Lo que mi sonrisa esconde

hhhhhhhhhhhhh

 

Cuando estoy triste sonrío,

aunque me empujen las lágrimas.

No quieren ver mi tristeza,

Sólo reclaman mi calma.

No entienden y no lo explico.

No hablan y no les hablo.

Los secretos se ocultan,

que algunos ven y otros callan.

No les hablo, no me hablan.

Los valientes, sí se atreven.

Y los cobardes no engañan,

pues sí, lo saben y callan.

Mi sonrisa es lo que muestro,

y oculto lo que me pasa.

Les ofrezco lo que aman,

y mi dulzura reclaman.

Pues mis sonrisas ya tapan,

lo que los cobardes callan.

 

 

El mundo estéril de otra generación perdida

transferrrrrrrrr

Estos días he estado releyendo un libro que me ha obligado a pensar de nuevo en la cuidad como algo deshumanizado repleto de personajes que van y vienen, cruzando sus caminos una y otra vez y construyendo una tela de relaciones.

Estos recuerdos me los ha traído un libro de John Dos Passos escrita a principios del siglo XX, que lleva por nombre Manhattan Transfer, una estación de tren que existía en New Jersey y que era la estación de transferencia que conducía a Manhattan.

En ella se habla de una forma bastante pesimista de los seres que habitan en la ciudad de Nueva York en la época de la Gran Depresión y en la que en realidad, la protagonista es la ciudad misma.

La novela posee rasgos muy parecidos a los de El gran Gatsby, sólo que  ésta habla del éxito, mientras que Manhattan Transfer habla del fracaso.

El tipo de personajes que describe Dos Passos, y que habitan la metrópoli, son bastante intrascendentes. La mayoría de sus personajes son obreros, amas de casa, políticos, estafadores o triunfadores.

Y pensando precisamente en este cuadro de Nueva York, no puedo más que hacer una comparación con la corteza de las urbes gigantescas de hoy en día en las que el ser humano se pierde en una maraña de superficialidad sin lograr dar un sentido real a sus vidas.

Nos hayamos ante una crisis, no económica, sino ante una crisis de valores en la que priman precisamente las cosas que carecen en realidad de importancia. Una situación equivocada que nos ha llevado a relegar a un segundo, tercer o cuarto plano la esencia de lo que nos hacía ser felices. Impulsándonos a comprar trozos falsos de esa felicidad perdida a través de pequeñas satisfacciones materiales, que sólo sostienen a unos pocos y empobrecen a la mayoría.

¿Acaso la historia se repite una y otra vez, forzándonos a despertar de nuestro estúpido deambular y atendamos a lo realmente esencial de la vida?

Podemos pensar que esto ocurre porque sí, o podemos decantarnos hacia cuadros que se repiten porque este es el plan que quieren que sigamos.

Dos Passos fue miembro de la denominada Generación Perdida, en donde también se incluyen autores como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Ezra Pound, William Faulkner, o John Steinbeck. Todos estos escritores, plagaban sus libros de desfiles de personajes dominados por la soledad y la angustia existencial; personajes que se encontraban en un mundo estéril y cuarteado moralmente. Un mundo enmarcado por la gran guerra y el crack financiero norteamericano.

John Dos Passos ataca la hipocresía y el materialismo de los Estados Unidos entre las dos guerras mundiales. A mi juicio dos elementos muy presentes en la sociedad de hoy en día que están llevando a la sociedad hacia un agujero en el que ya se hallan inmersas más de dos generaciones y del que será difícil salir.

Una sociedad que desconfía de su futuro y que da tumbos ante la falta de valor que aportan sus dirigentes, ante la carencia absoluta de ideales, movida por la premisa del sálvese quien pueda, en la que prima la deshumanización de crecientes monstruos urbanos. Y una época marcada también por un individualismo feroz en el que hemos abandonado normas esenciales, en otros tiempos pilares en los que se sostenía nuestra sociedad.

