El patio interior

Hombre patio interior

Sentado en su vieja silla con la sensación de haberlo perdido todo, de no haber vivido nada, empecinado en su intento por  escribir, simplemente por dejar algo tras su muerte.

Aferrado a un viejo ordenador, con los ojos fijos en una patio interior sombrío, húmedo y umbroso, mirando fijamente a la modesta, monótona y mustia ropa que cuelga la vecina de tercero. Forzando la escritura, sin poder escribir.

Si contase lo que siente y cómo ha llegado a esa situación de soledad extrema, no haría más que ponerse en evidencia, por lo menos, eso es lo él que piensa.

Podría contar historias sobre personas de su vida cotidiana, que forzosamente tendría que inventar, pues no ha hablado con nadie desde hace años.

Mucho tiempo atrás se había convencido a sí mismo, por pura fobia social, de falta de interés por nada, ni nadie. Una vez cultivado con persistencia este aislamiento, había logrado alcanzar la soledad más absoluta. Ahora, que ya era demasiado tarde, se daba cuenta de que no la quería.

Siempre había pensado que tendría tiempo. Tiempo para viajar, para conocer a gente que “mereciese la pena”.

No había querido entablar conversación alguna con el vecino al que le cuesta caminar y que da pasos pequeños hasta cruzar la acera para alcanzar la farmacia.

Tampoco le había interesado aquella  mujer que entra en el portal con los ojos clavados en el suelo y un par de libros bajo el brazo, aquella que aquel día de junio, quiso contarle algo sobre los muchos países en los que había vivido y la razón por la que había regresado.

Él pensaba que su inspiración le vendría sin mirar a las personas, sin conocer situaciones, pasando por la vida  en una larga espera para que llegase algo que nunca había sabido definir bien lo que era. Una vida entera sin actuar, sin hablar, sin moverse de su diminuto piso, rechazando invitaciones, levantando un muro difícil de derribar.

Y ahora era demasiado tarde. Se había convertido para los demás en una silueta, una sombra que salía del portal, no lo veían, ni lo saludaban.

Mientras tanto, él sigue pasando las tardes delante de una cuartilla vacía, levantando la cabeza de vez en cuando hacia el patio interior húmedo y vacío, aunque ya sabe, que no hay nada más que pueda esperar.

Asuntos de sangre

Asuntos de sangre

Esperaba por él sentado en el bar de siempre, con los ojos hundidos en la copa casi vacía. Se sentía enfadado consigo mismo porque se había prometido que no le iba a prestar dinero una sola vez más. Sin embargo, había vuelto a acceder a su petición de ayuda. Probablemente, si no se hubiera quedado sin padres a los pocos meses de nacer, no sentiría este vínculo tan fuerte con su hermano, al que, sin embargo, hacía solo un par de años que conocía.

 

Thomas apareció tarde y corriendo, como era su costumbre. Nervioso, se sentó en la barra junto a él. Lucas levantó la mirada y pidió que les sirviesen dos copas. Su hermano no cesaba de hablar de sí mismo, en una especie de verborrea imparable en la que enlazaba un problema con otro, detallando sus deudas de juego y lo que le pasaría si no las saldaba. Agradecía lo que su hermano, que seguía con la mirada perdida en algún punto de la de barra de madera del bar, estaba a punto de hacer: darle el dinero.

 

Sólo que esta vez, si lo hacía, jamás volvería a recuperar su vida, pues el dinero que le iba a entregar era el único del que disponía. “Me he visto obligado a pedir un préstamo al banco para hacer esto por ti, pero ya no puedo asumir ni ese pago mensual”, dijo a su hermano como quien explica que está condenado a muerte. “Es sólo dinero. Ya saldrás adelante”, replicó Thomas sin darle mucha importancia.

 

Sin tan siquiera volver la cabeza para mirarlo y con la absoluta certeza que proporciona la desilusión, entregó el sobre. No pasaron ni minutos antes de que su hermano Thomas abandonase el local con grandes prisas.

