En la tempestad de lo inesperado, planeo la calma

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Hay ciertas circunstancias que no podemos cambiar por el momento, porque están fuera de nuestro control.

Es inútil destruirse centrándonos en un tiempo que no vamos a recuperar, maltratarnos con pensamientos que nos hacen daño o saturar nuestra mente de contradicciones enloquecedoras.

Luchar contra uno mismo, desgasta.

Busca el silencio y la calma del que camina lentamente, pero integra lo imposible en tus sueños.

Utiliza las tormentas para planear cómo será tu calma.

Es preferible esperar cultivando lo que después crecerá, creando ideas y moldeando sueños, ya que cuando las circunstancias sean otras, tendrán lugar.

Frente a una tempestad en mi mar, me consagro a festejar lo que me traiga lo inesperado e incluyo la tormenta en mis planes y en mis en sueños.

 

La frontera

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“Die Grenze verläuft nicht zwischen den Völkern, sondern zwischen oben und unten”.

“La frontera no transcurre entre los pueblos, sino entre los de arriba y los de abajo”.

La primera vez que pisé Berlín la ciudad parecía vacía. Estaba silenciosa y cubierta por un cielo que amenazaba nieve.

Un viaje que prometía una celebración se convirtió, en realidad, en una vuelta al pasado, ya que poco o nada vi del Oeste rico y próspero, sino que todo se centró en un Este destrozado y ruinoso.

Llevaba sólo unas horas allí y ya me prometía a mí misma no volver a pisar algo que parecía una cuidad a la que le hubiesen arrancado el alma de cuajo. Algo que continué pensando durante los tres días siguientes. Y algo que no cumplí, pues años más tarde me trasladé a vivir allí.

Sus calles cargadas de tristeza y recuerdos de una guerra pasada, lanzaban persistentes pinceladas de angustia que me golpeaban sin piedad.

Desde tanques abandonados, hasta largos trozos del muro que había separado a un pueblo, grafitis, edificios destrozados por balas y granadas que mostraban un rostro decorado por pintadas de colores, que no hacían más que recordar la voz desesperada de un pueblo que lanzaba mensajes a sus dirigentes.

Edificios como el de esta foto llenaban mi cámara y mis ojos.

En realidad, la frontera, por aquel entonces, transcurría entre una vida que me estaba atrapando y la vida que yo quería llevar.

Berlín representó un punto de inflexión en mi vida, pero no por la ciudad en sí. Las ciudades poco tienen que ver con las decisiones, sino más bien porque al no tener las riendas de lo que estaba ocurriendo, paseaba entre sombras.

En aquella época y con lo dada que soy a las películas y libros, Alemania entera se me antojaba las fronteras de mi prisión, aunque mi prisión era otra.

Dos maneras de viajar

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Existen distintas maneras de viajar:

–         El viaje como mero desplazamiento.

–         El viaje como búsqueda.

Sentimos la necesidad de cambiar de circunstancias y de probar cómo nos sentimos en un entorno que no nos conoce y que no conocemos.

Salir de nuestro medio conocido permite actuar con mayor libertad y, en la mayoría de las ocasiones, incidir sobre el yo adormilado que trasportamos de un sitio a otro a diario.

Muchos viajeros sienten la necesidad de hacer cosas que en su país no hacen.

Este tipo de personas sólo viaja para desatar instintos básicos y comportarse como nunca lo harían en su entorno. Poseen un yo superficial que no tiene demasiada curva de desarrollo.

Me refiero a los que huyen de sus países con el único fin de emborracharse, ligar o meterse en algún tipo de lío.

Viajan sin viajar, sólo se desplazan.

No aprenden nada en su viaje. Yo los denomino “viajeros vacíos de contenido”, aunque más propio sería decir, “personas vacías de contenido”, pues poco aportan a la sociedad o a ellos mismos. Son, a mi modo de ver, prescindibles.

Existe, otro tipo de viajeros, para los que viajar es un modo de ser, de existir y de vivir.