Y ante esta situación, cuya solución veo muy lejana, sólo se me ocurre pensar que si, como viene ocurriendo desde hace siglos, la historia se repite en ciclos, esta crisis de valores tendrá una solución, aunque aún no la podamos vislumbrar.

Confiemos en que así sea.

And Death Shall Have No Dominion de Dylan Thomas

D Thomas

No sé si hay que dedicarse a la bebida para escribir un poema de tal intensidad.

Os dejo uno de mis favoritos de Dylan Thomas.

Por favor, no leáis ninguna traducción. Si en una entrada anterior os decía que no se debía traducir a Salinger, mucho menos, una poesía, y menos aún, a Dylan Thomas.

 

And Death Shall Have No Dominion

Dylan Thomas

 

And death shall have no dominion.

Dead men naked they shall be one

With the man in the wind and the west moon;

When their bones are picked clean and the clean bones gone,

They shall have stars at elbow and foot;

Though they go mad they shall be sane,

Though they sink through the sea they shall rise again;

Though lovers be lost love shall not;

And death shall have no dominion.

 

And death shall have no dominion.

Under the windings of the sea

They lying long shall not die windily;

Twisting on racks when sinews give way,

Strapped to a wheel, yet they shall not break;

Faith in their hands shall snap in two,

And the unicorn evils run them through;

Split all ends up they shan’t crack;

And death shall have no dominion.

 

And death shall have no dominion.

No more may gulls cry at their ears

Or waves break loud on the seashores;

Where blew a flower may a flower no more

Lift its head to the blows of the rain;

Though they be mad and dead as nails,

Heads of the characters hammer through daisies;

Break in the sun till the sun breaks down,

And death shall have no dominion.

La cortina de terciopelo rojo

cortinas-rojas-800x450El corredor es largo, tanto que no se ve el final. Es como un tubo oscuro dividido en el medio por una cortina de terciopelo rojo sangre.

Ella sabe que sólo si la atraviesa estará a salvo de la criatura que la acosa en esta parte del pasillo, pero que no se deja ver.

Con las manos temblorosas y sudadas, se toca nerviosa un mechón de pelo mientras planea su próximo paso hacia el otro lado.

Tiene que salir de allí sin más dilación, pues si no lo hace, tiene la certeza de que la criatura se le echará encima y le arrancará una parte del cuerpo.

Sin embargo, el miedo hace que se sienta paralizada, tanto para moverse, como para pensar. Es más, hace ya un rato que nota que tiene menos visión periférica, pero no a causa de la oscuridad que la rodea, sino por las descargas de adrenalina que recorren su cuerpo.

Su respiración se acelera al notar a su espalda un aire cálido. Se está acercando, pero es tan sigilosa que no oye el ruido de sus pasos, lo que le hace pensar algo peor, que quizá no toque el suelo al caminar, sino que lo haga sin rozarlo siquiera. Esto hace que su presencia sea aún más difícil de identificar.

No hay duda posible, ella lo sabe. Está detrás, a su espalda, quizá a unos metros, quieta, expectante.

No puede retrasarlo más. Tiene que reunir el valor para atravesar esa cortina roja y grande que corta el pasillo en dos, aunque no sepa con certeza si lo que le espera al otro lado es peor que lo que tiene en éste.

Haciendo un esfuerzo ímprobo da varios pasos hacia delante y nota que vuelve a estar rodeada de frío, alejando así, a la criatura que acecha a su espalda a punto de saltar sobre su presa.

Casi sin atreverse a respirar, con el fin de pasar desapercibida ante el monstruo que se mueve hacia ella guiado por su respiración entrecortada, así como por el calor que desprende su cuerpo, separa con una mano parte de la cortina y asoma su nariz para observar el otro lado.

Nada, oscuridad, vacío. No se alcanza a ver nada, ni la continuidad de las paredes estrechas a los lados del pasillo.

Cierra los ojos y pasa al otro lado sin pensar.

Nota cómo el roce de la pesada cortina acaricia su espalda al hacerlo. Parece como si se hubiera cerrado tras de sí una puerta.

