La imagen de un recuerdo

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Te he visto salir de entre las llamas como quien sale de la oficina.

Un héroe mudo e invisible que se confundía con el todo.

Tenía mi cámara en la mano, pero era incapaz de captar una imagen.

Parecías tranquilo.

Te sacaste el casco y sacudiste un poco la cabeza.

Estabas bañado en humo y tus compañeros ya se ocupaban de la niña de cinco años que acababas de arrancar del infierno rojo y negro que quedaba atrás.

Yo permanecía en la acera de enfrente, inmóvil, intentando reaccionar ante el caos de llamas y el lecho de heridos que se desplegaba, cada vez más real, ante mis ojos.

Sólo cuando tus piernas se rindieron en el suelo, con tu casco entre las manos, pude ver señales de cansancio. Un cansancio más allá de lo físico.

Y el antifaz de calma que dibujaba tu rostro, se desvaneció y, a pesar de tu juventud, tu cara quedó dibujada por las arrugas esculpidas por el dolor.

Esas arrugas que como cicatrices tatuadas en la cara delatan el rostro del que ha visto casi todo, pero no ha dejado de sentir.

Entonces fue cuando hundiste tu cara entre tus manos sucias por el humo.

Escuché cómo descargabas esa tensión que minutos antes habías reprimido.

Tampoco tú habías estado en un accidente de tales dimensiones, tampoco tú estabas preparado para tal horror y tantos cuerpos tendidos pidiendo ayuda.

Tus ojos vacíos se llenaron de lágrimas y fue en ese instante cuando levantaste tu mirada.

Sin intercambiar palabra alguna tus ojos se cruzaron con los míos. Jamás fui capaz de sacar esa foto.

Esa imagen no puede ser captada por ninguna cámara, simplemente se clava como una daga incandescente en ese lugar en el que nunca queremos escarbar.

Se tamiza con el tiempo, pero resulta imposible de borrar.

El otro día nos cruzamos por la calle. Caminabas entre la gente, ya vestido de paisano y tu cara reflejaba calma.

Al mirarnos, aquel instante regresó sin previo aviso para ambos y colapsó el tiempo con la misma fuerza que aquel día.

El dolor volvió a alzarse sin piedad, ése con el que ambos pensábamos que ya podíamos lidiar.

Y esa imagen que sólo existe entre tú y yo, regresó.

Sólo nosotros guardamos esa foto secreta en nuestras mentes.

Jamás he intercambiado una palabra contigo, pero esa imagen se ha convertido, sin quererlo, en un vínculo.

Un recuerdo que nos une sin piedad.

 

 

 

 

Poderes sobrenaturales

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No hay nada que me impida caminar, pero tengo la sensación de avanzar dentro de agua. Tal es la resistencia que puedo sentir a cada paso que doy. Me duelen los muslos, están duros como piedras, pero sé que debo caminar más deprisa. Voy a cámara lenta. Si sigo así, no tardará en alcanzarme.

Una mirada suya en aquel callejón oscuro al cruzarme con él y ya sé lo que quiere.

Conozco esa mirada y al tipo de hombres que miran así.

Una ola de furia ha recorrido mi cuerpo.

La calle se me antoja aún más larga. Infinita. Parece de goma, una calle que estira. No se acaba nunca y oigo claramente su respiración profunda detrás de mí. Ni se molesta en correr. Disfruta viendo que tiene todo el poder. Se ríe mientras observa cómo apuro el paso, sin que pueda ir más deprisa.

Avanzar dentro del agua es difícil y correr es imposible. Los músculos de mis piernas se tensan aún más con el esfuerzo. Miro al suelo y no lo entiendo. No veo agua, pero la sensación sigue ahí, ¿Acaso es un sueño? Si es así, quiero despertar. Estoy cansada de la resistencia con la que se enfrentan mis piernas. Mi corazón late con fuerza y su respiración está tan cerca, que creo que no tiene más que estirar su brazo para alcanzar mi espalda.

No sé qué intuición hace que intente impulsar todo mi cuerpo hacia arriba, en un intento de salir de allí hacia el cielo, ya que la tierra se me resiste cada vez más. Un pequeño impulso hace que me levante varios metros del suelo. Ni yo entiendo lo que me impedía caminar, ni entiendo ahora lo que hace que pueda volar.

Desde arriba lo veo lejos, pequeño. Según voy cayendo se hace más grande y cuando aterrizo de mi torpe vuelo, lo hago justo entre sus brazos. Más bien garras, para mí, por la fuerza con que me aprieta la cintura. No me va a soltar.

Ahora sonríe. Me tiene. Empieza a rozar la tela de mi vestido.

Mi rabia es tanta que no puedo casi respirar. Ahora me pesan los brazos, los siento como dos yunques. Cierro un puño y, sin pensar, golpeo su cara.

El golpe me impulsa hacia el cielo y desde allí veo cómo la sangre brota a borbotones por toda su cara, una sangre oscura y densa. Le he dado de pleno con una extraña fuerza que no me pertenece. Oigo gritos de dolor y veo cómo se retuerce en el suelo.

Una ola de placer recorre todo mi ser. No sólo me he librado, sino que el agresor, ha pasado a ser el agredido. El miedo, se ha trasmitido como un virus. Y es él ahora quien lo tiene. Está infectado, como lo estaba yo hace unos minutos.

Mira hacia arriba con pánico y echa a correr por el callejón.

Me siento feliz. Tengo superpoderes.

Creo que voy a estar muy ocupada a partir de ahora.

Baño en el Lago de Zúrich

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Cuando se piensa en Suiza generalmente se asocia con frío, nieve y lujosas estaciones de esquí. Todo ello existe. Sin embargo, en verano el panorama cambia radicalmente.

