Gastando goma en París

Conducción Con Lluvia

Cada vez llueve con mayor intensidad y el tráfico de la autopista se hace más y más denso.

Mi experiencia como conductora no debería ser probada tal día como hoy. Hace tiempo que no conduzco y no me siento muy segura.

Persigo el coche de unos amigos desde Bruselas a París entre una cantidad ingente de coches, camiones y lluvia. Es viernes y parece que todo el mundo conduce en un estado de desesperación propio del que ansía que llegue el fin de semana.

Procuro guardar la calma y miro de reojo a mi copiloto, que medio adormilado, también me vigila mientras conduzco.

Él tiene muchos más años de experiencia conduciendo que yo, pero bajo la excusa de un cansancio extremo, me ha puesto a mí al volante.

Yo he pensado que era más sensato que condujese alguien sin una dilatada experiencia que una persona con experiencia, pero que se quedaba dormida.

Años más tarde averiguo que su cansancio extremo de aquella tarde lluviosa no era más que su carnet de conducir caducado hacía años, ya que le parecía una tontería gastar en ese tipo de cosas. Bueno, esto es sólo un ejemplo muy pequeño de a qué extremo podía llegar en su afán de subir su cuenta bancaria. Hablando claro, que era una persona tacaña hasta un extremo que yo nunca me hubiese imaginado.

Mientras conduzco por la autopista, cada vez veo menos. La lluvia se hace más copiosa y los camiones aparecen sin previo aviso por todas partes.

Mi cerebro está tan alerta que tengo miedo de cometer algún error precisamente por mi estado de ansiedad.

Respiro profundamente hasta que el aire llene mis pulmones. No llego a hacer respiración diafragmática por estar demasiado ocupada, pero debería.  Lo mejor que puedo hacer es poner algo de música y dejar que ésta me lleve a un estado de relax que me permita controlar la situación. Intento buscar entre el denso y rápido tráfico el coche de mis amigos. Si no lo encuentro, no sé si amaneceré en Alemania.

A mí me da igual dónde amanecer, lo que no quiero es quedar mal y que cuando vuelva a Bruselas me pregunten, ¿qué tal el fin de semana en París? Y yo les conteste, pues no sé, me he desviado un poco y he estado en un hotelito de la Baja Sajonia de lo más mono. Lo dicho, a mí me da igual, una vez que empiezo a conducir donde voy a terminar, pero hay gente que es muy quisquillosa y necesita un plan. Y si de la A 3, no se desvían a la A 4, como habían planeado se ponen de muy mal humor. Yo en eso, soy muy relajada y mientras encuentre una ducha y un buen café al día siguiente, me da igual desviarme un poco. Total, Alemania, Francia…. En fin, todo es Europa, ¿no?

La autopista cada vez se tornaba más peligrosa y si bien es cierto que me da igual dónde dormir, lo que sí quiero es llegar entera y, en esos momentos, no era algo que viese muy claro.

El limpiaparabrisas funcionaba a un ritmo normal, pero eso ya no era suficiente. El tiempo empeoraba por segundos. Necesitaba que funcionase más rápido, que la luna delantera se despejase aún más. Prácticamente no veía el camión que tenía delante de mi coche.

Empecé a ver algo mejor y ya no sólo alcanzaba a seguir al par de faros rojos del camión que tenía delante de mí, sino que veía el camión entero.

El problema surgió cuando apareció la mano de mi acompañante, que se acercó lentamente al botón que cambiaba la marcha del limpiaparabrisas y no es que lo ralentizase, lo apagó.

No veo. No veo nada, sólo agua y algunas luces procedentes de los coches de la caravana.

Sin perder un segundo y con la inseguridad de mi falta de visibilidad, volví a ponerlo a funcionar. Me dirigí, en un ataque de estupefacción y  furia contenida, a mi acompañante para preguntarle si estaba loco y quería que nos estrellásemos.

No contestó y se hizo el dormido dando un giro hacia su lado izquierdo.

Mientras observaba la autopista, también lo miraba de reojo. Tenía un ojo abierto.

Pasados sólo unos segundos, la misma maniobra. Me para el limpiaparabrisas.

