PERDIDOS

Map Better

Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

El malentendido

enfermera

Entró en la sala con un aire decidido y amenazador.

  • ¿Cuál es la de las dos?, preguntó.

Sentadas la una junto a la otra, en un incómodo sofá negro de la sala de espera, nos miramos impertérritas. Ella a mí y yo a ella.

-Eres tú, dijo mi acompañante.

Hija de puta, pensé angustiada.

– Mi cita es a las doce, a ver si se equivocan y me trepanan la mandíbula, le dije a mi amiga.

Ella me miró sin hablar, sonrió e insistió.

  • Es ella, le dijo a la enfermera.

Me sentí traicionada. No lo podía creer.

Esta vez, la voz insistió, algo más impaciente:

  • ¿Cuál es de las dos?

¡Ah! Eso es distinto, pensé.

  • Pues soy yo, dije con cara de resignación.

Y entré para que me extrajesen la muela.

La excusa

ventana-lluvia

El cuchillo resbaló y le produjo un corte en el dedo de su mano izquierda.

Dejó la zanahoria que estaba cortando y se apresuró a tapar la herida con un trapo limpio de la cocina. Pasados unos segundos, lo destapó y echó un vistazo al corte. No era profundo, pero sangraba.

Volvió a ejercer presión sobre su dedo herido mientras miraba distraída por la ventana de la cocina. Estaba nublado, gris y había una extraña calma en el cielo, una calma inquietante. Era como el presagio de algo.

Volvió a mirar hacia el corte, esta vez sin destapar la herida. Pensó en echarse a llorar. El corte era una buena excusa para soltar lo que había estado reprimiendo durante meses. Un torrente de sentimientos reprimidos se convirtieron, poco a poco, en un reguero de lágrimas.

Se sentía estúpida. No había soltado toda aquella tensión durante los meses anteriores y ahora, que todo había pasado, lloraba por un insignificante corte que ni le dolía. Lloraba con desesperación, sin poder reprimir ni un sollozo.

Ella sabía que el corte era tan solo una excusa para algo que llevaba tiempo necesitando, aguantando, tapando con falsas sonrisas, con agotadas fuerzas, un vaso que dejó que se llenase durante demasiado tiempo, conscientemente, sólo porque no era el momento.

Las circunstancias que acontecían en ese pasado tan cercano no dejaban tiempo para llanto alguno. Ahora sí lo había. Era el momento de llorar por un corte, por la caída de la hoja, por un cielo demasiado gris, por nada. Simplemente, era el momento de llorar.

No tenía ni idea de cómo había logrado no sentir nada durante ese aluvión de acontecimientos que sí se merecían llantos infinitos. Sin embargo, sentía que era la ocasión de soltar aquellas lágrimas para que resbalasen por su alma hasta poder sentir que le estaba permitido respirar de nuevo.

Ana apareció en la cocina y le preguntó asustada por qué motivo lloraba de forma tan desesperada.

–  Me he cortado con el cuchillo.

Su amiga se acercó para mirar la herida y le lanzó una mirada de reproche.

– Eso no es nada. No entiendo que llores por algo tan pequeño después de lo que ha pasado. Eres una niña mimada, siempre lo has sido.

María se volvió hacia ella y le contestó.

– ¿Tú crees? ¿Me has visto llorar una sola vez durante los meses pasados cuando no había lugar para la esperanza, cuando todo se hundía, cuando sólo había tiempo para detener esa angustia del que espera, la angustia del que es golpeado una y otra vez sin compasión hasta que el cuerpo no tiene fuerzas para recibir más golpes, sacudido hasta que dejas de sentir?

Ana se quedó muda, mirándola fijamente.

– Pues, ahora que ha pasado, he decidido llorar hasta que me apetezca, porque ya puedo, porque tengo derecho a llorar, incluso a gritar hasta destrozar mi garganta y los oídos de quien me escuche y también a protestar hasta que me sangre el alma. En cambio, tú sólo tienes derecho a callarte y podrías intentar entender por qué un simple corte ha desatado esta tormenta en mí.

Crimen y castigo

Tony-Vito

Imposible cenar contigo si no fotografiabas el plato que ibas a comer.

