El aparcamiento

conducir-enfadado

El aparcamiento estaba vacío. Era amplio, luminoso y nuevo.

El hombre condujo hasta la salida, abrió la ventanilla para meter el ticket en la máquina y esperó hasta que se levantase la barrera.

La salida era ancha y por su amplitud, parecía diseñada para conductores inexpertos. Sin embargo, no era el caso ya que el hombre llevaba más de veinte años conduciendo.

Por fin, la barrera se abrió y él puso el pie en el acelerador. Se oyó un ruido sordo.

Siempre he pensado que la manera en que conduces da muchas pistas sobre cómo eres. Unos, son agresivos, como él, es decir, inseguros. Otros, son educados, con o sin coche. Otros dicen que no les gusta conducir porque son ecologistas y van en metro, esos son a los que les da miedo conducir. Otros, son calmados y pausados. Otros son nerviosos y dan volantazos…

Tras el ruido hubo una pausa. El ala derecha del coche tenía un arañazo considerable, tan grave que, una de las columnas, se había quedado sin parte de la pintura.

– ¿Es que en España no saben construir aparcamientos? ¿Por qué ponen columnas? – dijo él, en un ataque de cólera.

– Para que el techo no se te caiga encima- contestó ella.

Como los extranjeros son tan raros, quizá sujeten los techos con salchichas, que son más blanditas. Aquí, como somos más brutos, ponemos hormigón.

Era ya la cuarta vez en un mes que los españoles habían puesto algo en su camino para que él chocase. El recién estrenado coche se encontraba en tan mal estado que parecía ya de tercera mano.

Es lo que tiene vivir en España, no dejas de chocar, sobre todo si no sabes conducir.

Prejuicios

bar 2

¡Camarero! Dijo el anciano sentado en la barra del bar.

-Pregunte a aquellos dos caballeros de la mesa de la esquina si puedo tomar dos dedos del vino que están bebiendo.

El camarero sin dar muestra alguna de la extraña petición, se acercó a los dos hombres de aspecto pulcro e hizo lo que le pedía.

Los dos hombres, volvieron su mirada hacia aquel individuo de aspecto bohemio y, minutos después, el camarero sirvió dos dedos del vino al hombre que, levantando la copa, les dedicó una sonrisa.

Cuando ambos terminaron la botella, el anciano encargó que les sirviesen otra de la misma añada.

Ambos se quedaron gratamente sorprendidos, pues jamás pensaron que aquel anciano extravagante, pudiera permitirse pagar cerca de mil euros por aquella botella.

Y es que, en la mayoría de las ocasiones, los prejuicios nos ciegan. Y, a veces, basta con respirar hasta el fondo, sonreír y dejarse sorprender.

¡Feliz 2018!

Ingenuidad

Shy

Mi amiga Joanna siempre ha sido bastante ingenua.

Recuerdo que, cuando éramos adolescentes, la acompañé al dermatólogo porque Joanna tenía psoriasis en los codos. Y menos mal que estaba yo presente, pues lo primero que le pidió el octogenario doctor fue que se sacase el sujetador. En cuanto la vi empezar a desabrocharse, me la llevé de allí gritándole si no sabía en qué parte del cuerpo tenía los codos. Aquel enfado nos duró varios meses.

Sin embargo, debo confesar que, últimamente, me preocupa, pues sus pequeños despistes se han hecho más graves. Ayer, sin ir más lejos, su marido me contó que hace dos años Joanna leyó que los supositorios se habían estado administrando de forma errónea desde hacía años, pues su forma cilíndrica y con punta había llevado a confusión a buena parte de la población. No era la parte afilada la que debía entrar primero, sino al revés. Ella, sin atreverse a confesar, ni siquiera a su propio marido, que llevaba toda su vida haciéndolo “mal”, se pasó dos años enteros poniéndose los supositorios al revés. Vamos que, los introducía por la parte cortada y con aristas, por doloroso que le resultase con el fin de enmendarse. Hasta que, cierto día, leyó en Internet que dicho consejo había resultado ser una broma que había circulado por la red y que sólo unos cuantos incautos se habían tragado. Aquello fue un duro golpe para ella. Se había pasado dos años sufriendo en silencio para terminar como siempre, avergonzada y con la autoestima por los suelos.