No lo puedo creer. Otra vez no veo. Si eso era una prueba para mis nervios, lo raro es que no soltase el volante para pegarle. Y si es una prueba de conducción en condiciones extremas, la estoy superando con sobresaliente.

Vuelvo a activar el chisme y doy un grito advirtiendo que si vuelve a tocar uno de los mandos del coche mientras yo conduzco, me paro y le pego.

No es que yo acostumbre a pegar a la gente, pero en caso de vida o muerte, creo que es lo más sensato.

Vuelvo a ver su mano acercándose al interruptor para parar la velocidad de lo único que me permite ver un poco.

Mientras me dice en voz alta: “Te lo paro, porque estamos gastando mucha goma”.

Atónita. No me parece una situación real. No sé si reír o llorar.

Esa frase se me queda grabada para siempre.

Empiezo a entender por qué pagaba yo siempre los cafés y a él se le olvidaba la cartera. Todo residía en no gastar… goma, o lo que fuese.

Pero ¿por qué me tengo que dar cuenta de esto en mitad de una autopista y rodeada de camiones?

En resumen, que prefiere estrellarse contra un camión, antes que gastar la goma del limpiaparabrisas del coche. No sé, quizá haya echado las cuentas y salga más barato eso de morirse.  Al fin y al cabo, si nos estrellamos, íbamos a ahorrar un pastón en cafés.

Ya alcanzo a ver la entrada a París. Es peor de lo que pensaba. El tráfico se hace aún más denso. Veo el Arco del Triunfo y, a lo lejos, un montón de carriles, cada vez más. Odio los carriles, los coches y el tráfico. Sólo pienso en dejar ese dichoso coche y bajarme.

Con calma, comienzo a poner el intermitente y a arrimarme como puedo hacia un lado. Ya he logrado pasar un carril, luego otro y otro. Ya está, puedo parar el coche en el arcén y no molesto a nadie. Me bajo. Yo ya no conduzco más.

Le digo que conduzca él, pero que haga el favor de gastar goma, porque como mis manos ya están libres, tengo muchas maneras de obligarlo a que me haga caso.

Y así entramos en París, aquel lluvioso viernes por la tarde y os puedo asegurar que, después de mis amenazas, gastamos mucha, mucha goma.

Desnuda en París

PARISsss

Acababa de llegar a París desnuda, es decir, me había olvidado la maleta que había tardado en hacer unas dos horas corriendo de un lado a otro de la habitación y pensando meticulosamente qué ponerme, en qué situación y en qué día.

Cuando mis amigos pararon el coche frente a mi apartamento para recogerme, cogí el bolso y, satisfecha, cerré la puerta tras de mí.

Tras una media hora de viaje, me percaté de que no llevaba absolutamente nada más que el contenido del bolso, una barra de labios roja, polvos compactos para la cara y la ropa que llevaba puesta.

Demasiado tarde para dar la vuelta, aunque si hubiera estado sola, la hubiese dado.

Mi primera reacción fue dedicar unos diez minutos en repasar mentalmente todas las cosas que ya no me iba a poner durante los próximos días. La indignación se adueñó de mí y se afincó en mi pecho durante un buen rato.

Sin embargo, hay momentos en los que enfadarse no sirve de mucho.

Decidí que lo mejor era adaptarme a la nueva situación y enfrentarme a la realidad. Tres días y cuatro noches sin mi maleta.

Sería una hipocresía negar que mi olvido no me fastidiaba hasta un punto indescriptible. También lo sería haber obviado la satisfacción interior de mis compañeros de viaje, que se sentían encantados con la idea de verme desprovista de mis cosas.

Siempre me han atraído los cambios de perspectiva y éste era, claramente uno, al menos para mí.

En esos momentos y arrastrada  por la convicción de que esa situación tan sólo era algo nuevo, se me antojó como un nuevo reto.

Desnuda en París, no porque lo estuviese, sino porque así me sentía.

Los días posteriores que pasé allí, me obligaron a improvisar continuamente y cada situación que salvaba, se convertía en una satisfacción.

Disfruté de mi estancia, con o sin maleta y aprendí que hay muchas cosas de las que podemos prescindir.

Aunque reconozco que me hubiera gustado dormir con mi camisón puesto.