Integración

 

Business dinner

Nada más entrar en el restaurante ya sabía que se iba a tratar de una cena aburrida. Una de esas cenas cordiales, en las que se iba a hablar mucho sobre nada. Lo fundamental entre los suecos era no hablar de nada. Sin embargo, era consciente de que no me quedaba más remedio que asistir.

Reconozco que el restaurante era de una belleza sobrecogedora, lo cual, en cierta medida, me consolaba.

Tras las presentaciones de rigor, nos sentamos en una amplia mesa redonda con magníficas vistas a toda la ciudad de Gotemburgo, cuyo cielo se iba tiñendo de rojo según avanzaba el atardecer.

Después de una somera charla, sirvieron los vinos y, poco más tarde, una sopa de pescado. Todo transcurría según lo previsto.

Varios hombres elegantemente vestidos, dos mujeres y yo. Todos ellos, procurando olvidar su sueco materno para expresarse en inglés, por deferencia a mí.

Miré hacia mi plato de sopa y cogí despacio la cuchara con intención de probarla, cuando escuché un sonido que no pegaba del todo con la elegancia que me rodeaba. Era una especie de sorbido, como una inhalación rápida y sonora, que, aunque he estudiado fonética en profundidad, me resulta difícil de describir.

La persona que me había llevado a la cena se acercó a mi oído despacio y me aclaró que el que acababa de emitir ese sonido era del norte, con la intención de disculparlo. En aquel momento no entendí qué me había querido decir con su explicación, pero mi curiosidad ya se había despertado. Lo primero que pensé fue: “Yo también soy del norte y no por eso me dedico a sorber la sopa”.

Pronto escuché un segundo sonido igualmente sorprendente, aunque distinto. Éste se había escapado de los labios de otro de los circunspectos suecos sentados a aquella mesa. Levanté mis ojos del plato por segunda vez. Se trataba del sonido que se efectúa cuando alguien te toca el hombro por detrás y te llevas un susto. Esto ya me resultaba más intrigante ¿Qué era lo que había asustado a aquel hombre que al tiempo parecía tan relajado?

Resultaba del todo imposible no querer catalogar el fenómeno lingüístico al que, sin duda, estaba asistiendo. Dejé de mirar hacia el plato y empecé a observar que los sorbidos, con los labios juntos, y los “sustos”, con los labios abiertos, no cuadraban. Pues no coincidían, ni con las veces que se llevaban la cuchara a la boca, ni tampoco tenían nada que ver con la conversación, porque allí la única asustada era yo.

Según parecía, para el grupo de suecos, su emisión representaba una manera de afirmación o aseveración en la conversación. Como si decimos: “Sí” “Ya, entiendo” o “Efectivamente, tienes razón”.

Tras mi segunda copa de vino, decidí lanzarme a probar si mi teoría poseía alguna base científica. En cuanto se dirigieron  a mí, en vez de responder afirmativamente en la lengua de Shakespeare, me atreví a soltar una ligera aspiración de aire. Abrí la boca, procurando dejar una rendija suficiente entre mis labios, aspiré aire y permanecí con la boca abierta.

Esperé una reacción, pero no la hubo. Tampoco me preguntaron si me había llevado un susto. Nadie se sorprendió, es más, provoqué una reacción en cadena de sonidos en serie en todos los invitados, unos absorbían aire y otros se “llevan sustos” continuos. Aquello constituía todo un descubrimiento fonético.

Parecíamos una reunión de focas en el Ártico, claro que allí no habría tanta gente como en ese restaurante y no me hubiese dado tanta vergüenza. Por eso, eché un tímido y ligero vistazo a mi alrededor, temiendo que nuestra sonora conversación hubiese sido objeto de burlas en la sala. Sin embargo, comprobé, con gran satisfacción que el resto de los suecos que había en el comedor cenaban sin inmutarse.