Para ellos viajar es un placer, pero puede ser también un proceso doloroso, pues forma parte de un aprendizaje, de su desarrollo interno.

El camino es visto por ellos como una aventura y un descubrimiento, no sólo en las cosas que encuentran por el camino, sino en cómo su verdadero yo reacciona a nuevas circunstancias y nuevos estímulos.

Viajar como necesidad y como acto compulsivo para indagar sobre lo que la cotidianidad tapa, lo que no muestras en tus circunstancias habituales.

El viaje es visto, de esta forma, como un sueño, una aventura en la que sabes que va a haber sorpresas, simplemente porque tu enfoque no es sólo moverte de un sitio a otro. Tu interés se centra en observar, integrarte en lo que tú decidas que quieres que forme parte de tu baúl de experiencias. Pruebas lo que se adapta a ti y te mueves en un abanico infinito de detalles que pasan inadvertidos para el viajero que sólo se desplaza.

La intensidad de la experiencia en estos viajes, no depende de la distancia. El recorrido se centra más en tu propio yo.

Viajar puede ser visto como una forma de ser, como una forma de desarrollarte que resulta imposible si permaneces en el mismo sitio y rodeado de los mismos estímulos.

Por mucho que pienses cómo te sentirías si estuvieras observando la luna desde Nueva York, Estocolmo o Checoslovaquia, o tomado un café perdido en mitad de un pueblo a cien kilómetros de donde vives, o cómo reaccionarías sin gasolina en la autopista de París a Bruselas, no lo sabes hasta que no lo haces. La sensación puede ser intensa, divertida, angustiosa o puedes odiar su recuerdo.

En los viajes surgen situaciones de las que deseas formar parte, que quieres probar, otras que no, y otras que ocurren sin que puedas hacer nada para evitarlo.

Es importante viajar sin traicionarte a ti mismo, es decir, obrar según tus propios criterios.

Durante tu viaje encontrarás viajeros clásicos, necesitados, huidizos, enfermos, agobiados, imaginarios, fantasiosos, insatisfechos, presuntuosos, famosos, desasosegados, fóbicos, compulsivos, poco realistas y locos. Habrá de todo, pero tú sigues siendo tú, aunque tu entorno haya cambiado.

Si viajas de esta forma, nunca vuelves siendo el mismo, sino que eres más… tú mismo.

 

Bruselas

¿Cuál es tu esclavitud?

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Nadie es libre.

Si fuésemos libres seríamos felices… o no.

Todos somos esclavos de nuestras ideas.

Sólo nos pertenece una parte de nuestra libertad, el resto la compartimos con los demás de una u otra manera.

Imaginemos que no estamos satisfechos con nuestra vida y después de ver una película o leer un libro inspirador, nos empeñamos en cambiarla por completo.

Dejamos nuestro trabajo, nos divorciamos de todas nuestras ataduras sentimentales y de todas aquellas personas que participan del sabroso pastel de nuestra libertad.

Nos vamos del país para ser libres. Aterrizamos con nuestro pastel al completo en otro país dispuestos a comenzar nuestra nueva vida y dispuestos a no compartir nuestra preciada libertad.

No pasará mucho tiempo hasta que seamos conscientes de que la libertad no se consigue por cortar con un presente que no nos satisface.

La verdadera libertad se consigue obrando acorde con nuestras convicciones y dejando de escuchar esa voz interior que nos susurra que estamos siendo poco valientes por no elegir lo que en realidad queremos, nuestra verdadera pasión.

El problema radica en encontrarla.

Por eso, estamos presos de nuestras propias fronteras y paseamos por las sombras que nosotros mismos creamos, fomentando nuestra esclavitud.

Todos tenemos una.

¿Cuál es la tuya?

Desnuda en París

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Acababa de llegar a París desnuda, es decir, me había olvidado la maleta que había tardado en hacer unas dos horas corriendo de un lado a otro de la habitación y pensando meticulosamente qué ponerme, en qué situación y en qué día.

