La cena

Ella entró tranquila y sonriente en el coche de su tío, así lo llamaba desde hacía años, aunque en realidad era un primo hermano de su padre, unos veinte años mayor que él.

Muchas veces cuando iban juntos ella y él, debido a la diferencia de edad, ella tenía veinticuatro, la gente pensaba que eran abuelo y nieta. Un abuelo de ochenta y tres años cumplidos.

Un aspecto que, por cierto, no reflejaba su verdadera edad. Era un hombre alto y robusto que procuraba caminar muy erguido, en su empeño por conservar el porte que en su juventud le había dado fama de conquistador entre las mujeres.

Al entrar en el coche que la esperaba a la puerta de su apartamento, él la saludo con una discreta sonrisa y después se dirigió al chófer para darle una dirección en francés.

Ahora ella vivía en un país extranjero y trabajaba en el sitio con el que había soñado en tantas ocasiones y aunque su sueldo consistía, en algunos billetes que su jefe y tío soltaba encima de su mesa cuando lo consideraba oportuno, estaba contenta de estar allí luchando por su sueño de trazarse una carrera internacional.

Por eso, todo era nuevo y emocionante para ella, y el hecho de salir a cenar fuera, toda una aventura. Y aunque, pasar más horas con su jefe no era el plan que más le apetecía, tenía que aprovechar las pocas ocasiones en las que podía cenar fuera.

La noche era fría, él llevaba un abrigo austríaco de lana, un abrigo muy distinto al de ella, bonito y comprado en Zara, pero cuya tela dejaba pasar más fácilmente el intenso frío.

El coche se puso en marcha enseguida cruzando la ciudad despacio. Ella miraba por la ventana observando ilusionada, pensando que cuando tuviese un empleo que se lo permitiese, invitaría a sus padres que la ayudaban todos los meses a subsistir en aquella fría ciudad, a algún restaurante bonito. Y disfrutaba con esta idea. Pero esta noche iba con su tío, al que sus padres, como pariente cercano, la habían confiado.

La ciudad, inundada de luces le parecía aún más bonita que de día. Se pararon en un semáforo y aunque aún no conocía todas las calles de la ciudad, se dio cuenta de que estaban dirigiéndose hacia las afueras.

Durante el trayecto observó un extraño comportamiento en él, aunque no le dio mucha importancia. Se percató de que esa noche su tío se mostraba poco dispuesto a hablar y se mantenía algo distante. Pasados unos minutos, sintió curiosidad y preguntó a qué restaurante se dirigían. Él, mirando por la otra ventana y con un semblante de fingida distracción, le contestó que era una sorpresa.

A veces comían juntos en el trabajo y a veces en restaurantes cercanos a éste, invitaciones con las que él pretendía disculpar el hecho de no ofrecerle un trabajo remunerado.

La verdad es que, según ella misma había observado hasta el momento, había infinidad los lugares bonitos para salir en esa ciudad y a ella le encantaba descubrir sitios nuevos.

La carretera discurría por un sendero de altos árboles, la conversación era poca en el coche y cada vez se alejaban más de la ciudad.

Por fin el coche tomó un desvío, todo se oscureció detrás de la ventanilla. Se estaban adentrando en un bosque, de los muchos que abundaban alrededor de esa capital europea y, paulatinamente, las luces a los lados de la carretera iban desapareciendo.

Trascurridos unos veinte minutos, el coche se detuvo junto a una  pequeña casa. La verdad es que no parecía un restaurante.

Una señora de semblante frío que no miraba a la cara, abrió la puerta, recogió los abrigos de ambos y los colgó en el recibidor.

La casa parecía tener varios pisos y, desde la entrada, se veían unas escaleras de madera que conducían a las otras dos alturas. En toda la casa había un silencio extraño, más propio de una propiedad privada que de un sitio público.

Al fin, tras una puerta de madera oscura, entraron en un pequeño restaurante, que se parecía al salón de una casa particular. A ella le pareció precioso. Era pequeño, lleno de luces bajas, lámparas con cristales sobre las mesas muy bien situadas en discretas esquinas alejadas las unas de las otras. Toda la cubertería era de plata, había adornos barrocos por todas partes, pero sin caer en lo vulgar y cuidados manteles de hilo blanco con puntillas en sus bordes.

El camarero que se les acercó tenía un semblante  extremadamente serio, frío, rozando en lo antipático muy parecido al de la dueña del aquel local.

De forma similar se comportaba su tío aquella noche. Era parco en palabras, tenía un gesto adusto, leía el menú y actuaba como si cenase solo.

