Otra Noche de San Juan

Otra noche de San Juan

Volveremos a reunirnos con los que no están entre nosotros.

Alumbrados por la oscuridad de la noche, rodeados de fuego.

Millones de murmullos y brasas ardiendo que intentan quemar infructuosamente lo que hemos vuelto a hacer mal este invierno.

Por mucho que nos empeñemos en conjuros y quemas, lo cierto es que las palabras fluctuarán por el aire carentes de significado. Sólo formarán parte de un sonido más de otra Noche de San Juan que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me empecino en vivir. Esa noche que me trae esos olores y recuerdos, no puedo decir si buenos o malos, que cada año se vacían más de sentido y me acercan más a la certidumbre.

En algún momento todo fue mucho más fácil, ese lugar perdido en el tiempo en el que todos cantaban al unísono, ahora cada uno va por su cuenta. Sé que ese lugar existió.

Las hogueras harán que el ambiente se vuelva asfixiante, mientras, unos pocos, nos empeñamos en recordar eso que no sabemos recuperar, mientras nos dejamos rodear por gente que no se molesta en comprender, almas vacías que no ven más allá de una fiesta, donde la Queimada deja de ser tradición que rememora esos espíritus, que regresan cada año en esta noche, y la convierten en sólo una manera más de emborracharse. Qué imbéciles, las mejores borracheras carecen de motivo.

Cuando oigo mi nombre en la oscuridad, puedo sentir que han regresado para compartir la magia, que se mueven entre nosotros. Nos honran con su presencia, acercándose a saludar a los que dejaron vivos, pero vacíos.

Y esta vez no sólo las almas de los marineros fallecidos en la oscuridad del mar, que una vez los engulló porque formaba parte de su trabajo, sino también, todos los que dejaron de ser por una estúpida curva que un tren tomó a demasiada velocidad.

Siempre, todo se hace demasiado deprisa, sin pararse demasiado a vivir. Hay que acabar cuanto antes, pisar el acelerador de la vida sin pararse a sentir la lentitud de cada curva ¿Y eso quién lo dice? Quizá, los que aceleran, lo que busquen es alcanzar la muerte más pronto. Son como los que tragan sin saborear lo que tienen en la boca.

Necesitamos que alguien nos encuentre y nos lleve de regreso porque, por muchas hogueras que encendamos esta Noche de San Juan, estamos totalmente ciegos.

Nos asfixiarán lo justo para que podamos seguir de fiesta en fiesta y no oigamos el silencio que hay entre éstas. Intentando que nos olvidemos de todos nuestros muertos, recuerdos y pasado, de los que formaron parte, de unos cuantos cuentos sobre marineros y de otros tantos accidentes con más muertos. Vivamos el presente, no vaya a ser que desenterremos recuerdos que interrumpan la fiesta, pero no la nuestra, sino la de ellos.

Sé que se muere escribiendo tantas palabras y se muere más sintiendo o poniéndose en pie cada día, pero, quién sabe si, entre el incendio, los gritos y el humo, en realidad somos más los que recordamos que los que no recuerdan.

El amanecer cincelará el nuevo día en medio de un mundo de verdad, cruel, caluroso y asfixiante.

Sin embargo, y por experiencia, sé que volveré a escuchar las conversaciones a media voz de los espíritus de La Noche del Veintitrés donde todas las tragedias que fueron, estarán presentes alrededor de las hogueras.

Por lo menos, ellos tienen una causa común, los que seguimos aquí cada vez tenemos menos.

Los peatones

 

 

Los peatones

Juro que he hecho todos mis ejercicios de respiración, de autocontrol, de mediocridad, pero no puedo aún caminar entre ellos. Son demasiado molestos.

Se paran sin importarles que haya gente detrás de sus trabajosos pasos. Son lentos. Carecen de reflejos. Están atontados por tantas sesiones ante la televisión o Internet. No están dotados de ningún reflejo, ni de visión lateral. Deberían ponerles espejos retrovisores en las orejas y ni aún así creo que torciesen la cabeza un ápice para mirar lo que tienen detrás.