Cuando mis amigos pararon el coche frente a mi apartamento para recogerme, cogí el bolso y, satisfecha, cerré la puerta tras de mí.

Tras una media hora de viaje, me percaté de que no llevaba absolutamente nada más que el contenido del bolso, una barra de labios roja, polvos compactos para la cara y la ropa que llevaba puesta.

Demasiado tarde para dar la vuelta, aunque si hubiera estado sola, la hubiese dado.

Mi primera reacción fue dedicar unos diez minutos en repasar mentalmente todas las cosas que ya no me iba a poner durante los próximos días. La indignación se adueñó de mí y se afincó en mi pecho durante un buen rato.

Sin embargo, hay momentos en los que enfadarse no sirve de mucho.

Decidí que lo mejor era adaptarme a la nueva situación y enfrentarme a la realidad. Tres días y cuatro noches sin mi maleta.

Sería una hipocresía negar que mi olvido no me fastidiaba hasta un punto indescriptible. También lo sería haber obviado la satisfacción interior de mis compañeros de viaje, que se sentían encantados con la idea de verme desprovista de mis cosas.

Siempre me han atraído los cambios de perspectiva y éste era, claramente uno, al menos para mí.

En esos momentos y arrastrada  por la convicción de que esa situación tan sólo era algo nuevo, se me antojó como un nuevo reto.

Desnuda en París, no porque lo estuviese, sino porque así me sentía.

Los días posteriores que pasé allí, me obligaron a improvisar continuamente y cada situación que salvaba, se convertía en una satisfacción.

Disfruté de mi estancia, con o sin maleta y aprendí que hay muchas cosas de las que podemos prescindir.

Aunque reconozco que me hubiera gustado dormir con mi camisón puesto.

 

 

El mundo estéril de otra generación perdida

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Estos días he estado releyendo un libro que me ha obligado a pensar de nuevo en la cuidad como algo deshumanizado repleto de personajes que van y vienen, cruzando sus caminos una y otra vez y construyendo una tela de relaciones.

Estos recuerdos me los ha traído un libro de John Dos Passos escrita a principios del siglo XX, que lleva por nombre Manhattan Transfer, una estación de tren que existía en New Jersey y que era la estación de transferencia que conducía a Manhattan.

En ella se habla de una forma bastante pesimista de los seres que habitan en la ciudad de Nueva York en la época de la Gran Depresión y en la que en realidad, la protagonista es la ciudad misma.

La novela posee rasgos muy parecidos a los de El gran Gatsby, sólo que  ésta habla del éxito, mientras que Manhattan Transfer habla del fracaso.

El tipo de personajes que describe Dos Passos, y que habitan la metrópoli, son bastante intrascendentes. La mayoría de sus personajes son obreros, amas de casa, políticos, estafadores o triunfadores.

Y pensando precisamente en este cuadro de Nueva York, no puedo más que hacer una comparación con la corteza de las urbes gigantescas de hoy en día en las que el ser humano se pierde en una maraña de superficialidad sin lograr dar un sentido real a sus vidas.

Nos hayamos ante una crisis, no económica, sino ante una crisis de valores en la que priman precisamente las cosas que carecen en realidad de importancia. Una situación equivocada que nos ha llevado a relegar a un segundo, tercer o cuarto plano la esencia de lo que nos hacía ser felices. Impulsándonos a comprar trozos falsos de esa felicidad perdida a través de pequeñas satisfacciones materiales, que sólo sostienen a unos pocos y empobrecen a la mayoría.

¿Acaso la historia se repite una y otra vez, forzándonos a despertar de nuestro estúpido deambular y atendamos a lo realmente esencial de la vida?

Podemos pensar que esto ocurre porque sí, o podemos decantarnos hacia cuadros que se repiten porque este es el plan que quieren que sigamos.

Dos Passos fue miembro de la denominada Generación Perdida, en donde también se incluyen autores como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Ezra Pound, William Faulkner, o John Steinbeck. Todos estos escritores, plagaban sus libros de desfiles de personajes dominados por la soledad y la angustia existencial; personajes que se encontraban en un mundo estéril y cuarteado moralmente. Un mundo enmarcado por la gran guerra y el crack financiero norteamericano.