Me sentí, por tanto, libre para abrazar por completo la integración a Suecia, y, según me iban llenado el vaso con más vino, mi emulación fonética alcanzaba ya los límites de la perfección. Sorbía, me llevaba sustos y todos se mostraban encantados “¿Quieres más vino?” Sorbido, con un guiño al del norte “¿Te gustan las gambas?” Susto, con un guiño para el resto.

Siempre he dicho que, para hablar cualquier idioma, hay que perder la vergüenza y desde luego, éste era uno de esos momentos clave en el aprendizaje de un idioma. O te soltabas o te cambiabas de país.

Si es que siempre se me han encantado los idiomas, hasta sé hablar como las focas 🙂

P.D. Mucho cuidado con sorber la sopa en Suecia o llevarse un susto, podríais meteros en un lío 🙂

Reproducción fonética: Integración

 

 

PERDIDOS

Map Better

Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

La Universidad en casa

391802741_5e2735db17_oLa idea de poder asistir a cursos de las universidades y organizaciones más prestigiosas del mundo sin tener que desplazarse es ya una realidad actualmente. Son los denominados Masive Open Online Courses, los MOOC.

Existen muchas plataformas digitales de e-learning que están cada vez más presentes en la red, como:

http://oyc.yale.edu/

https://www.udacity.com/

https://www.edx.org/

http://ocw.mit.edu/

http://www.extension.harvard.edu/

 

Hoy me gustaría hablar de una de ellas: Coursera:

https://www.coursera.org/

Los cursos se imparten en ella de manera gratuita y a todo el mundo que esté interesado en formar parte de ellos. La idea es ofrecer una educación sin límites.

Hace años que llevo formando parte de los diversos cursos ofrecidos por ésta y otras plataformas similares. Y pienso que, en conjunto, es una gran idea. Aunque también creo que aún está en ciernes, es decir están tanteando el terreno y en pleno proceso de desarrollo.

A pesar de todo, no creo que debamos perder de vista este modelo educativo cada vez más extendido. El campo de la educación, al igual que muchos otros, está cambiando tan rápidamente cómo lo hacen las nuevas tecnologías.

A mi modo de ver, uno de sus puntos fuertes es que, los diversos cursos que ofrecen muchas de estas plataformas educativas, pueden seguirse en distintos idiomas.

Visto bajo este prisma, se convierten en otra oportunidad, no sólo para indagar sobre un área de conocimiento concreta, sino también en una herramienta para desarrollar nuestras habilidades lingüísticas.

Y en caso de querer asistir a una clase en la que no dominas el idioma, poseen convenios con grandes empresas de traducción que ofrecen los materiales del curso en gran variedad de lenguas.

Las clases ofrecidas por Coursera están diseñadas por catedráticos y profesores de reconocido prestigio, que elaboran el curso para que, al final de éste, domines la materia que imparten.

La lecciones se ofrecen mediante vídeos con material de lectura adicional y foros en los que puedes participar si quieres, aunque no hay obligación y algunos de ellos ya ofrecen certificados.

De esta forma, lo que también está ocurriendo es que se está construyendo una comunidad global de miles de estudiantes extendidos por todo el mundo. La comunidad de estudiantes la forman ya unos 4 millones de personas.

Los cursos que ofrecen se integran en diversas especialidades, tales como, Humanidades, Medicina, Biología, Ciencias Sociales, Matemáticas, Informática y Negocios, entre otras muchas.

Dentro de las mismas, podemos elegir entre más de 400 cursos de 20 categorías creados por 85 universidades de 16 países.

Existen diversas opiniones sobre la eficacia de la educación on-line respecto a la educación presencial, por este motivo se han llevado a cabo diversas investigaciones sobre este tema en los que se prueba que la eficacia de la educación a distancia es casi tan beneficiosa como la presencial.