En fin, que mi amiga Joanna sufre de ingenuidad incurable. Además de tener una autoestima baja, lo cual únicamente le conduce a una continua desconfianza que se acentúa con sus más allegados. De manera que, cualquier cosa que le dices, la retuerce y comprueba de forma casi enfermiza. Sin embargo, no suele seguir esta pauta con los desconocidos.

Me permito escribir esto sobre ella, porque, en este momento, se encuentra en la barra del bar, pagando las consumiciones de la mesa de al lado, a un grupo que dice ser de Sevilla y que asegura que les han robado la cartera. Y eso que, su acento andaluz tiene visos de ser más bien de Chamberí.

Ella es así.

¿Para qué le voy a estropear la Navidad?

El túnel de los horrores

El tunel de los horrores

(Dedicado a mi amiga Catalina. Felicidades por haberlo logrado)

Procurando no mirar mucho hacia los lados y concentrándose en el frío suelo de aquel  inhóspito lugar, se metió rauda en el ascensor. Sólo tenía que ponerse una inyección en la barriga y salir. No podía ser tan difícil.

Decidida a terminar con el trámite cuanto antes, entró en el ascensor que la dejó en el segundo piso. Nada más salir, apareció ante ella un largo pasillo por el que comenzó su recorrido.

Mientras avanzaba no pudo evitar leer los carteles de las puertas cerradas que se cruzaban en su camino. El primero, a la derecha: “Sala de Tumores”.

-Qué práctico, pensó. Lo dejas ahí y a la salida te haces la loca y lo olvidas. Muy bien pensado. Comprendo que este sitio tenga fama. Aquí, el que no se cura es porque no quiere.

Continuó avanzando por el frío pasillo desierto, mientras se concentraba en el  jardín soleado que la esperaba a la salida, cuando, a la izquierda, la sorprendió otro cartel en una puerta también cerrada y de aspecto aún más cutre y deprimente que la anterior: “Peluquería”.

Ahora ya estaba algo perdida. No entendía la finalidad de una peluquería en un hospital de esta índole. Le entró cierta depresión. Sin embargo, recapacitó un poco y al acordarse de lo que había leído en la puerta anterior, se le hizo la luz. Era lógico que al desprenderse uno del tumor que lo acosaba y teniendo en cuenta que probablemente la Sala de Tumores en el que se depositaba, estuviese repleta de otros muchos tumores de gente que había tenido la misma idea de dejarlo allí abandonados a su suerte, a todos se les pusiesen los pelos de punta. De ahí, la genial idea de instalar una peluquería en este sitio.

La idea, en realidad, estaba bien pensada, pues ¿a qué ser medio normalito, no se le ponen los pelos de punta si entra en una sala a dejar su tumor, se encuentra con los tumores ajenos y, encima, teniendo que hacerle sitio al suyo? Aún así, no entró en la peluquería, más que nada, porque sabía que solían dejarte peor de lo que entrabas y la desvencijada puerta no parecía garantizar que arreglasen los desaguisados con demasiado estilo.

Consiguió apartar la mirada del espantoso cartel y mirar de frente hacia el resto del interminable corredor que se mostraba ante sus ojos. Mientras lo hacía, otro cartel despistó su concentración: “Capilla” -¡Bueno, ya estaba bien, ni respirar la dejaban en aquel lugar. Salías de una y te metías en otra!

No es que ella no encontrase lógico todo aquello. En realidad, a pesar de que el hospital había sido edificado en los años sesenta, estaba todo muy bien pensado.

“Sala de tumores”, se le ponen a uno los pelos de punta, “Peluquería”, para que te los arreglen y tengas un pasar, después, “Capilla”. Y es que el que no se pusiese a rezar tras los dos carteles precedentes no era de este mundo, y más sabiendo lo que le esperaba al final del pasillo.

Vamos, que todo esto lo discurren como túnel de los horrores para un parque de atracciones y se forran. Tendrían al personal gritando y corriendo de un lado para otro sin parar.

Decidió pasar también de la capilla. Si rezaba, lo haría en casa y para pedir que no la metiesen nunca más en un sitio tan tétrico como espeluznante.

Se atrevió a mirar de reojo hacia un lado. Gran error. Esta vez la puerta no era tan pequeña como las otras, es más, eran dos y el cartel rezaba: “Quirófano”. “No, no… Ahí, sí que no entraba, ella ya había dejado su tumor a la entrada y allí se quedaba”.