Y me tienen a mí, siempre a mí, sorteándolos, saltando por las aceras entre estos obtusos zombis cerriles, siempre tropezando a causa de paradas inesperadas, siempre arriesgando la vida por intentar sortearlos para que no interrumpan mi camino.

No ocurre sólo en las aceras, ni en las calles peatonales, es en general, en mi vida porque son idiotas y es imposible que un idiota claudique o se fatigue. Además, hay muchos idiotas.

Me he portado bien. Me he mantenido alejada. He procurado interiorizar que no van a caminar con algún orden lógico, que no van a dejar fluir el tráfico de los peatones, que sólo pretendemos avanzar hacia nuestro destino. Ellos no tienen. Sé que se pararan cada vez que necesiten decir una frase, porque no pueden hacer dos cosas al tiempo.

No creo que existan como individuos, son masa, pues se comportan al unísono y si los miras de lejos no distingues uno de otro.

No se apartan, no se disculpan si te dan un golpe, sólo miran y miran mucho, miran a mi cara con la sorpresa e intensidad descarada de la estupidez y yo, les devuelvo la mirada en espera de esa pequeña disculpa por haberme empujado. Ese acto de comunicación que cuenta tan poco y que nos hace más humanos: La comunicación. Pero no pueden, les resulta imposible, sus cerebros no dan para tanto. Están concentrados en seguir arrastrando los pies, cambiado de ruta, ni izquierda, ni derecha, nada les convence. Es normal, a mí tampoco.

Juro que he hecho todos mis ejercicios de respiración, de autocontrol, de mediocridad. Me he portado bien. Me he mantenido alejada, pero no puedo evitar que sigan cruzando por mi vida.

El hotel del silencio

El hotel del silencio

Son las ocho de la tarde.

Observo el arco iris desde la suntuosa cafetería del hotel.

La calma del mar se pega directamente a mis movimientos que, desde que he deshecho las maletas, son lentos y pausados.

Un camarero, de los de antes, se acerca para servirme un vino blanco frío.

No ha sido un viaje largo pero me ha transportado a otro mundo.

Cierro los ojos un momento, y al segundo vuelvo a abrirlos ante la posibilidad de perderme alguno de esos instantes de sensaciones regaladas que me merezco.

Extraño que me diga a mí misma “me lo merezco”. Quizá sea cierto eso de que se mejora con los años, por lo menos en algunas cosas. Otras, como los defectos, se agravan.

No puedo dejar de admirar cómo los últimos rayos del sol de la tarde se han mezclado con ese arco iris tan extraño como multicolor.

El silencio del hotel en temporada baja es una bendición en todas sus formas.

Un silencio, que lejos de adormecerme, me despierta.

Los cristales me protegen de un mar que casi puedo rozar con los dedos de la mano. Una gaviota me mira suplicante detrás de ellos mendigando alguna de las enormes almendras que me han servido con el vino.

No pienso abandonar el hotel ni para cenar. Quiero ser su prisionera, como lo he sido de mí misma hasta que he entrado en él.

Llevo media hora mirando un punto azul en el mar que se extiende exultante ante mi extasiada mirada presumiendo de sus diversas tonalidades de azul.

Todo este rato, me ha parecido un segundo, una ráfaga en mi vida. Tengo sed de paz. Quiero más.

Echo un vistazo a la decoración del solemne alojamiento, y mientras repaso unos elaborados cortinajes, me pregunto cómo no me había dado cuenta de que estaba tan cansada del ruido.

Creo que  sólo puedes darte cuenta de esto sentada en medio aquel silencio.

Acaricio la copa de vino. Todo está envuelto en una lentitud que vuelve borrosos los antes y los después mientras una capa protectora aísla mi presente.