Un recuerdo de nuestra cena, pensaba yo entonces… hasta que lo ponías en Facebook.

Tristes eran los postres cuando observabas desolado que tenías un solitario “me gusta”. No se puede vivir para los “me gustas” de Facebook. Suele convertirse en algo trágico.

Sin embargo, los bogavantes te salían de unos colores fantásticos, he de reconocerlo. Claro que no podía ser de otra manera, porque si no te habías comprado el último iPhone que estaba a la venta no te atrevías a sacarlo del bolsillo. A ver si el camarero iba a pensar que no te lo podías permitir.

Cuando me decías que habías adelgazado unos treinta kilos porque habías pagado uno de los mejores hoteles expertos en adelgazamiento, de esos que preparan tu cuerpo con comidas regulares, paseos a ciertas horas y tiempo para la meditación, la verdad es que no mentías del todo. Me han dicho que la cárcel donde estuviste, tenía estas prestaciones.

Desde luego, a ti te había dado un aspecto bastante mejor. El que te hubiesen prohibido el alcohol y no te dejaran tomar hamburguesas a altas horas de la noche mientras veías, embelesado, películas de matones y mafiosos, a los que emulabas por las mañanas inventando alguna estafa por Internet… ¿Cómo llamabas tú a eso…? !Ah, sí, ya recuerdo! Ser empresario. En cierta manera tenías razón, creo que Vito Corleone tenía negocios parecidos y Tony Soprano también, sólo que él era mucho más simpático.

Siento haberte cortado el grifo de “emprendedor”, es todo un desperdicio, lo sé. Pero me enfadaba que dejases a tantas familias en la calle con tus estafas y cuando me enteré… En fin, siempre he sido mala para los “negocios”, hasta tú me lo decías.

Ahora con los treinta kilos otra vez a cuestas, y la poli pisándote los talones, se ha vuelto más difícil lo de los viajes, el champán y los spas.

Tu error fue pensar que las rubias éramos todas tontas.

Ahora el bogavante me lo voy a tomar yo, pero no voy a sacarle fotos, no vaya a ser que no me pongan un “me gusta” en Facebook y pase mala tarde.

Uno de tantos

Justicia 2

¡Debiste ceñirte a la primera versión!

¿Por qué dejaste que ese médico escribiera ese informe sobre tu mierda de dedo? ¡Eres una estúpida!

Si no hubieras ido a verlo, ni hablado por un dedo roto, tu mierda de dedo…

El juez, lo absolvió, basándose en que había sido tan solo una pelea. Ni siquiera influyó en él, ni en la fiscal o demás mujeres de la sala que ella apenas pudiera tenerse en pie después de su operación.

Supongo que todos ellos saldrán a la calle con algún lacito en cuanto la maten.

El doctor Calma

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Cada vez que ella entraba en el despacho del doctor Calma sentía de todo, menos eso.

Por regla general, él se encontraba sentado de perfil mirando febrilmente hacia la pantalla de su ordenador y tecleando con una sospechosa ansiedad.

En apariencia, podría decirse que se trataba de un hombre distraído, ocupado, metido en sus informes médicos y que apenas oía lo que ocurría a su alrededor. Un hombre de cincuenta y tantos, forzando una meditada apariencia juvenil.

Ella se sentó en un sillón marrón frente a él y saludó cortesmente, como solía hacer. Tras sus repetidas visitas, había algo que la hacía sospechar que, de ninguna manera, debía excitar a este doctor y mucho menos lo haría en un día tan anunciado como era aquel.

Él no respondió al saludo de la joven con el fin de parecer más ocupado.

Resignada, se dedicó a observar en silencio las pulseras de colores que llevaba, sus gafas de pasta, siempre a juego con su indumentaria y sus dos anillos en un dedo de la mano derecha.

Esperaba resultados y aunque sus nervios poco más podían aguantar, no encontraba otra solución.

Pasado un rato, que a ella le pareció como si le hubiesen hecho leer el Quijote dos veces, él dejó de escribir. Agitó un par de veces sus, ya escasos rizos teñidos de un castaño oscuro, para mirarla a los ojos y espetarle:

–  Dime.