Sobre este punto, yo no he llegado a una conclusión, simplemente procuro probar diversas opciones para formarme una opinión sobre ellas. Lo que sí sé, es que es mejor asistir a un curso a distancia que no hacerlo y, por el momento, todos los cursos de las diversas universidades de los que he formado parte, no han hecho más que contribuir a mi desarrollo personal, tanto en conocimientos, como en idiomas.

 

J. D. Salinger, un escritor rebelde de traducción imposible

salinger-1952

Hoy he vuelto sobre las páginas de uno de mis libros de referencia, El guardián entre el centeno, The Catcher in the Rye.

Aunque podría hablar horas sobre él y sobre su autor, creo que se ha escrito suficiente sobre él, tanto mentiras como verdades. Sólo pretendo dedicarle un fugaz pensamiento.

Jerome David Salinger, nacido el 1 de enero de 1919, Nueva York, Estados Unidos, se convirtió en uno de mis escritores favoritos por muchas razones que no vale la pena enumerar aquí. 

salinger

The Catcher in the Rye, que fue un clásico de la literatura moderna estadounidense, casi desde el mismo momento de su publicación, en 1951, va acompañada de una rebeldía que a mí me sigue acompañando en muchas ocasiones y que, no puedo negar, me llena de un secreto regocijo interior. Por eso, dejo que siga conmigo para poder continuar observando el mundo con ese punto entre crítica burlona y escepticismo. Desde este punto de vista puedo trazar una distancia entre los acontecimientos que me rodean y mis pensamientos, y esta relativización, es lo que me permite discernir entre lo que es vital y lo que sólo debe provocarnos una simple sonrisa.

Siempre he creído que Salinger no puede ser traducido, porque, como muchos otros escritores, pierde su esencia misma, la que lo convierte en el autor que llegó a ser. Cuanto más lo leo más me afianzo en mi opinión. Nunca he encontrado una buena traducción de sus palabras que, con facilidad, se tiznan de connotaciones sólo posibles en la mente del lector que lo entienda en su idioma original, el inglés. 

tumblr_lz1cnhanve1rp32b4o1_1280

… yo tampoco estoy segura de que me apeteciera.

“Palourde”

findesiecleinside

El restaurante estaba a rebosar de gente de todos los países.

Mis padres acababan de aterrizar en Bruselas y, teníamos un montón de cosas que contarnos.

Yo llevaba todo el día pensando en ir a buscarlos al aeropuerto y llevarlos a cenar a un pequeño restaurante que me encantaba.

El ambiente era perfecto. Los camareros desfilaban atareados entre velas, cortinas rojas de terciopelo y lámparas de cristales.

Imposible entrar sin haber reservado. Era uno de esos sitios que nunca conoces si no vives en la ciudad.

Aquella noche lo único que pedíamos era beber un buen vino y tomar una cena sencilla y caliente en un sitio agradable donde poder ponernos al día.

Mi mesa reservada en La Fin de Siécle, uno de mis restaurantes favoritos, nos esperaba. Una mesa de madera destartalada con una vela enorme en el medio, situada cerca del patio interior convertido en terraza para salir a tomar un café o postre después de la cena.

Entre aturdidas y felices, mamá y yo nos hicimos con la carta para pedir cuanto antes, ya que lo de menos era la cena y lo más importante, la charla.

Encontramos platos sencillos y nos decidimos por pedir algo de carne para papá y un plato de pasta para nosotras.

Mamá se desenvolvía resuelta en su francés olvidado, muy estudiado y rara vez hablado y yo, me estrenaba en mi francés habitualmente hablado y poco estudiado. Pero, ¿qué importaba el francés aquella noche?

Pedimos al camarero que se acercó estresado a nuestra mesa unos entrantes y los platos principales. Mamá y yo queríamos: Tagliatelles aux crevettes géantes, palourdes et persil méditerranéen.

Como no nos íbamos a meter nada que no conociésemos en la boca, y aquellos “palourdes” no alcanzábamos a recordar lo que eran, la pregunta obligada en nuestro atropellado francés al apresurado camarero era:

– ¿Qué es “palourde”?

