Cuerdos y locos

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Se encontraba perdido en una realidad anodina que le indujo a creer cuentos que llegó a utilizar para prolongar su existencia.

Se ahogaba perdido entre una multitud de gente toda igual con lo que su aislamiento aumentaba.

Se sentía atrapado en una vida insulsa girando de forma incesante en busca de pequeños y vulgares placeres.

Hablaba sin hablar, ya que sus palabras eran prestadas.

Oía sin oír, ya que las conversaciones no lograban captar su atención.

Y escondía la cabeza entre historias de vidas que llegó a pensar eran la suya propia.

Su vida eran los libros.

Noche tras noche al llegar del trabajo hundía su cabeza en ellos, acompañado por una botella tan solitaria como él.

Hasta que un día despertó creyendo que él era el protagonista de las interminables historias que leía.

Y comenzó a hablar según lo que la ficción dictase en su cabeza, volviendo a ser dueño de sus palabras. Incluso inventado sus propios términos.

Nadie entendía de qué hablaba porque se dirigía a los personajes que habían salido de la ficción para formar parte de su realidad.

Ellos contaban historias llenas de magia, que sí merecían ser escuchadas.

Y así fue como lo tildaron de loco.

En su locura inventaba su vida cada día y, de esta manera, no había día igual al anterior.

Creó su propio mundo en el que todo era aventura.

Una vida en la que él decidía y que se atenía a las normas que él mismo se imponía.

Los demás continuaron en sus oficinas, repitiendo día tras día lo que habían hecho el anterior, perdidos en una desvaída realidad, vagando sin sentido.

Hordas de personas viviendo sin vivir, sin hablar, sin escuchar.

Todos locos su juicio.

El cuerdo siguió viviendo rodeado del resto del mundo, un mundo de locos.

 

El camionero

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Aparco el camión cerca de la gasolinera.

Llevo años al volante.

Últimamente suelo parar sin razón aparente.

La historia de un hombre como yo, es imposible de contar.

A pesar de ser una de tantas historias, no muy distinta a las otras.

Una historia corriente.

Cuando vi a esa chica por primera vez conduje durante unas tres horas sin saber lo que hacía.

No me la podía arrancar de la mente.

Ella no se dio cuenta de mi presencia.

Aunque lo hubiera hecho, una chica como ella jamás me habría mirado.

Estoy a cinco kilómetros de donde está ella.

Va a ese restaurante de carretera en la que la música de los cincuenta inunda el local.

Se sienta sola, lee el periódico, toma café y se va a trabajar.

Suele llevar un vestido ligero a causa del calor y unas sandalias.

Su melena color dorado debe de ser preciosa suelta.

Nunca la he visto, pero la he imaginado todas las noches.

Sólo dos veces al mes puedo desviar mi ruta esos cinco kilómetros, sólo para observar esa escena cotidiana que tiene lugar todos los días.

Lo hago desde hace dos años que fue cuando su existencia envenenó mi vida.

Soy un camionero de treinta y cinco años.

Nunca he estudiado.

Tengo por amigos a mi camión y mi música.

Antes pensaba que la vida consistía en esas dos cosas.

Era suficiente.

Ahora ya no.

Entraré otra vez en el local que ella, sin darse cuenta, emborracha con su presencia.

Guardaré todas las imágenes que pueda recoger mi mente para repasarlas mentalmente hasta que pueda volver a verla.

Si alguna vez ella me mirase, sólo vería a un hombre bruto, lleno de músculos y con la camisa manchada de grasa.

Nunca he salido de Estados Unidos y ella, probablemente, haya estado mil veces en Europa.

Empujo la puerta del local y echo un ligero vistazo para ver si ya ha llegado.

La veo sentada en la mesa cerca de la ventana, leyendo, tranquila.

Los acordes de una canción de Elvis suenan de fondo.

Me siento en la barra de espaldas a ella y pido un café.

Soy feliz.

Sólo vivo para este momento.

Lo demás ha dejado de importarme.

Mi mundo se reduce a ver esta escena llena de luz.

Si tengo suerte, la veo sonreír a la camarera que, después de dos años, nos conoce a los dos.

Un hombre como yo no tiene nada que ofrecer a una mujer como ella.

Un hombre como yo lo daría todo por tener a una mujer como ella.

Tengo una historia que contar, es corriente, como las otras, pero imposible de contar.

La historia de un trabajador que, sin darse cuenta, un día dejó de sentir.

Un hombre que llegó a pensar que la vida, era lo que él tenía.

Alguien que recorría el país de un extremo a otro pensando que lo tenía todo con su música y su camión.

Un hombre que un día, al verla, lo perdió todo como si de un golpe le hubiesen arrancado el corazón.

Su vida, su trabajo y su música perdieron todo significado.

Un hombre que, cuando escuchó de los labios de la camarera, que la chica de la melena dorada, también llevaba dos años esperando por él, creyó morir.

 

Herbert

c2f21c05f61f24e4276ee0c967182b45 Existen pocas cosas que me gusten tanto como cocinar en casa para amigos.

Esa tarde, el sol entraba por mi ventana y daba directamente en la enorme mesa de madera barnizada y montada por mí pocos días después de aterrizar en la ciudad. Habían pasado ya casi tres años.

Aún tenía el pelo húmedo de la ducha y me paseaba por la cocina repasando mentalmente los distintos menús que podía ofrecer a mis invitados.

