La rendición del individuo

No me apasiona ir en metro, aunque lo haya utilizado mucho.

En mi vida ha habido metros infames, metros lujosos, metros aceptables, metros en túneles sin fin, metros nocturnos y también diurnos. No me gustan. Lo uso por pura necesidad. Pero prefiero caminar. Caminar te despierta, te azota, te calma, te reta.

No recuerdo una sola vez en la que haya utilizado este medio de trasporte y no se me hayan venido mil interrogantes a la cabeza sobre la gente que iba en él. En muy escasas ocasiones, he sido capaz de evitar observar minuciosamente, y con escrúpulos, que casi rozaban el masoquismo, a todas las personas que me rodeaban. Y ello, siempre me ha conducido a la misma sensación de angustia. No sé si por ellos, o por mí misma.

Ante mis ojos pasaban demasiadas vidas sin destino cierto, vidas en las que los acontecimientos diarios no se cuestionaban, caras que reflejaban que nada importaba, rostros desesperados, sin vida, sin saludos, robóticos que recorrían el mismo camino a diario paseando un mensaje de deseperación que no era escuchado por nadie.

Rostros perdidos en la gran urbe blandiendo la ajada bandera de los que saben lo que no ha podido ser.

En las paradas el búnquer de metal, hierro y aluminio que recogía a las mismas almas espectrales que se subían, derrotadas, a algún vagón similar a los otros y se sentaban sobre la rendición de sí mismos, la claudicación de su ser. Sabiendo que formaban parte de una masa, personas que han olvidado que, años atrás, eran individuos.

Han sido derrotados sin percatarse y han hundido el proyecto de juventud que perseguían de formar un yo único, para entrar a formar parte de una masa amorfa por la que deambulan perdidos.

Suben a los vagones para unirse al naufragio, algunos aún están medio vivos y luchan por no sentarse, por no tocar, para evitar los microbios, las enfermedades contagiosas que por allí se pasean en busca de su próxima víctima, procuran alejarse de los olores bajos de la metálica madriguera común que recorre esos raíles, transportándolos siempre al mismo punto de desolación. Recorriendo una y otra vez, a diario, en medio de una ciudad que se ha hecho demasiado grande y mucho más absurda, se pierden otro día más entre la muchedumbre de la que saben forman parte.

La rutina ha causado estragos y ya no son conscientes de adonde van, quizá les dé igual o, simplemente, quieren olvidarse porque son conocedores de lo que les espera.

Caminad pues, volved a sentir el aire en ese rostro derrotado sin aparentes músculos al que creéis irremisiblemente perdido. La vida aún está, sólo tenéis que apearos del metro y volver a luchar por aquel proyecto que un día tuvisteis: ser vosotros mismos.

Alea Jacta Est o quizá no

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Hace calor.

Un calor insoportable en toda la ciudad.

El aire acondicionado me pone mala.

Puedo soportar a duras penas unas sandalias y un vestido.

Mi mejor refugio es un edificio de piedra.

Una iglesia.

Está fresca, fría, helada. Allí dentro puedo respirar.

Aunque la ausencia de gente es relajante, también desprende un aire de misterio que no me apetece respirar en ese momento.

Esa noche necesito acercarme más a la vida, por lo menos un poco.

Busco el bullicio de una noche de verano que hasta el momento se ha hecho demasiado larga.

Dentro de los seculares y densos muros de piedra empieza a hacer demasiado frío.

Me voy.

La ola de calor vuelve a golpear mi cara.

Camino sin rumbo.

Hay gente en la calle.

Corros de gente se arremolinan en mitad de la calurosa noche.

Me paro ante un edificio de piedra que parece una mezcla entre el castillo del Rey Arturo y una biblioteca.

Es un club, construido dentro de una iglesia de piedra, cuyo alquiler se paga a las monjas.

La voz desgarrada y grave de Chris Isaak canta “I can´t help falling in love with you” de Elvis Presley.

No puedo evitar entrar.

Nadie puede resistirse a esa combinación.

Dejo aparcado a la entrada el calor, que no cede un ápice.

Me acerco a una especie de rueda de piedra que hace las veces de mesa y apoyo los codos, llevándome una mano a la frente para retirar un mechón de pelo de mi cara.

El ambiente es distendido.

La piedra me transmite el frío que ha acumulado a través de siglos de espera.

Estoy en una ciudad en la que huir del calor es fácil y en la que para realizar un viaje a través de los siglos no necesitas medio de transporte.

Me rodean frases en latín escritas por todas las paredes.

Pido algo con mucho hielo.

El calor lo justifica.

Piedras centenarias, hielo, alcohol y esa voz rota en mis oídos.

La voz de Chris que se lamenta de no poder evitar enamorarse.

