Rainy Mood

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Speak and I will answer.

Your silence is too noisy.

 

Don´t let me down again.

And let me read your pain.

 

Your silence is the end.

I will not ask again.

 

I long for the sound of your voice.

Cause I´m obsessed by its noise.

 

The past is too crowded.

And the present is haunted.

 

Fear the rainy days without me.

And the shadows of our tree.

 

Break your ice

And let me in.

 

Or I´ll let you go forever.

And you know I won´t be back.

 

Dare to be yourself again

And I´ll be your lover till the end.

Si quieres ser escritor, escribe

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Son muchas las personas que se apuntan a cursos, seminarios o talleres para aprender a escribir y que se arrepienten de haberlo hecho.

La práctica, la disciplina y la pasión te llevarán a tu meta.

Si quieres ser escritor escribe, hazlo todos los días, aunque no publiques.

Tampoco pongas excusas para no leer a diario.

Todas las recomendaciones para escribir que se dan en los talleres de escritura, me parecen bien para quien quiera perder tiempo en no escribir.

Los escritores buenos escribían a diario sin excusas, con problemas, con falta de medios y de dinero.

Sé que lo ideal es alquilarse una cabañita cerca del mar o la montaña para crear tu propio espacio y dedicarte a escribir. Pero, a no ser que quieras crear una imagen de lo que aún no eres, además gastar todos tus ahorros, lo normal es que escribas rodeado de un montón de cosas que te molestan y que no puedas evitar perder la concentración a causa de problemas no resueltos.

La base de ser bueno en lo que haces, suele ser el trabajo y la constancia.

Estaréis pensando ahora en toda esa gente a la que le publican libros, sean buenos o malos. Esa gente vende, pero no porque escriba bien, ni escriben, sólo encargan el libro y luego lo firman. No me refiero a ellos, porque a mi juicio, no son dignos de un oficio como el de escritor.

Sin embargo, sí sé que existe mucha gente en la sombra de una habitación vacía, peleándose con letras, hojas y problemas, como en su época hicieron Stephen King o J.K. Rowling, Stieg Larsson  y otros muchos, que sí trabajaron mucho para convertirse en lo que hoy son.

Esta entrada va dedicada a la gente que lucha a diario y paso a paso por salir de esas tinieblas y tener el éxito que, con toda probabilidad, se merecen.

No estáis solos, aunque lo parezca y, quiero pensar, que yo tampoco.

El reencuentro

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Lucía el sol al llegar a Salamanca.

Iba calle arriba, presa de un calor abrasador, buscando el hotel que estaba cerca de La Plaza Mayor.

La Plaza que había cruzado tantas veces saludando al viejo de ojos azules y barba blanca, que sentado en uno de los brazos, vendía sus poemas. Sin él, la Plaza no era la misma.

Sin embargo, huir de los cambios es morir, por eso había regresado tantas veces.

España está hecha de plazas y bares.

Recordó sin querer las piedras rojizas que la sorprendían en primavera con sus cambios de color bajo el sol y la niebla que la acompañaba, rodeándola en invierno. Así como ese frío, que ella adoraba, y que muchas veces se adornaba a sí mismo con un manto blanco de nieve.

Años atrás lo había sentido casi todo en esa ciudad.

Por un momento, el sol le dio en plena frente.

No hay en Salamanca mares que mirar, pero hay tanto que ver y tanto que recordar.

Todo volvía a ser salmantino, hasta ella y su acento.

Se le atragantaron en la memoria las piedras seculares que la rodeaban.

Como siempre, todo era pequeño, acogedor, conocido y, sin embargo, no había tiempo suficiente para mirar todos los cambios, así como todo lo que seguía igual.

Volver era distinto cada vez.

Las sensaciones viejas regresaban y otras nuevas la envolvían.

Recordaba sonriendo, la universidad y un novio que había tenido.

El hotel estaba construido en la calle empedrada de la  Plaza del Corrillo.

Allí está la fachada de la iglesia de San Martín y, como fondo, la colosal Plaza Mayor de la ciudad.

¿Quién llegará a la aquí mañana? ¿Quién se marchará?

Pidió la habitación que ya había reservado como quien pide amparo.

Daba a La Plaza Mayor, a la noche y a una paz rotunda.

Se alegró de estar allí.