Ellos saben que me gusta cocinar al tiempo que van apareciendo por la puerta, me gusta que entren y salgan de la cocina, que hablemos mientras bebemos la primera copa de vino, que corten un pimiento en trozos o me sugieran una receta nueva.

Ellos me conocen bien, ya que suelen ser pocos e íntimos.

Solemos improvisar.

Sin prisas y con el relax que proporciona la confianza de estar con los tuyos.

Miro por la ventana y un sol rojizo que me recuerda lo lejos que estoy de mi tierra, me produce un sentimiento de añoranza que procuro apartar de mí. Hoy no. Hoy no hay espacio al recuerdo, sólo quiero dejarme llevar por las sensaciones.

Tras ponerme un vestido negro corto y unas sandalias de cuero que suelo utilizar en casa, me voy a la cocina y enciendo las luces bajas de la encimera de madera.

La luz dorada irradia hasta el salón, ya que son dos habitaciones comunicadas.

Como un goteo mis invitados van llegando.

Íbamos a ser cuatro. Somos siete.

Típico cuando vives en el extranjero.

Siempre hay alguien descarriado que no soporta el peso de la soledad. Con el fin de librarlo de que, en noches semejantes, cometa cualquier locura, solemos invitarlo a unirse a nosotros.

No importa.

Aunque debo confesar que me invade algo de rabia al recordar que yo nunca gocé de estos privilegios por muy nueva o sola que estuviese en una ciudad. Tampoco caía en locuras, simplemente solía librarme de la soledad a base de escribir, leer y sacar fotografías.

Hay tres personas en mi casa a las que no conozco.

Los que se han colado son: una chica italiana muy molesta que no deja de reírse y contar anécdotas estúpidas. Tipo de persona al que odio, ruidosas que no escuchan y procuran llamar la atención.

Y dos hombres más, uno francés y otro alemán. El francés parece tímido. No hace más de tres semanas que ha llegado a la ciudad y el alemán es un tipo extraño.

Mis tres amigos son españoles.

Imagino que nos pasaremos al inglés durante la velada, pero no será así.

Por suerte, uno de mis amigos se empeña en remodelar uno de mis platos. Empieza a cortar cosas y poner especies en la sartén que aún está al fuego.

Aprovecho para servirme un vaso de vino tinto que uno de mis amigos ha comprado. Tengo suerte, porque además de generoso, entiende de vinos y ha traído uno de mis favoritos, Marqués de Murrieta Reserva. Una caja, aunque yo tengo botellas de vino diversas en casa.

Apoyada contra una pared, me dedico a uno de mis vicios favoritos: observar.

Sin lugar a dudas, el más raro es el alemán. Tiene una extraña manera de moverse, como si buscara algo que le falta. Está inquieto. Es mucho mayor que nosotros, está muy delgado y desde que ha llegado no deja de repetir que él casi no bebe. Sólo quiere tomar un vaso de blanco y nos advierte de que no va a pasar de ahí. Una advertencia algo extraña por su insistencia.

Sé que hay alguien que lo conoce porque cada vez que me ve observándolo, me hace un guiño de complicidad, como indicándome que la historia me la contará más tarde.

Llevo media hora viendo cómo todos se divierten y se ríen.

Han hecho callar a la chica molesta poniéndola a cortar cebolla y desde ese momento no ha vuelto a hablar. Parece que el acto le exige tanta concentración que sólo mueve la lengua para sacarla de la boca en un gesto que delata que nunca ha cortado una cebolla. Bueno, por lo menos está callada. No puede hablar y cortar al tiempo.

El tipo raro lleva ya unos cuatro vinos en media hora. Todos blancos y cada vez que se sirve nos repite que él no bebe.

Empiezo a ver que no es que no beba, es que además, debe de estar realmente acostumbrado a ello, porque el alcohol no lo altera en absoluto. Creo que está en la fase de lo que yo llamo “de nivelación”. Es decir, que tiene que beber hasta alcanzar el nivel de alcohol al que está acostumbrado porque, por el momento, no siente el efecto.

Es un tipo realmente curioso. Viste de una extraña forma setentera y tiene un extraño acento de Alemania del Este. Es cutre en sus ademanes, lleva los cuatro pelos que le quedan peinados de una forma muy extraña, como revueltos, para tapar la calva. Eso hace que se la mires con mayor interés. Y para rematar se llama Herbert. Yo también bebería si me llamase así y tuviese ese aspecto.

Transcurrido un rato, todos nos damos cuenta de que su manera de beber raya en lo cómico. Ha conseguido que el alcohol comience a hacerle efecto. Lleva casi dos botellas, pero como buen alemán, es muy persistente y sigue insistiendo en que él no bebe.

Cuando no miramos, Herbert, se sirve una copa hasta el borde del vaso y se la bebe de un tirón. Así cree engañarnos y que todos pensemos que es la misma copa vacía. Por eso se levanta de vez en cuando a la cocina para tirar la botella y abrir otra. Y repite que la botella sigue intacta porque él no bebe.

A estas alturas ya sabemos que las neuronas de Herbert no se comunican entre sí desde hace años.

Se ha convertido en el centro de atención de la reunión.

Nos sentamos a la mesa y comenzamos a cenar.

Herbert nos dice que es un gran empresario, que es dueño de una fortuna. Con este tipo de comentarios en una reunión en la que hay españoles y tú llevas un traje con manchas y que aún conserva polvo del armario del que lo has sacado, te arriesgas a ser objeto de burla o a que piensen que eres muy tacaño. Vivíamos uno de esos momentos en los que las palabras sobraban, bastaba con las miradas, que nos hacían estallar en carcajadas irrefrenables.