 

No volverían a verse. Lucas, iba a terminar con todo, con una existencia que resultaba imposible, porque estaba convencido de que el hueco de deudas sin fin de su hermano crecería hasta que un día lo matasen sin que él pudiese evitarlo. Pero ya no podía hacer nada más por él, ni tampoco por sí mismo, ambos habían sido arrastrados por el mismo destino cuando sus vidas se cruzaron y a causa de un estúpido vínculo sanguíneo al que jamás debió someterse.

 

Antes de haber tomado la decisión, lo había intentado todo, reducir gastos, como dejar de comer fuera, algo que le gustaba ya que vivía solo. También se había visto obligado a controlar sus salidas al cine, uno de sus mayores placeres tras las cenas. Tampoco podía comprarse ropa. Había vendido su flamante Porche y se había comprado un coche modesto de segunda mano, que ahora se caía a pedazos. Caminaba por la nieve con unos zapatos inapropiados que, en cualquier otra circunstancia de su vida, no habría dudado en substituir por otros nuevos. Pero ahora todo, hasta comer, era un lujo del que debía olvidarse.

 

Se sentía hastiado, preso de un cansancio más mental que físico. Había pensado en cambiarse de nombre y adoptar una personalidad falsa, pero no le quedaban fuerzas para ejecutar ningún plan, y estaba solo, sus amigos le habían demostrado que no lo eran, otro golpe, pues siempre había contado con favores exclusivos, así como con auténticas y extensas charlas sobre la amistad. Todo se había ido al garete en cuanto había dejado de frecuentar los lujosos restaurantes de los que era habitual y en los que las botellas de Möet & Chandon se abrían en cuanto traspasaba la puerta. Nunca se había percatado de que las facturas habían sido siempre a su cargo, ni tampoco de que las sonrisas eran fingidas. Ahora su vida se había oscurecido por la claridad con la que lo veía todo.

 

Había intentado jugar en el casino, pero no era lo suyo. En su desesperación, se había lanzado a probar cualquier cosa que pudiera alejar el yunque que sentía en el pecho y que no cesaba de ahogarlo. Había probado incluso con la cocaína, a la que se descubrió alérgico, ya que cada vez que la esnifaba sus ojos se llenaban de lágrimas y la respiración se le hacía difícil.

 

Mientras recorría las calles heladas teñidas de un gris desolador, un único pensamiento martilleaba su mente: el suicidio. No concebía otra solución. Lo haría al llegar a casa, puede que se ahorcase o que tomase pastillas o que abriese la llave del gas y se quedase dormido para siempre. Ya nada importaba.

 

Entró en un bar a tomar la última copa de su vida, un sitio oscuro y tétrico cuyo ambiente le hubiese causado terror en otras circunstancias. Quizá tuviese suerte y lo matasen allí mismo.

 

Después de varias copas, descubrió un pequeño cuarto al final de la barra que conducía a otra parte del local. No prestó mucha atención y desvió la mirada hacia el camarero para pagar con las únicas monedas que le quedaban. Entonces, un hombre musculoso, con tatuajes por todo el cuerpo, se acercó hasta él y le susurró varias frases al oído. Él se detuvo a pensar durante unos instantes, después lo miró y, segundos después, lo siguió hacia ese lugar escondido que conducía a un sótano aislado situado en la planta de debajo del bar.

 

Y allí comenzó el juego. Se sentó y sin pensárselo dos veces se puso la pistola en la sien. Estaba fría. Apretó el gatillo. Disparó sin pestañear y todos los hombres de la mesa doblaron su dinero. Su cara no reflejaba ningún tipo de emoción. Sin apenas inmutarse lo intentó de nuevo en aquel garito clandestino.

 

Cuando salió, parecía que había dejado de nevar pero aun así decidió ir a comprarse aquellos zapatos. Por si acaso. Llevaba en sus bolsillos más de veinte mil euros.