Sobre la cama, un blanco albornoz, bueno dos, uno sobre otro, como haciendo el amor. Los miró y sonrió.

Se lavó las manos en agua fría admirando un precioso baño de mármol y piedra que traía ese frescor tan agradable que la protegía del calor de fuera.

Y se sorprendió mirándose en el espejo. La felicidad de quien cruza una frontera invisible que tiñe su alma de sentimientos necesarios.

Cruzó La Plaza una vez más de las miles que lo había hecho antaño, pensando en las que aún repetiría en el futuro. Le pareció aún más bella, más humana y más de verdad.

Se oía hablar a la gente iluminada por estrellas grandes como piedras, ésas tan propias de ese cielo castellano y el aire de la noche, limpio que llenaba sus pulmones.

Te he echado de menos… no sabía hasta qué punto.

Ya en la mesa de una de las muchas terrazas, la melancolía volvió por un instante y ésta dio paso a un vivo apetito. Pidió de todo un poco y su plato favorito. Mientras esperaba, entabló conversación con un soberbio tapiz que se veía al mirar el interior del restaurante.

En esta charla estaba cuando, de repente, llegó él.

Un enorme plato de jamón ibérico de bellota acompañado de una de las mejores botellas de vino de las tierras salmantinas.
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Volvió a enamorarse, casi sin darse cuenta. Miles de párrafos de libros antaño leídos, regresaron sin previo aviso al unir esos dos sabores.

Amándote, muero.

Los olores, los acentos, la noche, los clásicos como Antonio de Nebrija que había estudiado en la misma Universidad que ella, su “Gramática castellana” de 1492, la primera lengua moderna de Europa que tuvo una gramática y cuya primera edición se hizo en Salamanca.

Y Miguel, también Miguel de Unamuno, tres veces rector de esta misma Universidad, cuidad donde los clásicos se mezclan con las copas de un lugar de decoración medieval llamado Cámelot, construido dentro del convento de las Úrsulas, por si te da por dar las gracias a Dios por estar allí.

Sitios en los que Niebla, no es sólo una obra de Unamuno sino también un lugar para estar toda la noche, una ciudad donde puedes sacarte un “Cum Laude” todos los días en su pista de baile y si quieres uno de verdad, vete a la Universidad, aunque ahí siempre han sido más difíciles de conseguir.

Ella se tragó todos estos recuerdos de golpe, tantos eran que se le apretó a la garganta y estalló en llanto.

Fue uno de esos momentos que te rompen el alma en dos.

De esos que quieres repetir a lo largo de tu vida, y lo haces, regresando una y otra vez para ver qué te has perdido y para averiguar, no sin cierto miedo, si puedes volver a sentir otra vez.

Salamanca

El camionero

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Aparco el camión cerca de la gasolinera.

Llevo años al volante.

Últimamente suelo parar sin razón aparente.

La historia de un hombre como yo, es imposible de contar.

A pesar de ser una de tantas historias, no muy distinta a las otras.

Una historia corriente.

Cuando vi a esa chica por primera vez conduje durante unas tres horas sin saber lo que hacía.

No me la podía arrancar de la mente.

Ella no se dio cuenta de mi presencia.

Aunque lo hubiera hecho, una chica como ella jamás me habría mirado.

Estoy a cinco kilómetros de donde está ella.

Va a ese restaurante de carretera en la que la música de los cincuenta inunda el local.

Se sienta sola, lee el periódico, toma café y se va a trabajar.

Suele llevar un vestido ligero a causa del calor y unas sandalias.

Su melena color dorado debe de ser preciosa suelta.

Nunca la he visto, pero la he imaginado todas las noches.

Sólo dos veces al mes puedo desviar mi ruta esos cinco kilómetros, sólo para observar esa escena cotidiana que tiene lugar todos los días.

Lo hago desde hace dos años que fue cuando su existencia envenenó mi vida.

Soy un camionero de treinta y cinco años.

Nunca he estudiado.

Tengo por amigos a mi camión y mi música.

Antes pensaba que la vida consistía en esas dos cosas.

Era suficiente.

Ahora ya no.

Entraré otra vez en el local que ella, sin darse cuenta, emborracha con su presencia.

Guardaré todas las imágenes que pueda recoger mi mente para repasarlas mentalmente hasta que pueda volver a verla.

