Pura ambición

Pura ambición

Hay personas que nunca tienen suficiente. Quizá sea que se acostumbran a acumular y, a fuerza de repetición, se convierte en un vicio imparable. No sé.

Resulta que hay gente que por más que les sobren los recursos, siempre quieren más.

Hoy me he acordado repentinamente de ellos al ver un jamón en el supermercado.

Aún puedo ver aquella escena con nitidez. Una extensa cola de eurodiputados del Parlamento Europeo de Bruselas, cuando regalaban jamón de Guijuelo o cualquier otro producto.

En cuanto les llegaba la hora de la invitación al despacho, salían disparados, se metían a empujones en el ascensor y, nada más salir de él, se atropellaban para conseguir un plato.

Toda la tercera planta se llenaba de hombretones trajeados. Jefazos insaciables de mando, y de jamón, que ocupaban su escaño durante un mínimo de cinco años. Los mismos hombres a los que había que obligar, pagándoles un extra, a que bajasen unos cuantos pisos y apretasen el botón cuando debían votar en el pleno, si no, les daba una tremenda pereza. Era más sustancioso acudir a una comisión o cambiar una coma en alguna pregunta parlamentaria.

Y allí estaban ellos, sosteniendo aquel ridículo plato entre sus manos, ansiosos por llegar al final de la cola en la que les esperaba un habilidoso muchacho cortando jamón con sumo cuidado. Después de la larga espera llegaba el premio y éste les servía unas cuantas jugosas y finas lonchas, sin poder evitar cierta mirada de desprecio.

Esa fila no la hago yo ni por un jamón ibérico de bellota de cuatro mil euros.

Era una cola tan gratuita como interminable, que yo evitaba para ocupar, reposadamente, una mesita del comedor y pagar por mi almuerzo.

Aún hoy en día, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en los labios al recordar las caras de políticos tan conocidos. Personas que, hoy en día, poseen sustanciosas fortunas, acostumbrados a ser invitados o a obtener todo gratis.

Quizá ese sea el problema, a los niños hay que educarlos desde el principio.

Si pudieseis ver quienes permanecían de pie en estas filas, os estaríais divirtiendo tanto como yo ahora.

Quizá por eso no sea rica, pero me he librado de esas interminables horas en humillantes colas gratuitas y de varices en las piernas.

 

Bruselas, José Ovejero y yo

A la morte subite

La primera vez que fui a Bruselas llevaba una pequeña maleta y el libro de José Ovejero titulado “Bruselas”, que me había leído unas tres veces, entusiasmada con la idea de visitar y probar todos los lugares y extravagancias de la capital belga que en él se desvelaban.

El libro y la cara de Ovejero en su contraportada me acompañaron durante todo el tiempo por la ciudad, que pretendía hacer mía, antes de irme a trabajar allí.

Mi persistencia, curiosidad y avidez por aprender, hacían que me agarrase al manoseado libro mientras buscaba los lugares que en él se describían y recorría sin cansancio cada una de las calles, plazas y avenidas de la ciudad. Solía empezar por lo obvio y más turístico para ir adentrándome en lo escondido al ojo del turista.

Durante mi aventura la cara de José Ovejero me observaba y, me atrevería a decir, me consolaba cuando me sentía perdida y sola en alguna callejuela que parecía tener tantas historias que contarme que me alejaba de puro miedo a oírlas.

Sin embargo, J.Ovejero parecía que me sonreía y me susurraba al oído:

 – Tranquila, vete “A La Mort Subite”, tómate una Gueuze y ríete un rato con los circunspectos Vossen, descendientes directos de los que empezaron el negocio.

Y así lo hacía, seguía las indicaciones del libro, encontraba el lugar, y me tomaba la cerveza de imposible pronunciación para mí por aquel entonces. La tragaba, aún consciente de que tenía el listón más alto, en cuanto sabor amargo se refiere, de todas las cervezas belgas que podía probar. Reía para mis adentros con su libro encima de la mesa y su cara risueña, cómo diciendo:

– Amarga ¿eh? Y encima, con esos tres en la barra a punto de escupirte en un ojo por pronunciar mal el flamenco y ser otro espécimen más de turista ignorante. Pues, empieza a acostumbrarte, así es Bruselas a veces – Y así, la soledad compartida, era más llevadera.