– Pues, Madame, “palourde” es “palourde”

– “Ah, pescado”, dice mamá.

– ¡No, Madame! ¡Palourde!

Y ahí comienza una descripción crispada y a toda pastilla, acompañada de gestos histéricos con la mano en la que no tiene la bandeja.

Mamá me mira sin entender y con cara de sorna, y yo, en mi intento por ayudar, le soplo al oído:

Debe de querer decir que “n’est pas lourde”, para el estómago, ya sabes. Vamos, que, a pesar de su aspecto, es amable ya que nos advierte de que no es un plato pesado. Por lo menos se preocupa por nuestra digestión.

Ambas, después de una pausa mirándonos a los ojos, encontramos mi traducción tan absurda como la situación.

En realidad  a mí, me daba igual, yo lo que quería era que nos trajera algo y que se callase. El problema era mamá, que como buena Virgo, siempre ha sido más exhaustiva que yo. Por tanto, no abandonaba a su presa y le daba vueltas a todas las frases para dar con la traducción de aquella palabra.

– ¡Palourde! Gritaba desesperado el pobre hombre exhausto porque su trabajo incluyese clases de francés.

Hacía un buen rato que a mamá y a mí nos costaba contener la risa, pero cedimos a una gran carcajada cuando papá preguntó:

– ¿Por qué lleva este hombre media hora llamándonos “palurdos”?

Casi sin poder abrir los ojos y con las lágrimas corriendo por nuestras mejillas, se nos encendió una luz en el cerebro:

– “¡Almejas!”, dijimos al tiempo, ¡“Palourde” quiere decir almejas!

Papá se sirvió vino mientras murmuraba:

–  Pues menuda cena me espera con estas dos gritando “almejas” y ese tío llamándonos “palurdos”.

Los españoles y el inglés

keep-calm-because-i-don-t-speak-english

Empieza septiembre y como cada nueva temporada viene acompañada de nuevos propósitos para “hacer las cosas bien” “enderezar tu vida” y, como no, aprender inglés de una vez por todas.

Este tipo de frases se repiten una y otra vez con cada nuevo comienzo de temporada. Es algo cíclico, pero nunca acabamos de convencernos de que no basta con repetir nuestros deseos en voz alta para que éstos se cumplan.

¿Por qué a los españoles les cuesta tanto aprender inglés?

En primer lugar, para aprender cualquier cosa, y más si se trata de un idioma, hay que olvidarse de los complejos y esto es, no sé por qué, inherente al español.

No he conocido pueblo que se vitupere más, se insulte y que sea más crítico consigo mismo que el español. Es una costumbre poco sana, nada inteligente y que, además, suele favorecer a los demás países.

No he conocido a ningún inglés o americano que se sintiese avergonzado por pronunciar el español como si se acabase de beber un barril de Rioja. Siguen practicando e intentándolo hasta que lo consiguen. Y cualquier español que se burle de su forma de pronunciar es porque ignora que su acento de alcohólico empedernido se debe a que en su idioma algunas consonantes son plosivas. Un sonido plosivo es un sonido consonántico producido por el cierre completo del tracto vocal, de forma que el flujo de aire aparece completamente bloqueado por un instante. Cuando este cierre finaliza, el aire se escapa produciendo un sonido. Este sonido se llama plosión: de ahí el término “plosivo”.

Hay muchas otras nacionalidades a las que podría referirme, por ejemplo los chinos. No he visto que ningún chino dejase de hablar español, a pesar de tener serias y comprensibles dificultades para pronunciar todas las “erres” ya que tienden a convertirlas en  “eles”.

Así como la pronunciación en inglés de los alemanes. Muchos de ellos, tienen un problema al pronunciar la “w” porque la pronuncian como una “efe”:

“Fi are happy to see you” en vez de, “We are happy to see you”.