Durante los años que viví en Zúrich no podía evitar perder peso. Mucha gente me ha preguntado la razón de mi pérdida de kilos y hoy he querido contaros en qué consistía mi régimen.

Como he dicho, los veranos eran sofocantes. Hacía un calor difícil de aguantar ya que la ciudad se halla rodeada de montañas. A tales temperaturas suelen seguir fuertes tormentas nocturnas, deliciosas para aliviar el ambiente.

El Lago de Zúrich es una buena opción para esos días en los que el calor te persigue a donde quiera que vayas.

Sentada en la hierba justo al lado del enorme Lago con un amigo suizo, me sentía por primera vez aliviada, sólo de pensar en el chapuzón que estaba a punto de darme.

Aquel día, las gotas de sudor resbalaban por mi frente como nunca antes. No tardé en suplicar que nos lanzáramos a nadar un rato.

Desde pequeña he sido una gran nadadora y una enamorada del agua. Hacía meses que no veía nada que se pareciera al mar y aquel día estaba entusiasmada con la idea de volver a sentir el agua refrescando mi cuerpo.

Una vez que mi amigo accedió, lo primero que hicimos fue descender por unas enormes rocas por las que había que bajar poniendo las posturas más inimaginables para evitar resbalar por el verdín del que se hallaban cubiertas. Yo era toda una inexperta en lagos, sólo conocía el mar y aquel descenso ya me hacía sospechar que la aventura no iba a ser sencilla.

Al principio, me esforcé en guardar cierta compostura, pero viendo que el descenso por aquella resbaladiza pendiente rocosa, era cuestión de vida o muerte, me concentré en no darme ningún mal golpe.

Ni aunque me lo hubiesen pedido, hubiese sido capaz, en toda mi vida, de poner posturas tan extravagantes como las que me vi forzada a adoptar ese día. Utilizaba mis cuatro miembros, y a veces parte de la cabeza, para apoyarme en todo saliente que pareciese seguro. Me sentía como una especie de arácnido con las patas anudadas.

Cuando por fin estuve al borde del agua, lancé una mirada hacia el fondo. Primer error. Nunca debí haber hecho algo semejante. Aquello era todo menos claro y cristalino, sólo pude ver un todo oscuro y tenebroso. Lo contrario al fondo azul del mar. Y, muy probablemente, lleno de musgo, verdín, barro y algún tipo de vida sobrenatural.

Desde la roca en la que me encontraba, era imposible alcanzar el agua, ni con la punta del pie. Observando que mi amigo ya se había tirado dando un gran salto para no golpearse con nada, supe que no tenía más remedio que hacer lo mismo.

Con todo el orgullo de la que se ha criado rodeada de agua desde niña, hice lo propio y, tras un gran impulso, me lancé detrás de él.

El agua estaba fresca y por unos segundos, sentí un gran alivio.

Con el fin de no ser presa del pánico, tomé la firme decisión de no mirar hacia el fondo pasase lo que pasase. Desde pequeña sé que en el agua el pánico es un gran enemigo y conviene mantener la calma.

Esta tarea se me hacía ardua, pues la imagen de una masa negra bajo mis pies ya formaba parte de las imágenes de mi cerebro. Quizá nadaba en un abismo o puede que fuese un fondo cercano, pero no estaba dispuesta a averiguarlo.

Mi amigo me preguntó si podía nadar hasta una boya que se encontraba a más o menos quinientos metros de distancia. Contesté afirmativamente producto de un estúpido orgullo. Empecé a dar mis primeras brazadas, siempre centrada en el azul cielo que nos servía de techo.

Idiota. Hasta que no dí unas cuantas brazadas, no fui consciente de que yo no estaba acostumbrada al agua dulce y recordé la fuerza que se debe ejercer para avanzar por ella, mucho más que en agua salada.

Tras varios metros nadando por las oscuras aguas, tenía la impresión de que me hubiesen cargado con una mochila de plomo. Mis brazos pesaban tres veces más y sentía como si en las piernas me hubiesen atado dos yunques de hierro en cada tobillo. Por no mencionar, lo que pasaba con esa parte de mi cuerpo que siempre me había servido de flotador en el mar.

Calma, me dije. Opté por descansar, es decir, me tumbé panza arriba para dejar de nadar un rato. Tampoco aquello era tan sencillo como había sido siempre, pero servía.

Tras un momento de descanso, avancé un poco más y alcancé la boya en la que ya me esperaba mi amigo, que a pesar de su fuerte musculatura, parecía totalmente agotado.

Cuando iba a agarrarme a aquel salvavidas flotante, sufrí una pequeña distracción y, por un segundo, desvié la mirada hacia el fondo. Horror. De aquella cosa pendían todo tipo de hierbajos, plantas purulentas y mohosas. “Ni soñarlo, aunque me muera, no me agarro a esa cosa”. Y así me mantuve, dando brazadas, mientras duró “el descanso”.

Por fin, mi amigo dijo que quería regresar. Otro medio kilómetro de vuelta.

Empecé a nadar hacia la orilla, intentando centrarme en todas las personas que había allí disfrutando de ese precioso día de verano, ignorantes de que allí había una española a punto de ser engullida por una masa negra de agua dulce.

Faltaba  poco para llegar, a esas alturas, mis brazos ya habían duplicado su peso. Sentía que si no alcanzaba pronto la orilla, me hundiría como el plomo y jamás volverían a saber de mí.

Fue en este momento, cuando mi amigo que nadaba delante, muy cortésmente, me advirtió de que parase porque se acercaban varios cisnes y, al parecer, eran unos bichos extremadamente peligrosos.