Ella atónita no pudo pronunciar palabra hasta pasados varios segundos, tras los cuales se atrevió a pronunciar:

– La cita con usted era hoy ¿no?

Él médico, que había insistido infinitamente sobre la importancia de acudir a dicha cita, le respondió con aparente enfado:

– Estás muy bien, estás muy bien, ¿Qué quieres que te diga?

Su tono estaba teñido de un aire de reproche muy extraño para dar la buena noticia. Sobre todo, porque le había asegurado,  basándose en su larga experiencia y sin mirar análisis alguno, que ella estaba muy mal, pero que muy mal y que todo el proceso de su enfermedad pintaba mal. Elucubraciones que tuvieron a la pobre muchacha en un sinvivir durante casi quince días. Y ahora, él le reprochaba, primero estar buena, y segundo, que no estuviese enterada de los resultados de sus análisis, motivo de la ansiada consulta, antes que él y que el propio hospital.

– No sé qué quieres. La enfermedad remite – añadió bastante contrariado

– ¿Querrá matarme? – Se atrevió a pensar ella.

La joven no entendía por qué le gritaba con tanta saña y se debatía entre su estado de alivio y su estado de estupor. No estaba muy segura de si debía indagar más acerca de su mejoría, ya que a los largo de las consultas con este mismo especialista, se había percatado de estas extravagantes reacciones, que le llevaron a concluir que era él, el que tenía alguna patología, pero no física. Por tanto, prefirió dejarlo así y sonreír.

Al terminar la consulta, se levantó y, para sorpresa de ella, él hizo otro tanto, para acercarse a ella y con ese estudiado aire deportivo y juvenil le dio dos besos en las mejillas.

–  Y no vuelvas a interrumpir más el tratamiento – le dijo con voz de reproche al oído.

Ahí, ella sí estuvo tentada de contestar a semejante provocación. Sintió unas ganas casi irreprimibles de replicarle que jamás había interrumpido el dichoso tratamiento.

– ¿Me habrá confundido con otra? ¿Estará mezclando las medicinas? No deberían dejarlo suelto. Es peligroso – No pudo evitar pensar.

Sensatamente, volvió a morderse la lengua, pues sabía que no debía llevar la contraria a nadie en ese estado de paranoia.

Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta, escuchó la última frase de aquel eminente médico vestido de quinceañero.

–  Y te voy a trasladar de hospital. No quiero que te quede tan lejos de casa.

Los ojos de la joven se abrieron como platos. Ahora no entendía por qué esas ansias por deshacerse de ella sin aparente motivo, a no ser que se hubiese dado cuenta de que la estaba matando y no quisiese asumir su responsabilidad.

Él regresó a su mesa para volver a refugiarse tras la pantalla de su ordenador mientras decía:

–  Me mata esta burocracia, pero yo soy un luchador, un verdadero luchador, he ganado muchas batallas con la administración. Si yo te contara, podría contarte muchas cosas… – dijo volviéndose hacia ella con los ojos muy abiertos.

La joven abrió la puerta conteniendo su ansiedad por salir de allí. Y tras otra de sus silenciosas sonrisas cerró la puerta con suavidad.

Una vez fuera, cerró los ojos con un alivio inusitado. Después, suspiró mirando hacia el pasillo que le permitiría librarse de aquello, cuando, sin quererlo, oyó comentar a dos enfermeras:

El doctor va a entrar ahora en quirógrafo y ayer le volvió a ocurrir lo mismo con otra chica a la que le iba a sacar una muestra para el laboratorio. Le pasó como las otras veces, no dejó de murmurar mientras probaba diferentes agujas con la pobre paciente, que estaba tumbada en la camilla sin atreverse ni a respirar. No me extraña, con comentarios como:

–  No puedo sacarte nada. Es inútil. Voy a probar en otro sitio. Nada. Esto es muy complicado, muy complicado. Está muy difícil, dame otra aguja, la del siete, la del ocho…

–  Pobrecilla, ¿Y al final qué pasó?