También tienen problemas con la “s”, pues les resulta muy difícil la “th”, que tiene un sonido parecido a nuestra “z”, sólo que al pronunciarla hay que sacar más la lengua.

Un claro ejemplo es este famoso vídeo de You Tube del operador de radio de un barco que oye un S.O.S.

“We are sinking”

“We are thinking”.

“What are you thinking about?”

Como buen alemán, siempre dispuesto a hablar un rato.

Por tanto, los alemanes también podrían vituperarse hasta la saciedad, pero se centran en las cosas que hacen bien y así se nota menos. Una actitud más acertada.

Por otra parte, el aprendizaje de idiomas en España está obsoleto desde hace años. Teoría mucha, práctica nula. Y aunque ahora están empezando a emplear nuevos métodos para renovarse, están bastante mal pensados y son una pérdida de un tiempo precioso.

Es cierto que un idioma no deja de aprenderse nunca, ni tan siquiera el materno. Los idiomas están llenos de entresijos y son, sobre todo, entes cambiantes, vivos que no dejan de desarrollarse, avanzar y crecer.

Sin embargo, es posible aprender a expresarse con naturalidad en un idioma extranjero, leerlo y escribirlo sin que esto lleve unos cien años, como ocurre en España.

Matricularse en un curso puede ayudar, depende del curso y del profesor, pero el aprendizaje de un idioma es algo íntimo, es sólo entre tú y el idioma.

Tampoco es algo que se pueda forzar, es un acto natural que requiere tiempo, para unas personas más y para otras menos, pero hay que tener presente que, antes de empezar con este proceso, necesitaremos hacer un “vaciado de datos”. Es decir, tu mente tiene que estar abierta al cambio que se va a producir y no puedes ponerte a comparar, ni pronunciación, ni gramática, ni los giros con tu idioma materno con el que estás aprendiendo. Es simplemente otro idioma y tienes que aceptarlo, con las cosas que te gustan y con las que no.

La única manera de llegar a dominar una lengua hasta el punto de pensar en esa lengua, es rodearse de ella durante el mayor tiempo posible.

Comentarios como, “qué forma tan rara de pronunciar tienen éstos”, sólo denota ignorancia, porque para ellos tú también pronuncias de una forma rarísima.

Ahora mismo me viene a la mente una chica de la República Dominicana que, casada con un alemán, intentaba aprender el idioma de él sin éxito alguno y siempre solía quejarse de que “los alemanes hablaban con los dientes pegados” y como ella no los tenía pegados, por eso no podía aprender alemán.

Tampoco establezcas una cruzada contra las estructuras y las traduzcas directamente de las españolas, en un intento de colonizar al otro idioma. Las estructuras son distintas y ya está, al igual que la gente que las utiliza tienen otras formas de pensar y ven el mundo con matices algo diferentes a los tuyos.

Acepta que es distinto y que la pronunciación es otra parte de él y por ello igual de importante. Por poner un ejemplo, las vocales en inglés no son tan abiertas como en español, por tanto, cuanto “más claramente” o “mejor” quieras pronunciar, más acento extranjero tendrás.

Vuelve a ser ese niño que eras, pon tu mente en blanco, copia sonidos y estructuras, aunque al principio sólo balbucees, déjate llevar, disfruta y tanto el inglés, como cualquier otro idioma formará parte de ti.

Los españoles podremos hablar inglés cuando nos olvidemos de nuestros complejos, de nuestro sentido del ridículo y estemos dispuestos a cometer los errores que conlleva todo proceso de aprendizaje.

Mis distintos “yos” según el idioma, un cambio sin vuelta atrás

Berlin

Hay una gran diferencia entre viajar, por muchos países que visites, que vivir en ellos.

He vivido y trabajado tanto en Bruselas, Zúrich, como en Berlín, durante años y viajado por algunos más. Aunque reconozco que Suiza y Alemania están más en mi corazón.