Cada comentario que el pobre hombre hacía nos ahogaba de risa. Él seguía bebiendo y comer, comía poco, pero hablaba cada vez más. Y cada vez que nos reíamos, Herbert pensaba que era a causa de sus absurdas anécdotas.

La borrachera de Herbert se convirtió en una de las reuniones más comentadas posteriormente y él, en una de las personas más patéticas que he conocido.

Más tarde me enteré de que este personaje vivía de autoinvitarse a toda reunión que encontrase. La gente que lo conocía decía que siempre llevaba el mismo traje, sólo que las manchas y las arrugas del mismo iban en aumento.

Por cierto, Herbert era un hombre rico que había heredado muchas posesiones. No se le conocía otro oficio más que el de acumular dinero y botellas de otros. Hace pocos días me he enterado de su fallecimiento. No tenía familia, ni amigos. No hubo más que una sola persona en su entierro, su abogado, que según dicen fue para asegurarse de que en la lápida de su tumba grabasen la inscripción: “Yo no bebo”.

Pröst Herbert!

Gastando goma en París

Conducción Con Lluvia

Cada vez llueve con mayor intensidad y el tráfico de la autopista se hace más y más denso.

Mi experiencia como conductora no debería ser probada tal día como hoy. Hace tiempo que no conduzco y no me siento muy segura.

Persigo el coche de unos amigos desde Bruselas a París entre una cantidad ingente de coches, camiones y lluvia. Es viernes y parece que todo el mundo conduce en un estado de desesperación propio del que ansía que llegue el fin de semana.

Procuro guardar la calma y miro de reojo a mi copiloto, que medio adormilado, también me vigila mientras conduzco.

Él tiene muchos más años de experiencia conduciendo que yo, pero bajo la excusa de un cansancio extremo, me ha puesto a mí al volante.

Yo he pensado que era más sensato que condujese alguien sin una dilatada experiencia que una persona con experiencia, pero que se quedaba dormida.

Años más tarde averiguo que su cansancio extremo de aquella tarde lluviosa no era más que su carnet de conducir caducado hacía años, ya que le parecía una tontería gastar en ese tipo de cosas. Bueno, esto es sólo un ejemplo muy pequeño de a qué extremo podía llegar en su afán de subir su cuenta bancaria. Hablando claro, que era una persona tacaña hasta un extremo que yo nunca me hubiese imaginado.

Mientras conduzco por la autopista, cada vez veo menos. La lluvia se hace más copiosa y los camiones aparecen sin previo aviso por todas partes.

Mi cerebro está tan alerta que tengo miedo de cometer algún error precisamente por mi estado de ansiedad.

Respiro profundamente hasta que el aire llene mis pulmones. No llego a hacer respiración diafragmática por estar demasiado ocupada, pero debería.  Lo mejor que puedo hacer es poner algo de música y dejar que ésta me lleve a un estado de relax que me permita controlar la situación. Intento buscar entre el denso y rápido tráfico el coche de mis amigos. Si no lo encuentro, no sé si amaneceré en Alemania.

A mí me da igual dónde amanecer, lo que no quiero es quedar mal y que cuando vuelva a Bruselas me pregunten, ¿qué tal el fin de semana en París? Y yo les conteste, pues no sé, me he desviado un poco y he estado en un hotelito de la Baja Sajonia de lo más mono. Lo dicho, a mí me da igual, una vez que empiezo a conducir donde voy a terminar, pero hay gente que es muy quisquillosa y necesita un plan. Y si de la A 3, no se desvían a la A 4, como habían planeado se ponen de muy mal humor. Yo en eso, soy muy relajada y mientras encuentre una ducha y un buen café al día siguiente, me da igual desviarme un poco. Total, Alemania, Francia…. En fin, todo es Europa, ¿no?

La autopista cada vez se tornaba más peligrosa y si bien es cierto que me da igual dónde dormir, lo que sí quiero es llegar entera y, en esos momentos, no era algo que viese muy claro.

El limpiaparabrisas funcionaba a un ritmo normal, pero eso ya no era suficiente. El tiempo empeoraba por segundos. Necesitaba que funcionase más rápido, que la luna delantera se despejase aún más. Prácticamente no veía el camión que tenía delante de mi coche.

Empecé a ver algo mejor y ya no sólo alcanzaba a seguir al par de faros rojos del camión que tenía delante de mí, sino que veía el camión entero.

El problema surgió cuando apareció la mano de mi acompañante, que se acercó lentamente al botón que cambiaba la marcha del limpiaparabrisas y no es que lo ralentizase, lo apagó.

No veo. No veo nada, sólo agua y algunas luces procedentes de los coches de la caravana.

Sin perder un segundo y con la inseguridad de mi falta de visibilidad, volví a ponerlo a funcionar. Me dirigí, en un ataque de estupefacción y  furia contenida, a mi acompañante para preguntarle si estaba loco y quería que nos estrellásemos.

No contestó y se hizo el dormido dando un giro hacia su lado izquierdo.

Mientras observaba la autopista, también lo miraba de reojo. Tenía un ojo abierto.

Pasados sólo unos segundos, la misma maniobra. Me para el limpiaparabrisas.

No lo puedo creer. Otra vez no veo. Si eso era una prueba para mis nervios, lo raro es que no soltase el volante para pegarle. Y si es una prueba de conducción en condiciones extremas, la estoy superando con sobresaliente.