Me parece bien.

Uno debe enamorarse. Es casi una obligación.

El calor que no me dejaba respirar se ha desvanecido.

He abierto las puertas de otro siglo.

Los libros están por todas partes, esperando pacientes a que los apoyes en tu regazo.

La música, con su melodía, me proporciona la calma que necesito.

Apoyo mi brazo desnudo en la mesa de piedra.

Con ambas manos acaricio el vaso para sentir el frío de los cubos de hielo a través del cristal.

Un trago helado atraviesa mi garganta.

Ese convento sigue siendo un lugar de culto. Otra clase de culto. Un escondite de un presente caluroso. Un presente agobiante. Tanto, que impide pensar con claridad y que te obliga a pasear tus ideas en círculos, repitiendo los mismos pensamientos hasta el hastío.

Un laberinto angustioso.

Un presente rápido, agobiante y exigente.

Mis ojos se clavan en la frase escrita en una de las paredes “Alea Jacta Est”. No sé si la suerte está echada pero, por lo menos, esa noche parece que puede cambiarse.

El hielo y el alcohol dejan que me escape para poder regresar a lo que creía perdido.

Quizá esa noche termine acogida por algún otro monumento centenario.

O con suerte, aguante hasta las seis de la mañana y me deje despertar en La Regenta por un café recién hecho.

Creo que sobre esas horas la estatua de Unamuno empieza a hablar. Iré hasta allí. Quiero decirle que yo tampoco me quiero morir.

 

Inventando la vida

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Sonrío pensando cómo ayer hacíamos una barbacoa cerca del río acarreando troncos que tú cortabas a hachazos con todo el cuerpo mojado por el sudor bajo el sol.

Y por el contrario hoy, acabamos de llegar de una de las representaciones de ballet más caras de la ciudad.

El primer día y con el único fin de impresionarme, me obligaste a entrar en Cartier en la Bahnhofstrasse, parecía que habías vivido toda tu vida en esa tienda, hasta el portero que nos abrió la puerta estaba convencido de que eras cliente habitual.

Desarrollas con habilidad esa cualidad tan tuya que te permite representar la función que quieras.

La verdad es que conseguiste impresionarme con aquel paseo por una de las calles más caras de toda Europa. Es fácil impresionar cuando todo resulta nuevo, pero no es tan fácil hacer que cada día sea distinto haciendo únicamente uso de la imaginación. Y sin embargo, ambos lo conseguíamos a diario.

Recuerdo con nitidez cómo después de tu alarde por esas tiendas tan exclusivas, lo que me impresionó de verdad fue tu vuelta a la realidad. Tu sinceridad, imposible de rechazar con un enfado y fácil de aceptar con una sonrisa.

Haciendo uso de la misma y ayudado por la noche y una botella de vino en aquel embarcadero contemplando cómo una intensa luna se dejaba caer con suavidad sobre el centro del Lago, confesaste.

Tus ojos, de un azul felino, se clavaron en mí mientras decías que tenías los francos justos para pagar los recibos del mes.

Aquella sinceridad no pudo más que vencerme y estallé en una gran carcajada, sin pararme a pensar en mucho más.

Ambos nos reímos de lo bueno que era tener amigos que se encargaban de la iluminación de la Ópera de Zúrich y que podían conseguir entradas gratis en primera fila, incluida una copa de champán en el balcón durante el descanso para disfrutar del atardecer en el Lago.

La vida transcurría entre entrevistas de trabajo diurnas, tus esculturas, tus cuadros, las joyas que tallabas con tus manos y mis febriles narraciones en el ordenador mientras tú cocinabas.

Tener más que todo eso, hubiera sido pecado, seguro.

Insólito despertar

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Al abrir los ojos un enorme haz de luz se cuela entre sus pestañas.

Ha ocurrido otra vez. Se despierta desorientada.

Durante los primeros segundos del nuevo día y tras largas horas de un sueño profundo, no puede recordar dónde se encuentra esta vez. No reconoce la habitación.

La sensación de desubicación es demasiado conocida como para tenerla en cuenta.

Esto es lo que suele suceder el primer día. Siempre ocurre.

Cierra de nuevo los ojos e intenta recordar qué ocurrió el día anterior… un avión, gente, un aeropuerto. Ya recuerda. Poco a poco todo va regresando a su mente, pero aún faltan escenas.

Vuelve a abrir los ojos. Es temprano y entra demasiada luz por la ventana. Puede afirmar con certeza que está fuera de España. Está claro. Durante ese mes no es posible que haya tanta claridad a esas horas.

Intenta pensar en un motivo para levantarse y se pregunta qué la ha impulsado esta vez a tomar la decisión de volver a hacer las maletas. Tiene que existir un motivo fuerte.