John Dos Passos ataca la hipocresía y el materialismo de los Estados Unidos entre las dos guerras mundiales. A mi juicio dos elementos muy presentes en la sociedad de hoy en día que están llevando a la sociedad hacia un agujero en el que ya se hallan inmersas más de dos generaciones y del que será difícil salir.

Una sociedad que desconfía de su futuro y que da tumbos ante la falta de valor que aportan sus dirigentes, ante la carencia absoluta de ideales, movida por la premisa del sálvese quien pueda, en la que prima la deshumanización de crecientes monstruos urbanos. Y una época marcada también por un individualismo feroz en el que hemos abandonado normas esenciales, en otros tiempos pilares en los que se sostenía nuestra sociedad.

Y ante esta situación, cuya solución veo muy lejana, sólo se me ocurre pensar que si, como viene ocurriendo desde hace siglos, la historia se repite en ciclos, esta crisis de valores tendrá una solución, aunque aún no la podamos vislumbrar.

Confiemos en que así sea.

Un nuevo año… o no

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Parece que el año empieza como terminó, con una gran tormenta.

Estoy sentada delante de mi ordenador y me pregunto hasta cuándo van a aguantar los cristales de las ventanas todo ese viento, granizo y el rugir furioso de las olas.

Puede que la tormenta pase, pero hay cosas que por mucho que nos obliguen a repetir, no van a pasar.

Este año, como siempre, dejaron de “crear” noticias para ocuparse de mantenernos informados de “lo importante”: las campanadas, las uvas, que hay gente que se muere de hambre, pero sólo por Navidad, el Gordo de la Lotería, lo gordos que nos ponemos por estas fechas y todas esas impactantes noticias que repiten y repiten año tras año con cara de inusitada novedad. En fin, para eso les pagan.

Es curioso que no ocurra nada mientras hay fiestas o vacaciones, pero en cuento cesan, las noticias empiezan a crecer como hongos.

Cada hongo creado con algún fin, claro, con su conclusión y todo, ya que la gente no es capaz de sacar conclusiones por sí misma. No importa, se las dan hechitas para que las repitan durante todo el año: “Estamos saliendo de la crisis” “Parece que hay brotes…” “Hay que marcharse a Alemania” “Nuestro sacrificio ha dado sus frutos”…

Eso de repetir y repetir la lección una y otra vez, funciona. Se la creen. El problema es que les plantees algún tipo de pregunta sobre temas que tienen tan claros. Ellos se saben la frase que les ha dado “el profe” en los apuntes. Es más, no dudan de su veracidad, pues la han visto por escrito o la han oído en algún medio, no importa cuál sea. Sólo por ello, tiene credibilidad. Vamos, ¡qué vulgaridad eso de poner en cuestión a la autoridad! Anda, me ha salido un pareado.

Aparte del comienzo de temporada con la invención de noticias, hay otra estrategia muy útil e igualmente repetida, la ocultación de otras que es mejor que no sepamos. Es mejor lo de la fe ciega, en plan secta.

Existen pues, temporadas sin noticias, período de creación o invención de noticias y “no noticias” de cosas que sí ocurren, pero que no debemos conocer.

Tampoco todo esto importa demasiado, pues los votantes, que son los que en realidad interesan, están de rebajas y después de éstas, tienen que empezar a hacer régimen para primavera y luego llega el verano y ¡puf! vuelta al apagón de noticias. Algo encontrarán que puedan repetir para aquellos desgraciados que no puedan marcharse de vacaciones.

Bueno, voy a asegurar las ventanas para que no las rompa el viento. Vamos, que empiezo el año, como lo acabé, oyendo el rugido del viento y negándome a dejarme embaucar por las “no noticias”. Rara que soy.