Oigo unos pasos en la lejanía que me obligan a desviar la mirada hacia la puerta de la cafetería. Un hombre joven aparece en el umbral y antes de tomar asiento en su mesa, indica al camarero con un rápido movimiento de barbilla que lo atienda con premura.

Camina con seguridad hacia mí mientras en su rostro se va dibujando una sonrisa.

Me besa, se sienta y me dice lo satisfecho que se encuentra por haber elegido ese hotel.

Sonrío contenta por verlo feliz. Yo también lo estoy.

Sin embargo, no puedo evitar preguntarme, ¿por qué el mundo vuelve a girar de nuevo ahora con tanta prisa? ¿Dónde está ese silencio que ya no puedo sentir? ¿Por qué se ha ido? ¿Por qué no se ha quedado ni la suplicante gaviota detrás de los ventanales? ¿Es que no sabe que ahora habrá más almendras en la mesa?

Quizá la que no me de cuenta de nada sea yo.

Burocracia y ventanillas

Burocracia y ventanillas

Supongo que después de haber leído el título ya os habréis dormido.

Bien, siendo así, hoy puedo escribir sin el peligro de ser leída.

Nunca me han gustado los papeles que se apilan o los que se recogen en archivos. Me dan terror y hacen que pierda un tiempo precioso que podría llenar ocupándome de asuntos capaces de captar mi atención con mucha más facilidad.

Visitar cualquier tipo de ventanilla, donde haya un funcionario detrás, ha sido para mí siempre una situación insufrible, como lo es cubrir formularios.

No puedo soportar los formularios. En cuanto les echo un vistazo, se me nubla la vista. Tengo verdaderos problemas para entender las frases porque me aburren tanto, que cuando llego a la mitad de una ya me he olvidado de la primera parte.

Cada vez que alguien me dice que cubra algún tipo de documento tengo una seria lucha con mis párpados que comienzan a pesarme como yunques.

Es una lucha inhumana, agotadora, interminable, debilitante, absurda. Sensaciones extrañas para una persona que lleva toda su vida entre papeles, claro que son de otro tipo.

Es suficiente con una visita a una ventanilla para que te des cuenta de que vas a tener que volver varias veces. Todo está muy bien pensado para que siempre se te haya olvidado algo o tengas que adjuntar otros papeles que no habían sido mencionados antes, pero que tú deberías haber sabido que existían. Es como cuando los documentos que entregas están desordenados, o te has equivocado en algo o, simplemmente, la tinta de tu bolígrafo no puede ser del mismo color que la de los calamares en tinta. Y, por supuesto, hay que repetirlo todo otra vez.

¡Qué abulia, qué apatía, qué desgana, qué desidia!

Todo es gris en aquella oficina. Hay mucha gente y tanto los objetos, como las personas se tornan de un tono uniforme, no sabría decir cuál, es un colorido aburridamente monótono, triste. Juro que en la calle hacía sol, pero ahora ya casi no podría asegurarlo porque todo se ha vuelto grisáceo. La vida era de colores antes de entrar en esta oficina y ahora, de pie, con estos papeles en la mano, siento como si me hubieran encadenado a algo muy pesado de lo que no me puedo librar. Sería más rápido repetir la carrera, incluso hacer dos más.

En las oficinas siempre hay que dirigirse al funcionario con una sonrisa, aunque no puedas evitar que unas molestas gotas de sudor te resbalen por la nuca. Es puro pánico, por el temor a no ser capaz de librarte de aquella parafernalia infernal, de esa máquina de perder el tiempo.

Presa de ese terror persiguiéndote implacable, para que no ocurra otra desgracia y tengas que volver otro día, o haya que pagar algo que no puedes pagar o, en su defecto, que no haya remedio porque estás fuera de plazo, en otras palabras, que nada funcione como debería, te acercas a la sospechosa ventanilla con cautela sosteniendo los dichosos papelitos en tus manos.