Aquello ya me pareció mucho. O sea, que en este sitio la gente  disfrutaba con este tipo de veranos, metiéndose en un lago que luchaba por engullirte a cada brazada, y por si no fuera poco, había que nadar en zigzag para evitar que unos cisnes, te mordieran el trasero.

Dada la mala suerte que estaba teniendo ese día, lógico es pensar que uno de los cisnes, al que seguían unos cincuenta patos, me echó el ojo. Tuve que modificar mi trayectoria y nadar realizando ridículas curvas y evitando mirarlo directamente a los ojos para que perdiese el interés.

Después de todo tipo de argucias para despistar al bicho, conseguí alcanzar la preciada orilla. Me agarré a una roca como pude, pero mi mano resbaló por el verdín como si fuera terciopelo y, como consecuencia me propiné una fuerte bofetada en la cara.

¿Podía pasarme algo más?

Empecé a pensar en patentar aquello para entrenar a cuerpos especiales. Si se hacía a diario, llegarían a ser invencibles.

Extenuada hasta el extremo, comencé a trepar en sentido ascendente por las rocas, arrastrándome con total falta de estilo. No sentía ni brazos, ni piernas. Y, en esos momentos, hubiese jurado que los había perdido, pero me daba igual si conseguía que, lo que quedaba de mi cuerpo, se tumbase otra vez en la hierba.

Cuando me tumbé boca arriba, estaba tan agotada que mi respiración se podía oír a kilómetros de distancia.

Después de unos segundos encima de la toalla, me iba recuperando poco a poco. Eché un vistazo a mi cuerpo y pude comprobar que conservaba todos mis miembros.

Cuando mi amigo se tumbó en la hierba a mi lado, me miró y me dijo:

“Ten cuidado con las garrapatas, ya sabes que algunas te pueden dejar paralítica de por vida”.

Mi mirada de horror debió de ser tal, que me sonrió e intentando tranquilizarme volvió a decir:

“No te preocupes, si tienes alguna, te la quito luego” y acto seguido se puso a tomar el sol.

Es por este motivo por el que me resulta imposible dejar de perder peso Suiza. El queso, las salchichas o la mantequilla no tienen efecto en mí.

Por eso, mi consejo es, si os sentís bajos de forma o queréis bajar algún kilo, ya sea invierno o verano, Suiza es el lugar.

La cortina de terciopelo rojo

cortinas-rojas-800x450El corredor es largo, tanto que no se ve el final. Es como un tubo oscuro dividido en el medio por una cortina de terciopelo rojo sangre.

Ella sabe que sólo si la atraviesa estará a salvo de la criatura que la acosa en esta parte del pasillo, pero que no se deja ver.

Con las manos temblorosas y sudadas, se toca nerviosa un mechón de pelo mientras planea su próximo paso hacia el otro lado.

Tiene que salir de allí sin más dilación, pues si no lo hace, tiene la certeza de que la criatura se le echará encima y le arrancará una parte del cuerpo.

Sin embargo, el miedo hace que se sienta paralizada, tanto para moverse, como para pensar. Es más, hace ya un rato que nota que tiene menos visión periférica, pero no a causa de la oscuridad que la rodea, sino por las descargas de adrenalina que recorren su cuerpo.

Su respiración se acelera al notar a su espalda un aire cálido. Se está acercando, pero es tan sigilosa que no oye el ruido de sus pasos, lo que le hace pensar algo peor, que quizá no toque el suelo al caminar, sino que lo haga sin rozarlo siquiera. Esto hace que su presencia sea aún más difícil de identificar.

No hay duda posible, ella lo sabe. Está detrás, a su espalda, quizá a unos metros, quieta, expectante.

No puede retrasarlo más. Tiene que reunir el valor para atravesar esa cortina roja y grande que corta el pasillo en dos, aunque no sepa con certeza si lo que le espera al otro lado es peor que lo que tiene en éste.

Haciendo un esfuerzo ímprobo da varios pasos hacia delante y nota que vuelve a estar rodeada de frío, alejando así, a la criatura que acecha a su espalda a punto de saltar sobre su presa.

Casi sin atreverse a respirar, con el fin de pasar desapercibida ante el monstruo que se mueve hacia ella guiado por su respiración entrecortada, así como por el calor que desprende su cuerpo, separa con una mano parte de la cortina y asoma su nariz para observar el otro lado.

Nada, oscuridad, vacío. No se alcanza a ver nada, ni la continuidad de las paredes estrechas a los lados del pasillo.

Cierra los ojos y pasa al otro lado sin pensar.

Nota cómo el roce de la pesada cortina acaricia su espalda al hacerlo. Parece como si se hubiera cerrado tras de sí una puerta.

Ha cruzado. Abre los ojos. Parece que hay un precipicio a sus pies, pero regresar es impensable, sería su muerte.

Atisba una pequeña luz al fondo y aún pensando que su primer paso será hacia el vacío, pone un pie y luego otro.

Pisa en firme y, de pronto, una mano alarmantemente caliente, que aparece de la nada, toca su cara. El sudor vuelve a perlar su frente, la respiración vuelve a ser entrecortada, más bien casi no respira, se ahoga. La adrenalina lleva demasiado tiempo jugando con su organismo, está cansada, prefiere rendirse a lo que sea. Un único deseo pasa por su mente: que sea pronto.

La mano recorre su cara y la dulce voz de su madre le dice:

-Pero, mi vida, ¿otra noche con pesadillas? 

El Prisionero de la Segunda Avenida

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El paro, las crisis de ansiedad, los agobios de una gran ciudad y la lucha diaria por la supervivencia son problemas actuales y de cualquier época.

Esto está magníficamente reflejado en una de mis películas favoritas “El Prisionero de la Segunda Avenida” o “The Prisoner of Second Avenue” de 1975, en versión original, que es como más la disfruto.