Aquella oferta de trabajo… ¿o era aquel hombre el que la había arrastrado esta vez? No recuerda. No, no, el hombre no era, era el trabajo. Menos mal, los errores, sólo una vez. Sí, el trabajo. Pagaban muy bien y era interesante. Algo sobre idiomas, traducciones, no está segura… ya recordará. Hay tiempo.

Debe levantarse… pero, qué pereza… no conoce las calles, tendrá volver a utilizar el mapa. Bueno, no está lejos ¿o sí?… Por cierto, ¿en qué idioma tenía que hablar esta vez? No está segura, pero una vez se haya duchado y tomado café, lo sabrá.

Descalza se dirige hacia la ducha, el café de aquella cafetera es malo, pero es café… hay que comprar una cafetera italiana, de las normalitas, de las que sale café, no agua. Es igual, ya lo hará.

Nada más salir a la calle, lo de siempre, ¿izquierda o derecha? Mapa. Vale, ya lo sabe, es a hacia la izquierda.

Las conversaciones de la gente que pasan por su lado le dan una pista sobre el idioma que debe utilizar en esta ocasión. Si no llega a oírlas se habría olvidado de este detalle y sólo se habría concentrado en el arrugado mapa que lleva entre sus manos.

Suspira y mira de nuevo al trozo de papel arrugado y que nunca sabe plegar de nuevo. A ver, el trabajo era… en el centro, no sabe. No logra acordarse. Es por culpa del café, no era fuerte, era agua teñida de algo. Eso es lo que le impide recordar. Antes de llegar a su destino tendría que tomar uno de esos cafés que te ponen a pensar aunque no quieras. Pero no quiere llegar tarde. Debe ser puntual y más el primer día, bueno todos, pero el primero más. Le molesta no acordarse. Es lo de siempre, es el primer día. Todo es nuevo y hay que arañar para hacerse un hueco en esa nueva realidad. Llegar con los ojos medio cerrados y que se abran de pronto y entre tanta luz en tus pupilas, no puede ser sano. Es por eso que no se acuerda.

¡No, no! ¡Sí se acuerda! ¡Acaba de recordarlo todo! ¡No era un trabajo! ¡Eran vacaciones, cinco días de vacaciones!

Tira el mapa mal doblado en una papelera dispuesta a perderse por las calles.

Esta vez procurará no encontrar trabajo, ni enamorarse. No vaya a ser que tenga que quedarse otra vez.

Antes era un fantasma

 

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Antes era un fantasma

Recuerdo cuando hace tiempo me resultaba fácil entrar en todas partes, a pesar de ser tan tímida.

La razón era simple: Era un fantasma.

La gente no me veía, ni jamás se percataba de mi presencia. Es más, incluso no oía mi voz, yo misma llegué a pensar que era invisible por alguna razón que desconocía.

Lejos de molestarme, esto me resultaba extremadamente cómodo. Lo que una persona tímida suele pretender es pasar desapercibida y yo lo lograba sin esfuerzo alguno por mi parte.

Mi invisibilidad llegó a su punto álgido en mi adolescencia.

Cuando me acercaba a algún grupo de compañeros para pedirles apuntes, raro era el día en el que alguien del grupo me contestase, ya que no me oían, ni me veían.

Si levantaba la mano en clase para responder a cualquier pregunta que el profesor planteaba, éste no veía mi mano en ninguna ocasión por mucho que yo la agitase. No se puede ver la mano de un fantasma.

Si tenía que leer en alto, se multiplicaban las voces que afirmaban que no me oían, aunque yo me esforzase en lo contrario.

Reconozco que, en algunas ocasiones, resultaba incómodo ser tan invisible porque al no ser vista por nadie, tampoco nadie se acordaba de mí para decirme que había alguna fiesta o que el examen había cambiado de fecha.

A medida que pasaba el tiempo las sospechas sobre mi invisibilidad se fueron incrementando, hasta que un terrible día todo quedó al descubierto debido a la indiscreción de alguien que me puso al corriente de la cantidad de gente que estaba pendiente de mí.

Descubrí con horror que me veían, aunque trataban de que yo pensase que no lo hacían.

Este descubrimiento fue mucho más duro que el día en que me enteré de quienes eran los Reyes Magos.

Desde este aciago momento mi perspectiva del mundo cambió.

Pasé de ser un fantasma a darme cuenta de que todo el mundo era consciente de mi presencia y aquello puso mi mundo al revés.

Entendía de pronto que no era casualidad, por mucho que mirasen hacia el cielo, la razón por la cual las señoras se asomaban a las ventanas de mi barrio a la hora exacta que yo salía del portal de mi casa.

O el motivo por el que mis compañeros sonreían desde sus coches al ver cómo me empapaba, esperando al bus bajo una intensa lluvia.