La frase “cubrir un formulario” es para mí comparable a que te digan que te han condenado a varias horas o meses de cadena perpetua. Te sabes presa de interminables esperas en colas sin fin, o visitando diversas oficinas descoordinadas entre sí y casi suplicando, sin que se note. Has de tener cuidado, los funcionarios huelen el miedo, como los perros.

Toda la burocracia tiene, necesariamente, un volumen inusitado de papeleo, de copias adicionales de formularios y de comunicaciones. Es así. Es una maquinaria obsoleta y vacía. Repleta de obligaciones innecesarias y de un millón de preguntas repetidas.

– ¿Esta es su fecha de nacimiento?

-Sí.

– ¿Ha cambiado desde el año pasado?

-No, pero me gustaría, ¿se puede?

– Su nacionalidad es española, ¿no?

-Sí.

– ¿Y cuál es su país de nacimiento?

Y yo me pregunto, ¿Se les queda el cerebro así por las oposiciones o es que de tanto repetir no saben la de sandeces que sueltan?

Según se dice todo sigue una rutina: Es mentira ¡Ay! qué esto no se puede decir ahora… ¿Cómo era..? ¿Es incierto? ¿Es una falsedad…? ¿Es falsario? ¿Está en falsete…? Es igual. Yo me quedo con lo de que es mentira. Todo puede cambiar y esto, es aún peor que esa rutina, porque deja en un mar de dudas al funcionario y descarga sus inseguridades hacia ti con venganzas insufribles.

La teoría de que un funcionario es un ejecutor de rutinas y procedimientos, que domina con plena seguridad su trabajo, no es cierta. Se preguntan unos a otros inagotablemente o comenten errores porque les han cambiado el programa de ordenador.

La funcionaria de las uñas pintadas y cara de aburrimiento que está de mal humor por tener que trabajar, se enfada contigo en vez de con su ordenador. Tú, modestamente, le sugieres que, si no le funciona con esa tecla, quizá recupere todo con la que tiene al lado. Te mira con desprecio por la osadía de meterte en su rutinario entramado. Después de todo, tú eres sólo un simple ciudadano y, como tal, no entiendes de procedimientos complejos.

El caso es que, cuando surge algún cambio dentro de esta rutina, el que atiende tu caso, se enfada, se enfurruña, deja de hablar, entra en un mutismo aterrador. Son momentos muy delicados, yo los calificaría de potencialmente peligrosos, pues se le plantea algo desconocido, una amenaza para su tranquila rutina.

Tampoco resulta útil acudir a la web oficial, ese monstruo arcaico, con preguntas indescifrables que sólo pretende lanzarte en manos de un funcionario desaprensivo, el cual te arruinará la vida y el expediente, si está en sus manos.

Si además sospecha, que de allí te vas ir a sentar en una terraza al sol mientras él o ella se va a quedar allí encerrado trabajando, te lanzará a una nebulosa, liante y confusa de la que ya no te librarás.

Tras horas con el número en tus manos, habiendo agotado todas las posturas que has adoptado en la cola, con las esplada tiesa y hormigueo en las piernas, empiezas a platearte seriamante si sentarte encima de los virus que se han marchado hace un rato de la silla que tienes a medio metro. Pero sólo la miras. Después, levantas tu cara, ya trasmutada tras las horas de espera, hacia la pantalla que no se sabe por qué sólo se salta tú número.

Con cierto aire de paranoia comienzas a escrutar a tu alrededor, sospechando que el funcionario que te va a atender, te conoce, que no le gustas y que por esa razón se salta una y otra vez tu número. Comienzas a arrepentirte de haber cancelado esa cita con el traumatómlogo porque la espalda no te duele un poco, como esta mañana, ahora te mata.

Tu rostro empieza a mostrarse decaído, triste, cansado por la espera y por las escasas esperanzas de que aquello que parecía un simple formulario, tenga solución.

Ese es el fin de todo ese papeleo, es una especie de complot contra el ciudadano para que se rinda, para que abandone, para que lo deje.