Los problemas acucian a una pareja norteamericana de los Estados Unidos de los 70, interpretada magistralmente por Anne Bancroft y Jack Lemmon. La película  es, en realidad, una obra de teatro, pues se desarrolla en espacios cerrados y está plagada de  diálogos que captan al espectador desde la primera escena.

Sus dos personajes principales son Mel Edison y su esposa que viven en la planta decimocuarta de un bloque de apartamentos de la Gran Manzana.

El ambiente agobiante del verano con las altas temperaturas de Nueva York y el crimen en aumento, unido a que lo despiden, le provocan una crisis que le hace ver su vida bajo otro prisma.

Mel, tiene el estrés muy alto por su trabajo, su asfixiante apartamento y la vida que la ciudad le obliga llevar, siempre con prisas y rodeados de gente embebida en sus problemas cotidianos y diminutos mundos.

La situación de la pareja se hace difícil cuando él es despedido y, aunque se esfuerza en volver a encontrar trabajo como sea, acaba recluido en su apartamento con una espantosa y, a la vez hilarante, crisis de ansiedad.

Creo que hay pocos actores que borden tan perfectamente este estado de ánimo como Jack Lemmon y aunque es trágico, es difícil no soltar una carcajada con algunas de sus hipocondrías y continuo estado de ansiedad.

Un hombre como él, acostumbrado a luchar día a día, se encuentra repentinamente recluido en su casa, después de numerosos y humillantes intentos por conseguir trabajo.

Acostumbrado a estar ocupado fuera de casa, aunque con una vida laboral no muy agradable, no asimila el parón repentino. Ahora no tiene nada que hacer y es su mujer la que encuentra un trabajo con el que intenta sobrellevar algo mejor la situación.

Esta estancia prolongada en su apartamento, el calor, el vacío que siente y la soledad provocan que su mente comience a deformar la realidad hasta el punto de verse obligado a ir al psiquiatra.

Se producen situaciones y diálogos que sólo invitan a la carcajada, sin embargo las circunstancias son trágicas.

Mel desvaría y llega a conclusiones exageradas, tales como que se hallan envueltos en una especie de conspiración del Estado contra todos los ciudadanos. Él se ha enterado a través de la radio, pero nadie más lo sabe porque, según él mismo explica, “no hay nadie en casa a las diez de la mañana, pues todos se encuentran trabajando”.

A pesar de que las crisis de ansiedad no invitan a la risa, no puedo evitarlas al ver esta película, pues esas mismas carcajadas aliviaron muchos momentos trágicos de mi vida, como veréis en mi siguiente entrada y quizá en alguna otra.

En la playa nudista

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En la mayoría de los casos, las playas nudistas son tranquilas y de una belleza extraordinaria, así me había descrito una amiga este paraíso en el que me disponía a pasar un tranquilo día de verano junto a mi novio.

No es que yo fuese muy partidaria de ver pasar y repasar ante mis ojos a gente desprovista de ropa, pero teniendo en cuenta que era opcional sacarse el bikini, decidí no perderme la excursión.

Efectivamente el lugar no me defraudó, más bien al contrario. Descubrí una de las playas de mayor belleza que había visto en mi vida. Su agua era de un azul cristalino, la arena fina y blanca deliciosa para hundir los pies y hasta el alma.

En un principio pensé que me iba a sentir incómoda, pero opté por ir a lo mío y viendo que los demás hacían otro tanto, pronto me sentí muy a gusto.

Me sentía feliz tumbada bajo el sol en aquel paraíso terrenal, dejando los problemas del invierno a un lado y disfrutando de aquel tórrido día de verano.

Sin embargo, mi novio iba a ocuparse de que ese día fuese inolvidable.

Después de un largo mutismo no muy común en él, se le ocurrió la genial idea de unirse al club de los nudistas. A mí me pareció una decisión poco propia en él pero, tampoco me importó.

Si le apetecía alardear de su corta y ridícula figura por la playa, yo no se lo iba a impedir. Claro que yo en su lugar, jamás se me hubiera ocurrido sacarme el bañador, ni tumbado. Más bien al contrario, me hubiese hecho un traje de neopreno especial y, para rematar, me habría enterrado en la arena.

Después de esta frase, os estaréis preguntando por las razones que me impulsaban a salir con él, pero como ahora no son pertinentes, es mejor decir que forman parte de una de esas experiencias que conviene olvidar.

Ya tumbado boca abajo en su toalla y desprovisto de su bañador empezó a envolverlo un halo de seguridad, quizá el sol al que no estaba acostumbrado, lo estaba obnubilando.

Y él, que en un principio se había negado rotundamente a ir a esa playa, dijo con cara desafiante que se iba a nadar un rato. Yo, no le concedí importancia, le dije que hiciera lo que quisiera. Semejante estado de inhibición tan poco propio de él, causaba cierta curiosidad en mí. Quizá fuese eso lo que perseguía.

El pobre hombre que media menos que yo, creo recordar que un metro sesenta y cinco con alzas, era calvo, con barriguilla, brazos y piernas cortas, cabeza pegada al cuello y pelo en todos los sitios menos donde debe tenerse. En un arranque de valentía, se levantó y se marchó con gran dignidad hacia el mar que estaba a cierta distancia, dejando ver su pequeño culo peludo e intentando caminar con prisa y con un estilo extrañamente deportivo en él.

Hasta aquí, todo controlado. Pero pasado un rato y viendo que no volvía, me incorporé en mi toalla y miré hacia el mar por si le había pasado algo.

He aquí el problema. Es relativamente sencillo ir caminando hacia el agua, pero…  ¿cómo volver?