–  Pues que le tuvimos que darle la aguja para biopsias y, por si fuera poco, le sacó de más, tanto es así que ella, aunque la agarrábamos entre cuatro, tuvo un movimiento involuntario con una pierna y casi le saca un ojo.

Después de haber escuchado dicha conversación, si en su cabeza quedaba alguna duda sobre su veredicto, ésta se esfumó de un plumazo.

Con la firme decisión de salir de allí, se acercó a las enfermeras y les preguntó por el ascensor más cercano. Sin embargo, cuando ellas le indicaban hacia dónde ir, ella, ya se encontraba bajando de cuatro en cuatro las escaleras. Lo paradójico era que pensaba: calma, calma…

El interrogatorio

Sala interrogatorio

Interrogatorio realizado por un comisionado de la Gestapo a un prisionero de origen gallego.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?

Manolo: – ¿Cómo?

Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?

Manolo: -Depende.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Depende? ¿Depende de qué?

Manolo: – ¿Por qué lo quiere usted saber?

Comisionado de la policía alemana:¡Responda! Quiero saber quién y por qué se detonó ese dispositivo.

Manolo:  – ¡Ah…! Eso puede ser por cualquier cosa.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cualquier cosa? ¡Alguien lo ha planeado y quiero saber inmediatamente todos los detalles!

Manolo: – Vaya usted a saber. Una vez mi tía Rosario, que solía pasearse por el pueblo con su novio, que era primo del que tenía el quiosco más grande, fue acusada de que su novio había deslizado su mano desde el hombro, por el que la solía coger para pasear, hasta su pecho izquierdo. Una calumnia. Pues, lo de que alguien haya detonado algo en el sitio ese, puede ser otra calumnia. Nunca se sabe. La gente es muy mala. Detonar, se detonan tantas cosas…

Manolo recibía el trato característico de las SS y la Gestapo. Llevaba ya cuarenta y ocho horas sometido a un interrogatorio interminable, acompañado de intimidaciones y amenazas. Pero aquello no parecía conmover lo más mínimo al prisionero.

Había llegado ya la hora de utilizar otro método, jugando con la sensación de aislamiento del cautivo y con su inseguridad psicológica.

Inmovilizaron a Manolo y comenzaron a dejar caer gotas de agua sobre su cabeza, de forma ininterrumpida y pausada.

Una gota de agua no parece un arma muy poderosa. No se espera que cause un gran dolor ni que sea dañina. Pero la sucesión de muchas de ellas, causa graves daños psicológicos.

Abandonaron a Manolo y dejaron que las incesantes gotas con su ruido acompasado cayesen una tras otra sobre su cabeza. Este método ya había vencido los nervios de muchos prisioneros.

Lo curioso era que por muchas horas que transcurrían con el caer del agua, Manolo no mostraba señales de que aquello le molestase en absoluto, ni tampoco de tener intención de confesar ni una sola palabra. Muy al contrario.

Aquello se extendió durante horas bajo un permanente estado de observación por parte de sus captores.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cómo es posible que no muestre a estas alturas alguna señal de flaqueza? Es muy raro. Nunca había presenciado tanta fortaleza. Déjenlo unas cuantas horas más. Debe de estar entrenado para este tipo de torturas.

Pasadas ya, no horas, sino días, un oficial de rango inferior se dirigió a su jefe con tono de preocupación: Señor, el detenido lleva dos días y ahora dice que la gota empieza a tener ritmo. Creo que está escribiendo una canción.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Una canción? No puede ser una canción. Seguramente ya no podrá más y estará escribiendo su confesión.

Oficial alemán: – Permítame que discrepe, señor. No creo que sea una confesión porque de vez en cuando tararea en alto y sigue el ritmo de la gota con el pie derecho.

Comisionado de la policía alemana (en pleno ataque de ira): – ¡Voy a entrar! ¡Abran la puerta!

Comisionado de la policía alemana: – ¡Dígame inmediatamente el nombre del grupo al que pertenece!

Manolo: -Pertenecer, pertenezco a Cambados.