Constituye una prueba de fuerza entre las instituciones y nosotros. Por ese motivo, hay que desayunar bien antes de acercarse a cualquier oficina con ventanillas y papeles, no tomes sólo zumo de naranja, café y tostada. Eso es un suicidio. Te bajarán los niveles, no la grasa, no te molestes. Esa mañana añade huevos, hasta te puedes permitir el lujo de poner mantequilla ¡incluso freir bacon! No importa, todo se irá consumiendo paulatinamente después de cuatro horas de espera en las que te sentirás vacía, luchando contra tu estómago que reclamará comida, mientras tu cerebro comenzará a entrar en barrena llenándose de dudas, pensando en abandonarlo todo.

Este sistema de ventanillas, funcionarios malhumorados, instituciones lentas son verdaderos infiernos de repetición, pero cumplen su función: Matarnos antes de que podamos llegar a cubrir todos los formularios.Por no mencionar, que están ideados por alguna mente criminal para que jamás lleguemos a cobrar nuestra pensión, ¿o sólo pretenden que no descubramos que no nos la pueden pagar?

¡Ah! Era eso. En ese caso, retiro lo dicho, porque, entonces, el sistema está muy bien pensado.

Perdón, no puedo seguir escribiendo, mi número sale en pantalla: Ventanilla 7.

Ya empiezan a pesarme los párpados…

Diamantes

 

Diamantes

Su aspecto exterior no le importaba en absoluto.

Era callada e introvertida y, si hablaba, nunca decía estupideces.

Su soledad era quieta, apretada, contenida y olía a destierro.

Su pueblo era un lugar de palabras huecas.

Allí se hablaba sin respirar, sin escuchar, sin pausas, sin alma, sin pasión, triturando la gramática, aplastando una sílabas contra otra, con voces agudas y gritonas.

Ella siempre había sido apartada de estos corros por su descarada intención por conversar. Hasta que había comprendido que era mejor callarse.

Nadie podía leer sus ojos, de un azul más misterioso que profundo. Era consciente de que no la entendían. Siempre había sido así.

Su vida eran sus pensamientos. Y sus palabras monosílabos que cortaban como ráfagas.

Detrás de aquellos rasgos juveniles siempre se había ocultado un alma trazada por violentos hachazos de aislamiento, aquellos que reciben los que se saben diferentes.

Aquella tórrida tarde de agosto, enfrió su soledad llorando despacio pero sin pausa, derramando lágrimas que venían del pasado. Dejando escapar por fin, lo que hasta el momento había acumulado en su desván privado.

Tal era la pureza, transparencia, claridad, brillo y tamaño de las gotas que resbalaban por sus mejillas con su llanto, que hasta un experto joyero hubiera podido asegurar que lloraba diamantes.

Y lo eran. Diamantes de un alma, tallada por años de retraimiento convertidos en joyas de sensibilidad y madurez.

Mientras las lágrimas resbalaban saladas por su rostro, no pudo evitar levantar la mirada hacia un balcón donde unas cortinas de encaje jugaban con el viento, al tiempo que ocultaban miradas tras los ventanales entreabiertos. Esas miradas que siempre la habían acosado desde esquinas ocultas, visillos o cristales, trazando ese círculo de acoso que la había visto crecer.

A temprana edad ignoraba que entablar una conversación en aquel pueblo conllevaba un castigo.

Sin embargo, la cacería a la que había sido sometida, finalizaría en aquella misma estación de tren que tantas veces había visitado sin atreverse a subir a esos vagones que tantas veces había visto partir. Los mismos que ese día se la llevarían entre sus roncos sonidos por encima de oxidadas vías de ruido metálico y seco.

Quizá, con suerte, ese tren la dejase en alguna estación donde las palabras, los sentimientos y las conversaciones, fueran, como mínimo, tan valiosos como los diamantes.

 

Pura realidad

Pura realidad

La demoledora realidad nos espera a la puerta de casa para imponerse con toda su fuerza.