Momentos en la jaula

 

 

Momentos en la jaula

Ella se saca los pantalones y se queda con las piernas descubiertas.

Cansada de mojarse los pechos y la blusa para ducharlo y de sus quejas cada vez que lo toca con las manos heladas, esta vez se le ha ocurrido cubrirse con una chaqueta.

Lo agarra para que se sienta más seguro y se tapa ambas manos con las mangas de lana para que él no note el frío.

Una vez que el agua de la ducha empieza a fluir, se remanga hasta los codos y comienza a lavarlo.

Él apenas se sostiene y se agarra con fuerza a la tubería de metal que sostiene la cabeza de la ducha.

Él disfruta del agua caliente mientras las piernas de ella, al igual que parte de la lana que cubre sus pechos se mojan hasta quedar empapada. No importa, ocurre a diario. Es otra cosa más en un mar de tantas otras.

Escucha cada cinco minutos como él le dice que le siguen gustando mucho sus piernas.

Ella sonríe.

Un ritual diario. Pesado. Monótono.

El ritual de cuidar de alguien día tras día, excepto las horas en que a él se lo llevan.

Horas ocupadas por prisas. Horas que se escapan demasiado rápido por mucho que ella intente retenerlas, que se van tan deprisa como el agua de la ducha entre sus manos.

Tiempo que, de tanto querer apurar, casi siempre acaba desperdiciando.

Y luego vienen las horas de encierro. Ese tiempo vacío que ella le regala. Tiempo de vida en el que ella muere un poco por él.

Tras un pasado plagado de años de hielo entre ambos, los mismos que ahora se ríen como dos adolescentes metidos en esa ducha diaria. A veces se ríen con ganas, otras sólo lo hacen conscientes de lo grave de la situación, en un desesperado intento de obviarla. De nada sirve no reírse. De nada sirve ya nada.

Y él que sigue mirándole las piernas después de tantos años de silencio.

Hace años que debió haberle confesado que aún le gustaban.

Una bofetada contra el asfalto

Una bofetada contra el asfalto

 

Estaban a punto de cruzar la calle.

El marido, moreno, bajo y gordo, agarraba de la mano a su delgada alta y rubia mujer que lucía una melena estratégicamente ondulada por manos expertas y que se hallaba pendiente de su cuidado aspecto, al que dedicaba horas.

Una niña de unos cinco años jugaba entre los pantalones de su madre y, de vez en cuando, se metía entre las piernas de su progenitor, el cual, a duras penas, podía mirarla sin fruncir el ceño y ordenarle que se estuviese quieta.

La madre iba vestida con ropa de marca de una calidad y precio excepcionales. Y según parecía, se sentía orgullosa de llevar a su lado a quien, sin duda, pagaba sus elevados gastos.

Guapa como era, había tardado demasiado tiempo en casarse y, tras muchos esfuerzos, lo había conseguido.

Los tiempos en los que se había visto obligada a salir sola o acompañar a amigas que ya habían pescado marido, pertenecían al pasado. Ya no hacía falta que dulcificase su tono al hablar para caer bien. Ahora, ya era una mujer casada y no necesitaba esforzarse más. Podía, por fin, descansar.

La niña era feliz correteando mientras la luz de aquel semáforo no daba paso a la pareja.

De pronto y sin mediar palabra, en un rapto de genio incontenido, la mano de él se posó violentamente en el rostro infantil de su hija. Y, en unos segundos, la cara de la criatura golpeó el duro asfalto. El cuerpo de la pequeña había sido arrastrado al suelo bajo el poder de aquel violento manotazo de odio desmedido que el hombrecillo no pudo, o no quiso, reprimir.

Se oyó un alarmante grito de dolor de la niña, que rompió a llorar al sentir la fuerza del duro asfalto sobre su cara. A causa del manotazo se había quedado tumbada en mitad de la acera. En su desesperación, levantaba sus brazos hacia su madre en un gesto de súplica, intentado que la cogiese entre sus brazos.