Comisionado de la policía alemana: – ¡Ah! Lo sabía. La gota hora tras hora ha logrado taladrar su voluntad y al fin comienza a confesar ¡Explíquese! ¿Qué tipo de organización o grupo terrorista es esa llamada “Cambados”? ¡Y no juegue más conmigo o se arrepentirá! Dígame, ¿han sido ellos los que lo han entrenado? ¿Ha desarrollado usted su formación allí?

Manolo: – Podría decirse. Lo de las gotas éstas, es muy común allí en mi tierra.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cuánto hace que pertenece a ese grupo…“Cambados”?

 Manolo: – ¡Uy! Desde siempre.

 Comisionado de la policía alemana: – ¿Dónde se encuentra?

 Manolo: – Cambados se encuentra en la margen izquierda de la ría de Arousa, ¿Sabe que está considerado como la capital del Albariño? Un vino con mucha fama que elaboramos yo y mis paisanos a partir de cepas que fueron traídas de Renania en el siglo XII. Lo cultivamos de forma artesanal en pequeñas terruños que unos tienen aquí y otros allá, a veces ni se sabe dónde están los lindes. Suele haber muchas disputas vecinales por ellos que, a veces, acaban bastante mal. Hay muchos vecinos con mala leche pero, en general, nos vamos arreglando. Bueno, como le decía, el Albariño está catalogado entre los mejores blancos de Europa. No es que quiera faltarle a usted, señor oficial, aquí tienen buenos blancos, pero ni comparación con el nuestro.

 Comisionado de la policía alemana:  – ¿Y dice usted que es bueno ese vino?

 Manolo:  –  Decir “bueno” es quedarse corto y si lo acompaña de unos pimientos de Padrón o una tapita de pulpo, no vuelve usted a acumular tanta tensión como la que tiene con este trabajo suyo, con tanto grito y tanta orden. Si hasta tiene usted mala cara. Ya lo decía mi tío Ambrosio, hay que saber relajarse y él vivió hasta los ciento cinco años años.

Comisionado de la policía alemana: –  Ciento cinco años años son muchos años… buenos genes.

Manolo: Ya le digo y el Albariño que ayuda mucho.

Comisionado de la policía alemana:  – ¿Cree de verdad que tengo mala cara? ¿Podría, quizá, conseguirme unas botellas de ese vino?

Manolo:– Poder es posible que se pueda. Depende.

Comisionado de la policía alemana: (sentándose en una silla y echándose a llorar):

– ¿Depende de qué?

 

La abeja

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Escuchó un zumbido ronco y penetrante. Miró a su alrededor. La sala parecía vacía y tranquila. Torció la cabeza y siguió golpeando el teclado de su ordenador.

Sin embargo, aquel aterrador zumbido regresó a sus oídos. Se levantó de la silla y miró hacia el blanco techo. Allí estaba. Jamás había visto ante sus ojos una abeja de semejante tamaño. No lo entendía, no era verano, ¿Por dónde había entrado? Entonces recordó haber dejado la ventaba parcialmente abierta durante la media hora que bajó a la calle.

Sintió terror, pues no tenía ningún tipo de spray con el que luchar contra aquel bicho. Y a ella le daban terror los bichos, sobre todo de ese tamaño.

Miró a su alrededor, pensando cómo podía deshacerse de aquella bola peluda, que pronto daría con ella y le picaría. Su pulso se iba acelerando a medida que  los pensamientos se agolpaban en su mente. Recorrió la casa en busca de algo que pudiera servirle. Miró a las servilletas de papel de la cocina. Ridículo. Aquel bicho peludo le atravesaría la mano con su aguijón.

Aterrada, se fue a Internet para comprobar el saldo de su cuenta bancaria. No podía pensar con claridad. El terror le impedía razonar de forma lógica.

Descolgó el teléfono y llamó al hotel de cinco estrellas que había justo enfrente de su casa.

– Buenas tardes, me gustaría reservar una habitación para esta noche.

Un pensamiento súbito la detuvo.

– Un momento, por favor.

Con las gotas de sudor resbalando por su frente y la mirada siempre en los vuelos cada vez más rápidos y agresivos de aquel insecto, se acercó, aterrada a su ordenador y escribió en Google:

“Esperanza de vida de las abejas”

Google le espetó la respuesta: “Al igual que ocurre con las avispas, el ciclo de vida de las abejas depende, principalmente, del tipo de abeja. Las abejas obreras viven una media de 45 días, una abeja reina vive de 3 a 5 años.”