Si alguna vez ella me mirase, sólo vería a un hombre bruto, lleno de músculos y con la camisa manchada de grasa.

Nunca he salido de Estados Unidos y ella, probablemente, haya estado mil veces en Europa.

Empujo la puerta del local y echo un ligero vistazo para ver si ya ha llegado.

La veo sentada en la mesa cerca de la ventana, leyendo, tranquila.

Los acordes de una canción de Elvis suenan de fondo.

Me siento en la barra de espaldas a ella y pido un café.

Soy feliz.

Sólo vivo para este momento.

Lo demás ha dejado de importarme.

Mi mundo se reduce a ver esta escena llena de luz.

Si tengo suerte, la veo sonreír a la camarera que, después de dos años, nos conoce a los dos.

Un hombre como yo no tiene nada que ofrecer a una mujer como ella.

Un hombre como yo lo daría todo por tener a una mujer como ella.

Tengo una historia que contar, es corriente, como las otras, pero imposible de contar.

La historia de un trabajador que, sin darse cuenta, un día dejó de sentir.

Un hombre que llegó a pensar que la vida, era lo que él tenía.

Alguien que recorría el país de un extremo a otro pensando que lo tenía todo con su música y su camión.

Un hombre que un día, al verla, lo perdió todo como si de un golpe le hubiesen arrancado el corazón.

Su vida, su trabajo y su música perdieron todo significado.

Un hombre que, cuando escuchó de los labios de la camarera, que la chica de la melena dorada, también llevaba dos años esperando por él, creyó morir.

 

Sexo y Crítica Literaria

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Cuando estudiaba en la Universidad, tenía un profesor de Crítica Literaria obsesionado por el sexo.

Recuerdo como si fuese hoy que, después de una hora de darnos clase, salía del aula con el pelo revuelto y de punta, con toda la ropa llena de tiza, con la mitad de su camisa por fuera del pantalón y respirando de forma agitada. En vez de salir de impartir clase, parecía que hubiese tenido un orgasmo.

Sus clases de Literatura eran pésimas. Jamás terminaba las frases que empezaba, sólo alzaba los ojos al techo como imaginando algo que nunca llegábamos a saber qué era.

“¿Habéis leído a…?” “¿Y el párrafo donde dice…? ¡No puedo ni decirlo en alto!¡Es puro sexo! ¡Todas esas alusiones a…!” Ninguna frase llegaba a su fin. Mientras, solía garabatear palabras sin sentido, carentes de contexto en la pizarra y así, justificaba el sueldo que no era justo que cobrase.

Estaba claro para mí, que no había leído ninguno de los libros sobre los que hablaba con tal vehemencia. Yo sí. Todos y cada uno. Conocía al dedillo el argumento, los personajes, pero lo más importante, interpretaba sin problemas el mensaje del autor, que nada tenía que ver con el sexo.

Este hombre que paseaba como un león enjaulado durante toda la clase, alzando sus brazos al cielo, reemplazaba su falta de conocimientos representando ante sus alumnos una obra de teatro ridícula a mis ojos.

“¿Os habéis fijado en los buzones de Correos? ¡Qué escándalo! ¡Tendrían que retirarlos todos! ¡La ciudad entera está llena de símbolos fálicos!”

El problema era que, para aprobar la asignatura, no te quedaba otra que interpretar cualquier texto bajo este mismo prisma.

Por tanto, dejé de luchar contra corriente, y a pesar de mis acertadas interpretaciones literarias, comprendí lo que había que hacer.

No era complicado. En los textos de los exámenes sólo tenía que fijarme en todo lo que tuviera una forma alargada, estuviese duro, se ablandase, fuese un agujero negro (perdón a los astrofísicos a los que sé que les pagan por estudiarlos) o cualquier otra cosa que se pudiese identificar con sexo.

Todo era sexo. El examen era puro sexo y yo, de esta manera, conservaba mis sobresalientes y mi beca.

Eso sí, no se podía comentar de cualquier manera. Había que ser prolífica en matices, tener cuidado con las palabras, dejar paso a la imaginación, abrir puertas o entreabrirlas, pero sutilmente, para que mis palabras enganchasen a mi profesor y leyese mis textos hasta el final.