Como si de un desencadenamiento de descubrimientos de tratase, empecé a ser consciente de los motivos por los que en la peluquería siempre intentaban cortarme el pelo, o me hacían tanto daño cuando me peinaban.

Entendía por fin aquella “broma” en la que esas chicas mayores que yo, me habían colgado durante tanto tiempo por los brazos de aquel balcón del colegio cuando contaba sólo siete años.

Comprendía entonces por qué cuando salían las listas de los exámenes, sólo me enterase de la nota si había suspendido, ya que en caso contrario regresaba a mi estatus de fantasma.

Recuerdo la cantidad de llamadas que recibía a casa sin que nadie contestase al otro lado. Imagino que para comprobar dónde estaba.

Razones de sobra había también para que, a pesar de que tanta gente no me saludase, parasen a mi madre por la calle para preguntarle detalles sobre mi vida.

Y también supe por qué todas las personas que nunca me habían dirigido la palabra, se lanzaron a hablar conmigo para convencerme, vehementemente, de que no abandonase mi ciudad natal y no fuese a estudiar a la Universidad de Salamanca. Creo que nunca me había hablado tanta gente ¡Qué liberación no haberles hecho caso y abandonar todo aquello!

Al fin y al cabo, ¿qué les importaba un fantasma?

Conservo mil y un recuerdos de mi época como fantasma, y ahora que ya he crecido, mi problema es que ya no logro ver a toda esa gente aunque la tenga delante de mis ojos.

Se han convertido en fantasmas.

 

 

 

Mi estúpida obediencia

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La primera vez que me embarcaron en un avión hacia otro país fue un verano cualquiera.

Contaba trece años, era hija única y en mi casa intentaban darme un baño repentino de independencia.

Ya en el avión hacia el Reino Unido, aquel asunto, no prometía en absoluto.

Yo ya nací agobiada, y así permanezco, con lo que cualquier pequeña situación que me provoque estrés, me produce dolor de cabeza. He llegado a sospechar que mis padres habían pagado extra para que mi aprendizaje comenzase de manera más brusca, puesto que sufrí uno de los vuelos más accidentados de mi vida. Bolsas de aire caliente que hicieron descender al avión varios metros en unos segundos, un despegue muy extraño y algún susto que otro en pleno vuelo. Ahí empecé a hablar de tú a tú con mi adrenalina y debo decir que, hoy en día, ya nos entendemos bastante bien.

Sin embargo, aquello no iba a amedrentarme. Había decidido afrontar aquello con valentía y hasta el final. Así lo hice pues.

Recién aterrizada en Londres nos metieron a todos en un autobús hacia nuestra ciudad de destino, en el sur de la Isla.

Durante el viaje intentaba concentrarme en todas las recomendaciones maternas y en algún salvavidas que mamá me había regalado en caso de apuro… “Un mes no es nada, son sólo cuatro semanas”. Reconozco que a mí, lo de contar por semanas me sonaba mucho mejor, puesto que tan sólo habían transcurrido unas horas y me habían parecido días. Empezaba a pensar que aquello de entrenar mi independencia era una broma de mal gusto y que esa noche dormiría de nuevo en mi cama. Por supuesto, no fue así.

Nada más llegar nos distribuyeron en nuestras respectivas familias, mientras mis compañeros de viaje lloraban desconsolados gritando el nombre de sus padres.

Muchos regresaron a España al día siguiente, otros a los tres días y sólo algunos nos quedamos todo el mes. No voy a decir los valientes, sino los obedientes.

Era sobre las nueve de la noche cuando llegué muerta de cansancio y con el dolor de cabeza multiplicado por tres, a lo que se suponía iba a ser mi nuevo hogar. Mi madre postiza y su hija, tan única como yo, me recibieron ofreciéndome un trozo de pastel y un té caliente.

Como yo era una nena tan obediente, lo rechacé amablemente siguiendo la recomendación de mi madre de “no comer nada antes de cenar”. Debería haber añadido “sólo en España”. En el Reino Unido después de las nueve no había más que irse a dormir.

Durante los días posteriores comprendí que la última comida del día se servía a las cuatro de la tarde. A partir de entonces, no rechazaba nada de lo que me ofrecían. No arreglé mucho, pues lo único que podía tomar después de las cuatro de la tarde era un té, que degustábamos en el jardín sobre las siete. El agua caliente hacía que, durante un rato, mi estómago dejase de protestar.

Por el afán de ahorro de mi anfitriona, mi cena, que no la de su gorda hija, consistía en una loncha de tomate. Jamás me pusieron el tomate entero, lo cuál hubiera sido todo un detalle por el precio que pagaban mis padres por mi estancia.