Hice varios viajes “de investigación”, un Máster en Derecho Comunitario y Asuntos Europeos, hasta me empeñé en matricularme durante un mes de verano en la Universidad Libre de Bruselas para aprender francés y también con el fin de poder pasar más tiempo diseccionando las antiguas piedras de la ciudad.

En la universidad de Bruselas, aterricé un domingo lluvioso de agosto en un campus inhóspito, sin un alma a la vista, arrastrando mi maleta por un frondoso bosque sin edificio alguno a la vista. Era una universidad fantasma en verano, cuyo recuerdo más nítido no son sus clases de francés, a las que asistí religiosamente, sino más bien su terrible suciedad y abandono.

Pasé ese difícil mes, enclaustrada en mi habitación donde lo más prudente era dormir vestida y ducharme con sandalias de goma para no pisar el suelo de la ducha.

Los que llegaban al campus, solían regresar en avión al día siguiente, sobre todo los españoles. Sin embargo yo, no quise dejarme vencer, por aquello del orgullo de la hija única que, al final, aguanta más.

Luché mucho por vivir en Bruselas, conseguí hacer mío cada rincón de la ciudad, logré trabajar, como deseaba, en el Parlamento Europeo. Allí viví durante tres años experiencias dignas de recordar y otras tantas dignas de olvidar, pero puedo decir que las viví.

Creí haber vencido para, más adelante, creerme que las jaulas doradas me bastaban, que las puertas cerradas no me importaban. Y, por fin, tomar consciencia de que el dinero, en ocasiones, se convierte en la cuerda que rodea tu cuello y en la llave que cierra la puerta de tu libertad o, por lo menos, de la libertad que tú necesitas.

Bruselas, un lugar en que el calor se traduce en millones de mosquitos ansiosos por no dejarte ver por dónde caminas, donde las terrazas y mercadillos te atraen con sus mil curiosidades, donde las antigüedades te seducen hasta la saturación.

La urbe de las mil historias secretas de los que allí trabajan, las lámparas de lágrimas, las velas por doquier, el chocolate de Madame Godiva, los cientos de cervezas, los cócteles, las invitaciones y los restaurantes.

La ciudad que no se pinta la cara ni para los turistas y te recibe con oscuras piedras teñidas de siglos, con marionetas que no te dejan olvidar lo que los españoles hicimos una vez allí.

La nieve, la soledad, la humedad, la falta de luz, me acompañaron mucho tiempo, y con ellas, siempre estaba José, y su cara en aquel libro sonriente y pacífico.

Hasta que un día comprendí. Ya conocía los secretos que, sin saberlo, había ido a buscar. Ese día también entendí que mi trabajo pedía de mí algo más que no le quería dar.

Ahí es cuando decidí que era el momento de recuperar parte de mi ser perdido durante esos intensos años, orgullosa de haber salido victoriosa de otra de mis aventuras, de haberme mantenido firme en mis principios, de no haber cedido a las muchas tentaciones que me habían rondado.

Sin embargo, tampoco salía indemne, sino cansada por la batalla y con las heridas invisibles, las que todos tenemos cuando nos empeñamos en vivir.

Ya era hora de volver a sumergirme en la cálida luz de mi país, de volver sin más. Otra parte de la estatua de mi ser estaba tallada. Era suficiente, pues.

 

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

L1100790

La Linterna del Traductor

REVISTA DE TRADUCCIÓN

Número 3 – Septiembre 2002 – ISSN 1579-5314

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

Livia de Andrés

Todo intérprete que lleve algún tiempo ejerciendo su profesión, se habrá encontrado con dificultades añadidas a su, ya de por sí, duro trabajo y tendrá, por tanto, en su currículo un sinfín de anécdotas con las que amenizar las reuniones de sus amigos y parientes.

Existen muchas ocasiones en las que las personas que utilizan los servicios de un intérprete no entienden bien el trabajo de éste y, por tanto, lo dificultan.