Miré hacia la orilla y sólo alcancé a ver la tranquila caminata de dos hombres jóvenes delgados y con cuerpos dignos de una estatua griega que charlaban animadamente.

Mientras tanto, lo que le ocurría a mi novio en el agua era todo un contraste. Ni su cuerpo se parecía al de una estatua griega, ni tan siquiera una de las del parque.

El problema era que el pobre hombre había sufrido los efectos de las frescas aguas de las rías gallegas y ya ni siquiera se alcanzaba a decir si, alguna vez, había habido algo en ese sitio en el que algunos hombres basan toda su masculinidad.

Se sentía atrapado en el agua y miraba con desesperación hacia la arena, procurando diseñar algún plan para volver sin tener que arrastrase boca abajo por la playa.

Me miraba de lejos con actitud inquieta. Yo me percaté enseguida de lo que le impedía regresar a la ansiada toalla.

Sin embargo, antes de poder bajar para socorrerlo, no pude evitar pasar de una ligera sonrisa, a un ataque de risa en toda regla, que no podía detener.

Viéndose atrapado por las adversas circunstancias, que le impedían emprender su camino de vuelta de manera que nadie reparase en la parte de su cuerpo que había dejado de existir, se le ocurrió una brillante idea.

Y fue así como comenzó a correr hacia mí, pero evitando caminar en línea recta para mostrar sólo sus costados.

Comenzó entonces a trazar unas extrañas “eses” en zig zag con su cuerpo mientras avanzaba hacia mí, del mismo modo que hacen los esquiadores cuando bajan alguna pendiente, sólo que él subía.

Hasta ese momento no creo que nadie en la playa se hubiese percatado de su presencia, pero con un baile tan original, despertó gran expectación entre la gente que comenzó a observarlo con gran atención. Supongo que intentaban averiguar si le había picado algún bicho en el agua, o si se trataba de algún espontáneo que buscaba llamar la atención para demostrar sus dotes artísticas.

Unos diez minutos más tarde de su espectacular subida levantando montones arena con sus extravagantes movimiento y algunos aplausos, consiguió aterrizar con un violento brinco en su toalla.

 Se quedó tumbado boca abajo, parecía agotado, pero aún así intentando salvar algo de su dañada autoestima, se dirigió a mí y me dijo: ¡Qué fresquita está el agua!

Tormenta en el Ferry

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Llevamos más de cuatro horas en el Ferry que cruza desde Reino Unido hasta Santander.

Estamos todos en cubierta. Hace sol, pero también un viento que no deja de enredar mi melena. Me asomo a la barandilla para ver el mar. Todos en el grupo hablan de tonterías. A mí no me apetece unirme a la conversación, la encuentro absurda.

El viaje se ha hecho más corto de lo que esperaba, y un mes, me ha parecido una semana.

La travesía es de veinticuatro horas. Espero pasar unas cuantas en mi camarote, aunque sé que mis compañeros no estarán dispuestos a dejarme dormir mucho.

El mar azul absorbe mis pensamientos. Mi mente aún no ha partido del puerto.

Un altavoz advierte a los pasajeros que se hallan en cubierta que deben abandonarla. Se avecina una tormenta.

Miro con desgana hacia el grupo que se prepara para dejar de disfrutar del espacio abierto en el que estamos para meterse en el interior del barco.

Yo hago lo mismo.

Una vez dentro, comienzo a pisar una horrible moqueta de colorines espantosos, muy al gusto inglés e ideal para aquellos propensos al mareo.

Nos vamos hacia la cafetería y nos sentamos en una mesa. Me fijo en ella y me extraña comprobar que está atornillada al suelo, al igual que las sillas.

La gente, más por aprensión que por otra cosa, comienza a sentir síntomas de mareo, náuseas y el estómago revuelto.

Yo no siento nada. Son las cuatro de la tarde y la conversación de mis compañeros no ha mejorado.

Miro a mi alrededor y comienzo a ver pasajeros que se empiezan a sentir mal.

El suelo comienza a inclinarse hacia un lado. Inclinación que dura varios segundos para después enderezarse. Me cuesta trabajo permanecer sentada en la mesa. Tengo que poner ambas manos a los lados de ésta para mantenerme sentada y no salir disparada hacia el otro lado de la cafetería.

Miro con curiosidad hacia la proa del barco. No veo bien, pues sigo sentada. Aprovecho un momento en que el barco se estabiliza para levantarme y alcanzo a ver la imagen de una ola gigantesca que nos envuelve. Me siento pensando cómo es posible que el mar pueda cubrir por entero a un barco tan grande. Calculo que la altura debe de ser impresionante, pues el barco es de grandes dimensiones, tiene varios pisos y muchos camarotes.

La ola nos cubre y la luz del día desaparece. Todo está gris. El barco la está embistiendo de frente y cuando la ola ya ha pasado hunde varios metros su proa en el mar para volver a salir con la misma intensidad con la que entró en él.

Hay que hacer una gran fuerza para mantenerse sentado porque el barco se inclina mucho.

Parte del grupo está asustado, otros se han puestos malos. Hay una persona responsable, ya que ninguno de nosotros somos mayores de edad.

Es ella quien me pide que vaya a buscar una infusión para alguien porque dice que le da pereza empezar a tropezar con todo el mundo. Su encargo me obliga a salir de la cafetería, cruzar un pasillo y entrar en otro recinto, pero accedo a ir, porque allí me aburro enormemente.

Al salir de la cafetería todo está controlado, me agarro a donde puedo, a los marcos de las puertas, a las sillas atornilladas que encuentro a mi paso y a algún que otro señor que guarda el equilibrio peor que yo.