Él se disculpaba con su mujer, diciéndole que la niña lo había provocado ya que no dejaba de moverse.

Normal, las niñas de cinco años suelen mantenerse quietas, comportarse como estatuas de sal, raro es que jueguen y molesten.

La madre miraba al frente sin mover un músculo aunque el terror se podía leer claramente en su rostro.

Parece que, el gordo piernicorto, no sólo perdía los estribos con la niña, pues la reacción normal de una madre hubiese sido levantarla inmediatamente de la acera para comprobar que no se había abierto la cabeza.

Claro que, es de muy mala educación hacer gestos innecesarios en público y además, si te decantas por ayudar a tu hija, ¿quién te va a pagar la ropa en primavera?

Mi nuevo libro “Historias para antes de dormir”

Hoy me gustaría comunicaros que mi libro “Historias para antes de dormir” ya está disponible en formato electrónico en Amazon Kindle.

El libro consta de una selección de mis entradas más populares que van desde el humor, el suspense, la hipocondría, las reflexiones o los sentimientos.

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Espero que lo disfrutéis.

Un saludo a todos y gracias por vuestro incondicional apoyo desde que empecé a escribir este blog.

El abismo

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Se incorporó rápidamente y miró a su alrededor. Estaba demasiado oscuro para alcanzar a ver nada. Dio unos pasos hasta que comenzó a notar que la tierra se ablandaba bajo sus pies.

Se arrodilló y comenzó a palpar con las manos hasta que una de ellas, no rozaba nada semejante a la tierra en la que se apoyaba la otra.

En un esfuerzo supremo por vislumbrar algo en una noche tan oscura, y aún temblando tras el accidente, pudo ver un enorme agujero a tan solo unos centímetros de sus rodillas.

Se asomó al borde de un precipicio. Un agujero abismal aún más oscuro que la noche en la que se encontraba preso.

Se alejó cuanto pudo y volvió a ponerse en pie. Estaba desorientado.

La luz de la luna comenzó a alumbrar con tenues rayos una especie de sendero que parecía hallarse a kilómetros de distancia. Nada, excepto esto, servía como punto de referencia, ni un árbol, ni una casa, ni una persona…

Trató de escuchar algún ruido de los muchos que existen en la noche, pero sólo oyó el viento en sus oídos. Lo que le produjo una sensación de soledad que casi no recordaba.

No sabía si había supervivientes, aunque era bastante improbable.

Un deseo violento y repentino de volver corriendo al camino se apoderó de él. Al mismo tiempo, se palpó suavemente el móvil en el bolsillo del pecho. Un absurdo pensamiento se coló en su mente y lo intentó. Sin señal.

Empezó a caminar para intentar acercarse al sendero y alejarse del abismo.

Curiosamente, no sentía vértigo, una sensación que sí se había apoderado de él en aquella ridícula y vieja avioneta en la que los habían trasladado.

Tuvo la prudencia de no mirar a la derecha, pues allí se hallaba el temido borde, de bajada constante y empinada.

La monotonía de sus pasos lo llevó a un estado mental no muy diferente al que lo había llevado la conferencia escuchada el día anterior. Un viaje tan lejano para escuchar a alguien que no había dicho nada. Absolutamente nada, en una de esas charlas repetidas hasta la saciedad en la que, los diversos conferenciantes, sólo se dedican a pasarlo bien a costa de la institución que los envía.

Ese hastío constituía la mejor arma para luchar contra el miedo. No sabía si prefería perderse para siempre en esas llanuras luchando por su vida, rodeado de un oscuro abismo, o si regresar al vacío del abismo en el que hacía años se había convertido su vida.

Había caminado ya un buen trecho de la gigantesca llanura y, ahora, la luna, que estaba justo encima, daba la luz suficiente.

Podía ver ya claramente el camino terroso que lo conduciría de nuevo a la civilización y sus conferencias.

