cansancio extremo de aquella tarde lluviosa no era más que su carnet de conducir caducado hacía años, ya que le parecía una tontería gastar en ese tipo de cosas. Bueno, esto es sólo un ejemplo muy pequeño de a qué extremo podía llegar en su afán de subir su cuenta bancaria. Hablando claro, que era una persona tacaña hasta un extremo que yo nunca me hubiese imaginado.

Mientras conduzco por la autopista, cada vez veo menos. La lluvia se hace más copiosa y los camiones aparecen sin previo aviso por todas partes.

Mi cerebro está tan alerta que tengo miedo de cometer algún error precisamente por mi estado de ansiedad.

Respiro profundamente hasta que el aire llene mis pulmones. No llego a hacer respiración diafragmática por estar demasiado ocupada, pero debería.  Lo mejor que puedo hacer es poner algo de música y dejar que ésta me lleve a un estado de relax que me permita controlar la situación. Intento buscar entre el denso y rápido tráfico el coche de mis amigos. Si no lo encuentro, no sé si amaneceré en Alemania.

A mí me da igual dónde amanecer, lo que no quiero es quedar mal y que cuando vuelva a Bruselas me pregunten, ¿qué tal el fin de semana en París? Y yo les conteste, pues no sé, me he desviado un poco y he estado en un hotelito de la Baja Sajonia de lo más mono. Lo dicho, a mí me da igual, una vez que empiezo a conducir donde voy a terminar, pero hay gente que es muy quisquillosa y necesita un plan. Y si de la A 3, no se desvían a la A 4, como habían planeado se ponen de muy mal humor. Yo en eso, soy muy relajada y mientras encuentre una ducha y un buen café al día siguiente, me da igual desviarme un poco. Total, Alemania, Francia…. En fin, todo es Europa, ¿no?

La autopista cada vez se tornaba más peligrosa y si bien es cierto que me da igual dónde dormir, lo que sí quiero es llegar entera y, en esos momentos, no era algo que viese muy claro.

El limpiaparabrisas funcionaba a un ritmo normal, pero eso ya no era suficiente. El tiempo empeoraba por segundos. Necesitaba que funcionase más rápido, que la luna delantera se despejase aún más. Prácticamente no veía el camión que tenía delante de mi coche.

Empecé a ver algo mejor y ya no sólo alcanzaba a seguir al par de faros rojos del camión que tenía delante de mí, sino que veía el camión entero.

El problema surgió cuando apareció la mano de mi acompañante, que se acercó lentamente al botón que cambiaba la marcha del limpiaparabrisas y no es que lo ralentizase, lo apagó.

No veo. No veo nada, sólo agua y algunas luces procedentes de los coches de la caravana.

Sin perder un segundo y con la inseguridad de mi falta de visibilidad, volví a ponerlo a funcionar. Me dirigí, en un ataque de estupefacción y  furia contenida, a mi acompañante para preguntarle si estaba loco y quería que nos estrellásemos.

No contestó y se hizo el dormido dando un giro hacia su lado izquierdo.

Mientras observaba la autopista, también lo miraba de reojo. Tenía un ojo abierto.

Pasados sólo unos segundos, la misma maniobra. Me para el limpiaparabrisas.

No lo puedo creer. Otra vez no veo. Si eso era una prueba para mis nervios, lo raro es que no soltase el volante para pegarle. Y si es una prueba de conducción en condiciones extremas, la estoy superando con sobresaliente.

Vuelvo a activar el chisme y doy un grito advirtiendo que si vuelve a tocar uno de los mandos del coche mientras yo conduzco, me paro y le pego.

No es que yo acostumbre a pegar a la gente, pero en caso de vida o muerte, creo que es lo más sensato.

Vuelvo a ver su mano acercándose al interruptor para parar la velocidad de lo único que me permite ver un poco.

Mientras me dice en voz alta: “Te lo paro, porque estamos gastando mucha goma”.

Atónita. No me parece una situación real. No sé si reír o llorar.

Esa frase se me queda grabada para siempre.