Mientras ella, comentaba cosas sobre el sitio, sobre los platos que iban desfilando ante sus ojos, entre otras razones porque le parecía violento comer en silencio y de muy mala educación. Por esto, ya que él siempre se jactaba de su pulida educación, ella comenzó a indagar sobre su comportamiento de aquella noche.

Las respuestas fueron absurdas, algo así como que cuando estaba con alguien de su familia, se sentía lo suficientemente relajado como para no tener que mantener una conversación.

En aquel momento, aturdida por todo lo que la rodeaba, ella lo creyó. Pensó que era lógico que, al tener un cargo público y debido a su avanzada edad, estuviese cansado de hablar al finalizar el día.

La cena era buena, aunque de un precio exageradamente alto, aun tratándose de un restaurante de lujo, parecía como si en el precio de cada plato estuviesen cobrando algún servicio añadido.

Ella preguntó qué había en los pisos de arriba, él por supuesto, lo ignoraba, como tampoco sabía por qué todo el mundo se comportaba como si fuesen del servicio secreto.

Su tío había pedido una botella de vino de la que sólo había querido tomar un vaso, sin embargo, a ella le servía constantemente. Mientras lo hacía la observaba, como pensando o decidiendo algo.

Al llegar el postre, aunque ella no acostumbraba a tomarlo, presionada por la insistencia de él, pidió un helado coronado por un adorno de crema y chocolate líquido.

Acto seguido y sin permiso se empeñó en pedirle un digestivo que ella probó por pura cortesía. No le gustaba ni la copa, ni aquella imposición de esa noche para que bebiese alcohol. De hecho, si no se hubiese tratado de un miembro de su propia familia, habría sospechado que quería emborracharla.

Al finalizar la cena, en aquel restaurante en que nadie era amable, ni nadie te miraba, en el que solo había parejas perdidas en rincones, tomado platos de un precio que sólo un tonto querría pagar, la tensión entre ellos aumentaba por momentos.

Había algo extraño en todo aquel ambiente de lujo.

Mientras él pagaba la cuenta, ella miraba por una ventana blanca, cuyos cristales daba a un precioso jardín inundado por una intensa oscuridad.

Se levantaron y se dirigieron otra vez al coche que los esperaba a la puerta. Hacía aún más frío que cuando llegaron, un frío que a ella le penetraba a través del abrigo y, casi a través del alma.

A pesar de estar en un lugar precioso se sentía perdida en mitad de aquel bosque y con todo aquel enrarecido ambiente, en el que nunca había estado.

El chófer les abrió la puerta, él se mostraba increíblemente amable ahora. Intentó iniciar una conversación y ella, sentada a su lado sólo pensaba en alejarse de aquel sitio.

Pasados unos minutos mientras el coche discurría lentamente por un camino empedrado hacia la carretera principal, notó la mano de él sobre la suya. Lo miró sin comprender y sin pensarlo, la apartó de inmediato. Hubo un silencio.

La segunda vez la mano de él no se posó, sino que la agarró con fuerza, con una fuerza impensable en una persona tan mayor. Sin tiempo a reaccionar se volvió hacia él para advertirle que dejase sus manos en paz, pero al hacerlo, se encontró con la cara de él y lo peor, con su boca.

Ella cerró los labios como quien cierra los ojos cuando nota que le entra algo en ellos, pero él agarró su mandíbula con tal fuerza, que sólo podía sentir cómo sus mejillas enrojecían por momentos.

Pasados unos segundos de lucha, ante sí sólo se plantó una imagen: la dentadura postiza. Sintió tal asco que puso sus dos manos en la solapa de su abrigo, para apartarlo de ella con mayor fuerza. Pero el empeño de él por conseguir lo que quería iba en aumento.

Todo el mundo lo trataba como a un respetable y amable anciano. Ella nunca hubiese pensado que tuviese esas garras de hierro y menos se le hubiese ocurrido encontrarse en semejante situación.

Alzaba la voz pidiéndole que se apartase, repitiendo que no entendía lo que estaba haciendo, mientras el chófer, sordo y mudo, seguía conduciendo sin pestañear.

Era una situación angustiosa en la que él se enfadaba cada vez más y en la que ella procuraba librarse de aquel asqueroso beso.

Ella luchaba para que su boca ni rozase la cara de él, pero cada vez le resultaba más difícil y notaba cómo sus brazos comenzaban a cansarse.

Procuraba alejar su cara de aquella boca que susurraba palabras que no comprendía y para que el temido beso no se produjese de ninguna manera.

De pronto, cedió, la dejó y dijo: “Siempre he sido un caballero”  Ella se separó. Casi no podía respirar por las palpitaciones de su corazón. Y esa estúpida frase resonaba en su cerebro una y otra vez… un caballero. Era lo más ridículo que había oído nunca.