Giró la cabeza y miró los pasos que lo separaban del enorme abismo al que había estado a punto de caer. Miró hacia la enorme luna que pendía de un cielo plagado de sonrientes estrellas.

Y regresó sobre sus pasos para encaminarse, de nuevo, al abismo sin perder de vista la suave luz de la luna.

En tierra de nadie

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Roger destapó el tarro de café y comprobó que no quedaba mucho.

Mientras esperaba a que la máquina preparase lo único que podía servirle de alivio en aquel momento, se sentó en la mesa de madera de la cocina. La mesa de las crisis y las crisis eran siempre con café. Sólo que ella solía estar presente en ellas y ahora ya no estaba.

Era noviembre. Una mañana difícil de sortear, aún para un hombre como él que había sobrevivido a muchas mañanas durante cincuenta y ocho años.

Hacía dos meses ya que ella lo había abandonado y noviembre era una de las pocas cosas que llegaban. Y después de noviembre, diciembre, enero y un mes se confundiría con otro en medio de su absurda existencia. Una vida en tierra de nadie.

Se levantó con la mirada perdida para servirse una taza de aquel negro brebaje que le recordaba las charlas en la cocina. Recuerdos era todo lo que le quedaba. Su vida se había vaciado de un plumazo, de la noche a la mañana y él no podía mirar más que hacia el pasado. El presente era borroso y solitario. No había motivo para la lucha sin que ella estuviese con él.

Y, sin embargo, sabía que él había sido el único culpable de esa marcha. Sus errores habían desembocado en aquella situación que era lo último que hubiese esperado. Nunca sabes cómo van a reaccionar las personas, por mucho que las conozcas.

Hace años ella se hubiese quedado, pero ahora no. Si algo le producía pavor a su mujer es perder su vida en una lucha inútil y él con sus toscas palabras le había demostrado que lo era.

Antes él desconocía que las palabras podían cambiar la vida de dos personas de una forma tan radical, tan sangrante.

Un hombre que había temido a cuchillos y a balas, pero nunca a las palabras, por eso no las había respetado. Se había saltado todas la reglas. Había dicho frases que ningún hospital podía curar. Y así, había matado de un solo golpe el amor que ella sentía por él.

Su imprudencia al expresarse lo había dejado allí, en esa casa vacía, sentado ante esa sólida mesa de madera, solo ante una taza de café, en medio de una cocina que una vez había estado llena de vida, planes y sentimientos.

Siempre se puede hablar. Se puede hablar de todo, pero no se puede disparar a matar e intentar olvidarlo. Hay palabras que se clavan como estacas ardiendo en el corazón de las personas, palabras envenenadas, palabras hirientes que destruyen sin remedio.

Después de aquellas frases teñidas de veneno, ella no había respondido y él, en su ignorancia, había pensado haber ganado la batalla de una discusión absurda, sin saber que en realidad, había perdido la guerra.

La única guerra que hubiese merecido la pena ganar: Vivir junto a ella.

Obsesionado

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Había pocas cosas que no me gustasen de ella.

No podía dejar de observar su manera tambaleante de caminar sobre aquellos tacones inexplicables.

No me explicaba la crueldad de su rostro, ni la repentina aparición de su belleza al sonreír.

Me hechizaba el poder de atracción de cada uno de sus gestos.

Me obsesionaba pensar que se concentraba para decidir si me quería o no en su vida, si me prefería delgado, musculoso, callado o muerto.

Sé que no sabía si deseaba abadonarme.

Me atormentaba su escrupulosa mirada sobre cada unos de mis movimientos.

En realidad, no importaba porque hiciera lo que hiciera, no podía dejar de pensar en ella como un misterio que jamás alcanzaría a descifrar.

Desde que aquel día lluvioso y gris en aquella ciudad rota por disparos de guerras inútiles, no he dejado de morir por puro miedo a que un día me aparte de su vida y no volvamos a compartir esos pequeños bocados de existencia juntos.

