Vidas paralelas

Maleta

Observaba, tras aquel ventanal, cómo un manto de lluvia caía sobre transeúntes que corrían a guarecerse bajo los arcos.

Su café aún estaba caliente y, según su costumbre, lo estrechaba entre sus manos, no sólo para calentarse, sino como en un afán desmedido de que aquel momento no se escapase.

Fue ahí, mientras el humo y el olor de la taza acariciaba sus mejillas, cuando se le ocurrió pensar en la de veces que corremos sin saber hacia dónde, persiguiendo algo que no se sabe lo que es y que, tras mucho tiempo, te dabas cuenta de que, casi siempre, estaba delante de tus narices. Era una tontería pensar en lo que vendría después, era estúpido ir tachando cosas de tu lista imaginaria para llegar. No se llegaba, por lo menos, no así.

Sentada en su cafetería favorita, justo en aquel momento, era ridículo pensar en lo que iba a venir o lo que quería alcanzar. Estaba harta de conducir tan rápidamente, en realidad estaba harta de conducir, siempre atada a su móvil, a sus aplicaciones, respondiendo mensajes continuamente como si le fuese la vida en ello.

Se daba cuenta de que todo podía esperar. Excepto momentos como aquellos y, menos, en aquella ciudad donde un día había vivido una vida paralela a la suya. Una de las muchas ciudades donde había ensayado cómo hubiera sido ella en un sitio al que no pertenecía, imaginándose cómo se hubiera desarrollado todo si hubiese nacido allí.

Un sueño de dos años para, como siempre, hacer las maletas. Ese momento tan difícil, un momento más lleno de decisiones que ningún otro. Hacer y deshacer las maletas implicaba un sinfín de decisiones, miles de previsiones futuras. Odiaba hacer y deshacer maletas, tanto para marcharse, como para llegar y, sin embargo, había sido una constante en su vida.

Siempre persiguiendo aquel espejo paralelo, su otro yo en otra vida, en otro país, en otros brazos, en otra historia, sólo por saber, por curiosidad, por mirar qué había en su otra vida paralela, persiguiendo tachar vidas de su lista, para terminar haciendo las maletas, porque, en el fondo, sabía que su vida se encontraba en aquellos momentos felices tras un ventanal con una taza de café caliente entre sus manos. Y eso, lo tenía en cualquier cafetería, en cualquier barrio de cualquier lugar del mundo. También en el suyo propio. Aunque para entenderlo, hay que tener las maletas bien llenas de vidas paralelas.

Después de la tempestad

Soledad

Estoy sentada en la mesa de madera frente a mi ventana. Veo cómo el océano se torna de un gris oscuro que anuncia tormenta. Me duele todo el cuerpo. No ha sido un día fácil y regresar a casa tampoco lo es.

Me voy a la nevera, la luz blanca me da en los ojos como un faro en mitad de la niebla, saco una lata de cerveza fría. La miro y me pregunto por qué tengo las cervezas en la nevera con el frío que hace en la calle. Enciendo la calefacción. Mi mente deja de pensar en la temperatura de la lata que tengo en las manos para regresar al dolor del pasado, invisible para el mundo, pero supurando lentamente en imágenes de lo ocurrido que se incrustan en mi mente cuando menos las espero.

La ayuda ha desaparecido sin previo aviso y un manto negro de silencio me rodea. A veces, el dolor remite, pero vuelve con fuerza en los momentos más insospechados. La tormenta ha pasado y me han dejado sola. La calma es peor que cuando luchaba contra olas de siete metros.

Me siento frente al ordenador y abro Facebook, una de las aplicaciones más absurdas y aburridas que conozco, ideal para días en los que no quieres pensar en nada serio o para personas que no quieren involucrarse en nada, sino sólo dar una imagen de sí mismas que les permita conciliar el sueño.

Observo como muchos de mis contactos pinchan enloquecidos que ayudemos a los refugiados y a los que sufren enfermedades. Vuelvo la mirada hacia mi móvil, justo encima de mi mesa. Hace días que no suena, la tormenta ha pasado, o por lo menos, eso creen ellos, o no.

Toda mi vida he sabido que los cobardes huyen en cuanto pueden. Sin embargo, sé que saben que cuando las olas te han destrozado el barco, cuando tienes el cuerpo lleno de arañazos de las maderas que has arrancado con tus propias manos para no ahogarte, o cuando los troncos inertes a los que te has agarrado, cuando tus heridas aún son muy dolorosas, de un dolor casi insoportable, no es el momento de desaparecer.