No lo había conseguido, ni un roce, sólo aquella absurda lucha en aquel lujoso coche que conducía ese chofer que parecía un robot.

Si el ambiente era extraño antes de este brusco ataque, ahora se podía cortar con cuchillo.

Ahora era ella la que se había quedado sin palabras. No sabía qué decir, se tocaba el pelo nerviosa, le temblaban las manos y sentía muy doloridos los brazos.

Él estaba ofendido, muy ofendido y enfadado. Nunca lo habían rechazado así. Todas las mujeres habían cedido ante él por una razón u otra.

Ella no podía pensar, lo conocía desde pequeña, conocía a su mujer, sus padres eran parientes cercanos y habían confiado en él.

Todo siguió como si no hubiese pasado nada. Ella pronunció alguna frase absurda y él contestó como si durante los momentos previos todo hubiese trascurrido de forma normal.

Las señales que había vislumbrado previamente y que había intentado obviar, cobraron vida esa noche ante aquel burdo y machista plan de ataque con cena incluida.

El chófer salió del coche para abrirle la puerta. Las manos aún le temblaban al coger las llaves para entrar en su diminuto apartamento. Comenzaba a nevar, pero el frío de la noche no le parecía tan malo ahora. Sólo quería salir de allí.

Él se despidió desde el coche mientras decía: “Te veo mañana en el despacho”.

 

Al médico con papá

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Existen días en los que hagas lo que hagas, las cosas no salen bien. Y éste, sin duda,  fue uno de ellos.

Me encontraba pasando unos días en casa de mis padres. Mi madre procuraba pasar tiempo conmigo, pero tenía mil cosas que hacer. Entre ellas, atender un súbito dolor que tenía mi padre en el dedo de un pie, con la consiguiente cita con su médico general.

Lo peor del asunto era que, sin él saberlo, le esperaba una pequeña encerrona, ya que el médico pretendía convencer a mi padre de que se hiciera un examen de próstata, pues su internista había encontrado algo en los últimos análisis que le había hecho.

Mi madre y yo sabíamos que no había persona en la tierra que lograra convencer a mi padre de algo que él no quería hacer, así que, habíamos intentado que este asunto quedase en nuestras manos.

Sin embargo, aquella aciaga mañana, para sorpresa de ambas, mi padre, que ya había estado reflexionando sobre su estratagema para librarse de la cita, se presentó ante nosotras muy decidido, con cara de pocos amigos y nos espetó desafiante: “Me voy al médico solo”.

Papá no ha ido al médico solo en todos los días de su vida, ni tan siquiera a pedir una receta, no fuera a ser que, en un descuido, lo cogiese por las orejas y en vez de firmársela, lo metiera directo en el quirófano.

Después de tan valiente afirmación, ambas teníamos claro que lo que pretendía era marcharse solo a dar una vuelta, hacer tiempo y volver a la hora de comer, protestando por  la cantidad de gente que había encontrado en la consulta y pudiendo afirmar así, que no había podido ser atendido.

Como era preciso que le recetasen algo para el súbito dolor en el pie, yo me ofrecí voluntaria a acompañarlo, con lo que, obviamente le chafé el plan de escabullirse de la visita. En aquellos momentos no sabía a lo que me exponía.

Simplemente quería evitar que fuese solo porque, tanto mi madre como yo, nos temíamos que Francisco, así se llama el médico, pudiese mencionar la prueba de la próstata: “Traédmelo por aquí que ya lo convenzo yo”, nos había soltado con gran seguridad. Después de aquella frase, mi madre y yo pensábamos: “Este pobre hombre no sabe a lo que se enfrenta, si lo supiera preferiría repetir el MIR”.

Lo primero que hicimos fue coger un taxi, ya que mi padre no podía caminar bien. No es que el ambiente en el vehículo fuese muy distendido esa mañana. Papá había entrado en una especie de mutismo muy raro en él, muy probablemente debido a su cita.

Llegamos al centro médico. El sitio es nuevo y diría que agradable, aunque no puede haber ningún sitio donde haya médicos que sea agradable. Y sé que la mayoría de ellos opinan igual que yo.

Me bajé del taxi y dejé a mi padre pagando. La primera en la frente. El pobre estaba tan nervioso, que cuando salía del taxi su cabeza rozó el techo del vehículo y, debido a su falta de pelo, y por tanto, a una mínima protección, se convirtió en un reguero de sangre. Pero esto no lo detuvo ni un momento.

¡Santo cielo! Cuando vi aquello me abalancé a examinarle la cabeza  y comprendí que no debía de haber salido tan a la ligera del vehículo y que la mejor opción hubiera sido poner mi mano en su cabeza cuando descendió, como hacen los polis con los maleantes.

