Baño en el Lago de Zúrich

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Cuando se piensa en Suiza generalmente se asocia con frío, nieve y lujosas estaciones de esquí. Todo ello existe. Sin embargo, en verano el panorama cambia radicalmente.

Durante los años que viví en Zúrich no podía evitar perder peso. Mucha gente me ha preguntado la razón de mi pérdida de kilos y hoy he querido contaros en qué consistía mi régimen.

Como he dicho, los veranos eran sofocantes. Hacía un calor difícil de aguantar ya que la ciudad se halla rodeada de montañas. A tales temperaturas suelen seguir fuertes tormentas nocturnas, deliciosas para aliviar el ambiente.

El Lago de Zúrich es una buena opción para esos días en los que el calor te persigue a donde quiera que vayas.

Sentada en la hierba justo al lado del enorme Lago con un amigo suizo, me sentía por primera vez aliviada, sólo de pensar en el chapuzón que estaba a punto de darme.

Aquel día, las gotas de sudor resbalaban por mi frente como nunca antes. No tardé en suplicar que nos lanzáramos a nadar un rato.

Desde pequeña he sido una gran nadadora y una enamorada del agua. Hacía meses que no veía nada que se pareciera al mar y aquel día estaba entusiasmada con la idea de volver a sentir el agua refrescando mi cuerpo.

Una vez que mi amigo accedió, lo primero que hicimos fue descender por unas enormes rocas por las que había que bajar poniendo las posturas más inimaginables para evitar resbalar por el verdín del que se hallaban cubiertas. Yo era toda una inexperta en lagos, sólo conocía el mar y aquel descenso ya me hacía sospechar que la aventura no iba a ser sencilla.

Al principio, me esforcé en guardar cierta compostura, pero viendo que el descenso por aquella resbaladiza pendiente rocosa, era cuestión de vida o muerte, me concentré en no darme ningún mal golpe.

Ni aunque me lo hubiesen pedido, hubiese sido capaz, en toda mi vida, de poner posturas tan extravagantes como las que me vi forzada a adoptar ese día. Utilizaba mis cuatro miembros, y a veces parte de la cabeza, para apoyarme en todo saliente que pareciese seguro. Me sentía como una especie de arácnido con las patas anudadas.

Cuando por fin estuve al borde del agua, lancé una mirada hacia el fondo. Primer error. Nunca debí haber hecho algo semejante. Aquello era todo menos claro y cristalino, sólo pude ver un todo oscuro y tenebroso. Lo contrario al fondo azul del mar. Y, muy probablemente, lleno de musgo, verdín, barro y algún tipo de vida sobrenatural.

Desde la roca en la que me encontraba, era imposible alcanzar el agua, ni con la punta del pie. Observando que mi amigo ya se había tirado dando un gran salto para no golpearse con nada, supe que no tenía más remedio que hacer lo mismo.

Con todo el orgullo de la que se ha criado rodeada de agua desde niña, hice lo propio y, tras un gran impulso, me lancé detrás de él.

El agua estaba fresca y por unos segundos, sentí un gran alivio.

Con el fin de no ser presa del pánico, tomé la firme decisión de no mirar hacia el fondo pasase lo que pasase. Desde pequeña sé que en el agua el pánico es un gran enemigo y conviene mantener la calma.

Esta tarea se me hacía ardua, pues la imagen de una masa negra bajo mis pies ya formaba parte de las imágenes de mi cerebro. Quizá nadaba en un abismo o puede que fuese un fondo cercano, pero no estaba dispuesta a averiguarlo.

Mi amigo me preguntó si podía nadar hasta una boya que se encontraba a más o menos quinientos metros de distancia. Contesté afirmativamente producto de un estúpido orgullo. Empecé a dar mis primeras brazadas, siempre centrada en el azul cielo que nos servía de techo.

Idiota. Hasta que no dí unas cuantas brazadas, no fui consciente de que yo no estaba acostumbrada al agua dulce y recordé la fuerza que se debe ejercer para avanzar por ella, mucho más que en agua salada.