¡Por fin! “Hospital de día”. Buena señal, quiere decir que ahí, no te dejan pasar la noche.

Una enfermera de rostro muy dulce, aunque levemente momificado, cuyo pelo permanecía sospechosamente estático, le indicó que pasase a la sala de espera. La pobre, probablemente habría cometido el error de entrar en la peluquería, ya que la tenía cerca.

Entró en un enorme salón vacío con un montón de sofás de cuero negro desgastado. Se sentía algo reticente a sentarse, más que nada, porque la planta de plástico que se hallaba en el centro del espacio, había acumulado polvo, probablemente desde la inauguración del famoso hospital.

El helado y nada acogedor mármol del suelo, salpicado de unas motas grisáceas se extendía sin piedad por todo aquel gigantesco salón, en el que después de unos quince minutos de espera, sus piernas apenas soportaban el peso de su cuerpo.

Decidió sentarse, aunque sospechara que los grandes sillones de cuero no se limpiaban desde los años sesenta.

Se acercó a uno de ellos y colocó tímidamente su trasero al borde del mismo para no tocar más de lo imprescindible.

Como si todo estuviese preparado para asustar a las visitas, el sillón se balanceó de tal manera que hizo que saliese despedida como una bala hacia el espantoso florero plastificado. Consiguió frenarse apoyándose en la mesa de cristal. Las flores que la decoraban sacudieron algo de su polvo en su nariz y estornudó.

Empezaba a dudar si, en aquel lugar, pretendían que se lesionase para ingresarla. Es cierto que estaba algo torpe, pero también es verdad que, para visitar aquel lugar, debería haber entrenamiento físico y psíquico porque sino, no salías viva o salías con un trauma.

No se había recuperado aún del susto cuando entró una enfermera y le indicó que pasara a otra sala.

El espectáculo allí era tan deprimente, que las motas del suelo le antojaron alegres florecillas comparadas con lo que allí se veía.

En su empeño por salir de aquel agujero lo más inmediatamente posible, no se sentó en silla alguna, no quiso que la pinchara el brazo. En pie, como una estaca, se subió la camiseta y le dijo a la enfermera que le pusiese la inyección en la barriga.

Cuando se dio la vuelta para decirle que ya había terminado, ella ya se encontraba en el jardín haciendo respiraciones diafragmáticas y llamando a un taxi.

Aunque, francamente aliviada, ya que se había “olvidado” recoger el tumor y no pensaba volver a por él.

Después de la tempestad

Soledad

Estoy sentada en la mesa de madera frente a mi ventana. Veo cómo el océano se torna de un gris oscuro que anuncia tormenta. Me duele todo el cuerpo. No ha sido un día fácil y regresar a casa tampoco lo es.

Me voy a la nevera, la luz blanca me da en los ojos como un faro en mitad de la niebla, saco una lata de cerveza fría. La miro y me pregunto por qué tengo las cervezas en la nevera con el frío que hace en la calle. Enciendo la calefacción. Mi mente deja de pensar en la temperatura de la lata que tengo en las manos para regresar al dolor del pasado, invisible para el mundo, pero supurando lentamente en imágenes de lo ocurrido que se incrustan en mi mente cuando menos las espero.

La ayuda ha desaparecido sin previo aviso y un manto negro de silencio me rodea. A veces, el dolor remite, pero vuelve con fuerza en los momentos más insospechados. La tormenta ha pasado y me han dejado sola. La calma es peor que cuando luchaba contra olas de siete metros.

Me siento frente al ordenador y abro Facebook, una de las aplicaciones más absurdas y aburridas que conozco, ideal para días en los que no quieres pensar en nada serio o para personas que no quieren involucrarse en nada, sino sólo dar una imagen de sí mismas que les permita conciliar el sueño.

Observo como muchos de mis contactos pinchan enloquecidos que ayudemos a los refugiados y a los que sufren enfermedades. Vuelvo la mirada hacia mi móvil, justo encima de mi mesa. Hace días que no suena, la tormenta ha pasado, o por lo menos, eso creen ellos, o no.