Acto seguido, papá dijo apresurado que no era nada, poniéndose un pañuelo blanco en la cabeza, pero yo ya había observado que se había llevado por delante un buen trozo de piel, nada grave, pero que sangraba abundantemente.

Pues así entramos. Era un espectáculo casi hilarante, ya que en lo único que él podía pensar era en terminar pronto con todo aquello y aceleraba el paso por el pasillo sin darme tiempo ni a seguirlo, con la mano en la cabeza intentando detener la estrenada hemorragia.

Una vez lo vi sentado, empecé a buscar a una enfermera que le pusiera algo en la herida, pero, oh milagro, la puerta del médico se abrió y nos indicó que pasáramos.

¿Por qué todo ocurría tan deprisa esa mañana? Generalmente, siempre tenemos que esperar un buen rato en la antesala. Pero ese día, nada.

Nos sentamos. Le dije lo que le pasaba en la cabeza. Papá estaba totalmente a la defensiva ante la perspectiva de consultarle lo que le pasaba en el pie.

El médico, al que ya le rondaba la idea de soltarle el discurso prohibido,  pensó que poniendo una voz autoritaria, método que probablemente le funcionaba con muchos pacientes, mi padre iría como un cordero a hacerse la dichosa prueba.

A esas alturas yo ya sabía que no era ni el momento, ni el día y probablemente ni el año. Ya se lo había dicho anteriormente, estando a solas con él. “Deja que le hable mi madre. No le menciones el tema porque lo vas a asustar más” Pero, mi padre que parece una persona afable y sencilla, es muy difícil de conocer y puede acabar con la moral de una persona en unos cuantos minutos sin siquiera proponérselo.

Al terminar de mirarle el dedo gordo del pie y diagnosticarle un probable pequeño ataque de gota, mi padre ya se había soltado mucho más con eso del pañuelo y se lo había dejado pegado, eso sí plegado en cuatro partes, encima de la cabeza y adoptado una posición mucho más a la defensiva que antes, frente al posible agresor. Quizá ya sospechaba que algo más se gestaba allí, con los médicos nunca se sabe. Cruzaba los brazos sobre el pecho. “Mala señal”, pensé yo. No podría decirse que la postura fuese muy natural. Sus ansias de defenderse eran tales, que los había cruzado demasiado arriba mientras apretaba los labios, y eso, junto con el toque árabe que el pañuelo le daba, su aspecto no inspiraba mucha tranquilidad.

Aprovechando que yo estaba sentada del lado del oído en que mi padre no oye, advertí al médico, sin miedo a ser oída, que no plantease el tema ese día. Sin embargo, éste no estaba dispuesto a arredrarse y, haciendo caso omiso de mis indicaciones verbales, inició su propio calvario.

Comenzó explicando con paciencia, pero con seguridad, que era mejor asegurarse del resultado de los análisis del internista y que se sometiese a una prueba, que, según él, era muy sencilla. Y así, pasó a explicarle en qué consistía la prueba en cuestión.

Tras dicha exposición mi padre contestó: “Pero, ¿eso qué es?” Cualquiera que no lo conociese y no supiera en el ataque de pánico en que se encontraba no le hubiese encontrado ni pies ni cabeza a la preguntita, que no era otra cosa que, ¿A qué conduce esto? ¿Va a haber otras pruebas? ¿Qué pasa si encuentran algo? En fin, lo que todos tenemos en la cabeza en este tipo de situaciones. Pero, como es lógico, el médico interpretó que había, quizá, que utilizar un lenguaje menos técnico y volvió sobre el asunto con palabras más sencillas, que tuvieron el mismo resultado: “Pero ¿eso qué es?” Parecía que mi padre se había parapetado en esa frase y no tenía intención de soltar otra cosa por la boca.

Para entonces, yo ya había abandonado al pobre doctor metido hasta las cejas en el asunto y me dedicaba a mirar hacia un lado, distraída, leyendo no sé qué calendario de esos que dedican cada mes a una enfermedad.

Cuando volví la cabeza hacia el médico, me dedicó una mirada de desesperación como suplicando ayuda. “No, no”, pensé, “ya te lo había advertido”.

Lo explicó por enésima vez, pero la postura corporal del médico había cambiado con respecto al comienzo del discurso. Ahora ya no reposaba su espalda en el sillón, sino que se hallaba echado hacia delante enervado. Lo último que le oí decir antes de abandonar la consulta, estando mi padre en la misma posición de autodefensa y repitiendo exactamente la misma frase fue: ¡Qué te van a meter un dedo por el culo!