Acatando mi estúpida obediencia y a pesar del hambre tan espantosa que pasaba, no compraba ni comía nada entre horas. Podría decirse que me mantenía de lo que me daban en el desayuno, que llevaba a cabo después de luchar para lavarme la cabeza, debido a los cortes de agua provocados por mi tacaña madre inglesa.

Con todas aquellas restricciones que observaba en aquel entorno hostil, cada día me convencía más de lo triste que hubiera sido ser inglesa. Nacer en un país en el que comes un trocito de tomate a plena luz del día, bebes agua caliente para no morir de inanición sobre las siete y no disponen de agua en las duchas para sacarte el champú de la melena, como en los países civilizados. Comprendía entonces todos los vicios británicos para luchar contra todas aquellas calamitosas circunstancias, no durante un mes, sino durante toda la vida.

Cuando pensaba que mis padres estarían con amigos en alguna playa, regresando a casa después de pasar el día jugando con el mar y que cenarían, como la gente normal, más tarde de las nueve, mi estómago me gritaba con más ímpetu que volviese a España.

Extraño que de esos viajes surgiese mi adoración, no sólo por la Lengua Inglesa, sino también por los idiomas. Durante esa difícil estancia el sonido del idioma, que pasaba horas escuchando, me embaucaba. Hasta llegué a disfrutar de las tertulias de barrio con los vecinos en el jardín de la casa.

Odiaba profundamente que la novela, “Los Gozos y Las Sombras”, que me había llevado en la maleta, mermara cada vez más. El pánico me asaltaba cuando veía disminuir las páginas ante mis ojos. No quería que aquellas palabras, que me libraban algo de mi profunda morriña durante un rato, me abandonasen antes de que mi estancia terminase.

Esos días con mi tacaña familia, entre lágrimas a veces, procuraba adaptarme a ese entorno ajeno y absurdo, en el que la gente sacaba la aspiradora al asfalto para limpiarlo, o en el que envidiaban a los vecinos bronceados en rosa, tras sus vacaciones en España.

Y así, trascurrían los días en los que me sentaba frente a ese gigantesco plato con aquella solitaria raja de tomate esperándome. Con aquel régimen llegué a perder unos cinco kilos en tan solo un mes y mis redondeces de niña, comenzaron a convertirse en unos cuántos huesos mientras rememoraba tapas variadas.

Mi regreso a España fue una de las sensaciones más intensas que recuerdo. Nunca me había hecho tan feliz ver a mis padres. Claro que, hasta entonces, nunca los había perdido de vista durante tanto tiempo.

A esas alturas, mi estómago se hallaba tan encogido como un guisante y poco más que eso pude tragar el día que regresé.

Eso sí, debía seguir entrenándome en el arte de “no necesitar a la familia como una hija única” y al verano siguiente, me embarcaron de nuevo en aquel avión en el que volví a sufrir aquel dolor de cabeza que no había tenido en todo un año.

Durante ese segundo verano, volví a derramar lágrimas e insultarme por ser tan obediente como para haber caído otra vez en la misma trampa.

Seguí convencida de lo triste que era ser ciudadano inglés y haber nacido en un país en el que las cenas consistían en una triste y exigua raja de tomate que se tomaba con tenedor y cuchillo por cuestiones de protocolo o para hacerte la ilusión de que te estabas zampando un pollo. En mi país, a esas horas de la tarde, el tiempo daba para mucho más que eso. Por esa misma razón, ni me molestaba en explicar a toda aquella gente lo equivocados que estaban todos los habitantes de esa Isla. No quería que nadie se enterase para que no hubiese una estampida hacia España. No habría para todos.

Lo que sí hice mi segundo verano en Plymouth fue llevar más novelas. Y no rechacé el trozo de pastel de bienvenida, ya que sabía que esto era una excepción.

Lo que no entendía por aquel entonces, era por qué en esa casa estaban todos tan gordos. Años más tarde, supe que sus cenas y lo que había entre las mismas, eran mucho más abundantes. También entiendo por qué mi hermana inglesa se ponía tan furiosa conmigo cuando nos poníamos el bañador.

Y es que no se puede ser tacaño, pero es peor ser tan obediente como yo.

Superman y yo

supermanUno de los momentos más felices de mi infancia fue el día que fui a ver la reposición de Superman con mi tía Elena.

Me encontraba casi en la pre-adolescencia cuando a mi tía, que adoraba a los niños, se le ocurrió llevarme a una película que ella había disfrutado hasta la última escena.

Mi tía Elena era infantilmente feliz, una persona animada, a la que le gustaba comprar cosas y, sobre todo, regalar. Tenía un espíritu joven y generoso y esto hacía que disfrutase de todo.