Los oficiales del barco lo llevan bien y los camareros también, sólo que miran con cara de depresión al suelo, pensando en lo que tendrán que limpiar al día siguiente.

Aquello va empeorando por momentos, las olas que se oyen en cubierta alcanzan muchos metros, y desde dentro las oímos rugir amenazantes.

Sigo caminando. Aquel espectáculo ya empieza a despertar mi atención. Me divierte y no se me ocurre pensar en el peligro. Los barcos flotan y ya está, y si no flotan, pues siempre puedes nadar. Idiota ¿verdad?

Por fin veo el recinto en el que tengo que pedir la infusión. Empiezo a pensar con qué mano la llevaré, ya que no me sobra ninguna en esos momentos.

Observo que el sitio debe de convertirse por las noches en una discoteca, ya que hay luces apagadas y adornos que cuelgan del techo.

El local es muy grande, alargado y está casi vacío. En su parte derecha tiene un gran ventanal que deja entrar una luz extraña, salpicada de espuma blanca y brava que se estrella contra él pidiendo entrar.

Estoy agarrada a la puerta de entrada. Hay un hombre al final de la barra tomando una tónica a la que le están echando bastante ginebra. Debe de tener unos treinta y tantos y por su aspecto parece inglés.

Espero un momento para entrar, pero la fuerza de la inclinación, no permite que ni los hombres más fornidos tomen decisiones sobre qué dirección tomar.

El barco se inclina con tal fuerza que simplemente resistirse es imposible, y tanto hombres como mujeres se pasean por sus pasillos como bolas que se disparan hacia un lado u otro según se lo dicte el ángulo de inclinación. La verdad es que el espectáculo es ridículo. Nadie es dueño de sus actos. Parecen una pandilla de tontos a la que me resisto a pertenecer procurando avistar de antemano las esquinas y zonas a las que me puedo agarrar para no caerme de bruces en algún pasillo. Hasta esos momentos mantengo mi dignidad intacta. Me siento orgullosa de no haber tenido que pedir ayuda, aún después de un recorrido tan largo.

Tengo una mano medio dormida de agarrarme con tanta fuerza a la puerta de ese enorme bar que tengo como un inmenso reto ante mis ojos. El problema es que no veo la manera de pararme una vez que abandone el marco, porque solo está la larga barra y el hombre rubio que bebe una copa detrás de otra, atornillado a su taburete.

Miro hacia él intentando trazar un plan y de pronto gira su cabeza hacia mí muy lentamente. Me ofende la cara risueña con la que me mira. Parece como si supiera algo que yo ignoro. Él ni se tambalea, sólo apoya unos musculosos brazos en la barra del bar mientras se sujeta con las piernas enganchadas en su alta banqueta.  

Ahora lo veo claro. Me está esperando. No es que tenga mala intención, pero está claro que la situación le hace gracia. Y no es para menos. Si quiero alcanzar la barra, tengo que ir en línea recta hacia él y no creo que pueda parar una vez me haya soltado del preciado marco de la puerta a la que me hallo soldada por mi mano.

No hay más remedio. Parece que el suelo me concede unos segundos en estado horizontal. Me suelto. En principio todo va bien. Mis pasos no son muy apresurados, pero ya empieza esa terrible fuerza en el suelo que hace que, en vez de caminar, corra. En mitad de la absurda carrera, observo que él vuelve su cabeza hacia mí y también su cuerpo para intentar evitar que el impacto del mío le coja de lado y lo tire a él, y a mí, al suelo.

Aterrizo en sus brazos y me disculpo en inglés. Su cara es realmente de una persona simpática, una persona que se toma las situaciones difíciles con buen humor. Por su acento, veo que no iba desencaminada cuando pensaba que era inglés. Acepta mis disculpas mientras mantenemos el ridículo abrazo. Si no fuese por la situación tan bochornosa en la que nos encontramos, bien podría decirse que somos pareja y que estamos teniendo un momento de pasión o que hace cinco años que no nos vemos.

Mis frases de disculpa se han agotado, pero su sonrisa continúa. La fuerza del barco es esta vez de tal magnitud que los esfuerzos que él hace con sus brazos para separarme y yo, a su vez, con los míos, resulta del todo inútil.

Tengo mis pechos pegados a la camisa de él. No sé qué hacer. Aquellos segundos se me hacen horas.

Por fin, el barco se inclina hacia el otro lado. Siento un gran alivio, incluso me despido. Pero es peor. Voy a toda pastilla en sentido contrario, es decir, hacia atrás.

Durante todo el tiempo que llevaba soportando aquella tormenta me había visto envuelta en situaciones difíciles mientras recorría los pasillos del barco plagados de pasajeros, sin llegar a hacer el ridículo y ahora que me encontraba con alguien atractivo, parecía una especie de peonza descontrolada.

Aquel bochorno no había terminado, pues como es lógico, el barco proseguía con su interminable balancín.

Y otra vez los metros que me separaban de él, comenzaron a disminuir a toda prisa para volver a unirnos en un abrazo tan efusivo, que el camarero empezaba a dudar si aquello era amor a primera vista.

La verdad es que los abrazos de aquel hombre desconocido no estaban mal. Quizá por eso ahora me gustan tanto las tormentas. 

Angrois: No pienses… actúa

Esta es una carta abierta enviada y publicada en “La Voz de Galicia” de forma anónima por uno de los vecinos del barrio de Angrois en la que expresa con valor y sinceridad los sentimientos de los vecinos.

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«Nos han manipulado, no nos han dejado pensar. Todos se han lavado la cara con nuestras lágrimas».