Caray, el pobre hombre estaba exhausto. Mi padre lo había machacado. Eso sí, él tampoco se encontraba demasiado bien, entre la herida de la cabeza y el bajón de moral a causa de la charla en la que le auguraban todo tipo de males. No había por donde cogerlo. También hay que decir, que el médico no estaba en mucho mejor estado.

Me lo llevé a la enfermería. Sólo quería sacarlo de allí y que le curasen la herida de una vez. Pero la cosa no había acabado. Aún me esperaba otro asalto con la enfermera.

Papá es siempre encantador con las enfermeras, ya que éstas suelen portar utensilios que no le gustan e intenta distraerlas charlando y riéndose. Ellas lo encuentran encantador, viéndolo tan relajado y están siempre encantadas de tener un paciente tan afable.

Entramos en una salita. Se sentó en un sillón. La enfermera echó un vistazo a la herida, dijo que no era profunda, pero que sangraba mucho. Había que desinfectarla y ponerle unas gasas. Como ya he mencionado, mi padre es sordo de un oído, él sigue diciendo que oye poco, pero eso es otro tema.

La enfermera depositó unos apósitos en la cabeza de mi padre. Las gasas blancas se asemejaban a una especie de torreta que había que aplastar “pescándolas” con un esparadrapo. Mi padre me miraba fijamente con todo aquel bulto colocado encima de la cabeza.

La enfermera se esmeró en colocarlas bien, puso bastantes, una encima de otra. La cabeza de mi padre parecía un merengue, blanco, alto y barroco.

En ese momento, la pobre cometió el fallo de avisar a mi padre de que no se moviera, dándose la vuelta para cortar el esparadrapo. Y al estar ella detrás del sillón donde él se encontraba sentado y oyendo que ella murmuraba, se volvió de golpe para preguntarle si quería algo, poniendo “su oído bueno” y su mejor intención. Todo el vendaje salió disparado hacia un lado igual que una serpentina.

Todo era tal sucesión de desastres, que yo me hallaba sumida en una profunda vergüenza y desesperación. Mi ayuda se había tornado más bien en una especie de asesinato tanto físico, como moral, pues se encontraba más asustado y deprimido que antes de acompañarlo.

Me quedé quieta, mirándolo fijamente y sin articular palabra. Me encontraba delante de él, como si me hubiese convertido de pronto en un objeto inanimado, mudo.

Me ha ocurrido otras veces en situaciones que superan mis límites y parece que ésta lo estaba consiguiendo. Me quedé en blanco. Es como si me saliese de mi cuerpo. Se me paralizan las conexiones cerebrales. La gente piensa que, o soy idiota o tengo unos nervios de acero. Ni lo uno, ni lo otro.

Todo era grotesco. Tres veces consecutivas se repitió la escena de las vendas cayendo de la herida de la cabeza de mi padre y cada vez era más gracioso ver cómo él, solícito, se giraba hacia atrás mientras la enfermera se quedaba de pie frustrada, boquiabierta, con el esparadrapo cortado en la mano y no entendía por qué, si lo avisaba, cada vez, de que no se moviese, él giraba la cabeza repentinamente como cuando un bebé tira una y otra vez los patucos al suelo sólo por el placer de ver agacharse a su madre.

Aquello ya duraba más que una operación. La enfermera no alcanzaba a comprender por qué un herido tan amable no se dejaba poner un simple vendaje en la cabeza y seguía intentando pescar a lazo los apósitos que se disparaban cada vez con más gracia como si de una broma molesta de carnaval se tratase. Algo tan sencillo, resultaba labor imposible.

Aquel día le devolví a mí madre una persona herida física y psíquicamente, que, encima, había dejado muy deprimidos a un taxista, a un médico y a una enfermera.

Tras esa mañana, me sentí muy mal, pues mi intento de ayuda se había convertido únicamente en una sucesión de calamidades. Por eso, es curioso que cada vez que le narro a mamá aquel desafortunado día, ni ella ni yo podemos evitar reírnos hasta no poder más.

Un cóctel muy especial

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Llevaba cinco días ya, recluida en un hotel de la Isla de Lanzarote con unos cuantos turistas ingleses y alemanes, en lo que se suponía iban a ser unas relajantes vacaciones para descansar.

Su estancia transcurría a diario a toque de corneta. Cuantos más días pasaban, más enclaustrada se sentía. Le parecía haber sido reclutada en el ejército, pero en período de guerra, por lo rígido de su horario y obligaciones. Todos los huéspedes del hotel corrían de un lado para otro como sitiados por los Unos… y los otros. Nada tenía que ver aquello con un período de descanso vacacional.

El problema no era la isla, sino su acompañante masculino.