Toda mi vida he sabido que los cobardes huyen en cuanto pueden. Sin embargo, sé que saben que cuando las olas te han destrozado el barco, cuando tienes el cuerpo lleno de arañazos de las maderas que has arrancado con tus propias manos para no ahogarte, o cuando los troncos inertes a los que te has agarrado, cuando tus heridas aún son muy dolorosas, de un dolor casi insoportable, no es el momento de desaparecer.

Soy consciente de que es más fácil hacer click en tu teclado desde la comodidad de tu casa a favor de los refugiados, que ayudar a las personas que tienes cerca. Hay poca gente dispuesta a oír que, después de las tormentas, sobreviene una calma tan solitaria, que es prácticamente insoportable. También huyen conscientes de que, cualquier día, el mar entrará oscuro y negro en su salón, por mucho que se empeñen en cerrarle las puertas.

Mis pensamientos sobre el ser humano amenazan con desestabilizar mi fe en las personas cercanas, ésas con las que cuentas, en tu ingenuidad, y que, al final, se refugian en su torre, rodeados de costumbres inútiles que los aferran a una periodicidad segura, de horarios apretados, hundidos en una soledad virtual pintada de colores por amigos inexistentes, seguros de que ésos no van a llamar a su puerta.

Bebo un sorbo de cerveza, aún demasiado fría, mientras contemplo cómo se irritan en Facebook por gente a la que no conocen, leo sus comentarios enfurecidos, escandalizados, pidiendo ayuda al que lo necesita. Piden ayuda al que lo  necesita siempre que sea alguien anónimo, que esté lejos, que no les importe nada.

No puedo evitar sonreír pensando que, si un refugiado llamase a su puerta, todos los que hacen click en su defensa, no la abrirían. Lo sé, porque, sino, no habría tanta gente hundida en la angustiosa calma que dejan tras de sí las tormentas.

 

PERDIDOS

Map Better

Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

El malentendido

enfermera

Entró en la sala con un aire decidido y amenazador.

  • ¿Cuál es la de las dos?, preguntó.

Sentadas la una junto a la otra, en un incómodo sofá negro de la sala de espera, nos miramos impertérritas. Ella a mí y yo a ella.

-Eres tú, dijo mi acompañante.

Hija de puta, pensé angustiada.

– Mi cita es a las doce, a ver si se equivocan y me trepanan la mandíbula, le dije a mi amiga.

Ella me miró sin hablar, sonrió e insistió.

  • Es ella, le dijo a la enfermera.

Me sentí traicionada. No lo podía creer.

Esta vez, la voz insistió, algo más impaciente:

  • ¿Cuál es de las dos?

¡Ah! Eso es distinto, pensé.

  • Pues soy yo, dije con cara de resignación.

Y entré para que me extrajesen la muela.

La excusa

ventana-lluvia

El cuchillo resbaló y le produjo un corte en el dedo de su mano izquierda.

Dejó la zanahoria que estaba cortando y se apresuró a tapar la herida con un trapo limpio de la cocina. Pasados unos segundos, lo destapó y echó un vistazo al corte. No era profundo, pero sangraba.

Volvió a ejercer presión sobre su dedo herido mientras miraba distraída por la ventana de la cocina. Estaba nublado, gris y había una extraña calma en el cielo, una calma inquietante. Era como el presagio de algo.

Volvió a mirar hacia el corte, esta vez sin destapar la herida. Pensó en echarse a llorar. El corte era una buena excusa para soltar lo que había estado reprimiendo durante meses. Un torrente de sentimientos reprimidos se convirtieron, poco a poco, en un reguero de lágrimas.

Se sentía estúpida. No había soltado toda aquella tensión durante los meses anteriores y ahora, que todo había pasado, lloraba por un insignificante corte que ni le dolía. Lloraba con desesperación, sin poder reprimir ni un sollozo.

Ella sabía que el corte era tan solo una excusa para algo que llevaba tiempo necesitando, aguantando, tapando con falsas sonrisas, con agotadas fuerzas, un vaso que dejó que se llenase durante demasiado tiempo, conscientemente, sólo porque no era el momento.

Las circunstancias que acontecían en ese pasado tan cercano no dejaban tiempo para llanto alguno. Ahora sí lo había. Era el momento de llorar por un corte, por la caída de la hoja, por un cielo demasiado gris, por nada. Simplemente, era el momento de llorar.