En la pequeña aldea de Angrois hay muchos ancianos. Cuando alguno tropieza y cae al suelo corremos a levantarlo. Es una reacción espontánea, humana. Eso hicimos la noche del 24 de julio. No pensamos, actuamos. Agotados, sin cenar, sin dormir, desde las ocho de la mañana hasta que desfallecimos respondimos al estribillo de cientos de micrófonos: «Dónde estabas, qué hiciste, qué pensaste, qué viste?». Mientras, por la plaza, el puente y las vías transitan uniformes, chalecos amarillos y corbatas; las gigantescas grúas levantan convoyes, las maletas, bolsos y el dinosaurio verde fosforito son transportados a furgonetas custodiadas. Ya no hacemos falta, no nos dejan ni mirar, para regresar a casa hay que dar el paseíllo por senderos oscuros. En casa los teléfonos fijos y móviles no paran de sonar, todos quieren una entrevista, desde Estados Unidos a Japón. Intentamos ser amables, educados. Para no herirnos apagamos el televisor, la radio, el ordenador, apartamos los periódicos.

Llega Rajoy y Ana Pastor, ni siquiera nos saludan. Luego Rubalcaba y otros, lo mismo. El alcalde nos convoca, por fin nos felicita. «No somos héroes, no queremos nada más de lo que ya estábamos demandando». Llegan los primos psicólogos. Un periódico nos concede el premio Gallegos del Año. Siguen los micrófonos acechando, los teléfonos sonando sin parar. «Ven a Madrid, a Barcelona, al programa de fulanito, te pagamos el viaje. El Facebook y la página web de Angrois se bloquean, como nosotros. Hay que ir al Ayuntamiento corriendo: vienen sus altezas los príncipes de Asturias, hay que estar a las 6.30 para recibirlos sonrientes, como así hicimos. Tras ellos, Feijoo, ministros, altos mandatarios. «Para lo que haga falta llámame, mi secretaria te da mi teléfono». Más micrófonos.

La policía judicial se lleva a los vecinos que socorrieron al maquinista para que declaren. El Ayuntamiento se reúne en pleno, nos concede la medalla de oro de Santiago. Un malagueño recoge firmas para nominarlos al príncipe de Asturias. Viene el alcalde, nos comunica el premio. «Gracias, pero no queremos nada». La concejala aprovecha para que le contemos y enseñemos lo que desde hace un año entró por el registro del ayuntamiento. «Hay que hacer algo que conmemore esto». «Por favor, no nos levanten un cementerio». Más micrófonos, más llamadas insistentes, primero elogian, luego piden que concedas una entrevista para un programa basura. Vienen los técnicos del Ayuntamiento, recorremos con ellos toda la aldea, recordándoles lo que ya pedimos y no leyeron. Levantan informes que se serán estudiados. Otro telefonazo, viene el ministro del Interior «¿y qué pintamos nosotros con él?». Viene, ni nos mira. Pero le paramos y le pedimos que rinda homenaje al jefe de caballería de Santiago, que se lanzó a las vías como desde un trampolín y nadó contracorriente toda la noche del 24. Toman nota, dicen. Funeral por las víctimas en la catedral, con tres horas de antelación la Xunta nos ofrece autobuses. Corremos para avisar a todos. Nos colocan los últimos. Don Julián Barrio pregona el descanso y la paz eterna. Eso es lo queremos nosotros también. Un familiar le niega la mano a los príncipes, «Vdes. no me representan». Esa sí que es una heroína. En el Obradoiro les aplauden generosamente. En la aldea nos esperan más micrófonos, cordones policiales, trasiego de maquinaria infernal. «Por aquí no se puede pasar», «Pero si vivo ahí? tengo que ir mañana a trabajar». Más rodeos, más llamadas durante la noche de insomnio. Saltándose los controles, comienzan a aparecer flores en el puente. En YouTube a un vecino le llaman hijoputa, cabrón, sinvergüenza, por haber grabado un vídeo y haber gritado fuera de sí ante el espanto. Se lo ha regalado a los medios de comunicación de todo el mundo. «No hagas caso -le consuelan sus vecinos-, nosotros sabemos lo que hiciste esa noche». Vamos cayendo, más psicólogos. Don José, nuestro cura, nos visita, nos alienta, programa una concentración en el Obradoiro saliendo desde Angrois. Llaman del hospital, van a devolvernos las mantas con que arropamos a los muertos. «Por Dios -grita un vecino-, ¿quién se va a arropar con ellas?». Acordamos que las donen a un centro de asistencia social cercano.

Más micrófonos, ya invadiendo huertas, casas, ventanas. El Sindicado Unificado de la Policía Nacional quiere rendirnos homenaje. «Gracias, pero sin vosotros no hubiéramos hecho nada». «Hay compañeros que se tocaron los cojones», responden. Aceptamos, no podemos ser desagradecidos. Nos llegan miles de mensajes y cartas de todo el mundo llamándonos ángeles. Los periodistas rascan en el pasado, el movimiento vecinal en contra del AVE, las promesas del ministro José Blanco, la aldea desgajada durante tres años, las casas derribadas, los terrenos expropiados, las duras negociaciones para levantar las actas, el pago a 3 euros el metro cuadrado por la finca que dio de comer a los abuelos, el no haber visto un duro desde entonces, el aplomo de Isabel Pardo de Vega, jefe de Obras, asegurándonos que en dos meses levantaba el nuevo puente de la Vía de la Plata. Tardó dos años. «Queremos un falso túnel», le demandamos. «No da la altura», responde. Lo hizo un poco más allá, en Castiñeiriño, más bajo, pero residencia de la hija del concejal Bernardino Rama. Bonitos jardines. Para nosotros, unos bancos y unos rododendros que se agostan por la maleza, a pesar de nuestros mimos. «Tenéis que asistir al homenaje de Bonaval», nos dicen desde el Parlamento. «Pero si tenemos la concentración en el Obradoiro». Nos dividimos. El presidente de la asociación de vecinos y el secretario aguardan consolando a la jefa de protocolo de la Xunta, rota en sollozos. Suben al estrado conmocionados por la Negra sombra de Rosalía. «En Angrois nos cogeremos del brazo y despacio, poco a poco, andaremos juntos hacia adelante», dice el primero. El otro recita a Valente y se derrumba. Le rodean decenas de trajes negros.