Yo me imagino a este buen señor corrigiendo mis exámenes. Recuerdo ser extremadamente discreta en mis comentarios y emplear todo tipo de eufemismos y rodeos dejando, eso sí, siempre claros todos y cada uno de los símbolos a los que el pobre autor de la obra en cuestión nunca había querido referirse.

Yo escribía mis análisis literarios desde la única perspectiva que él aceptaba y utilizaba toda mi imaginación procurando interpretar palabras desde su perspectiva enfermiza. Todo ello, con el único fin de aprobar sin estar de acuerdo con lo que escribía.

Después de corregir mis exámenes, puedo imaginar que tendría que darse una larga ducha fría.

Lo sospecho por el estado en el que estaban las hojas cuando me las entregaba en clase ya corregidas. Llenas de garabatos rojos sin pulso, dibujos inacabados, hojas arrugadas y manoseadas. Papeles que, en vez de parecer que se habían escrito escasos días atrás, daban la impresión de haber salido del siglo XV y en mal estado de conservación.

Me los entregaba mirándome fijamente a los ojos, jadeante y yo leía: “Sobresaliente” en enormes letras escritas con sus manos temblorosas con un rotulador rojo que ocupaba toda la hoja principal. Mientras mi profesor me decía: “Excelente interpretación. Has llegado hasta el fondo.”

Yo sentía un escalofrío por todo el cuerpo cada vez que hacía este tipo de comentarios. Procuraba que aquel momento durase poco tiempo y, a ser posible, no establecer contacto visual con él. Luego respiraba profundamente sin atreverme casi a tocar las hojas que me habían sido entregadas y pensaba lo difícil que era conseguir un sobresaliente.

Es una pena que existan profesores tan malos y digo malos porque, aún después de tantos años, sigo convencida de que este profesor universitario con una licenciatura de una universidad cuyo nombre nadie conocía, no había leído ni uno de los libros, que yo sí me tragué. Libros que ya puedo comentar sin tener que hablar de ningún símbolo sexual donde no lo hay.

¡Qué liberación!

 

 

Literatura y alcohol

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Te conozco desde hace muchos años, por eso no puedo evitar intentar salvar, si es que aún llego a tiempo, lo que queda de tu vida.

Aunque para ello deba hacer lo que una amiga hace: decirte lo que pienso.

Sé que peleas a diario, parecen siglos, por convertirte en un gran escritor, buscas fama y fortuna.

Para lograrlo, soportas ese trabajo por horas en el bar de un barrio cualquiera que te permite sobrevivir.

Cada madrugada te observo llegar por la calle ya de madrugada, cansado, dando tumbos e introducir la llave del portal que lleva a tu piso.

Alcohol y escritura han estado unidos en muchas ocasiones a lo largo de la historia, sin embargo, sólo puedes permitirte el lujo de escribir borracho si eres un genio. Y aún así, muchos genios han conseguido escribir verdaderamente mal a causa del alcohol. Tanto es así, que han confesado que la escritura era trabajo, rutina y voluntad diaria.

El potencial, por muy bueno que seas, no te hace famoso, sólo lo hace el trabajo.

Llegas a casa borracho no sólo de alcohol, sino también de ideas. Entonces escribes febrilmente, poseído por lo que tú crees que es tu verdadero yo de escritor. Las palabras fluyen de tu mente sin esfuerzo, casi no te da tiempo a escribirlas.

Después de unas cuantas horas vomitando ideas sin cesar, te vas satisfecho a la cama. Has conseguido llenar páginas y páginas de las palabras que tú querías inmortalizar y que te harán rico y famoso.

Después de haber saciado tu cansancio con unas cuantas horas de sueño, te levantas para volver a tu trabajo en el bar.

Antes de irte, te paras y miras de reojo al ordenador y sin poder evitarlo lees con ojos ilusionados los pensamientos y conversaciones de tus personajes que escribiste anoche. No puedes evitar pensar que tu obra maestra por fin está tomando forma.

Y mientras lees con una gran taza de café caliente entre las manos, el mundo comienza a hundirse, se torna oscuro y estéril.

Allí no hay nada, es tierra baldía. Páginas y páginas llenas de palabras vacías que anoche brillaban solas. Las estupideces escritas por un borracho.

Y te das cuenta de que por mucho que repitas que eres escritor, el único arte que dominas a la perfección es beber.