Yo recuerdo, y al hacerlo aún se me acelera el pulso, un trabajo de interpretación consecutiva que tuve que realizar cuando trabajaba en el Parlamento Europeo de Bruselas. Eran las tres en punto de la tarde y me habían citado en el despacho de una presidenta de comisión, cuyo nombre no viene al caso mencionar, para hacer de intérprete entre ella, que por cierto era sueca, y una diputada española, que no hablaba inglés. No se trataba de una reunión muy corriente, ya que era la época en la que Romano Prodi acababa de comenzar su andadura como presidente de la Comisión Europea y una de sus políticas consistía en fomentar las relaciones entre el Parlamento, la Comisión y el Consejo de la Unión Europea. Yo pensaba interpretar en una reunión más bien privada, es decir: presidenta, diputada, algún asesor y algún que otro funcionario. Me encontré en medio de un número considerable de personas. Acudieron a dicha reunión, además de los mencionados anteriormente, funcionarios del Consejo, funcionarios de la Comisión, funcionarios de Parlamento, asesores de apoyo para ambos y, cuanto más tiempo pasaba antes de la reunión, iban apareciendo más miembros de la Delegación Sueca que, en mi opinión, más bien venían por el café que por el tema de la reunión. En fin, que aquel jolgorio sólo podía ocurrir en el despacho de una presidenta de comisión, ya que son mucho más amplios que los que se destinan al resto de los diputados, para mi desgracia en aquel momento.

Es cierto que, aunque no era novata en esto de la interpretación y también estaba acostumbrada al despliegue de medios del Parlamento, estaba algo nerviosa. Y mi mayor preocupación era la diputada a la que debía prestar mis servicios como intérprete. La primera dificultad estribaba en que ella era una recién llegada al Parlamento y pensaba que todo lo que ocurría en su despacho era alto secreto, y si bien es cierto que los asuntos de cada diputado no deben salir de su despacho, estos secretos no se extienden ni a los asesores, ni a los intérpretes, ni a cualquier persona que trabaje en el Parlamento y se encuentre implicada de una u otra manera en el asunto que se esté tratando. Pero digamos que la diputada en cuestión había interpretado las normas parlamentarias a su manera y, aunque yo conocía el tema del que trataba la reunión, no había tenido la ocasión de echar ni un ligero vistazo a los papeles sobre los que ella iba a hablar y a los que se aferraba con desesperación. Pero mis problemas no se ceñían únicamente a esto, no, a mí me había tocado el lote completo.

Comenzó a hablar en un tono exageradamente alto para un despacho y mucho más apropiado para un hemiciclo con micrófonos estropeados. El problema era que no se paraba ni a respirar. De su boca brotaban sin cesar un sinfín de fechas, plazos, enmiendas y recomendaciones para sus colegas suecas que la miraban estupefactas.

Tuve que interrumpirla y explicarle que, si no se paraba de vez en cuando, me resultaría imposible realizar mi trabajo. Por supuesto, mi advertencia no le sentó nada bien. Comenzó a increparme delante de todo aquel grupo de gente variopinta que la observaba atónita, preguntándose probablemente, por qué había traído a una intérprete si pensaba darles un discurso en español castizo. Un atento funcionario de los allí presentes intentó socorrerme desviando su atención con algunas de las enmiendas que se presentaban y lo consiguió, cosa que más tarde le agradecí con un café. Yo seguí haciendo mi trabajo lo mejor que pude, pero en un momento determinado de la reunión, diputada en cuestión debió de aburrirse de mi perorata en inglés, que en realidad era la suya, y buscó una solución para que la atención de tan altos representantes no se desviase durante tanto tiempo hacia mi persona. Ni corta ni perezosa, comenzó a gritarle a la sueca en un tono muy superior al anteriormente utilizado y pronunciando como si estuviera sufriendo una especie de parálisis en los órganos fonadores.

Todos se dieron cuenta de lo que intentaba con esto y la presidenta sueca se volvió hacia mí y con su más dulce sonrisa me dijo: “Dile, por favor, que cuando yo me dirija a ella en sueco, también tendré la deferencia de hablarle alto y claro para que me entienda sin dificultad”. Tal era mi vergüenza que me sonrojé. No pude traducir lo que me estaba diciendo y opté por una vía más diplomática, intentando hacer que “nuestra representante española en el Parlamento Europeo de Bruselas” entrase en razón, explicándole que no la estaban entendiendo. Ella me contestó que no fuera ingenua, que si les hablaba claro, la entenderían perfectamente.

Y así continuó, si bien es cierto que, de cuando en cuando, me echaba un vistazo de reojo como preguntándome si su discurso era del todo comprensible o si se estarían perdiendo algo.