Angustiada, volvió a coger el teléfono.

– ¿Tienen alguna libre por un período de 45 días? Quería hacer una reserva urgente , después de ese tiempo, si mi problema no se ha solucionado, me iré de viaje.

El patio interior

Hombre patio interior

Sentado en su vieja silla con la sensación de haberlo perdido todo, de no haber vivido nada, empecinado en su intento por  escribir, simplemente por dejar algo tras su muerte.

Aferrado a un viejo ordenador, con los ojos fijos en una patio interior sombrío, húmedo y umbroso, mirando fijamente a la modesta, monótona y mustia ropa que cuelga la vecina de tercero. Forzando la escritura, sin poder escribir.

Si contase lo que siente y cómo ha llegado a esa situación de soledad extrema, no haría más que ponerse en evidencia, por lo menos, eso es lo él que piensa.

Podría contar historias sobre personas de su vida cotidiana, que forzosamente tendría que inventar, pues no ha hablado con nadie desde hace años.

Mucho tiempo atrás se había convencido a sí mismo, por pura fobia social, de falta de interés por nada, ni nadie. Una vez cultivado con persistencia este aislamiento, había logrado alcanzar la soledad más absoluta. Ahora, que ya era demasiado tarde, se daba cuenta de que no la quería.

Siempre había pensado que tendría tiempo. Tiempo para viajar, para conocer a gente que “mereciese la pena”.

No había querido entablar conversación alguna con el vecino al que le cuesta caminar y que da pasos pequeños hasta cruzar la acera para alcanzar la farmacia.

Tampoco le había interesado aquella  mujer que entra en el portal con los ojos clavados en el suelo y un par de libros bajo el brazo, aquella que aquel día de junio, quiso contarle algo sobre los muchos países en los que había vivido y la razón por la que había regresado.

Él pensaba que su inspiración le vendría sin mirar a las personas, sin conocer situaciones, pasando por la vida  en una larga espera para que llegase algo que nunca había sabido definir bien lo que era. Una vida entera sin actuar, sin hablar, sin moverse de su diminuto piso, rechazando invitaciones, levantando un muro difícil de derribar.

Y ahora era demasiado tarde. Se había convertido para los demás en una silueta, una sombra que salía del portal, no lo veían, ni lo saludaban.

Mientras tanto, él sigue pasando las tardes delante de una cuartilla vacía, levantando la cabeza de vez en cuando hacia el patio interior húmedo y vacío, aunque ya sabe, que no hay nada más que pueda esperar.

Asuntos de sangre

Asuntos de sangre

Esperaba por él sentado en el bar de siempre, con los ojos hundidos en la copa casi vacía. Se sentía enfadado consigo mismo porque se había prometido que no le iba a prestar dinero una sola vez más. Sin embargo, había vuelto a acceder a su petición de ayuda. Probablemente, si no se hubiera quedado sin padres a los pocos meses de nacer, no sentiría este vínculo tan fuerte con su hermano, al que, sin embargo, hacía solo un par de años que conocía.

 

Thomas apareció tarde y corriendo, como era su costumbre. Nervioso, se sentó en la barra junto a él. Lucas levantó la mirada y pidió que les sirviesen dos copas. Su hermano no cesaba de hablar de sí mismo, en una especie de verborrea imparable en la que enlazaba un problema con otro, detallando sus deudas de juego y lo que le pasaría si no las saldaba. Agradecía lo que su hermano, que seguía con la mirada perdida en algún punto de la de barra de madera del bar, estaba a punto de hacer: darle el dinero.

 

Sólo que esta vez, si lo hacía, jamás volvería a recuperar su vida, pues el dinero que le iba a entregar era el único del que disponía. “Me he visto obligado a pedir un préstamo al banco para hacer esto por ti, pero ya no puedo asumir ni ese pago mensual”, dijo a su hermano como quien explica que está condenado a muerte. “Es sólo dinero. Ya saldrás adelante”, replicó Thomas sin darle mucha importancia.