Una realidad que aunque nuestra mente se empeña en trasformar en dulce relato, nos atraca en cualquier esquina con toda su violencia, injusticia, mezquindad y miseria. Monstrándose con brutal descaro, insípida, sin adornos, ni concesiones.

Por tanto, cuanto más avances en tu engañoso entramado para escapar de ella, más cerca estarás de ese vacío en el que caerás sin remedio.

Esa misma realidad que suele aparecer sin previo aviso con esa sobriedad que te devuelve de golpe hacia lo que no quieres ver, y menos mirar. Repentina, directa, clara, sobria.

Cuando luce el sol, es precisamente eso lo que debes dictar a tu mente. No intentes pues, pintar vacuos colores, ni engaños tintados de sueños diciéndote que el astro sol va a brillar. Te toparás con esa tormenta, tan real como la vida en sí misma.

Es imposible que te empeñes en disfrazar instantes que te alcanzarán con certera precisión, quieras o no.

Concéntrate en entrenar el instinto de lo auténtico.

El artificioso e ilusorio autoengaño no se extiende en el tiempo. No despistes tu atención, ni huyas de la angustia, pues el mundo siempre acaba ensuciándote.

La única manera de contemplar la vida es elaborando una visión en consonancia con el lo real. No te empeñes en el cómodo refugio de lo ficticio.

No debería ser tan difícil ser más honesto. Obrar sin justificaciones ni excusas o enfrentarse cuanto antes a esa forma de contemplar lo que te rodea con claridad y sencillez.

Huye de la cómoda oscuridad. No enlaces juegos que sólo cargarán más la ya de por sí pesada mochila que portas hasta que un día cualquiera explote en tu cara.

Inventar resulta peligroso y carente de sentido.

Cualquier noticia acerca del mundo real debe describirse con esos detalles y esa sencillez que no la despojarán de sentimiento o significado.

La gente tiende al autoengaño.

Es imperativo reconocerse a uno mismo sin tapujos ni mentiras. Al fin y al cabo, la imposición de lo real se expandirá con mayor fuerza cuando decida mostrase. Una tormenta imposible de burlar.

Una ventana, un cuchillo o una piedra pueden ser descritos mediante un millar de adjetivos, términos rebuscados o recovecos, pero son lo que son. La vida es igual.

No nos podemos permitir la ilusión de teñir la realidad para terminar entumecidos por los golpes. No hay otro remedio que provocar ese escalofrío sin disfrazar lo que nadie quiere oír y clavar un certero hierro en el centro mismo del corazón.

En la vida o en la literatura se pueden trasladar las comas de sitio, eliminar los puntos, saltarse palabras, tacharlas, reescribirlas, utilizar términos oscuros o enrevesados. Es igual. Los sentimientos directos triunfan descaradamente igual que en la vida.

Si hace sol, simplemente piénsalo y dilo así. No intentes negar lo que es inevitable que se muestre, pues sólo estarás perdiendo el tiempo.

 

 

Momentos en la jaula

 

 

Momentos en la jaula

Ella se saca los pantalones y se queda con las piernas descubiertas.

Cansada de mojarse los pechos y la blusa para ducharlo y de sus quejas cada vez que lo toca con las manos heladas, esta vez se le ha ocurrido cubrirse con una chaqueta.

Lo agarra para que se sienta más seguro y se tapa ambas manos con las mangas de lana para que él no note el frío.

Una vez que el agua de la ducha empieza a fluir, se remanga hasta los codos y comienza a lavarlo.

Él apenas se sostiene y se agarra con fuerza a la tubería de metal que sostiene la cabeza de la ducha.

Él disfruta del agua caliente mientras las piernas de ella, al igual que parte de la lana que cubre sus pechos se mojan hasta quedar empapada. No importa, ocurre a diario. Es otra cosa más en un mar de tantas otras.