Soy consciente de que es más fácil hacer click en tu teclado desde la comodidad de tu casa a favor de los refugiados, que ayudar a las personas que tienes cerca. Hay poca gente dispuesta a oír que, después de las tormentas, sobreviene una calma tan solitaria, que es prácticamente insoportable. También huyen conscientes de que, cualquier día, el mar entrará oscuro y negro en su salón, por mucho que se empeñen en cerrarle las puertas.

Mis pensamientos sobre el ser humano amenazan con desestabilizar mi fe en las personas cercanas, ésas con las que cuentas, en tu ingenuidad, y que, al final, se refugian en su torre, rodeados de costumbres inútiles que los aferran a una periodicidad segura, de horarios apretados, hundidos en una soledad virtual pintada de colores por amigos inexistentes, seguros de que ésos no van a llamar a su puerta.

Bebo un sorbo de cerveza, aún demasiado fría, mientras contemplo cómo se irritan en Facebook por gente a la que no conocen, leo sus comentarios enfurecidos, escandalizados, pidiendo ayuda al que lo necesita. Piden ayuda al que lo  necesita siempre que sea alguien anónimo, que esté lejos, que no les importe nada.

No puedo evitar sonreír pensando que, si un refugiado llamase a su puerta, todos los que hacen click en su defensa, no la abrirían. Lo sé, porque, sino, no habría tanta gente hundida en la angustiosa calma que dejan tras de sí las tormentas.

 

Tus palabras

Pluma

Anoche entraste en mis sueños y, sin esperarte, estabas.

¿Cómo atravesaste el muro que los siglos separaban?

 

La magia de tus palabras era la llave perdida, aquella que no encontraba.

Ni una pregunta siquiera, para saber qué pasaba.

 

Como a ti te gusta hacerlo, entraste sin que esperara.

Y presa de tus palabras, como hace siglos estaba,

Doblé en poemas mi vida, aquellos que escribe el alma.

 

Tú regresaste con versos, que sólo a mí me tallabas.

Ahora ambos escribimos lo que nos inspira el alma.

 

Y desnudamos palabras, cada noche, cada día.

El tiempo somos nosotros, tras eso, la vida acaba.

 

Sólo tú, yo, los poemas,

y la llave: Tus palabras.

 

Pasiones desmedidas

Pasiones desmadidas

Su caos se alimenta de los derrumbes emocionales. Proviene de esas avalanchas de ruinas y ensoñamientos interminables detonados por tantas tardes sin ambición.

No encuentra placer en la autocompasión, nunca lo ha encontrado, porque es esencialmente vital y posee cierta tendencia a la locura.

Todo ello hace que sea más interesante.

Sus discursos están plagados de ese torrente lingüístico caótico en el que te sientes un mero instrumento que utiliza para ordenar sus ideas.

En aquella época, exponía sus pensamientos en alto para llegar a la conclusión que llevaba horas buscando. Cuando ocurría el silencio, significaba que ya la había alcanzado.

Yo solía esperar sin atreverme apenas a respirar para saber cuál era la conclusión al acertijo que atormentaba su mente. Y era entonces cuando él solía salir corriendo hacia otra habitación sin mediar palabra para sentarse a escribir de forma febril.

Mientras aporreaba las teclas de su ordenador, en el que las letras habían casi desaparecido del teclado por su desmesurado uso, en su mente las palabras alcanzaban la velocidad del sonido, pues sus textos salían ardiendo de lo más profundo de sus entrañas. En aquellos momentos, se veía obligado a buscar las palabras, ellas venían en fila hacia él, a veces con demasiada prisa, a borbotones sangrantes que surgían sin cesar. Si en este estado de vehemencia se frenaba hubiese alcanzado la locura o hubiese buscado el suicidio.

No pensaba, escribía.

En esos momentos, era cuando te dabas cuenta de que nada podía arrancarlo de su tarea, tal era la ebullición de sus pensamientos. Como de costumbre, pasaría horas sin poder separarse de aquello y sin hablar.

A la mañana siguiente, publicaba en los mastodónticos medios de difusión donde volvería a seducir con su prolífico verbo.

Después, llegaban las mareas de críticas de toda aquella gente que, según él, no lo entendía, aquellos que pintarían su mirada de aquel negro profundo de la ira, la cual, aplacaba conmigo. Él sabía que yo iba a escuchar aquel desahogo con la mirada clavada en todos sus gestos, bebiendo una por una sus dilatada verborrea.

Solía decirme que no volvería a escribir, juraba que jamás dejaría que lo leyesen. Sin embargo, obsesionado por su ego y su afán, sabiéndose seductor mediante la palabra, preso por el ansia vital escribir, yo sabía que volvería a repetirlo sin pudor, sin retención y con mayor vehemencia.