En estos años he desarrollado, lo que denomino “mis distintos yos”. Estas variantes de mí misma, aparecen sobre todo al cambiar de idioma, pues al hacerlo, también cambia mi manera de pensar.

Cuando hablo inglés, alemán o francés, no pienso en español, sino en el idioma en el que hablo. Utilizo estructuras diferentes, que se han ido trazando a base de tiempo.

He aprendido, que tanto para dominar un idioma, como para poder integrarte en un país, no debes forzar el proceso, sino dejar que fluya de forma natural, pues se trata de una trasformación que se alimenta de tiempo.

Las claves son dejarse llevar, observar y permitir que se produzcan cambios en tu interior.

Si pretendes vivir en un país que no es el tuyo y sentirte parte de él, debes abrirte a un proceso de aprendizaje en el que participarán tus sentidos, la manera en que percibes el mundo y entiendes la vida.

No se trata sólo de “saber cómo van las cosas en ese país” sino en encontrar tú yo de ese lugar.

Cuando cruzo la frontera hacia un país en el que ya he vivido y que conozco, en esencia sigo siendo yo, con mi manera de pensar, el mismo sentido del humor y todas las características propias de mi ser, pero también mi manera de hablar, mi comportamiento, incluso mi tono de voz, es otro.

No voy a decir que cuando voy a Suiza me convierto en suiza, ni que cuando voy a Alemania me convierto en alemana, pero desde luego sí se produce un cambio en mí.

Siento que hay una derivación de mí que me hace sentir que pertenezco al país. Igualmente que, si no estoy en él, me falta algo. Y de la misma manera, si no estoy en el mío propio, lo añoro. A esto me refería en mi entrada “Feeling Nowhere”.

Este tipo de sentimientos únicamente se dan cuando te has adaptado a lo nuevo, de manera que ya forma parte de algo que sientes como tuyo.

Uno de los detonantes principales de este otro yo, es el idioma. Pues aunque sigo siendo la misma persona, cuando pienso en alemán, los recorridos que hace mi cerebro para expresar algo, difieren a los que recurro cuando hablo en español.

Si me expreso en inglés o francés no siento igual, que si lo hago en alemán o español.

Una persona que viaje por diversos países, pero viva y trabaje en uno solo, no puede sentirse de esta manera.

Si tu día a día, los sabores, los sonidos, los tonos de voz, la luz, las costumbres, la manera de pensar y todos los factores que te rodean, los has hecho tuyos, es entonces cuando has creado un nuevo yo.

 Museos y café en Berlín

En el aprendizaje de un idioma, por ejemplo, ocurre un fenómeno similar.

Hay gente que es incapaz de formar frases o pronunciar bien un idioma ajeno al suyo porque no derriba esa barrera, y no olvida las estructuras de su lengua materna, ni su fonética.

Estas personas hacen que su mundo sea, en este sentido, monocromo.

Si abandonas estas barreras y te abres, comprendes que la pronunciación de las distintas lenguas parte de un centro que no es el mismo para todas y si pones obstáculos para encontrarlo siempre hablarás ese idioma con acento extranjero.

Del mismo modo, si te empeñas en pensar en español y crees que sólo ésas son las estructuras “correctas” y que en ese otro idioma “deberían ser así, porque así te las han enseñado”, nunca dejarás de cometer errores en ese idioma extranjero.

Es decir, es una cuestión de abrirse o no. Si esta apertura se produce, habrá millones de conexiones cerebrales que cambiarán y también se crearán otras nuevas. El mapa de tu cerebro se ampliará en todos los idiomas que domines. Percibirás las cosas bajo prismas diferentes y dispondrás de un arcoíris de perspectivas, que enriquecerán tu vida.

Yo soy varios” yos” distintos, construidos a base de experiencias muy buenas y también muy malas, que hacen que vea el mundo en colores.