Escucha cada cinco minutos como él le dice que le siguen gustando mucho sus piernas.

Ella sonríe.

Un ritual diario. Pesado. Monótono.

El ritual de cuidar de alguien día tras día, excepto las horas en que a él se lo llevan.

Horas ocupadas por prisas. Horas que se escapan demasiado rápido por mucho que ella intente retenerlas, que se van tan deprisa como el agua de la ducha entre sus manos.

Tiempo que, de tanto querer apurar, casi siempre acaba desperdiciando.

Y luego vienen las horas de encierro. Ese tiempo vacío que ella le regala. Tiempo de vida en el que ella muere un poco por él.

Tras un pasado plagado de años de hielo entre ambos, los mismos que ahora se ríen como dos adolescentes metidos en esa ducha diaria. A veces se ríen con ganas, otras sólo lo hacen conscientes de lo grave de la situación, en un desesperado intento de obviarla. De nada sirve no reírse. De nada sirve ya nada.

Y él que sigue mirándole las piernas después de tantos años de silencio.

Hace años que debió haberle confesado que aún le gustaban.

Una bofetada contra el asfalto

Una bofetada contra el asfalto

 

Estaban a punto de cruzar la calle.

El marido, moreno, bajo y gordo, agarraba de la mano a su delgada alta y rubia mujer que lucía una melena estratégicamente ondulada por manos expertas y que se hallaba pendiente de su cuidado aspecto, al que dedicaba horas.

Una niña de unos cinco años jugaba entre los pantalones de su madre y, de vez en cuando, se metía entre las piernas de su progenitor, el cual, a duras penas, podía mirarla sin fruncir el ceño y ordenarle que se estuviese quieta.

La madre iba vestida con ropa de marca de una calidad y precio excepcionales. Y según parecía, se sentía orgullosa de llevar a su lado a quien, sin duda, pagaba sus elevados gastos.

Guapa como era, había tardado demasiado tiempo en casarse y, tras muchos esfuerzos, lo había conseguido.

Los tiempos en los que se había visto obligada a salir sola o acompañar a amigas que ya habían pescado marido, pertenecían al pasado. Ya no hacía falta que dulcificase su tono al hablar para caer bien. Ahora, ya era una mujer casada y no necesitaba esforzarse más. Podía, por fin, descansar.

La niña era feliz correteando mientras la luz de aquel semáforo no daba paso a la pareja.

De pronto y sin mediar palabra, en un rapto de genio incontenido, la mano de él se posó violentamente en el rostro infantil de su hija. Y, en unos segundos, la cara de la criatura golpeó el duro asfalto. El cuerpo de la pequeña había sido arrastrado al suelo bajo el poder de aquel violento manotazo de odio desmedido que el hombrecillo no pudo, o no quiso, reprimir.

Se oyó un alarmante grito de dolor de la niña, que rompió a llorar al sentir la fuerza del duro asfalto sobre su cara. A causa del manotazo se había quedado tumbada en mitad de la acera. En su desesperación, levantaba sus brazos hacia su madre en un gesto de súplica, intentado que la cogiese entre sus brazos.

Él se disculpaba con su mujer, diciéndole que la niña lo había provocado ya que no dejaba de moverse.

Normal, las niñas de cinco años suelen mantenerse quietas, comportarse como estatuas de sal, raro es que jueguen y molesten.

La madre miraba al frente sin mover un músculo aunque el terror se podía leer claramente en su rostro.

Parece que, el gordo piernicorto, no sólo perdía los estribos con la niña, pues la reacción normal de una madre hubiese sido levantarla inmediatamente de la acera para comprobar que no se había abierto la cabeza.

Claro que, es de muy mala educación hacer gestos innecesarios en público y además, si te decantas por ayudar a tu hija, ¿quién te va a pagar la ropa en primavera?

Jugar otras cartas

Jugar otras cartas

Hora punta en Madrid, Zurich, Nueva York, Estocolmo.