Vuelvo a activar el chisme y doy un grito advirtiendo que si vuelve a tocar uno de los mandos del coche mientras yo conduzco, me paro y le pego.

No es que yo acostumbre a pegar a la gente, pero en caso de vida o muerte, creo que es lo más sensato.

Vuelvo a ver su mano acercándose al interruptor para parar la velocidad de lo único que me permite ver un poco.

Mientras me dice en voz alta: “Te lo paro, porque estamos gastando mucha goma”.

Atónita. No me parece una situación real. No sé si reír o llorar.

Esa frase se me queda grabada para siempre.

Empiezo a entender por qué pagaba yo siempre los cafés y a él se le olvidaba la cartera. Todo residía en no gastar… goma, o lo que fuese.

Pero ¿por qué me tengo que dar cuenta de esto en mitad de una autopista y rodeada de camiones?

En resumen, que prefiere estrellarse contra un camión, antes que gastar la goma del limpiaparabrisas del coche. No sé, quizá haya echado las cuentas y salga más barato eso de morirse.  Al fin y al cabo, si nos estrellamos, íbamos a ahorrar un pastón en cafés.

Ya alcanzo a ver la entrada a París. Es peor de lo que pensaba. El tráfico se hace aún más denso. Veo el Arco del Triunfo y, a lo lejos, un montón de carriles, cada vez más. Odio los carriles, los coches y el tráfico. Sólo pienso en dejar ese dichoso coche y bajarme.

Con calma, comienzo a poner el intermitente y a arrimarme como puedo hacia un lado. Ya he logrado pasar un carril, luego otro y otro. Ya está, puedo parar el coche en el arcén y no molesto a nadie. Me bajo. Yo ya no conduzco más.

Le digo que conduzca él, pero que haga el favor de gastar goma, porque como mis manos ya están libres, tengo muchas maneras de obligarlo a que me haga caso.

Y así entramos en París, aquel lluvioso viernes por la tarde y os puedo asegurar que, después de mis amenazas, gastamos mucha, mucha goma.

La imagen de un recuerdo

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Te he visto salir de entre las llamas como quien sale de la oficina.

Un héroe mudo e invisible que se confundía con el todo.

Tenía mi cámara en la mano, pero era incapaz de captar una imagen.

Parecías tranquilo.

Te sacaste el casco y sacudiste un poco la cabeza.

Estabas bañado en humo y tus compañeros ya se ocupaban de la niña de cinco años que acababas de arrancar del infierno rojo y negro que quedaba atrás.

Yo permanecía en la acera de enfrente, inmóvil, intentando reaccionar ante el caos de llamas y el lecho de heridos que se desplegaba, cada vez más real, ante mis ojos.

Sólo cuando tus piernas se rindieron en el suelo, con tu casco entre las manos, pude ver señales de cansancio. Un cansancio más allá de lo físico.

Y el antifaz de calma que dibujaba tu rostro, se desvaneció y, a pesar de tu juventud, tu cara quedó dibujada por las arrugas esculpidas por el dolor.

Esas arrugas que como cicatrices tatuadas en la cara delatan el rostro del que ha visto casi todo, pero no ha dejado de sentir.

Entonces fue cuando hundiste tu cara entre tus manos sucias por el humo.

Escuché cómo descargabas esa tensión que minutos antes habías reprimido.

Tampoco tú habías estado en un accidente de tales dimensiones, tampoco tú estabas preparado para tal horror y tantos cuerpos tendidos pidiendo ayuda.

Tus ojos vacíos se llenaron de lágrimas y fue en ese instante cuando levantaste tu mirada.

Sin intercambiar palabra alguna tus ojos se cruzaron con los míos. Jamás fui capaz de sacar esa foto.

Esa imagen no puede ser captada por ninguna cámara, simplemente se clava como una daga incandescente en ese lugar en el que nunca queremos escarbar.

Se tamiza con el tiempo, pero resulta imposible de borrar.

El otro día nos cruzamos por la calle. Caminabas entre la gente, ya vestido de paisano y tu cara reflejaba calma.

Al mirarnos, aquel instante regresó sin previo aviso para ambos y colapsó el tiempo con la misma fuerza que aquel día.

El dolor volvió a alzarse sin piedad, ése con el que ambos pensábamos que ya podíamos lidiar.

Y esa imagen que sólo existe entre tú y yo, regresó.

Sólo nosotros guardamos esa foto secreta en nuestras mentes.

Jamás he intercambiado una palabra contigo, pero esa imagen se ha convertido, sin quererlo, en un vínculo.

Un recuerdo que nos une sin piedad.

 

 

 

 

Poderes sobrenaturales

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No hay nada que me impida caminar, pero tengo la sensación de avanzar dentro de agua. Tal es la resistencia que puedo sentir a cada paso que doy. Me duelen los muslos, están duros como piedras, pero sé que debo caminar más deprisa. Voy a cámara lenta. Si sigo así, no tardará en alcanzarme.

Una mirada suya en aquel callejón oscuro al cruzarme con él y ya sé lo que quiere.

Conozco esa mirada y al tipo de hombres que miran así.

Una ola de furia ha recorrido mi cuerpo.

La calle se me antoja aún más larga. Infinita. Parece de goma, una calle que estira. No se acaba nunca y oigo claramente su respiración profunda detrás de mí. Ni se molesta en correr. Disfruta viendo que tiene todo el poder. Se ríe mientras observa cómo apuro el paso, sin que pueda ir más deprisa.