Era capaz de convencer a todo el mundo para embarcarse en un viaje en coche en una tarde aburrida. En mitad de una conversación nos decía que conocía un sitio muy chulo que nos quería enseñar. El viaje siempre se convertía en una aventura, lograba que nos perdiésemos en algún lugar desconocido. De eso se trataba.

Solíamos llegar a un bosque en medio de la nada o a un pueblecito perdido que no figuraba en los mapas. Entonces nos veíamos obligados a dormir en algún lugar del camino.

Y ella sonreía, mientras su marido refunfuñaba. Y a mí, secretamente, me encantaba.

Por desgracia, por aquel entonces, mi timidez era casi enfermiza. Mi pudor impedía que expresase mis sentimientos en voz alta. Odiaba que alguien supiese qué me gustaba o qué no.

Y Superman, como a casi todos los adolescentes, me gustó y mucho.

Como era de esperar, y a pesar de ser la segunda vez que veía la película, ella salió pletórica. Con su entusiasmo habitual intentaba arrancarme algún “sí, me ha gustado” que yo soltaba a duras penas y con cara pétrea. Con razón, se desesperaba.

Lo que ella no sospechaba en aquella época es que cuando salí de ese cine mi vida había cambiado para siempre.

Estaba totalmente enamorada de Superman.

Tanto es así que, durante meses, no podía pensar en otra cosa. Miraba al cielo esperando que apareciese en cualquier momento. Me fijaba en todos los hombres que eran tímidos y llevaban gafas, esperando ver el traje de mi Superhéroe debajo de su camisa.

Ya a mi corta edad, el hecho de haber visto esa película me llevaba a pensar que, cuando él apareciese, sólo se fijaría en mí, como si me hubiese hecho un guiño en alguna de las escenas y ya tuviésemos un acuerdo tácito para nuestro posterior compromiso.

Pensaba para mis adentros que jamás consentiría estar con un hombre que no volase.

Es más, recuerdo haberme prometido a mí misma que hasta que no encontrase un hombre que volase, no querría a nadie.

Debo confesar que, hasta ahora, no he encontrado a ninguno que vuele.Sí he salido con alguno que caminaba, pero la mayoría de los hombres con los que he salido, reptaban.

Incluso algunos no se limitaban a reptar, sino que se arrastraban de tal modo que desaparecían bajo tierra. Y yo, como es lógico, dejaba de verlos.

Hoy en día, me conformaría con uno que caminase.

 

 

Mi isla privada

zurlindenstr-c04f61c6b6ef3380af58631cf1501909 (1)Recuerdo con nitidez las cenas al lado de nuestra ventana abierta de par en par y los árboles casi rozando mi rostro.

Solía sentarme en el cenador de nuestro piso y veía como la lluvia y los truenos borraban por fin el aplastante sol del día.

Suiza era un horno en verano. Una olla a presión a punto de estallar, pero por las noches siempre nos daba un respiro.

Esos momentos en los que todo cedía eran mágicos.

Nuestras cenas interminables en las que tú luchabas por hablar alemán alto y, después de la segunda copa de vino, ganaba tu dialecto de Zúrich.

Esas cenas tenían esa mezcla de locura que yo necesito para sentirme viva.

Cuando me conociste no sabías que no lo hago a propósito, me sale así, transformo una vida corriente, en otra que no lo es.

En un país lleno de normas que tú me enseñabas y que yo seguía, nuestra vida llegó a discurrir de forma paralela a ellas.

Eran normas razonables, bien pensadas, que seguíamos religiosamente para, en secreto, seguir las nuestras.

Y tú, te pasabas a las mías, sin darte cuenta. Y eras más tú mismo de lo que nunca habías sido.

Reservado como una piedra, no podías evitar contarme historias que habías enterrado hacía tiempo.

Todo aquello que te ardía en el pecho.

Había miradas que lo decían todo ¿recuerdas? Y risas más españolas que suizas.

Cocinabas tus pasiones.

Yo bajaba al sótano a por más vino o a por aceite.

Al regresar, te parecía que había tardado horas, en vez de unos minutos.

Me mirabas, sonreías y seguías cocinando.

Y la lluvia hacía sonar esas campanillas que tenías colgadas de la ventana.

Ese ruido no iba contra las normas.

Recuerdo el tintineo y su paz.

Y esos días de insoportable calor cuando cruzábamos El Lago en Ferry, el coche, tú y yo.

Para llegar a esa bodega en la que nos vendían esas cajas de nuestro vino favorito, ¿te acuerdas?

Nuestro Riesling-Silvaner, aunque acabáramos bebiendo vino español.

Y los dos sabíamos que ese calor implacable, arreciaría en forma de una lluvia copiosa con la llegada de la noche.