El susodicho, se empeñaba en levantarse al alba y hacer cola, plato en mano, junto con todos los guiris, para desayunar todo lo que pudiese meter en su barriga hasta prácticamente reventar. Ese era su plan de las mañanas.

Acto seguido, libro en mano, no para leer, sino por su manía de  esconder la cara detrás algo, se procuraba una tumbona en la piscina del hotel. En este momento del día, desaparecía cualquier signo vital que hubiese podido haber antes del atracón, quedando el sujeto en un estado de letargo hasta bien entrada la tarde. Cuando su pequeño cuerpo terminaba el laborioso proceso de la digestión, parecía que cobraba algo de vida, no mucha, pero algo sí.

Por la tarde, se abría el bufet gratuito de nuevo, reanudándose con ello su actividad y la de ella, por desgracia. Claro que sólo a su novia se le había ocurrido contratar un paquete vacacional con desayuno y cena incluidos, sabiendo que iba acompañada de la persona más tacaña que ha puesto los pies sobre la faz de la tierra. Y no exagero, pues aunque esto lo lea alguna persona afectada por el mismo defecto, no creo que lleguen a apagar los limpiaparabrisas del coche en medio de una tormenta a riesgo de sufrir un accidente mortal, para no gastar la goma que roza contra las lunas; ni tampoco ser capaces de apagar un coche cargado hasta los bordes, para arrastrarlo y frenarlo continuamente con el fin de ahorrar gasolina en un peaje. Creo que, a estos extremos es difícil llegar ¿no? Pues él llegaba sin problema.

Sin embargo, ella llevada por su empeño en disfrutar de aquellos días, intentaba moverse, nadar o entablar una conversación con el cuerpo inerte que había arrastrado hasta aquel lugar. Y lo cierto es que no solía conseguirlo, quizá él pensara que al mover la lengua se le escapaba alguna caloría. Había que acumularlo todo.

Como digo, sumida en su aburrimiento y después de haber leído más que si la hubiesen encerrado en una biblioteca, se iba a nadar. El sol canario la quemaba, entonces subía a la habitación so pretexto de ponerse crema, o lo que fuera, para cruzarse por el hotel con algún ser vivo.

Por la noche ocurría otro tanto de lo mismo, vuelta a la dichosa cola plagada de los guiris zombi que se apiñaban para conseguir su tajada gratuita del bufet y su novio, pelín ansioso, poniéndose constantemente de puntillas, plato en mano para ver qué bandeja se estaba vaciando antes de poder catarla. Los camareros que las reponían, miraban la cola de famélicos turistas con gran desprecio, pero ella intuía que a su novio, más bien, lo querían asesinar. Tal era la imagen que daba con su diminuta figura, saltando, mirando fijamente a su presa, casi sordo de pura concentración.

Ella solía esperar sentada en alguna mesa con cara de aburrimiento extremo, observando y preguntándose por qué no les había hecho caso a sus compañeros de trabajo cuando la habían avisado sobre irse de vacaciones con una pareja con tantas “cualidades”. Su depresión se incrementaba mientras observaba cómo el pobre hombre arrastraba los pies hacia atrás sobre la moqueta del restaurante, igual que hacen los toros cuando van a embestir. Tal era su estado de ansiedad por apropiarse de cuanto más mejor, para regresar finalmente con el plato rebosante de una torreta de alimentos mezclados que sólo servían para empacharlo hasta casi morir.

La mirada de desprecio de la mujer se iba pareciendo cada vez más a la del camarero que la miraba extasiado, como preguntándole, “¿te hacen falta más pruebas para deshacerte de él cuanto antes?” La verdad, tenía razón, pues cuanto más lo observaba, más le recordaba a algún bicho de esos que ven los hombres en los documentales, pues acumulaba tanta comida en alguna parte que parecía que iba a hibernar. Claro que, respetaba más a esos bichos que por lo menos pensaban en sobrevivir, no en ahorrar.

Pero con todo esto, sus vacaciones se estaban convirtiendo en una especie de rutina militar que trascurría en observar todo ese ritual repetido al milímetro a diario, aderezado por interminables siestas para que él se recuperarse entre comida y comida.

Un día tomó una decisión. Ella no se había trasladado desde Bruselas a Madrid, sobrevolado Casablanca y aterrizando con el avión haciendo piruetas sobre sí mismo y ella con todos los pelos de punta, para pasarse las vacaciones de un típico turista aburrido. Estaba cada día más roja por aquel sol de justicia y más gorda por la huelga de su metabolismo a causa de la depresión.

Aquello no podía seguir así. Había que hacer algo. Primera gran idea: alquilar un coche. Decidido. “Lo pago yo, me da igual, para eso lo gano”, pensó.