Ha cruzado. Abre los ojos. Parece que hay un precipicio a sus pies, pero regresar es impensable, sería su muerte.

Atisba una pequeña luz al fondo y aún pensando que su primer paso será hacia el vacío, pone un pie y luego otro.

Pisa en firme y, de pronto, una mano alarmantemente caliente, que aparece de la nada, toca su cara. El sudor vuelve a perlar su frente, la respiración vuelve a ser entrecortada, más bien casi no respira, se ahoga. La adrenalina lleva demasiado tiempo jugando con su organismo, está cansada, prefiere rendirse a lo que sea. Un único deseo pasa por su mente: que sea pronto.

La mano recorre su cara y la dulce voz de su madre le dice:

-Pero, mi vida, ¿otra noche con pesadillas? 

Es domingo ¿y tú?

la-farola-y-la-lluvia

Estoy esperando a las puertas del café bajo una lluvia intensa.

Todo está gris, yo también.

El café cerrado está teñido por la luz dorada de la chimenea, que resplandece a mis ojos.

Es domingo ¿y tú?

El frío se intensifica en mi cuerpo y en mi todo mi ser.

Las gotas de lluvia resbalan por mi cara y piso tierra baldía.

Empiezo a notar cómo el agua me recorre entera.

Es domingo ¿y tú?

Quiero entrar, ¿por qué no puedo estar dentro?

Se oye la voz de alguien.

Veo a una mujer pasar con algo caliente entre las manos.

Es domingo ¿y tú?

Tengo hambre y frío.

Estoy sola y dentro está lleno. Todos hablan.

Estoy fundida en gris y ellos navegan en dorado.

Es domingo ¿y tú?

La puerta se abre y un haz de luz se desmaya por la acera mojada.

Un hombre de manos cálidas me invita a pasar y enciende en mí la esperanza.

Los colores dorados me inundan de calor el alma.

Para mí ya no es domingo ¿y tú? ¿Sigues esperando a que te abran?

No esperes, entra.

Bruselas, José Ovejero y yo

A la morte subite

La primera vez que fui a Bruselas llevaba una pequeña maleta y el libro de José Ovejero titulado “Bruselas”, que me había leído unas tres veces, entusiasmada con la idea de visitar y probar todos los lugares y extravagancias de la capital belga que en él se desvelaban.

El libro y la cara de Ovejero en su contraportada me acompañaron durante todo el tiempo por la ciudad, que pretendía hacer mía, antes de irme a trabajar allí.

Mi persistencia, curiosidad y avidez por aprender, hacían que me agarrase al manoseado libro mientras buscaba los lugares que en él se describían y recorría sin cansancio cada una de las calles, plazas y avenidas de la ciudad. Solía empezar por lo obvio y más turístico para ir adentrándome en lo escondido al ojo del turista.

Durante mi aventura la cara de José Ovejero me observaba y, me atrevería a decir, me consolaba cuando me sentía perdida y sola en alguna callejuela que parecía tener tantas historias que contarme que me alejaba de puro miedo a oírlas.

Sin embargo, J.Ovejero parecía que me sonreía y me susurraba al oído:

 – Tranquila, vete “A La Mort Subite”, tómate una Gueuze y ríete un rato con los circunspectos Vossen, descendientes directos de los que empezaron el negocio.

Y así lo hacía, seguía las indicaciones del libro, encontraba el lugar, y me tomaba la cerveza de imposible pronunciación para mí por aquel entonces. La tragaba, aún consciente de que tenía el listón más alto, en cuanto sabor amargo se refiere, de todas las cervezas belgas que podía probar. Reía para mis adentros con su libro encima de la mesa y su cara risueña, cómo diciendo:

– Amarga ¿eh? Y encima, con esos tres en la barra a punto de escupirte en un ojo por pronunciar mal el flamenco y ser otro espécimen más de turista ignorante. Pues, empieza a acostumbrarte, así es Bruselas a veces – Y así, la soledad compartida, era más llevadera.