Precisamente esa poca mesura era lo que hacía que le lloviesen las críticas y era también ella la que poseía a los lectores dependientes de sus textos, como si de una droga se tratase.

No era un escritor comedido, era un hombre de excesos en todos los sentidos. Desbordaba pasión e ideas y se apartaba, sin pretenderlo, de los cánones establecidos, en eso se basaba su carisma.

Conquistaba. Lo amaban, lo odiaban. No existía un término medio, tampoco en su manera de vivir. Él era así.

Y yo, escuchaba, desde mi silencio, observando cada movimiento de sus labios al hablar, cada sombra de sus ademanes en la  pared, cada mueca o cambio en el tono de su voz.

Ahora esos feroces tiempos han fallecido. Él sigue escribiendo, pero, entre todos, lo han vuelto cuerdo y los escritores cuerdos tienden a ser aburridos. Hace tiempo que pone una palabra detrás de la otra despacio, ahora tiene que detenerse a pensar.

Por eso, cuando publica, ya no recibe críticas. Han conseguido domarlo.

Diamantes

 

Diamantes

Su aspecto exterior no le importaba en absoluto.

Era callada e introvertida y, si hablaba, nunca decía estupideces.

Su soledad era quieta, apretada, contenida y olía a destierro.

Su pueblo era un lugar de palabras huecas.

Allí se hablaba sin respirar, sin escuchar, sin pausas, sin alma, sin pasión, triturando la gramática, aplastando una sílabas contra otra, con voces agudas y gritonas.

Ella siempre había sido apartada de estos corros por su descarada intención por conversar. Hasta que había comprendido que era mejor callarse.

Nadie podía leer sus ojos, de un azul más misterioso que profundo. Era consciente de que no la entendían. Siempre había sido así.

Su vida eran sus pensamientos. Y sus palabras monosílabos que cortaban como ráfagas.

Detrás de aquellos rasgos juveniles siempre se había ocultado un alma trazada por violentos hachazos de aislamiento, aquellos que reciben los que se saben diferentes.

Aquella tórrida tarde de agosto, enfrió su soledad llorando despacio pero sin pausa, derramando lágrimas que venían del pasado. Dejando escapar por fin, lo que hasta el momento había acumulado en su desván privado.

Tal era la pureza, transparencia, claridad, brillo y tamaño de las gotas que resbalaban por sus mejillas con su llanto, que hasta un experto joyero hubiera podido asegurar que lloraba diamantes.

Y lo eran. Diamantes de un alma, tallada por años de retraimiento convertidos en joyas de sensibilidad y madurez.

Mientras las lágrimas resbalaban saladas por su rostro, no pudo evitar levantar la mirada hacia un balcón donde unas cortinas de encaje jugaban con el viento, al tiempo que ocultaban miradas tras los ventanales entreabiertos. Esas miradas que siempre la habían acosado desde esquinas ocultas, visillos o cristales, trazando ese círculo de acoso que la había visto crecer.

A temprana edad ignoraba que entablar una conversación en aquel pueblo conllevaba un castigo.

Sin embargo, la cacería a la que había sido sometida, finalizaría en aquella misma estación de tren que tantas veces había visitado sin atreverse a subir a esos vagones que tantas veces había visto partir. Los mismos que ese día se la llevarían entre sus roncos sonidos por encima de oxidadas vías de ruido metálico y seco.

Quizá, con suerte, ese tren la dejase en alguna estación donde las palabras, los sentimientos y las conversaciones, fueran, como mínimo, tan valiosos como los diamantes.

 

Rainy Mood

Rainy Mood

Speak and I will answer

Your silence is too noisy.

 

Don´t let me down again

And let me read your pain.

 

Your silence is the end

I will not ask again.

 

I long for the sound of your voice,

Cause I´m obsessed by its noise.

 

The past is too crowded,

And the present is haunted.

 

Fear the rainy days without me

And the shadows of our tree.

 

Break your ice

And let me in

 

Or I´ll let you go forever

And you know I won´t be back.

 

Dare to be yourself again,

And I´ll be your lover till the end.

Los mansos

Los mansos

Me paralizan las multitudes

Me angustian

No entienden

No oyen

Y mucho menos escuchan

He logrado enmudecer más

Mis palabras son en vano

Soy la mejor paciente de mi espejo

Es tarde para que la ventisca cese

Cuando la noche es lenta, me escapo a pensar

Los días son absurdos rodeada de mansos

Lo he abandonado todo para seguir viva

El tono de mi voz es más bajo

Para que me escuchen menos

Hablo bajito

Casi no hablo

Dejo que deambulen en paz

Es demasiado tarde

Son demasiado mansos

Y están sordos

 

Debería

Debería

Debería decirte lo que siento antes de que te vayas.