Esperábamos impacientes a escuchar el sonido de las campanillas de nuestra ventana y del viento doblando los árboles. Siendo la reverencia de éstos la antesala de la tormenta.

Y un millar de sonidos.

El calor y las normas cedían mientras del cielo caía agua, no gotas de lluvia, sino un torrente.

Las normas suizas dejaban de tener vigencia y sentados en el pequeño cenador de mármol, pasaríamos horas interpretando los sonidos que nos traía el ruidoso silencio.

Un silencio cargado de conversaciones ocultas que nos divertíamos en descifrar.

Recuerdo esas noches en las que, en una de las ciudades más ricas de Europa, el dinero carecía de importancia y sólo dejábamos paso a la vida.

En esos momentos en los que tu país es el que tú mismo creas, no en el que vives.

¿Pasillo o ventanilla?

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Creo que vivir con miedo es no vivir.

Recuerdo haberme enfadado conmigo misma antes de partir en avión hacia Budapest. No había motivo para tener miedo y sin embargo, lo tenía.

Todo había sido por una pesadilla y también porque, tiempo atrás, yo solía confiar en las líneas aéreas que conocía. Una estupidez, lo sé. Ahora no confío en ninguna, aunque eso no me impide volar.

La línea aérea húngara Malév, aún funcionaba por aquel entonces, pero como era la primera vez que yo oía su nombre, todo en ella me hacía desconfiar.

El viaje prometía, prometía sustos y los hubo de toda índole.

Entré en el avión y, a pesar de haberme concienciado sobre esta aventura, aquello seguía sin darme buena espina.

Lo que vi al entrar en el aparato, era exactamente lo que me esperaba. Un avión muy viejo y muy pequeño.

Era la primera vez que había volado en un avión de ese tamaño.

Según mi acompañante esto lo hacía muy manejable, frase que me inquietó más aún.

Sabía, por experiencia de mis muchas horas por los aires, que los aparatos grandes se mueven menos y esto hace que yo no me entere del vuelo. Puedo leer y centrarme en el pollo duro que me dan para que me entretenga durante el trayecto.

Efectivamente, aquello se movía pero, yo cuando ya estoy en algo, estoy. Apechugo con las turbulencias y con el pollo duro.

Trago saliva, hago de tripas corazón, aparento tranquilidad y me concentro en que el suelo no se hunda antes de abandonar la nave.

Aquello temblaba por todas partes y yo sólo podía pensar en una cosa: “¿serán conscientes de la cantidad de tornillos que se estarán aflojando en un avión tan viejo con ese movimiento?”

Mientras lo pensaba, seguía a la azafata con la mirada. Quería advertirla del peligro y, de paso, preguntarle qué se había tomado para aparentar tal estado de depresión en una situación como ésa.

Algunas maletas se caían mientras ella, totalmente apática, nos dirigía miradas de desprecio y volvía a colocarlas en su sitio.

La comida rebotaba contra las paredes y algunos pasajeros se empeñaban en atraparla dando absurdos manotazos.

Tan entretenida estaba con ese espectáculo que, sin esperarlo aún, anunciaron que estábamos a punto de aterrizar en el aeropuerto de Budapest.

Sentí cierta alegría, aunque no quería precipitarme, pues sabía que quedaba lo peor: el descenso y aterrizaje.

Me atreví a mirar por la ventana y, de pronto, observé que el pequeño aparato se había puesto casi del revés.

Sin casi, se puso del revés.

“¿Será una costumbre húngara o algún tipo de venganza hacia los países capitalistas?”, me pregunté.

Este tipo de filigranas aéreas ya me parecían una tomadura de pelo.

Mi acompañante me dijo que tenían que coger la pista así, a causa de la situación del aeropuerto.

No me creía nada.

Miré hacia una de las alas y observé que tenía una enorme abolladura.

Además, se movía como si se fuera a desprender. Ahora, mi teoría sobre los tornillos parecía cobrar mucho más sentido.

Mantenía los ojos bien abiertos, en alerta máxima, para avisar al piloto de cualquier cosa que pudiera descolocarse o romperse. Seguía expectante. Aunque no sirviese de nada.

Luego, viene mi reacción, la de siempre. Me pregunto a mí misma qué hago yo allí y por qué no estoy en mi casa sentada sobre algo que no se mueva y que se atenga a las leyes de la gravedad. Y me recreo en la estupidez de estar haciendo esas absurdas piruetas en el aire hacia una ciudad desconocida.

La pregunta de siempre, “¿podré regresar por algún otro medio que no sea por el aire?”

“Seguro. Ya lo pensaré en el hotel”.

Con esta simple pregunta, mi estancia siempre se hace más liviana, más llevadera. Me repito que no voy a regresar bajo ninguna circunstancia de la misma manera y me entretengo encontrando distintas opciones, en coche, en tren, a pie…

Siempre regreso en avión, claro.