Empiezo a entender por qué pagaba yo siempre los cafés y a él se le olvidaba la cartera. Todo residía en no gastar… goma, o lo que fuese.

Pero ¿por qué me tengo que dar cuenta de esto en mitad de una autopista y rodeada de camiones?

En resumen, que prefiere estrellarse contra un camión, antes que gastar la goma del limpiaparabrisas del coche. No sé, quizá haya echado las cuentas y salga más barato eso de morirse.  Al fin y al cabo, si nos estrellamos, íbamos a ahorrar un pastón en cafés.

Ya alcanzo a ver la entrada a París. Es peor de lo que pensaba. El tráfico se hace aún más denso. Veo el Arco del Triunfo y, a lo lejos, un montón de carriles, cada vez más. Odio los carriles, los coches y el tráfico. Sólo pienso en dejar ese dichoso coche y bajarme.

Con calma, comienzo a poner el intermitente y a arrimarme como puedo hacia un lado. Ya he logrado pasar un carril, luego otro y otro. Ya está, puedo parar el coche en el arcén y no molesto a nadie. Me bajo. Yo ya no conduzco más.

Le digo que conduzca él, pero que haga el favor de gastar goma, porque como mis manos ya están libres, tengo muchas maneras de obligarlo a que me haga caso.

Y así entramos en París, aquel lluvioso viernes por la tarde y os puedo asegurar que, después de mis amenazas, gastamos mucha, mucha goma.

La imagen de un recuerdo

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Te he visto salir de entre las llamas como quien sale de la oficina.

Un héroe mudo e invisible que se confundía con el todo.

Tenía mi cámara en la mano, pero era incapaz de captar una imagen.

Parecías tranquilo.

Te sacaste el casco y sacudiste un poco la cabeza.

Estabas bañado en humo y tus compañeros ya se ocupaban de la niña de cinco años que acababas de arrancar del infierno rojo y negro que quedaba atrás.

Yo permanecía en la acera de enfrente, inmóvil, intentando reaccionar ante el caos de llamas y el lecho de heridos que se desplegaba, cada vez más real, ante mis ojos.

Sólo cuando tus piernas se rindieron en el suelo, con tu casco entre las manos, pude ver señales de cansancio. Un cansancio más allá de lo físico.

Y el antifaz de calma que dibujaba tu rostro, se desvaneció y, a pesar de tu juventud, tu cara quedó dibujada por las arrugas esculpidas por el dolor.

Esas arrugas que como cicatrices tatuadas en la cara delatan el rostro del que ha visto casi todo, pero no ha dejado de sentir.

Entonces fue cuando hundiste tu cara entre tus manos sucias por el humo.

Escuché cómo descargabas esa tensión que minutos antes habías reprimido.

Tampoco tú habías estado en un accidente de tales dimensiones, tampoco tú estabas preparado para tal horror y tantos cuerpos tendidos pidiendo ayuda.

Tus ojos vacíos se llenaron de lágrimas y fue en ese instante cuando levantaste tu mirada.

Sin intercambiar palabra alguna tus ojos se cruzaron con los míos. Jamás fui capaz de sacar esa foto.

Esa imagen no puede ser captada por ninguna cámara, simplemente se clava como una daga incandescente en ese lugar en el que nunca queremos escarbar.

Se tamiza con el tiempo, pero resulta imposible de borrar.

El otro día nos cruzamos por la calle. Caminabas entre la gente, ya vestido de paisano y tu cara reflejaba calma.

Al mirarnos, aquel instante regresó sin previo aviso para ambos y colapsó el tiempo con la misma fuerza que aquel día.

El dolor volvió a alzarse sin piedad, ése con el que ambos pensábamos que ya podíamos lidiar.

Y esa imagen que sólo existe entre tú y yo, regresó.

Sólo nosotros guardamos esa foto secreta en nuestras mentes.

Jamás he intercambiado una palabra contigo, pero esa imagen se ha convertido, sin quererlo, en un vínculo.

Un recuerdo que nos une sin piedad.