Debería hablar mientras la luz tenue de la cocina aún alumbra la cena fría.

Debería alzar la copa para brindar por tus logros para que el día no se tuerza al anochecer.

Debería atentenderte para no hundirme en mis recuerdos.

Debería tomar partido.

Debería borrar de la bandeja de entrada todos esos correos.

Debería ofenderme.

Debería pelear y manifestar mi opinión sin miedo, pues nadie escucha.

Debería luchar en tu guerra.

Debería escuchar toda esa música olvidada sin esperar ni un solo instante.

Debería contestar cada llamada .

Debería sumarme al coro de vecinos que desayunan temprano y hablar con ellos despacio.

Debería entender el discurso ajeno.

Debería planchar los vestidos y tirar los zapatos viejos.

Debería cuidar los sentimientos y recogerme el pelo.

Debería mirarte a los ojos, pero me sobran las promesas.

Debería escuchar, olvidar y callarme.

Pero hoy no puedo, quizá mañana.

Mi nuevo libro “Historias para antes de dormir”

Hoy me gustaría comunicaros que mi libro “Historias para antes de dormir” ya está disponible en formato electrónico en Amazon Kindle.

El libro consta de una selección de mis entradas más populares que van desde el humor, el suspense, la hipocondría, las reflexiones o los sentimientos.

Podéis descargaros la aplicación de forma gratuita y adquirirlo a través este enlace.

Espero que lo disfrutéis.

Un saludo a todos y gracias por vuestro incondicional apoyo desde que empecé a escribir este blog.

El lector

El lector
Ferdinand Hodler

Hoy he vuelto a tropezarme con el anciano de ojos burlones que trabajó, desde que recuerda, en el gris anonimato de una oficina cualquiera.

Mi anciano amigo, ya jubilado, pasea por las calles en busca del único amigo con el que puede hablar. Se reúnen dos veces a la semana para darse consejos sobre libros y películas. No conversa con nadie más que con él y, de tarde en tarde, conmigo.

Ávido lector desde su niñez, volcado en los libros de la biblioteca de sus padres con pasión incontrolada, afirma, inseguro, que quizá le guste tanto leer porque lleva toda la vida leyendo mal.

Según él mismo cuenta no es capaz de entonar bien lo que lee cuando tiene que hacerlo en voz alta para otros y piensa que, quizá, cuando lee para él mismo, lo hace con tal rapidez que no se para en ningún signo de puntuación. Como si un conductor de vasta experiencia dijese que no presta la más mínima atención a las señales de tráfico.

Y por esta extraña costumbre de leer sin pausa para sí, piensa que interpreta los libros a su manera. Cree que para él tienen otro significado que ni el autor, ni los lectores son capaces de ver porque no “leen tan mal como él”.

Un lector tan ávido, jamás ha osado escribir una sola línea, porque al compararse con Sófocles, Aristóteles, Ovidio, Dante, Ezra Pound, Garcilaso, Shakespeare, Cervantes Lope, Tirso, Calderón, Stendhal, Balzac Hemingway, Faulkner, Passos, Scott Fitgerald, Cela, Sartre, Camus, Verne, Proust, Pushkin, Dostoievski, Turgueniev, Tolstói, Chéjov, Pérez Galdós, Pardo Bazán. Clarín, Unamuno, Charles Bukowski, Walt Whitman, Henry Miller, Kerouac, James Joyce, Kafka, Yeats, Keats, Dylan Thomas, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Aleixandre y un sinfín de autores más, se paraliza.

Habla perdiendo el hilo y enlazando un tema con otro, relacionando libros con cine, ópera o ballet. Mezclando palabras que pugnan por salir de su boca a borbotones.

Sin embargo, no por ello deja de hablar con mesura, despacio, meditando, buscando las palabras exactas. Me gusta escucharlo. Y a él no le importa que intercale preguntas u opiniones. Quizá por su avanzada edad sabe que escuchar es importante.

La gente lo define como un hombre raro. No lo entienden. Él confiesa que, cuando habla con estas personas, suele echar mano de temas como el tiempo o el estado de las carreteras.

Los raros nunca han sido aburridos. Se distinguen por esa mirada que delata que hay algo más que el simple color de sus ojos. Ese destello que sólo algunos captan. Son personas que hablan susurrando.

Gente que, por su cultura, es más consciente de sus inseguridades y piensa que encaja tan poco con el mundo, que cree que ni siquiera lee bien los signos de puntuación.