Avanzar dentro del agua es difícil y correr es imposible. Los músculos de mis piernas se tensan aún más con el esfuerzo. Miro al suelo y no lo entiendo. No veo agua, pero la sensación sigue ahí, ¿Acaso es un sueño? Si es así, quiero despertar. Estoy cansada de la resistencia con la que se enfrentan mis piernas. Mi corazón late con fuerza y su respiración está tan cerca, que creo que no tiene más que estirar su brazo para alcanzar mi espalda.

No sé qué intuición hace que intente impulsar todo mi cuerpo hacia arriba, en un intento de salir de allí hacia el cielo, ya que la tierra se me resiste cada vez más. Un pequeño impulso hace que me levante varios metros del suelo. Ni yo entiendo lo que me impedía caminar, ni entiendo ahora lo que hace que pueda volar.

Desde arriba lo veo lejos, pequeño. Según voy cayendo se hace más grande y cuando aterrizo de mi torpe vuelo, lo hago justo entre sus brazos. Más bien garras, para mí, por la fuerza con que me aprieta la cintura. No me va a soltar.

Ahora sonríe. Me tiene. Empieza a rozar la tela de mi vestido.

Mi rabia es tanta que no puedo casi respirar. Ahora me pesan los brazos, los siento como dos yunques. Cierro un puño y, sin pensar, golpeo su cara.

El golpe me impulsa hacia el cielo y desde allí veo cómo la sangre brota a borbotones por toda su cara, una sangre oscura y densa. Le he dado de pleno con una extraña fuerza que no me pertenece. Oigo gritos de dolor y veo cómo se retuerce en el suelo.

Una ola de placer recorre todo mi ser. No sólo me he librado, sino que el agresor, ha pasado a ser el agredido. El miedo, se ha trasmitido como un virus. Y es él ahora quien lo tiene. Está infectado, como lo estaba yo hace unos minutos.

Mira hacia arriba con pánico y echa a correr por el callejón.

Me siento feliz. Tengo superpoderes.

Creo que voy a estar muy ocupada a partir de ahora.

Baño en el Lago de Zúrich

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Cuando se piensa en Suiza generalmente se asocia con frío, nieve y lujosas estaciones de esquí. Todo ello existe. Sin embargo, en verano el panorama cambia radicalmente.

Durante los años que viví en Zúrich no podía evitar perder peso. Mucha gente me ha preguntado la razón de mi pérdida de kilos y hoy he querido contaros en qué consistía mi régimen.

Como he dicho, los veranos eran sofocantes. Hacía un calor difícil de aguantar ya que la ciudad se halla rodeada de montañas. A tales temperaturas suelen seguir fuertes tormentas nocturnas, deliciosas para aliviar el ambiente.

El Lago de Zúrich es una buena opción para esos días en los que el calor te persigue a donde quiera que vayas.

Sentada en la hierba justo al lado del enorme Lago con un amigo suizo, me sentía por primera vez aliviada, sólo de pensar en el chapuzón que estaba a punto de darme.

Aquel día, las gotas de sudor resbalaban por mi frente como nunca antes. No tardé en suplicar que nos lanzáramos a nadar un rato.

Desde pequeña he sido una gran nadadora y una enamorada del agua. Hacía meses que no veía nada que se pareciera al mar y aquel día estaba entusiasmada con la idea de volver a sentir el agua refrescando mi cuerpo.

Una vez que mi amigo accedió, lo primero que hicimos fue descender por unas enormes rocas por las que había que bajar poniendo las posturas más inimaginables para evitar resbalar por el verdín del que se hallaban cubiertas. Yo era toda una inexperta en lagos, sólo conocía el mar y aquel descenso ya me hacía sospechar que la aventura no iba a ser sencilla.

Al principio, me esforcé en guardar cierta compostura, pero viendo que el descenso por aquella resbaladiza pendiente rocosa, era cuestión de vida o muerte, me concentré en no darme ningún mal golpe.

Ni aunque me lo hubiesen pedido, hubiese sido capaz, en toda mi vida, de poner posturas tan extravagantes como las que me vi forzada a adoptar ese día. Utilizaba mis cuatro miembros, y a veces parte de la cabeza, para apoyarme en todo saliente que pareciese seguro. Me sentía como una especie de arácnido con las patas anudadas.

Cuando por fin estuve al borde del agua, lancé una mirada hacia el fondo. Primer error. Nunca debí haber hecho algo semejante. Aquello era todo menos claro y cristalino, sólo pude ver un todo oscuro y tenebroso. Lo contrario al fondo azul del mar. Y, muy probablemente, lleno de musgo, verdín, barro y algún tipo de vida sobrenatural.

Desde la roca en la que me encontraba, era imposible alcanzar el agua, ni con la punta del pie. Observando que mi amigo ya se había tirado dando un gran salto para no golpearse con nada, supe que no tenía más remedio que hacer lo mismo.

Con todo el orgullo de la que se ha criado rodeada de agua desde niña, hice lo propio y, tras un gran impulso, me lancé detrás de él.

El agua estaba fresca y por unos segundos, sentí un gran alivio.

Con el fin de no ser presa del pánico, tomé la firme decisión de no mirar hacia el fondo pasase lo que pasase. Desde pequeña sé que en el agua el pánico es un gran enemigo y conviene mantener la calma.