No tenía ni idea de cómo había logrado no sentir nada durante ese aluvión de acontecimientos que sí se merecían llantos infinitos. Sin embargo, sentía que era la ocasión de soltar aquellas lágrimas para que resbalasen por su alma hasta poder sentir que le estaba permitido respirar de nuevo.

Ana apareció en la cocina y le preguntó asustada por qué motivo lloraba de forma tan desesperada.

–  Me he cortado con el cuchillo.

Su amiga se acercó para mirar la herida y le lanzó una mirada de reproche.

– Eso no es nada. No entiendo que llores por algo tan pequeño después de lo que ha pasado. Eres una niña mimada, siempre lo has sido.

María se volvió hacia ella y le contestó.

– ¿Tú crees? ¿Me has visto llorar una sola vez durante los meses pasados cuando no había lugar para la esperanza, cuando todo se hundía, cuando sólo había tiempo para detener esa angustia del que espera, la angustia del que es golpeado una y otra vez sin compasión hasta que el cuerpo no tiene fuerzas para recibir más golpes, sacudido hasta que dejas de sentir?

Ana se quedó muda, mirándola fijamente.

– Pues, ahora que ha pasado, he decidido llorar hasta que me apetezca, porque ya puedo, porque tengo derecho a llorar, incluso a gritar hasta destrozar mi garganta y los oídos de quien me escuche y también a protestar hasta que me sangre el alma. En cambio, tú sólo tienes derecho a callarte y podrías intentar entender por qué un simple corte ha desatado esta tormenta en mí.

Crimen y castigo

Tony-Vito

Imposible cenar contigo si no fotografiabas el plato que ibas a comer.

Un recuerdo de nuestra cena, pensaba yo entonces… hasta que lo ponías en Facebook.

Tristes eran los postres cuando observabas desolado que tenías un solitario “me gusta”. No se puede vivir para los “me gustas” de Facebook. Suele convertirse en algo trágico.

Sin embargo, los bogavantes te salían de unos colores fantásticos, he de reconocerlo. Claro que no podía ser de otra manera, porque si no te habías comprado el último iPhone que estaba a la venta no te atrevías a sacarlo del bolsillo. A ver si el camarero iba a pensar que no te lo podías permitir.

Cuando me decías que habías adelgazado unos treinta kilos porque habías pagado uno de los mejores hoteles expertos en adelgazamiento, de esos que preparan tu cuerpo con comidas regulares, paseos a ciertas horas y tiempo para la meditación, la verdad es que no mentías del todo. Me han dicho que la cárcel donde estuviste, tenía estas prestaciones.

Desde luego, a ti te había dado un aspecto bastante mejor. El que te hubiesen prohibido el alcohol y no te dejaran tomar hamburguesas a altas horas de la noche mientras veías, embelesado, películas de matones y mafiosos, a los que emulabas por las mañanas inventando alguna estafa por Internet… ¿Cómo llamabas tú a eso…? !Ah, sí, ya recuerdo! Ser empresario. En cierta manera tenías razón, creo que Vito Corleone tenía negocios parecidos y Tony Soprano también, sólo que él era mucho más simpático.

Siento haberte cortado el grifo de “emprendedor”, es todo un desperdicio, lo sé. Pero me enfadaba que dejases a tantas familias en la calle con tus estafas y cuando me enteré… En fin, siempre he sido mala para los “negocios”, hasta tú me lo decías.

Ahora con los treinta kilos otra vez a cuestas, y la poli pisándote los talones, se ha vuelto más difícil lo de los viajes, el champán y los spas.

Tu error fue pensar que las rubias éramos todas tontas.

Ahora el bogavante me lo voy a tomar yo, pero no voy a sacarle fotos, no vaya a ser que no me pongan un “me gusta” en Facebook y pase mala tarde.

Uno de tantos

Justicia 2

¡Debiste ceñirte a la primera versión!

¿Por qué dejaste que ese médico escribiera ese informe sobre tu mierda de dedo? ¡Eres una estúpida!

Si no hubieras ido a verlo, ni hablado por un dedo roto, tu mierda de dedo…

El juez, lo absolvió, basándose en que había sido tan solo una pelea. Ni siquiera influyó en él, ni en la fiscal o demás mujeres de la sala que ella apenas pudiera tenerse en pie después de su operación.

Supongo que todos ellos saldrán a la calle con algún lacito en cuanto la maten.