Aun observando tu debilidad, no puedo evitar admirar tu humanidad. Tus lágrimas nunca brotan de tus ojos, pero sí de tu alma. Como si de un caballero herido mortalmente se tratase, sólo el orgullo te mantiene en pie, mientras tu sangre se derrama.

Te admiro porque sé que eres bueno escribiendo, te odio porque tu voluntad falla una y otra vez.

No soporto esas charlas llenas del brillo artificial que sólo te proporciona la ginebra. En ellas, hablas de cómo se deben hacer las cosas para convertirse en un buen escritor, hablas de disciplina, de esfuerzo. Y convences a todos.

Por unas horas el halo de luz que te rodea es tan brillante que ciega al mundo. Y, en esos momentos, dejas de ser ese camarero que se niega a sí mismo que lo es. Porque uno es lo que hace, no lo que desea ser.

Y cuando tu miserable sueldo te lo permite, en vez de escribir, te vas a dilapidarlo en algún restaurante caro o alguna fiesta estúpida donde alimentas tu ego, explicando a todo el mundo que tú eres escritor. Esa profesión que no ejerces.

Estás vacío de ideas porque te mueves en círculos iguales que recorres un día tras otro, pero te niegas a ver la realidad.

Los litros de alcohol presagian la negrura de tu futuro que, en realidad, es tu presente.

Esa alegría de los felices años en los que despuntabas, en los que llegaste a publicar artículos en los cuales la gente sólo veía a un escritor en ciernes, te cegaron. Cegaron tu ego y te quedaste en lo que podías llegar a ser, pero no eras aún.

Ahora lo único que veo es que todos los espejos reflejan tu vacío, un vacío existencial. Y revelan la verdad de la vejez prematura del fracaso.

Tu perpetua borrachera hace que cada día desciendas a un abismo de derrota vital.

Alivias tu frustración castigando tu cuerpo con un exceso de alcohol, del que eres ya un adicto.

Eras fuerte, joven, seguro, descarado y ahora te has vuelto inseguro, destructivo hasta un punto en el que me doy cuenta de que, cuándo las brumas ciegan tu entendimiento, la sombra del suicidio se pasea tentadora por tu mente.

Tu dañada autoestima, tu fragilidad emocional, producto de una infancia demasiado fácil en el que lo tenías todo y eras la promesa que alimentaba el ego de tu familia, desbocaron tus adicciones, único acicate que encuentras para desconectar de una realidad que detestas.

La vida te engulle pero, querido amigo, aún no está todo perdido.

Recuerda todo aquello que probaste por primera vez, recuerda capítulos en los que sufrías a pelo sin necesidad de mitigar tu dolor con ninguna droga, atrapa de nuevo lo que viviste y que te hizo feliz.

Existe un mundo lleno de matices entre estar vivo o muerto. Tú ahora vives muerto.

Elige de una vez, pero suspende el alivio momentáneo que te ayuda a deshacerte de tu depresión, porque te hunde sin remedio.

Sal de ese infierno permanente.

Nos estamos perdiendo a un gran escritor. No nos dejes a oscuras.

 

Tentaciones

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Perdida entre un dulce sudor de verano, deambula sin rumbo entre luces y música.

El aire cálido se vuelve frío por las voces que la llaman desde un remoto lugar, un lugar de diamantes y soledad.

Un impulso imposible de matar recorre sus pensamientos.

Quiere regresar pero permanece allí, borracha de dudas.

Melodías imposibles de olvidar llenan sus sensaciones.

Y las tentaciones reclaman con insistencia su atención.

Sus pensamientos flotan en el aire sin rumbo alguno.

Y la sitúan en aquel lugar en el que la voluntad suele fallar.

Y sus pulmones se llenan de sensaciones.

Esa música olvidada, la noche y el calor… una fórmula difícil de rechazar.

Y ese dulce sudor de verano encadena su voluntad.

Mientras las voces lejanas insisten en su vuelta.

A ese lugar remoto de diamantes y soledad, 

al que ahora sabe que ya no quiere regresar jamás.

La autopublicación, un fenómeno en auge

ebook-autopublicar-amazon_EDIIMA20131029_0167_4En la mayor cita editorial del mundo, la Feria del Libro de Frankfurt, la autopublicación ha sido uno de los temas estrella.