Esta tarea se me hacía ardua, pues la imagen de una masa negra bajo mis pies ya formaba parte de las imágenes de mi cerebro. Quizá nadaba en un abismo o puede que fuese un fondo cercano, pero no estaba dispuesta a averiguarlo.

Mi amigo me preguntó si podía nadar hasta una boya que se encontraba a más o menos quinientos metros de distancia. Contesté afirmativamente producto de un estúpido orgullo. Empecé a dar mis primeras brazadas, siempre centrada en el azul cielo que nos servía de techo.

Idiota. Hasta que no dí unas cuantas brazadas, no fui consciente de que yo no estaba acostumbrada al agua dulce y recordé la fuerza que se debe ejercer para avanzar por ella, mucho más que en agua salada.

Tras varios metros nadando por las oscuras aguas, tenía la impresión de que me hubiesen cargado con una mochila de plomo. Mis brazos pesaban tres veces más y sentía como si en las piernas me hubiesen atado dos yunques de hierro en cada tobillo. Por no mencionar, lo que pasaba con esa parte de mi cuerpo que siempre me había servido de flotador en el mar.

Calma, me dije. Opté por descansar, es decir, me tumbé panza arriba para dejar de nadar un rato. Tampoco aquello era tan sencillo como había sido siempre, pero servía.

Tras un momento de descanso, avancé un poco más y alcancé la boya en la que ya me esperaba mi amigo, que a pesar de su fuerte musculatura, parecía totalmente agotado.

Cuando iba a agarrarme a aquel salvavidas flotante, sufrí una pequeña distracción y, por un segundo, desvié la mirada hacia el fondo. Horror. De aquella cosa pendían todo tipo de hierbajos, plantas purulentas y mohosas. “Ni soñarlo, aunque me muera, no me agarro a esa cosa”. Y así me mantuve, dando brazadas, mientras duró “el descanso”.

Por fin, mi amigo dijo que quería regresar. Otro medio kilómetro de vuelta.

Empecé a nadar hacia la orilla, intentando centrarme en todas las personas que había allí disfrutando de ese precioso día de verano, ignorantes de que allí había una española a punto de ser engullida por una masa negra de agua dulce.

Faltaba  poco para llegar, a esas alturas, mis brazos ya habían duplicado su peso. Sentía que si no alcanzaba pronto la orilla, me hundiría como el plomo y jamás volverían a saber de mí.

Fue en este momento, cuando mi amigo que nadaba delante, muy cortésmente, me advirtió de que parase porque se acercaban varios cisnes y, al parecer, eran unos bichos extremadamente peligrosos.

Aquello ya me pareció mucho. O sea, que en este sitio la gente  disfrutaba con este tipo de veranos, metiéndose en un lago que luchaba por engullirte a cada brazada, y por si no fuera poco, había que nadar en zigzag para evitar que unos cisnes, te mordieran el trasero.

Dada la mala suerte que estaba teniendo ese día, lógico es pensar que uno de los cisnes, al que seguían unos cincuenta patos, me echó el ojo. Tuve que modificar mi trayectoria y nadar realizando ridículas curvas y evitando mirarlo directamente a los ojos para que perdiese el interés.

Después de todo tipo de argucias para despistar al bicho, conseguí alcanzar la preciada orilla. Me agarré a una roca como pude, pero mi mano resbaló por el verdín como si fuera terciopelo y, como consecuencia me propiné una fuerte bofetada en la cara.

¿Podía pasarme algo más?

Empecé a pensar en patentar aquello para entrenar a cuerpos especiales. Si se hacía a diario, llegarían a ser invencibles.

Extenuada hasta el extremo, comencé a trepar en sentido ascendente por las rocas, arrastrándome con total falta de estilo. No sentía ni brazos, ni piernas. Y, en esos momentos, hubiese jurado que los había perdido, pero me daba igual si conseguía que, lo que quedaba de mi cuerpo, se tumbase otra vez en la hierba.

Cuando me tumbé boca arriba, estaba tan agotada que mi respiración se podía oír a kilómetros de distancia.

Después de unos segundos encima de la toalla, me iba recuperando poco a poco. Eché un vistazo a mi cuerpo y pude comprobar que conservaba todos mis miembros.

Cuando mi amigo se tumbó en la hierba a mi lado, me miró y me dijo:

“Ten cuidado con las garrapatas, ya sabes que algunas te pueden dejar paralítica de por vida”.

Mi mirada de horror debió de ser tal, que me sonrió e intentando tranquilizarme volvió a decir:

“No te preocupes, si tienes alguna, te la quito luego” y acto seguido se puso a tomar el sol.

Es por este motivo por el que me resulta imposible dejar de perder peso Suiza. El queso, las salchichas o la mantequilla no tienen efecto en mí.

Por eso, mi consejo es, si os sentís bajos de forma o queréis bajar algún kilo, ya sea invierno o verano, Suiza es el lugar.

La cortina de terciopelo rojo

cortinas-rojas-800x450El corredor es largo, tanto que no se ve el final. Es como un tubo oscuro dividido en el medio por una cortina de terciopelo rojo sangre.

Ella sabe que sólo si la atraviesa estará a salvo de la criatura que la acosa en esta parte del pasillo, pero que no se deja ver.

Con las manos temblorosas y sudadas, se toca nerviosa un mechón de pelo mientras planea su próximo paso hacia el otro lado.

Tiene que salir de allí sin más dilación, pues si no lo hace, tiene la certeza de que la criatura se le echará encima y le arrancará una parte del cuerpo.