Hice varios viajes “de investigación”, un Máster en Derecho Comunitario y Asuntos Europeos, hasta me empeñé en matricularme durante un mes de verano en la Universidad Libre de Bruselas para aprender francés y también con el fin de poder pasar más tiempo diseccionando las antiguas piedras de la ciudad.

En la universidad de Bruselas, aterricé un domingo lluvioso de agosto en un campus inhóspito, sin un alma a la vista, arrastrando mi maleta por un frondoso bosque sin edificio alguno a la vista. Era una universidad fantasma en verano, cuyo recuerdo más nítido no son sus clases de francés, a las que asistí religiosamente, sino más bien su terrible suciedad y abandono.

Pasé ese difícil mes, enclaustrada en mi habitación donde lo más prudente era dormir vestida y ducharme con sandalias de goma para no pisar el suelo de la ducha.

Los que llegaban al campus, solían regresar en avión al día siguiente, sobre todo los españoles. Sin embargo yo, no quise dejarme vencer, por aquello del orgullo de la hija única que, al final, aguanta más.

Luché mucho por vivir en Bruselas, conseguí hacer mío cada rincón de la ciudad, logré trabajar, como deseaba, en el Parlamento Europeo. Allí viví durante tres años experiencias dignas de recordar y otras tantas dignas de olvidar, pero puedo decir que las viví.

Creí haber vencido para, más adelante, creerme que las jaulas doradas me bastaban, que las puertas cerradas no me importaban. Y, por fin, tomar consciencia de que el dinero, en ocasiones, se convierte en la cuerda que rodea tu cuello y en la llave que cierra la puerta de tu libertad o, por lo menos, de la libertad que tú necesitas.

Bruselas, un lugar en que el calor se traduce en millones de mosquitos ansiosos por no dejarte ver por dónde caminas, donde las terrazas y mercadillos te atraen con sus mil curiosidades, donde las antigüedades te seducen hasta la saturación.

La urbe de las mil historias secretas de los que allí trabajan, las lámparas de lágrimas, las velas por doquier, el chocolate de Madame Godiva, los cientos de cervezas, los cócteles, las invitaciones y los restaurantes.

La ciudad que no se pinta la cara ni para los turistas y te recibe con oscuras piedras teñidas de siglos, con marionetas que no te dejan olvidar lo que los españoles hicimos una vez allí.

La nieve, la soledad, la humedad, la falta de luz, me acompañaron mucho tiempo, y con ellas, siempre estaba José, y su cara en aquel libro sonriente y pacífico.

Hasta que un día comprendí. Ya conocía los secretos que, sin saberlo, había ido a buscar. Ese día también entendí que mi trabajo pedía de mí algo más que no le quería dar.

Ahí es cuando decidí que era el momento de recuperar parte de mi ser perdido durante esos intensos años, orgullosa de haber salido victoriosa de otra de mis aventuras, de haberme mantenido firme en mis principios, de no haber cedido a las muchas tentaciones que me habían rondado.

Sin embargo, tampoco salía indemne, sino cansada por la batalla y con las heridas invisibles, las que todos tenemos cuando nos empeñamos en vivir.

Ya era hora de volver a sumergirme en la cálida luz de mi país, de volver sin más. Otra parte de la estatua de mi ser estaba tallada. Era suficiente, pues.

 

J. D. Salinger, un escritor rebelde de traducción imposible

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Hoy he vuelto sobre las páginas de uno de mis libros de referencia, El guardián entre el centeno, The Catcher in the Rye.

Aunque podría hablar horas sobre él y sobre su autor, creo que se ha escrito suficiente sobre él, tanto mentiras como verdades. Sólo pretendo dedicarle un fugaz pensamiento.

Jerome David Salinger, nacido el 1 de enero de 1919, Nueva York, Estados Unidos, se convirtió en uno de mis escritores favoritos por muchas razones que no vale la pena enumerar aquí. 