En esta gran feria se dan cita autores y editores, así como muchas otras personas implicadas en el mercado del libro y es aquí donde surgen nuevas ideas y nuevos modelos de negocio. Esto ha forzado a que las editoriales de siempre hayan comenzado a prestar verdadera atención a un fenómeno que antes sólo utilizaban los escritores noveles.

Prácticamente todos los días, aparecen nuevas librerías online, editoriales y diversas plataformas de autoedición. Es ya un fenómeno que se ha convertido en un auténtico boom y que no parece que vaya a dejar de aumentar.

Si eres un escritor novato, creo que la autopublicación de tu libro es la mejor opción. El motivo es que la mayoría de los manuscritos enviados a editoriales casi nunca se publican.

Otra de sus ventajas es que los plazos de producción de tu libro se acortan considerablemente si utilizas una plataforma de autoedición. Por lo que, puedes tener tu libro publicado, conseguir tu ISBN y que esté disponible para que entre en el mercado en tan solo unos días.

El proceso resulta mucho más ágil, aunque la autoedición también te generará una considerable cantidad de trabajo.

A pesar de ello, a mi juicio, también ofrece una gran ventaja: la reducción de intermediarios, ya que las únicas personas necesarias en el proceso de edición son el escritor y el lector.

Los géneros más comunes que hacen crecer sin cesar este nuevo nicho de mercado suelen ser la narrativa, entre las que se incluyen novelas de amor, el soft porn, la fantasía, el suspense, también tienen mucho éxito géneros como la autoayuda, la literatura infantil, la espiritualidad y las biografías.

En cuanto a los autores que se dedican a este nuevo camino, que han abierto el fácil acceso a las nuevas tecnologías, suelen ser autores aficionados, escritores profesionales, así como expertos que se sirven de ella para compartir su experiencia.

En un proceso tan independiente, es lógico preguntarse sobre la calidad de los autores que se autopublican, sin embargo, esto no parece importar. Se ha observado un incremento de  autores y de ventas. Esto sólo puede traducirse en la existencia de una comunidad de lectores que encuentra en estos autores algo que las editoriales no les ofrecen.

Creo que, aunque muchos de estos libros autopublicados, puedan ser mejorados, hay algo en ellos que hace que se sigan vendiendo: su contenido. El contenido es el responsable de la comunicación con la audiencia.

Tanto si publicamos un libro con la ayuda de Internet, como si nos dedicamos a escribir un blog, lo que en él expresemos y la manera de conectar con nuestros lectores es lo único que puede hacer que nuestro trabajo se haga un hueco en el mercado.

Las redes sociales ayudan a difundir ese contenido y a encontrar a nuestra propia audiencia, pero si el contenido es malo o no tiene mensaje alguno, de poco servirá que se haga visible en estas redes.

Por supuesto la red se encuentra plagada de sitios en los que publicar, estas son unas de las plataformas más conocidas, aunque según este fenómeno avance surgirán muchas más:

1. KDP Amazon. Para mí la más conocida. Es especialmente interesante para los autopublicados por sus algoritmos. En Amazon si un libro se sube a su tienda por un precio superior a 3 dólares (al cambio unos 2,68 euros), al autor le corresponde el 70% de cada unidad vendida, en cambio, si cuesta menos de 3 dólares, se lleva el 35% de la venta. También ofrece la posibilidad de editar y vender ejemplares en formato físico.

2. Createspace. Pertenece a la misma empresa de Amazon. Lo que la hace diferente es que  permite publicar un libro de papel en Amazon.

3. Autopublicación Tagus (Casa del Libro), de reciente creación. En ella se pueden contratar servicios extra (corrección, creación de portadas, gestión del ISBN…). El ISBN es un requisito imprescindible para colaborar con ellos, pero te ayudan a gestionarlo si quieres. Personalmente consideraría a esta plataforma con cautela, ya que no deja claro si hay derechos de exclusividad. Hay que leer bien el contrato antes de aceptar.

4. Lulu. Es una plataforma sencilla que permite publicar libros digitales e impresos. En ella dispones de opciones de distribución gratuitas y de pago. Sin embargo, no deja claro si hay derechos de exclusividad

5. Bubok. Bastante parecida a Lulu.

6. iBooks Author. Es la plataforma de Apple y permite publicar en la iBook Store.

7. Smashwords. Conocida en el mundo anglosajón. Con ella se puede publicar en diversas plataformas al mismo tiempo (Barnes & Nobles, Kobo, Apple Store, entre otras).