Sin embargo, el miedo hace que se sienta paralizada, tanto para moverse, como para pensar. Es más, hace ya un rato que nota que tiene menos visión periférica, pero no a causa de la oscuridad que la rodea, sino por las descargas de adrenalina que recorren su cuerpo.

Su respiración se acelera al notar a su espalda un aire cálido. Se está acercando, pero es tan sigilosa que no oye el ruido de sus pasos, lo que le hace pensar algo peor, que quizá no toque el suelo al caminar, sino que lo haga sin rozarlo siquiera. Esto hace que su presencia sea aún más difícil de identificar.

No hay duda posible, ella lo sabe. Está detrás, a su espalda, quizá a unos metros, quieta, expectante.

No puede retrasarlo más. Tiene que reunir el valor para atravesar esa cortina roja y grande que corta el pasillo en dos, aunque no sepa con certeza si lo que le espera al otro lado es peor que lo que tiene en éste.

Haciendo un esfuerzo ímprobo da varios pasos hacia delante y nota que vuelve a estar rodeada de frío, alejando así, a la criatura que acecha a su espalda a punto de saltar sobre su presa.

Casi sin atreverse a respirar, con el fin de pasar desapercibida ante el monstruo que se mueve hacia ella guiado por su respiración entrecortada, así como por el calor que desprende su cuerpo, separa con una mano parte de la cortina y asoma su nariz para observar el otro lado.

Nada, oscuridad, vacío. No se alcanza a ver nada, ni la continuidad de las paredes estrechas a los lados del pasillo.

Cierra los ojos y pasa al otro lado sin pensar.

Nota cómo el roce de la pesada cortina acaricia su espalda al hacerlo. Parece como si se hubiera cerrado tras de sí una puerta.

Ha cruzado. Abre los ojos. Parece que hay un precipicio a sus pies, pero regresar es impensable, sería su muerte.

Atisba una pequeña luz al fondo y aún pensando que su primer paso será hacia el vacío, pone un pie y luego otro.

Pisa en firme y, de pronto, una mano alarmantemente caliente, que aparece de la nada, toca su cara. El sudor vuelve a perlar su frente, la respiración vuelve a ser entrecortada, más bien casi no respira, se ahoga. La adrenalina lleva demasiado tiempo jugando con su organismo, está cansada, prefiere rendirse a lo que sea. Un único deseo pasa por su mente: que sea pronto.

La mano recorre su cara y la dulce voz de su madre le dice:

-Pero, mi vida, ¿otra noche con pesadillas? 

El Prisionero de la Segunda Avenida

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El paro, las crisis de ansiedad, los agobios de una gran ciudad y la lucha diaria por la supervivencia son problemas actuales y de cualquier época.

Esto está magníficamente reflejado en una de mis películas favoritas “El Prisionero de la Segunda Avenida” o “The Prisoner of Second Avenue” de 1975, en versión original, que es como más la disfruto.

Los problemas acucian a una pareja norteamericana de los Estados Unidos de los 70, interpretada magistralmente por Anne Bancroft y Jack Lemmon. La película  es, en realidad, una obra de teatro, pues se desarrolla en espacios cerrados y está plagada de  diálogos que captan al espectador desde la primera escena.

Sus dos personajes principales son Mel Edison y su esposa que viven en la planta decimocuarta de un bloque de apartamentos de la Gran Manzana.

El ambiente agobiante del verano con las altas temperaturas de Nueva York y el crimen en aumento, unido a que lo despiden, le provocan una crisis que le hace ver su vida bajo otro prisma.

Mel, tiene el estrés muy alto por su trabajo, su asfixiante apartamento y la vida que la ciudad le obliga llevar, siempre con prisas y rodeados de gente embebida en sus problemas cotidianos y diminutos mundos.

La situación de la pareja se hace difícil cuando él es despedido y, aunque se esfuerza en volver a encontrar trabajo como sea, acaba recluido en su apartamento con una espantosa y, a la vez hilarante, crisis de ansiedad.

Creo que hay pocos actores que borden tan perfectamente este estado de ánimo como Jack Lemmon y aunque es trágico, es difícil no soltar una carcajada con algunas de sus hipocondrías y continuo estado de ansiedad.

Un hombre como él, acostumbrado a luchar día a día, se encuentra repentinamente recluido en su casa, después de numerosos y humillantes intentos por conseguir trabajo.

Acostumbrado a estar ocupado fuera de casa, aunque con una vida laboral no muy agradable, no asimila el parón repentino. Ahora no tiene nada que hacer y es su mujer la que encuentra un trabajo con el que intenta sobrellevar algo mejor la situación.

Esta estancia prolongada en su apartamento, el calor, el vacío que siente y la soledad provocan que su mente comience a deformar la realidad hasta el punto de verse obligado a ir al psiquiatra.

Se producen situaciones y diálogos que sólo invitan a la carcajada, sin embargo las circunstancias son trágicas.

Mel desvaría y llega a conclusiones exageradas, tales como que se hallan envueltos en una especie de conspiración del Estado contra todos los ciudadanos. Él se ha enterado a través de la radio, pero nadie más lo sabe porque, según él mismo explica, “no hay nadie en casa a las diez de la mañana, pues todos se encuentran trabajando”.

A pesar de que las crisis de ansiedad no invitan a la risa, no puedo evitarlas al ver esta película, pues esas mismas carcajadas aliviaron muchos momentos trágicos de mi vida, como veréis en mi siguiente entrada y quizá en alguna otra.