En mitad de la noche/ In the middle of the night

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Te levantas en mitad de la noche porque no puedes dormir. Todo está oscuro y te diriges esa ventana que has dejado abierta. Allí está tu ordenador. Te sientas y cierras los ojos mientras respiras una brisa fresca y limpia. Miras hacia arriba y ves una luna brillante y redonda. Todo está en silencio y ese silencio te devuelve la paz que no encontrabas en tu cama.

Por la noche todo parece distinto. Empiezas a recibir imágenes en tu cerebro del día que acaba de pasar y reflexionas un instante. Ves tu vida desde una perspectiva distinta. Tienes la impresión de verte a ti misma dentro de una película. La cuestión es que el guión parece haber sido escrito por otros. Es totalmente ajeno a ti, de hecho te sorprenden algunas imágenes que recuerdas.

Parece como si te hubieses bajado de un tren que no dejaba de correr y pudieras pararte a pensar. Algo imposible durante el ajetreado día.

La paz que tenías se trasforma en cierta inquietud. Empiezas a ver demasiadas cosas en tu vida que te gustaría cambiar. Los pensamientos se vuelven acuciantes y agitados, cierras los ojos para aplacarlos, respiras el aire fresco de la noche y dejas que llegue al fondo de tus pulmones. Parece como si las preocupaciones desapareciesen por un momento, pero pronto el silencio te devuelve a tu reflexión anterior.

Te preguntas si tus pensamientos nocturnos están distorsionados o si no lo están en absoluto. Piensas sobre parcelas abandonadas que tu consciencia no se atreve a abordar de día. Asuntos para los que ni tienes tiempo a pensar cuando hay luz.

Normalmente los acontecimientos trascurren tan rápidamente y sin apenas interrupción, que no te da tiempo a pararte a vivirlos y ni sabes si te gusta o no tu situación. Hay demasiada prisa como para pararse a recapacitar. Y cuando te das cuenta, te levantas una noche y no ha pasado un día, sino que han pasado unos años.

Parece que te aferres a propósito y por pura cobardía a todas esas banalidades que ocupan tus horas diurnas para no tener tiempo de pararte a pensar en tu realidad. No te atreves a despertar tu consciencia y a hacerte preguntas.

Entonces, ¿a qué pensamientos debemos prestar atención, a los que nos atormentan en mitad de una oscura noche o a los que afloran en mitad de un claro día en el que todo parece normal y cotidiano?

 

In the middle of the night (English)

You wake up in the middle of the night because you can’t sleep. Everything is dark and you walk over to that window you left open. There is your computer. You sit down and close your eyes while you breathe in the fresh, clean air. You look up and see a shining, round moon. Everything is silent and that silence gives you back a sense of peace that eluded you in bed.

Everything is different at night. Images from your day start to flash through your mind and you take a moment to reflect. You see your life from a different perspective. You feel like you are seeing yourself in a movie. The problem is that the script seems to have been written by others. It’s completely foreign to you and some of the images you recall surprise you.

It’s like you fell from a moving train and can finally take a moment to think, something impossible to do during the busy day.

The peace you had turns into a certain restlessness. You start to see too many things in your life that you would like to change. Thoughts become urgent and agitated, you close your eyes against them, breathe the fresh night air deep into your lungs. It seems as if your worries disappear for a moment, but the silence soon brings you back to your previous thoughts.

You wonder if your thoughts at night are distorted or if they’re actually the clearest thoughts of all. You think about those locked-away things you dare not face during the day. Issues which you don’t even have time to think about when it’s light out. 

Events usually happen so quickly and with so little time in between that you never have time to stop and experience them; you don’t know if you like where you’re at or not. Things are too rushed to stop and reconsider. And when you finally take notice, you wake up one night and more than just a day has passed: it’s been a few years.

It seems like you cling to all those things that occupy your daylight hours on purpose and out of sheer cowardice so that you don’t have time to stop and think about your reality. You don’t dare to awaken your consciousness and ask yourself questions.

What thoughts should we pay attention to, then: those that haunt us in the middle of a dark night or those that pop up in the middle of a clear day that seems just like any other?