Sin embargo, también quería cortar con todo ese ritual espeluznante de dominguero triste, en este caso, de catalán tacaño. Nada de irse corriendo a la cama a dormir a toque de corneta, levantarse al siguiente, comer como un cerdo y regresar a Bruselas con mucho peor aspecto y más hundida que si la hubieran metido en Alcalá Meco, que seguro que es mucho más entretenida que aquello.

A esas alturas, a ella le daba igual su cara de desaprobación, pues tenía unas ganas infinitas de disfrutar de aquellas vacaciones tan merecidas tras largos meses en la planta once de su despacho, observando el cielo plomizo de Bruselas. Quería unas vacaciones, de esas que siempre había odiado, de esas de las que su familia siempre había huido, quería unas vacaciones horteras.

Esta noche iba a salir, por fin. Una juerga en toda regla. Aunque, nada más abandonar el hotel, para su desgracia, ya se sentía como todas las noches. Barriga hinchada y empezaban a picarle los granos que le habían salido por el sol, junto con unos bultos probablemente debidos a algún alimento del hotel que le había sentado mal. Vamos que,  entre los bultos en las manos, los granos en la cara y la barriga como de una embarazada de seis meses, podéis perfectamente imaginar que no estaba en el momento más atractivo de su vida. Razones por las que necesitaba sol, descanso, y bajar el estrés.

Ya en la recepción del hotel recibió la primera señal de alarma que la avisaba de que la salida nocturna no era muy buena idea, aunque en su decidido afán por darle un nuevo rumbo a esas vacaciones, decidió obviarla. El recepcionista les advirtió de que soplaba monzón. “Bueno, vale ¿y qué? Ni idea, ni le importaba”, pensó. Un poco de viento no la iba a frenar ¿Un poco? Aquello era todo un huracán. Imposible caminar, pelos de punta y falda equivocada. No es que empezara muy bien la cosa, pero ella ni caso.

Su determinación era más fuerte que el viento y en su cabeza sólo había cabida para un pensamiento. Tenía que sacarse la depresión de encima y como “la cosa” que llevaba al lado, no se caracterizaba por su animada conversación, lo único que se le ocurrió fue emular una película de Harrison Ford llamada “Siete Días y Siete Noches” en la que hacía buen tiempo, la protagonista estaba delgada y había muchos cócteles decorados con sobrillitas horteras. El tiempo no iba a mejorar, por lo menos esa noche, menos probable era que su pareja se convirtiese en Harrison Ford, o lo que hubiese sido mejor, que mantuviera una conversación interesante y su colón tampoco iba a deshinchar. Lo único que le quedaba era el plan de las sombrillitas. Se plantó en su cabeza la idea de tomar el cóctel que tuviese más colorines y más alcohol de la isla. Tenía que animarse aunque fuese artificialmente.

El viento soplaba cada vez más fuerte y no podía ni caminar, ni ver por donde pisaba. Se limitaba a seguir un paseo empedrado. Llegó el milagro. Tras una caminata de medio kilómetro luchando contra los elementos de la naturaleza, se alzó antes sus ojos un enorme y lujoso hotel. Su cara se iluminó.

La entrada ya prometía. Piscinas de agua trasparente, iluminadas por un centenar de focos que las hacía brillar como diamantes azules en la oscuridad. Su novio miraba hacia el suelo, a falta de poder taparse la cara con algún papel, libro o documento. Según observó, para entrar en el edificio, había que cruzar un puente de madera construido por encima de la piscina principal que tenía muchas palmeras y arbustos a los lados. Fantástico. Ya se imaginaba en la selva, sus pensamientos se disparaban y le parecía que pronto iba a aparecer un oasis ante sus ojos, quizá plagado de luces estratégicamente colocadas para ocultar granos, barrigas y al final de todo eso, habría un amable camarero con alguna bebida exótica. Esperaba que, por lo menos eso, le bajase la cena y le hiciese pensar que el viaje había merecido la pena.

El puente los condujo por encima del agua cristalina y ya desde éste, vislumbraron el hotel por dentro. La perspectiva de ver gente, quizá tener alguna conversación agradable, tomar alguna bebida maliciosamente cargada de ron isleño que la animase un poco, ya era más que suficiente ¿Qué otra cosa podía pedir esa noche? Bueno, quizá… que no le saliese otro grano.

Entraron entre las quejas de su acompañante, el cual se lamentaba, porque no entendía los motivos para cambiar de hotel, ni tampoco sus  ganas de beber un cóctel, cuando podían beber toda el agua que quisieran, gratis, en el suyo.