En la playa nudista

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En la mayoría de los casos, las playas nudistas son tranquilas y de una belleza extraordinaria, así me había descrito una amiga este paraíso en el que me disponía a pasar un tranquilo día de verano junto a mi novio.

No es que yo fuese muy partidaria de ver pasar y repasar ante mis ojos a gente desprovista de ropa, pero teniendo en cuenta que era opcional sacarse el bikini, decidí no perderme la excursión.

Efectivamente el lugar no me defraudó, más bien al contrario. Descubrí una de las playas de mayor belleza que había visto en mi vida. Su agua era de un azul cristalino, la arena fina y blanca deliciosa para hundir los pies y hasta el alma.

En un principio pensé que me iba a sentir incómoda, pero opté por ir a lo mío y viendo que los demás hacían otro tanto, pronto me sentí muy a gusto.

Me sentía feliz tumbada bajo el sol en aquel paraíso terrenal, dejando los problemas del invierno a un lado y disfrutando de aquel tórrido día de verano.

Sin embargo, mi novio iba a ocuparse de que ese día fuese inolvidable.

Después de un largo mutismo no muy común en él, se le ocurrió la genial idea de unirse al club de los nudistas. A mí me pareció una decisión poco propia en él pero, tampoco me importó.

Si le apetecía alardear de su corta y ridícula figura por la playa, yo no se lo iba a impedir. Claro que yo en su lugar, jamás se me hubiera ocurrido sacarme el bañador, ni tumbado. Más bien al contrario, me hubiese hecho un traje de neopreno especial y, para rematar, me habría enterrado en la arena.

Después de esta frase, os estaréis preguntando por las razones que me impulsaban a salir con él, pero como ahora no son pertinentes, es mejor decir que forman parte de una de esas experiencias que conviene olvidar.

Ya tumbado boca abajo en su toalla y desprovisto de su bañador empezó a envolverlo un halo de seguridad, quizá el sol al que no estaba acostumbrado, lo estaba obnubilando.

Y él, que en un principio se había negado rotundamente a ir a esa playa, dijo con cara desafiante que se iba a nadar un rato. Yo, no le concedí importancia, le dije que hiciera lo que quisiera. Semejante estado de inhibición tan poco propio de él, causaba cierta curiosidad en mí. Quizá fuese eso lo que perseguía.

El pobre hombre que media menos que yo, creo recordar que un metro sesenta y cinco con alzas, era calvo, con barriguilla, brazos y piernas cortas, cabeza pegada al cuello y pelo en todos los sitios menos donde debe tenerse. En un arranque de valentía, se levantó y se marchó con gran dignidad hacia el mar que estaba a cierta distancia, dejando ver su pequeño culo peludo e intentando caminar con prisa y con un estilo extrañamente deportivo en él.

Hasta aquí, todo controlado. Pero pasado un rato y viendo que no volvía, me incorporé en mi toalla y miré hacia el mar por si le había pasado algo.

He aquí el problema. Es relativamente sencillo ir caminando hacia el agua, pero…  ¿cómo volver?

Miré hacia la orilla y sólo alcancé a ver la tranquila caminata de dos hombres jóvenes delgados y con cuerpos dignos de una estatua griega que charlaban animadamente.

Mientras tanto, lo que le ocurría a mi novio en el agua era todo un contraste. Ni su cuerpo se parecía al de una estatua griega, ni tan siquiera una de las del parque.

El problema era que el pobre hombre había sufrido los efectos de las frescas aguas de las rías gallegas y ya ni siquiera se alcanzaba a decir si, alguna vez, había habido algo en ese sitio en el que algunos hombres basan toda su masculinidad.

Se sentía atrapado en el agua y miraba con desesperación hacia la arena, procurando diseñar algún plan para volver sin tener que arrastrase boca abajo por la playa.

Me miraba de lejos con actitud inquieta. Yo me percaté enseguida de lo que le impedía regresar a la ansiada toalla.

Sin embargo, antes de poder bajar para socorrerlo, no pude evitar pasar de una ligera sonrisa, a un ataque de risa en toda regla, que no podía detener.

Viéndose atrapado por las adversas circunstancias, que le impedían emprender su camino de vuelta de manera que nadie reparase en la parte de su cuerpo que había dejado de existir, se le ocurrió una brillante idea.

Y fue así como comenzó a correr hacia mí, pero evitando caminar en línea recta para mostrar sólo sus costados.

Comenzó entonces a trazar unas extrañas “eses” en zig zag con su cuerpo mientras avanzaba hacia mí, del mismo modo que hacen los esquiadores cuando bajan alguna pendiente, sólo que él subía.

Hasta ese momento no creo que nadie en la playa se hubiese percatado de su presencia, pero con un baile tan original, despertó gran expectación entre la gente que comenzó a observarlo con gran atención. Supongo que intentaban averiguar si le había picado algún bicho en el agua, o si se trataba de algún espontáneo que buscaba llamar la atención para demostrar sus dotes artísticas.

Unos diez minutos más tarde de su espectacular subida levantando montones arena con sus extravagantes movimiento y algunos aplausos, consiguió aterrizar con un violento brinco en su toalla.

 Se quedó tumbado boca abajo, parecía agotado, pero aún así intentando salvar algo de su dañada autoestima, se dirigió a mí y me dijo: ¡Qué fresquita está el agua!