No quiero volver a sentirme solo, furioso y desencantado en esas noches de alcohol y mañanas de resaca en las que me mantenía despierto cuando todo el mundo dormía.

Prefiero la agonía de cada minuto con ella.

El asesinato de James

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La verdad es que conocer a James era todo menos un placer.

Su personalidad mezquina y desordenada te invitaba a marcharte en cuanto le estrechabas la mano.

Se había criado en las calles y de ellas había aprendido todo y un poco más. No había agujero de las cloacas que no conociese y que no controlase.

Coincidí unas cuantas veces con él en el club en el que solía reunirme con viejos amigos y me gustaba observarle. Más que nada su aspecto vulgar, sus ademanes de mafioso que se notaban hasta en cómo sacaba el fajo de billetes que solía llevar en el bolsillo. Todos sus gestos atraían mi atención como si de un imán se tratase.

Era un tipo duro, sí lo era.

Las noches y aquel local eran lo suyo. Ese era el centro donde se cuajaban todas las decisiones o todas las venganzas.

El local era bastante atractivo, sobre todo por su música y su comida, pero cuando James aparecía, todo se convertía en una alcantarilla de la que sólo te apetecía escapar. Era imposible obviar su presencia.

La noche en que su mejor amigo, Loren, entró en el club empuñando un arma, todos dicen, que miraron hacia otro lado. Sonaron varios tiros y un extenso charco de sangre se extendió por el suelo. Sin embargo, la reacción de todos los allí presentes fue la misma, incluso la orquesta alzó el volumen de sus voces y los instrumentos sonaron con más intensidad.

Y James desapareció. La policía se sirvió de la versión falsa de los clientes del local. Procuró no ahondar en detalles que todo el mundo quería evitar escuchar. Y se cerró el caso. A nadie le importó el asesinato de James. El se había dedicado a ello durante toda su vida de mafioso, labrándose así una gran reputación como ganster.

Hoy, entre recuerdos y ginebra, la historia de James sigue recordándose, entre los que siguen acudiendo al local. Se habla de ella en el mismo tono  que si hablasen de lo que van a cenar.

Sin embargo, lo cierto es que desde que James no se pasea por las calles de la ciudad, la música suena más alegre y la comida sabe mejor.

La crisis

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Es media noche.

Las sábanas empiezan a pegarse a su cuerpo por el sudor.

Intenta no despertar a su mujer que duerme a su lado y se escabulle lentamente fuera de la cama hacia el sofá del salón.

Una vez allí, se sienta.

El calor dentro del apartamento es casi insoportable.

Es un piso alto y aunque el balcón está abierto no corre ni una brizna de aire.

Todo es sofocante, hasta sus pensamientos.

Sus ojos se clavan en una esquina del salón a la que mira fijamente, aunque sin verla.

Una de sus manos se desliza hacia el estómago que empieza a frotar despacio, intentando así deshacer el nudo que siente en él.

La misma sensación lleva acompañándolo desde hace días, desde que lo despidieron de su trabajo.

Sin embargo, antes de que eso ocurriese, su vida ya era absurda.

En mitad de la noche neoyorquina, en medio de una ciudad en la que jamás dejan de ocurrir cosas, él se siente como si se hubiese apeado de un tren en marcha en una estación. Y como si todo continuase sin él.

Por la puerta del salón y medio dormida, entra su mujer.

Preocupada, le pregunta qué está haciendo despierto a esas horas de la noche.

El calor…

Ella sabe que no es verdad.

Se arrodilla junto a él.

En medio de todo lo absurdo, ella es la única pieza que encaja en su vida.

Ella no puede evitar fijar su mirada en la mano que él mantiene sobre el estómago.

Los ojos inquietos de su mujer reclaman una respuesta.

Ella se preocupa aún más al ver que él se toca el pecho como si intentase aliviar algo que le molesta.

Está visiblemente nervioso y comienza a hablar casi sin pausas sobre lo absurdo que es todo.