Miles de personas se dirigen a los medios de transporte que son un hervidero de gente con prisa, maletines de trabajo, libros. Las caras son serias. Circunspectas. La mente está en el reloj, en el tiempo.

Las calles, los subterráneos, los pasillos de las diversas estaciones y las escaleras mecánicas se convierten en una carrera de obstáculos, de empujones sin sentido para llegar a un destino que no es el que buscan, sino al que deben llegar.

¿Por qué nadie sonríe? ¿Por qué no se saludan? ¿Por qué están tan serios? No hay nadie que no tenga el gesto rígido, serio, impertérrito.

¿Qué les sucede en el metro, en el tren o en el autobús?

Los pensamientos y acciones parecen controlados por notificaciones electrónicas, melodías para el móvil en las que mantienen sus miradas clavadas. Rostros impertérritos. Adustos.

Continúan sin pausa y sin percatarse del tiempo que no se detiene.

Años de sucesiones de nada más que cosas que hacer, sin pasión, años automáticos. Sucesiones de asuntos sin fin aparente.

Se despiertan por las mañanas con un único pensamiento “¿Qué tengo que hacer hoy?” Ducharme. Preparar el desayuno. El metro. Llegar a tiempo.

Nadas en una rutina robótica en la que ocupas tu mente tres pasos más allá, pero nunca en el presente. Ignoras tu existencia.

Las rutinas se suceden sin pausa con su efecto adormecedor.

Ya no existes. Te has olvidado hasta de eso.

Y un día, por una razón aparentemente estúpida, despiertas del sueño que te mantiene prisionero. Es un momento de pánico. Vuelves a ser consciente y echas la mirada atrás en una calle cualquiera. Te paralizas al pensar en los meses que han pasado uno detrás de otro. Y lo peor es que te ha dado igual.

Tu vida ha estado ocupada por otra persona a la que no reconoces porque no eres tú.

Vivir sin reflexión, sin saborear, ni mirar, ni oler, ni palpar. Sin estar allí. Qué estupidez ¿Quién te ha convencido? Ya no te acuerdas de cuándo empezaste. Pero lo cierto es que no estabas en tu vida. Caminabas con todos tus sentidos anulados en un acto consciente o inconsciente. Anestesiado por tus no necesidades. Persiguiendo lo que en realidad no quieres, pero que debes tener.

Paulatinamente abandonas todo aquello que consideras innecesario, aquello que no aporta nada. Sales de la carrera y dejas que los demás sigan corriendo.

Eliges el riesgo para probar si aún tienes capacidad de sentir algo.

Simplificas. El estrés se reduce. Parece que esas sensaciones, que ya no recordabas, regresan.

Comienzas tus momentos de paréntesis. Tus tiempos de pausa. Sin remordimientos.

Todo se clarifica. Te emborrachas de endorfinas.

Prefieres jugar a otras cartas a morirte de asco.

 

Debería

Debería

Debería decirte lo que siento antes de que te vayas.

Debería hablar mientras la luz tenue de la cocina aún alumbra la cena fría.

Debería alzar la copa para brindar por tus logros para que el día no se tuerza al anochecer.

Debería atentenderte para no hundirme en mis recuerdos.

Debería tomar partido.

Debería borrar de la bandeja de entrada todos esos correos.

Debería ofenderme.

Debería pelear y manifestar mi opinión sin miedo, pues nadie escucha.

Debería luchar en tu guerra.

Debería escuchar toda esa música olvidada sin esperar ni un solo instante.

Debería contestar cada llamada .

Debería sumarme al coro de vecinos que desayunan temprano y hablar con ellos despacio.

Debería entender el discurso ajeno.

Debería planchar los vestidos y tirar los zapatos viejos.

Debería cuidar los sentimientos y recogerme el pelo.

Debería mirarte a los ojos, pero me sobran las promesas.

Debería escuchar, olvidar y callarme.

Pero hoy no puedo, quizá mañana.