8. Nook Press. Es la plataforma de Barnes & Nobles, la tienda de libros más importante de Estados Unidos.

9. Kobo Writing Life. Es la plataforma de Kobo, que en España no es una tienda tan conocida, pero internacionalmente sí que lo es.

10. Byeink. Es nueva y de origen español.

11. Editorial Círculo Rojo. En ella, hay que pagar por los libros impresos por adelantado. Sin embargo, en su servicio viene incluido el diseño de portadas.

Aparte de estas plataformas puedes unirte a grupos de escritores autopublicados, ya que pueden ser una gran fuente de información y pueden darte muchas ideas interesantes que puedes aprovechar.

En Google +: Generación Kindle, Self-publishing

En Facebook: Generación Kindle

En LinkedIn.

Aunque todo esto es factible y en principio pueda parecer muy atractivo, hay que tener en cuenta que muchos escritores que se autoeditan consiguen un éxito momentáneo basado en su difusión por sus redes sociales.

En conjunto pienso que es una gran oportunidad, una más de las muchas que nos brindan las nuevas tecnologías. Aunque, antes de lanzarse, hay que tener cierto dominio sobre cómo hacerlo.

Y finalmente, sólo los buenos escritores se consagrarán como tales si producen buenos contenidos y consiguen conectar con su audiencia.

 

 

 

Poderes sobrenaturales

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No hay nada que me impida caminar, pero tengo la sensación de avanzar dentro de agua. Tal es la resistencia que puedo sentir a cada paso que doy. Me duelen los muslos, están duros como piedras, pero sé que debo caminar más deprisa. Voy a cámara lenta. Si sigo así, no tardará en alcanzarme.

Una mirada suya en aquel callejón oscuro al cruzarme con él y ya sé lo que quiere.

Conozco esa mirada y al tipo de hombres que miran así.

Una ola de furia ha recorrido mi cuerpo.

La calle se me antoja aún más larga. Infinita. Parece de goma, una calle que estira. No se acaba nunca y oigo claramente su respiración profunda detrás de mí. Ni se molesta en correr. Disfruta viendo que tiene todo el poder. Se ríe mientras observa cómo apuro el paso, sin que pueda ir más deprisa.

Avanzar dentro del agua es difícil y correr es imposible. Los músculos de mis piernas se tensan aún más con el esfuerzo. Miro al suelo y no lo entiendo. No veo agua, pero la sensación sigue ahí, ¿Acaso es un sueño? Si es así, quiero despertar. Estoy cansada de la resistencia con la que se enfrentan mis piernas. Mi corazón late con fuerza y su respiración está tan cerca, que creo que no tiene más que estirar su brazo para alcanzar mi espalda.

No sé qué intuición hace que intente impulsar todo mi cuerpo hacia arriba, en un intento de salir de allí hacia el cielo, ya que la tierra se me resiste cada vez más. Un pequeño impulso hace que me levante varios metros del suelo. Ni yo entiendo lo que me impedía caminar, ni entiendo ahora lo que hace que pueda volar.

Desde arriba lo veo lejos, pequeño. Según voy cayendo se hace más grande y cuando aterrizo de mi torpe vuelo, lo hago justo entre sus brazos. Más bien garras, para mí, por la fuerza con que me aprieta la cintura. No me va a soltar.

Ahora sonríe. Me tiene. Empieza a rozar la tela de mi vestido.

Mi rabia es tanta que no puedo casi respirar. Ahora me pesan los brazos, los siento como dos yunques. Cierro un puño y, sin pensar, golpeo su cara.

El golpe me impulsa hacia el cielo y desde allí veo cómo la sangre brota a borbotones por toda su cara, una sangre oscura y densa. Le he dado de pleno con una extraña fuerza que no me pertenece. Oigo gritos de dolor y veo cómo se retuerce en el suelo.

Una ola de placer recorre todo mi ser. No sólo me he librado, sino que el agresor, ha pasado a ser el agredido. El miedo, se ha trasmitido como un virus. Y es él ahora quien lo tiene. Está infectado, como lo estaba yo hace unos minutos.

Mira hacia arriba con pánico y echa a correr por el callejón.

Me siento feliz. Tengo superpoderes.

Creo que voy a estar muy ocupada a partir de ahora.