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The Catcher in the Rye, que fue un clásico de la literatura moderna estadounidense, casi desde el mismo momento de su publicación, en 1951, va acompañada de una rebeldía que a mí me sigue acompañando en muchas ocasiones y que, no puedo negar, me llena de un secreto regocijo interior. Por eso, dejo que siga conmigo para poder continuar observando el mundo con ese punto entre crítica burlona y escepticismo. Desde este punto de vista puedo trazar una distancia entre los acontecimientos que me rodean y mis pensamientos, y esta relativización, es lo que me permite discernir entre lo que es vital y lo que sólo debe provocarnos una simple sonrisa.

Siempre he creído que Salinger no puede ser traducido, porque, como muchos otros escritores, pierde su esencia misma, la que lo convierte en el autor que llegó a ser. Cuanto más lo leo más me afianzo en mi opinión. Nunca he encontrado una buena traducción de sus palabras que, con facilidad, se tiznan de connotaciones sólo posibles en la mente del lector que lo entienda en su idioma original, el inglés. 

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… yo tampoco estoy segura de que me apeteciera.

Soltando lastre

Soltando lastre

Me pesabas como una piedra.

Tenerte a mi lado, sin que estuvieses a mi lado,

sino colgado de mí, era un peso insoportable.

Pesabas tanto…, a propósito.

Todas las personas que habían pasado por tu vida se desprendieron de ti, porque pesabas más de lo que podían soportar.

Conmigo, querías pesar aún más.

Pesabas tanto que me impedías respirar, ahogándome con la cuerda de la soledad y el maltrato.

Tus gritos extenuantes…, sólo recuerdo tus gritos, y tu presión, y mi cárcel.

Pesabas toneladas.

Eras una piedra.

Un pasado muy pesado.

Qué ligera me siento ahora.

 

 

Walt Whitman “Do not let”/ “No te detengas”

Walt Whitman
Walt Whitman

 

Mi entrada de hoy está dedicada a uno de mis poemas favoritos de Walt Whitman, poeta, ensayista, periodista y humanista estadounidense.

Espero que os guste.

¡Feliz día a todos!

DO NOT LET

Do not let the day end without having grown a bit, without being happy, without having risen your dreams.

Do not let overcome by disappointment.

Do not let anyone you remove the right to express yourself,

which is almost a duty.

Do not forsake the yearning to make your life something special.

Be sure to believe that words and poetry it can change the world.

Whatever happens, our essence is intact.

We are beings full of passion. Life is desert and oasis.

We breakdowns, hurts us, teaches us, makes us protagonists of our own history.

Although the wind blow against the powerful work continues:

You can make a stanza. Never stop dreaming, because in a dream, man is free.

Do not fall into the worst mistakes: the silence.

Most live in a dreadful silence. Do not resign escape.

“Issued by my screams roofs of this world,” says the poet.

Rate the beauty of the simple things.

You can make beautiful poetry on little things, but we can not row against ourselves. That transforms life into hell.

Enjoy the panic that leads you have life ahead. Live intensely, without mediocrity.

Think that you are the future and facing the task with pride and without fear.

Learn from those who can teach you. The experiences of those who preceded us in our “dead poets”, help you walk through life.

Today’s society is us “poets alive”. Do not let life pass you live without that.

                                                                               WALT WHITMAN

 NO TE DETENGAS

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,

sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.

No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,

que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías

sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y oasis.

Nos derriba, nos lastima,

nos enseña,

nos convierte en protagonistas

de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,

la poderosa obra continúa:

Tu puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar,

porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores:

el silencio.

La mayoría vive en un silencio espantoso.

No te resignes.

Huye.

“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,

dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples.

Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,

pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta del pánico que te provoca

tener la vida por delante.

Vívela intensamente,

sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro

y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.

Las experiencias de quienes nos precedieron

de nuestros “poetas muertos”,

te ayudan a caminar por la vida

La sociedad de hoy somos nosotros:

Los “poetas vivos”.

No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas…

 

                                                                               WALT WHITMAN