En fin, todo tiene su recompensa.

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El reencuentro

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Lucía el sol al llegar a Salamanca.

Iba calle arriba, presa de un calor abrasador, buscando el hotel que estaba cerca de La Plaza Mayor.

La Plaza que había cruzado tantas veces saludando al viejo de ojos azules y barba blanca, que sentado en uno de los brazos, vendía sus poemas. Sin él, la Plaza no era la misma.

Sin embargo, huir de los cambios es morir, por eso había regresado tantas veces.

España está hecha de plazas y bares.

Recordó sin querer las piedras rojizas que la sorprendían en primavera con sus cambios de color bajo el sol y la niebla que la acompañaba, rodeándola en invierno. Así como ese frío, que ella adoraba, y que muchas veces se adornaba a sí mismo con un manto blanco de nieve.

Años atrás lo había sentido casi todo en esa ciudad.

Por un momento, el sol le dio en plena frente.

No hay en Salamanca mares que mirar, pero hay tanto que ver y tanto que recordar.

Todo volvía a ser salmantino, hasta ella y su acento.

Se le atragantaron en la memoria las piedras seculares que la rodeaban.

Como siempre, todo era pequeño, acogedor, conocido y, sin embargo, no había tiempo suficiente para mirar todos los cambios, así como todo lo que seguía igual.

Volver era distinto cada vez.

Las sensaciones viejas regresaban y otras nuevas la envolvían.

Recordaba sonriendo, la universidad y un novio que había tenido.

El hotel estaba construido en la calle empedrada de la  Plaza del Corrillo.

Allí está la fachada de la iglesia de San Martín y, como fondo, la colosal Plaza Mayor de la ciudad.

¿Quién llegará a la aquí mañana? ¿Quién se marchará?

Pidió la habitación que ya había reservado como quien pide amparo.

Daba a La Plaza Mayor, a la noche y a una paz rotunda.

Se alegró de estar allí.

Sobre la cama, un blanco albornoz, bueno dos, uno sobre otro, como haciendo el amor. Los miró y sonrió.

Se lavó las manos en agua fría admirando un precioso baño de mármol y piedra que traía ese frescor tan agradable que la protegía del calor de fuera.

Y se sorprendió mirándose en el espejo. La felicidad de quien cruza una frontera invisible que tiñe su alma de sentimientos necesarios.

Cruzó La Plaza una vez más de las miles que lo había hecho antaño, pensando en las que aún repetiría en el futuro. Le pareció aún más bella, más humana y más de verdad.

Se oía hablar a la gente iluminada por estrellas grandes como piedras, ésas tan propias de ese cielo castellano y el aire de la noche, limpio que llenaba sus pulmones.

Te he echado de menos… no sabía hasta qué punto.

Ya en la mesa de una de las muchas terrazas, la melancolía volvió por un instante y ésta dio paso a un vivo apetito. Pidió de todo un poco y su plato favorito. Mientras esperaba, entabló conversación con un soberbio tapiz que se veía al mirar el interior del restaurante.

En esta charla estaba cuando, de repente, llegó él.

Un enorme plato de jamón ibérico de bellota acompañado de una de las mejores botellas de vino de las tierras salmantinas.
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Volvió a enamorarse, casi sin darse cuenta. Miles de párrafos de libros antaño leídos, regresaron sin previo aviso al unir esos dos sabores.

Amándote, muero.

Los olores, los acentos, la noche, los clásicos como Antonio de Nebrija que había estudiado en la misma Universidad que ella, su “Gramática castellana” de 1492, la primera lengua moderna de Europa que tuvo una gramática y cuya primera edición se hizo en Salamanca.

Y Miguel, también Miguel de Unamuno, tres veces rector de esta misma Universidad, cuidad donde los clásicos se mezclan con las copas de un lugar de decoración medieval llamado Cámelot, construido dentro del convento de las Úrsulas, por si te da por dar las gracias a Dios por estar allí.

Sitios en los que Niebla, no es sólo una obra de Unamuno sino también un lugar para estar toda la noche, una ciudad donde puedes sacarte un “Cum Laude” todos los días en su pista de baile y si quieres uno de verdad, vete a la Universidad, aunque ahí siempre han sido más difíciles de conseguir.

Ella se tragó todos estos recuerdos de golpe, tantos eran que se le apretó a la garganta y estalló en llanto.

Fue uno de esos momentos que te rompen el alma en dos.

De esos que quieres repetir a lo largo de tu vida, y lo haces, regresando una y otra vez para ver qué te has perdido y para averiguar, no sin cierto miedo, si puedes volver a sentir otra vez.

Salamanca