Estas diversas perspectivas son como una droga que nutre de claridad y agudeza a mi mente, pero no está exenta de efectos secundarios como que no sepas cuál de esos” yos” es al que debes seguir. Lo malo, es que, una vez la has probado, no hay posible vuelta atrás.

IMGP0658

¿Es “mediaval”? Pues, no sé, “petete”.

"petete"
“petete”
Castillo "Mediaval"
Castillo “Mediaval”

El conocimiento del propio idioma es la base para el aprendizaje de lenguas extranjeras.

Cuando una persona no conoce bien su lengua materna, aunque haya pasado por la universidad, es poco probable que pueda desarrollar las habilidades necesarias para dominar un idioma extranjero.

Constato este hecho con la pequeña anécdota que voy a contar en esta entrada.

Estos días al leer las noticias, me he acordado de un antiguo compañero de trabajo, abogado de profesión.

Cuando trabajábamos juntos, el hombre ya tenía una pésima fama entre sus colegas. Yo solía intentar ayudarlo en lo que podía porque, en cierta ocasión, también me había ayudado él a mí, o eso me había parecido.

Su ignorancia en general era vasta como una llanura, pero en cuestión de idiomas era vasta e intensa.

Sus continuas salidas de tono y ridículos públicos lo convertían en objeto de burla por parte de nuestros compañeros, que lo respetaban poco por motivos bien fundados.

En una ocasión recuerdo haber tenido una charla con él sobre edificios o arquitectura, no recuerdo con exactitud. Ahí me explicó que le gustaban bastante las construcciones que se habían hecho en la época “mediaval”.

Con el único fin de ayudar a mi colega y sin intención de reírme de su ignorancia, le explique que se decía “medieval”, que viene del término “medievo”, es decir, “Edad Media” y que se podía incluso decir “Medioevo”, pero lo más utilizado era  “medieval”.

En fin, a él este rollo le importó una higa y con cara de suficiencia, me dijo que se decía “mediaval” porque se derivaba de “Edad Media”, recalcando: “Media”, por tanto “media-val”, me replicó con una sonrisa de suficiencia.

No había nada que hacer.

Nos encontrábamos acuñando estos nuevos términos cuando sonó el teléfono del despacho de mi amigo el cual se apresuró en contestar.

Debo mencionar que por aquel entonces, ambos trabajábamos en un país de habla francófona y, por tanto, una de las lenguas de trabajo era el francés.

Si el español ya era un problema para él, no digamos un idioma extranjero. Pero ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida. Descolgó el teléfono.

Por su manera de mover los pies me percaté de que estaba hablando con algún funcionario, ya que esto solía ponerlo bastante tenso. Yo también lo estaría si tuviese que mantener una conversación telefónica en francés sin dominar el idioma.

Sumido en su profunda ignorancia, mi amigo pensaba, que para hablar francés había que terminar casi todas las palabras en “ete” o en “é” y que a partir de ahí, el problema para descifrar ese galimatías pasaba a ser del que lo escuchaba.

Me disponía a irme para preservar la privacidad de lo que sabía iba a ser un diálogo de besugos, cuando oigo: “LLe ne se pa, petete”.

Me paré en seco.

Aquello era mucho. Pensé que le iban a rescindir el contrato y así ocurrió, aunque por éste y otros motivos, que ahora no vienen al caso.

¿Estaba acaso intentando explicarle al funcionario algo sobre “El Libro Gordo de Petete”? ¿Por qué decía aquel espantoso “petete” una y otra vez?

Me acerqué a él, pero para entonces ya llevaba demasiado rato con el auricular pegado a la oreja, y sin entender nada de lo que se le decía al otro lado del aparato, soltaba una retahíla nerviosa de ese tartamudeante “petete”, que en su mente se traducía por un “peut-être”, es decir, “quizás”.

No había más que yo pudiese hacer por él. Cerré la puerta al salir y sólo me consoló el hecho de que allí las puertas de los despachos están insonorizadas. Hay cosas que es mejor guardar bajo llave.