Obviando su pánico, ella se fue directa a la entrada. Nada más entrar se le pusieron los ojos como platos al ver una mesa muy hortera con telas horrendas, rosas y fucsias que colgaban hasta el suelo, con lazos enormes de adorno. En el centro de la mesa había un gran cartel que ponía “Coctel Especial de la Casa” ¡Ahí estaba! ¡Lo sabía, lo había logrado! Se le empañaron los ojos de felicidad. Justo lo que necesitaba. Esa noche estaba dispuesta a pasarlo bien y nada ni nadie le iba a amargar esos momentos.

No es necesario mencionar que lo primero que hizo cuando se acercó el camarero fue señalar la mesa, ansiosa como una niña pequeña, los ojos chispeantes de ilusión. Él, resignado, pidió lo mismo.

Tras una dura espera de unos diez minutos, les trajeron dos enormes copas con sombrillas y pajitas como de un litro cada una. Era perfecto, ella sonreía como una niña ilusionada ante su bomba alcohólica.

Comenzó a sorber por la pajita. Trascurridos unos diez minutos esforzándose en chupar y chupar por aquel tubo fluorescente aquel líquido prometedor y afrutado, no conseguía efecto alguno. Era normal. No podía aspirar a un enorme grado de animación instantáneo con unos cuantos sorbitos. Se recostó en el sofá e intentó entablar una conversación. El mutismo de su compañero era, en este caso, para mostrarle su desaprobación ante aquel desmadre.

Decidió seguir con lo suyo, pero esta vez, nada de pajitas, hundió sus labios entre los hielos para amainar su creciente enfado y cerró los ojos. Bebió hasta media copa. Cada vez sentía que le apretaba más la falda. Aquello de sentirse bien no estaba funcionando ¿Qué le pasaba? No acertaba a dar con el quid del asunto. Ella, que con una sola copa de vino, charlaba por los codos totalmente relajada, esta vez no lo conseguía ni con alcohol de 40º. No lo entendía. Claro que, como en aquella isla todo tenía su ritmo, que era más bien lento, quizá el alcohol que fabricasen también lo hiciesen para que se subiera poco a poco. Seguro que era eso, pensó. Si es que le encantaban los canarios, eran tan relajados.

Persistencia no le faltaba, bebía y bebía con el único fin de perderse en los brazos de Baco, pero hasta Baco la había abandonado.

Cuando su copa estaba prácticamente acabada y se sentía como el pez globo, pero con falda, su colón estaba a punto de salir y gritarle que dejase de tomar tanta fruta y también al mamón que hacía que se le irritasen los intestinos, un día sí y otro también. Pero su colón no salió. Se lo comunicó en forma de dolor sordo, diciéndole: “puedes seguir metiendo lo que quieras, pero ya sabes que cuando me planto, me planto, y de aquí no va a salir nada en varios días. Si sigues con esto, sólo vas a conseguir hinchar aún más”

Empezó a pensar que hasta el cóctel estaba trucado. Le preguntó a su novio si notaba el efecto del alcohol, pero como a él le encantaban las cosas dulces, le dijo que no lo notaba de momento, pero que le parecía que estaba muy bueno.

A esas alturas, ella había alcanzado su límite de paciencia. Llamó al camarero y le dijo, intentando calmarse, que le explicase el contenido del “Súper Coctel Especial de la Casa”, porque ella sólo lo encontraba especial si lo que querías era beber líquido suficiente como para hacerte una ecografía abdominal a la salida del hotel.

El camarero, con cara de extremo aburrimiento comenzó a soltar la interminable lista de ingredientes que contenía mientras alzaba los ojos hacia el techo, intentando recordarlos todos. Cuando iba por el décimo, lo interrumpió para ir al grano: 

“¿Cuántas clases de alcohol tiene?” “No contiene alcohol, señora”.

Aquella corta frase se le clavó como un cuchillo, no pudo articular palabra ¡Todas esas calamidades para después tomar un litro de fruta triturada! No podía ser cierto.

Era una crueldad ¿Hasta dónde iba a llegar aquella tortura? Llevaba más de una hora haciendo esfuerzos ímprobos para tragarse el cóctel más afrutado y azucarado de toda su vida lo más aprisa que había podido ¿Y no contenía ni una miserable pizca de alcohol?

Regresó a su hotel después de tan fallida y amarga experiencia. La barriga le llegaba aún más allá que antes, las frutas se habían unido a la cena gratuita del bufet y su depresión llegaba mucho más lejos que todo ello junto.

Su novio la cogió por los hombros al cruzar las puertas del hotel y le dijo: “¿Ves qué bien? Después del paseo, estamos cansaditos y ya podemos ir a dormir que mañana hay que bajar prontito a desayunar”.