«Lo que quieras, lo que nos pidas, llámame». «Solo quiero descansar, que me dejen llorar». Un músico de la Real Filarmonía de Galicia le aconseja que les mande a la mierda, que los vecinos de Angrois también están heridos y necesitan ser respetados. El chico asiente.

En el Obradoiro nuestro cura se aparta, deja el protagonismo a un compañero suyo. Otra vez los malditos micrófonos y cámaras. «Pero qué coño quieren que les digamos ya? ¿una mentira?». En Angrois los operarios son incapaces de sacar las locomotoras. El insolente tren que ya circula por una vía libre tiene la desfachatez de cruzar haciendo sonar el estremecedor silbato. Otra noche de insomnio, la séptima. Culpan al maquinista y un vecino acierta «Nos vendieron una Harley y resultó ser una Vespino». Los altos jefazos del ADIF por fin dan la cara ante el pueblo. «Disculpad por no haber hablado antes con vosotros, pensábamos que érais un Ayuntamiento propio». Sonreímos ante su propia contradicción. Levantan acta de daños en viviendas, bienes públicos, pero no de daños personales. El operativo de emergencias del 112 para atender a los vecinos se cierra. «Acudid a urgencias». Citas para el otoño a los que cada día van cayendo. Se levantan las murallas. Decenas de familiares y curiosos invaden todo.

Cruces, recordatorios, flores, esquelas, incluso un artista graba en el hormigón con caligrafía esmerada un agradecimiento. Continúan los sabuesos reporteros grabando, pretendiendo ahora reflejar la vida cotidiana en Angrois. Se les cierran todas las bocas y puertas porque esa vida ya no existe. La policía nos rinde un sencillo pero sincero homenaje, de cinco minutos. Les aplaudimos a rabiar. Los de traje y corbata se despiden. «Ahora me voy de vacaciones, pero ya sabéis dónde estoy». Por fin nos quedamos solos. Llovizna. Nos miramos unos a otros con ojos enrojecidos y ojeras descomunales.

El autor de esta carta es un vecino de Angrois

La Noche de las Meigas

Mi verano en Galicia
Mi verano en Galicia

Cada vez que regreso a Galicia para pasar mis vacaciones de verano, regresan a mí sensaciones que pensaba que no podría recuperar.

Nadar en las transparentes aguas de las rías gallegas, siempre es como un renacer a la vida. Todo lo que parece imposible antes de introducir tu cuerpo en el agua, al salir del mar es posible.

Volverás a sentir tu piel quemada bajo el sol y la sal pegada a tu cuerpo. Buscarás moluscos por las rocas y conchas de colores por la arena blanca de la playa.

También los olores del campo gallego regresarán a tu memoria y la madera de sus bosques, o la leña de sus árboles quemada en días como hoy 24 de junio para celebrar el comienzo del verano. Los recuerdos enterrados en lo más profundo, aflorarán de nuevo para no dejar que me olvide de mis raíces.

Durante todas mis ausencias he llevado conmigo a tierras extranjeras capítulos e historias de mi tierra. Pero las explicaciones sólo dieron su fruto real cuando todas las personas que las habían escuchado, las vivieron. En esos días de verano en que eres tan feliz que sobran las palabras y todo se vuelve real.

En los veranos de este rincón de la tierra, en los que el sol rojizo puede quemarte a las ocho de la tarde, o bien puedes amanecer rodeado de una niebla baja que viene del mar y trae el silencio de la mañana consigo. Ese misterioso silencio que viene del mar y en el que oyes tu respiración y las sirenas de los barcos a lo lejos. Y es cuando tienes la certeza de estar rodeada por las almas de todos esos marineros a los que el mar, mientras trabajaban, les arrancó la vida.

La niebla matutina viene cargada de misterio y sólo te atreves a hablar en voz muy baja, como si estuvieses contando un secreto del que todo el mundo es partícipe, o como si hubiese alguna norma jamás escrita, que dijese que, por respeto, no se puede hablar más alto. Todos los paisanos que se cruzan contigo la conocen y te dan los buenos días en el mismo tono, clavando en ti esos ojos, que se han vuelto del color del mar de tanto mirarlo.

El café de la mañana, lo servirá probablemente la viuda, la madre, la hija o la nieta de algún marinero que duerme en las profundidades del océano, pero el tema no sale a la luz mientras dura el silencio y no se diluya la niebla. Hablaréis del tiempo.

El sol, que parecía ya perdido, aparecerá a mediodía, y con él, la señal de que la vida se reanuda. La playa espera tranquila y limpia, el mar renovará tu cuerpo y tu mente otro día más.

Y después llegará la noche, un techo de enormes estrellas que iluminarán todo como farolas gigantes, el olor a mar, a tierra y el fuego de La Noche de las Meigas.

El vino se mezclará con la charla y los marineros desaparecidos en la tormenta de aquel invierno gris y oscuro, volverán para compartir esa noche con sus paisanos, celebrando, como hacían antaño en su pueblo, la llegada del verano.

Las charlas interminables, las risas y las historias plagadas de recuerdos llenarán el aire. Esa noche todos, vivos y muertos, compartirán vino, comida e historias. Y todos volveremos a estar juntos, gracias a las meigas.