Nada tiene sentido, más aún, es un complot del mundo contra ellos dos.

Su monólogo roza la locura.

Él habla sobre los años que lleva trabajando en la misma empresa, la misma que hace una semana lo ha dejado en la calle.

Recuerda las horas, los minutos, los segundos, no de trabajo, sino de vida, que les ha entregado.

El corazón de ella late algo más deprisa, consciente de que esa larga conversación es el principio de un cambio sin vuelta atrás.

Dispuesta a escuchar, se sienta en el sillón de enfrente.

Centra toda su atención en las palabras de su marido, en sus movimientos, escruta sus gestos para interpretar cuál es el alcance de la crisis de ansiedad que está presenciando.

De un salto, él se levanta y comienza a pasear en círculos concéntricos como si fuese una fiera enjaulada.

Sin resultado, ella intenta calmarlo hablándole suavemente.

Él no cesa de hablar y hablar sin apenas tomar aire.

Mira a su alrededor y sólo ve cosas inútiles, cosas que han comprado a los largo de los años, pero que sirven para poco. Cosas que creían formaban parte de lo que había que tener para alcanzar algo que tampoco ellos sabían lo que era.

Todos los meses, durante, casi, toda su vida ha ido a trabajar y ha comprado cosas, objetos inertes que están allí presentes y que no le sirven de nada.

Sólo el hecho de que lo hayan despedido, en ese espacio tan corto de tiempo, apenas una semana, en la que la vorágine diaria ha parado en seco, le ha permitido poder pensar.

No ha tenido que pelearse con el tráfico, ni con gente maleducada, egoísta, ni con claustrofóbicos ascensores que le producen ataques de pánico, tampoco con jefes tóxicos y acomplejados que odian su vida así como a sí mismos.

Todo ese huracán de insolidaridad que le rodeaba ha desaparecido.

Ha podido darse cuenta de que la vida que había comenzado, hace ahora veinticinco años con su mujer, no era lo que él quería.

Y probablemente, ella tampoco.

Y ahora, desde su apartamento en la planta once de la Gran Manzana ve que vive en una ratonera, en una colmena en la que los vecinos no se conocen y en las que las noches de verano se hacen interminables por el calor de la inmensa ciudad en la que, la huelga de basura, hace que el olor sea insoportable por muy alto que vivas.

Unos golpes en la pared de al lado paran en seco su diatriba, un discurso tan sensato como incoherente.

Ella lo entiende, lo escucha, tienen ese tipo de relaciones en que desde el primer momento han sido dos y en las que nada funciona siendo uno.

Los golpes en la pared de al lado no cesan. Son las cuatro de la mañana y los nervios se ven potenciados por ese insoportable calor del cuarto.

Sin pensarlo dos veces se dirige hacia la pared de los vecinos que parecen estar disfrutando de una pequeña fiesta.

Da dos golpes secos y fuertes, al hacerlo, dibuja dos grandes agujeros en el muro que son tan fuertes como el papel.

Después grita, pero consigue poco, pues el ruido de los vecinos es más fuerte que sus golpes.

Hace más calor, el dolor del pecho continua, la pared ahora tiene dos huecos por los dos puñetazos de su rabia incontenida.

Y él se encuentra más impotente que antes.

Se vuelve hacia su mujer con esa mirada perdida del que se encuentra hundido en medio de un mundo absurdo, inmerso en una pesadilla que ha elegido sin apenas darse cuenta.

Entonces ella se levanta, lo abraza y le susurra al oído que, a veces, es bueno caer para despertarse y comenzar de nuevo desde el principio. Desde el día en que te das cuenta de que una etapa de tu vida se ha terminado para siempre es cuando tienes la certeza de que prefieres arriesgar a quedarte donde estás.

Mañana empezaremos a construir otro mundo distinto a éste y lo haremos juntos, como siempre.

Ese día comenzó una crisis de ansiedad que duró meses y, después de mucho tiempo viviendo en la oscuridad, nació un escritor.