 

Sin tan siquiera volver la cabeza para mirarlo y con la absoluta certeza que proporciona la desilusión, entregó el sobre. No pasaron ni minutos antes de que su hermano Thomas abandonase el local con grandes prisas.

 

No volverían a verse. Lucas, iba a terminar con todo, con una existencia que resultaba imposible, porque estaba convencido de que el hueco de deudas sin fin de su hermano crecería hasta que un día lo matasen sin que él pudiese evitarlo. Pero ya no podía hacer nada más por él, ni tampoco por sí mismo, ambos habían sido arrastrados por el mismo destino cuando sus vidas se cruzaron y a causa de un estúpido vínculo sanguíneo al que jamás debió someterse.

 

Antes de haber tomado la decisión, lo había intentado todo, reducir gastos, como dejar de comer fuera, algo que le gustaba ya que vivía solo. También se había visto obligado a controlar sus salidas al cine, uno de sus mayores placeres tras las cenas. Tampoco podía comprarse ropa. Había vendido su flamante Porche y se había comprado un coche modesto de segunda mano, que ahora se caía a pedazos. Caminaba por la nieve con unos zapatos inapropiados que, en cualquier otra circunstancia de su vida, no habría dudado en substituir por otros nuevos. Pero ahora todo, hasta comer, era un lujo del que debía olvidarse.

 

Se sentía hastiado, preso de un cansancio más mental que físico. Había pensado en cambiarse de nombre y adoptar una personalidad falsa, pero no le quedaban fuerzas para ejecutar ningún plan, y estaba solo, sus amigos le habían demostrado que no lo eran, otro golpe, pues siempre había contado con favores exclusivos, así como con auténticas y extensas charlas sobre la amistad. Todo se había ido al garete en cuanto había dejado de frecuentar los lujosos restaurantes de los que era habitual y en los que las botellas de Möet & Chandon se abrían en cuanto traspasaba la puerta. Nunca se había percatado de que las facturas habían sido siempre a su cargo, ni tampoco de que las sonrisas eran fingidas. Ahora su vida se había oscurecido por la claridad con la que lo veía todo.

 

Había intentado jugar en el casino, pero no era lo suyo. En su desesperación, se había lanzado a probar cualquier cosa que pudiera alejar el yunque que sentía en el pecho y que no cesaba de ahogarlo. Había probado incluso con la cocaína, a la que se descubrió alérgico, ya que cada vez que la esnifaba sus ojos se llenaban de lágrimas y la respiración se le hacía difícil.

 

Mientras recorría las calles heladas teñidas de un gris desolador, un único pensamiento martilleaba su mente: el suicidio. No concebía otra solución. Lo haría al llegar a casa, puede que se ahorcase o que tomase pastillas o que abriese la llave del gas y se quedase dormido para siempre. Ya nada importaba.

 

Entró en un bar a tomar la última copa de su vida, un sitio oscuro y tétrico cuyo ambiente le hubiese causado terror en otras circunstancias. Quizá tuviese suerte y lo matasen allí mismo.

 

Después de varias copas, descubrió un pequeño cuarto al final de la barra que conducía a otra parte del local. No prestó mucha atención y desvió la mirada hacia el camarero para pagar con las únicas monedas que le quedaban. Entonces, un hombre musculoso, con tatuajes por todo el cuerpo, se acercó hasta él y le susurró varias frases al oído. Él se detuvo a pensar durante unos instantes, después lo miró y, segundos después, lo siguió hacia ese lugar escondido que conducía a un sótano aislado situado en la planta de debajo del bar.

 

Y allí comenzó el juego. Se sentó y sin pensárselo dos veces se puso la pistola en la sien. Estaba fría. Apretó el gatillo. Disparó sin pestañear y todos los hombres de la mesa doblaron su dinero. Su cara no reflejaba ningún tipo de emoción. Sin apenas inmutarse lo intentó de nuevo en aquel garito clandestino.

 

Cuando salió, parecía que había dejado de nevar pero aun así decidió ir a comprarse aquellos zapatos. Por si acaso. Llevaba en sus bolsillos más de veinte mil euros.