Tras varios metros nadando por las oscuras aguas, tenía la impresión de que me hubiesen cargado con una mochila de plomo. Mis brazos pesaban tres veces más y sentía como si en las piernas me hubiesen atado dos yunques de hierro en cada tobillo. Por no mencionar, lo que pasaba con esa parte de mi cuerpo que siempre me había servido de flotador en el mar.

Calma, me dije. Opté por descansar, es decir, me tumbé panza arriba para dejar de nadar un rato. Tampoco aquello era tan sencillo como había sido siempre, pero servía.

Tras un momento de descanso, avancé un poco más y alcancé la boya en la que ya me esperaba mi amigo, que a pesar de su fuerte musculatura, parecía totalmente agotado.

Cuando iba a agarrarme a aquel salvavidas flotante, sufrí una pequeña distracción y, por un segundo, desvié la mirada hacia el fondo. Horror. De aquella cosa pendían todo tipo de hierbajos, plantas purulentas y mohosas. “Ni soñarlo, aunque me muera, no me agarro a esa cosa”. Y así me mantuve, dando brazadas, mientras duró “el descanso”.

Por fin, mi amigo dijo que quería regresar. Otro medio kilómetro de vuelta.

Empecé a nadar hacia la orilla, intentando centrarme en todas las personas que había allí disfrutando de ese precioso día de verano, ignorantes de que allí había una española a punto de ser engullida por una masa negra de agua dulce.

Faltaba  poco para llegar, a esas alturas, mis brazos ya habían duplicado su peso. Sentía que si no alcanzaba pronto la orilla, me hundiría como el plomo y jamás volverían a saber de mí.

Fue en este momento, cuando mi amigo que nadaba delante, muy cortésmente, me advirtió de que parase porque se acercaban varios cisnes y, al parecer, eran unos bichos extremadamente peligrosos.

Aquello ya me pareció mucho. O sea, que en este sitio la gente  disfrutaba con este tipo de veranos, metiéndose en un lago que luchaba por engullirte a cada brazada, y por si no fuera poco, había que nadar en zigzag para evitar que unos cisnes, te mordieran el trasero.

Dada la mala suerte que estaba teniendo ese día, lógico es pensar que uno de los cisnes, al que seguían unos cincuenta patos, me echó el ojo. Tuve que modificar mi trayectoria y nadar realizando ridículas curvas y evitando mirarlo directamente a los ojos para que perdiese el interés.

Después de todo tipo de argucias para despistar al bicho, conseguí alcanzar la preciada orilla. Me agarré a una roca como pude, pero mi mano resbaló por el verdín como si fuera terciopelo y, como consecuencia me propiné una fuerte bofetada en la cara.

¿Podía pasarme algo más?

Empecé a pensar en patentar aquello para entrenar a cuerpos especiales. Si se hacía a diario, llegarían a ser invencibles.

Extenuada hasta el extremo, comencé a trepar en sentido ascendente por las rocas, arrastrándome con total falta de estilo. No sentía ni brazos, ni piernas. Y, en esos momentos, hubiese jurado que los había perdido, pero me daba igual si conseguía que, lo que quedaba de mi cuerpo, se tumbase otra vez en la hierba.

Cuando me tumbé boca arriba, estaba tan agotada que mi respiración se podía oír a kilómetros de distancia.

Después de unos segundos encima de la toalla, me iba recuperando poco a poco. Eché un vistazo a mi cuerpo y pude comprobar que conservaba todos mis miembros.

Cuando mi amigo se tumbó en la hierba a mi lado, me miró y me dijo:

“Ten cuidado con las garrapatas, ya sabes que algunas te pueden dejar paralítica de por vida”.

Mi mirada de horror debió de ser tal, que me sonrió e intentando tranquilizarme volvió a decir:

“No te preocupes, si tienes alguna, te la quito luego” y acto seguido se puso a tomar el sol.

Es por este motivo por el que me resulta imposible dejar de perder peso Suiza. El queso, las salchichas o la mantequilla no tienen efecto en mí.

Por eso, mi consejo es, si os sentís bajos de forma o queréis bajar algún kilo, ya sea invierno o verano, Suiza es el lugar.

Un ataque de…

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La calle está llena de gente y no puedo evitar el pensamiento de salir de entre la masa de personas que se cruzan conmigo.

Me encuentro con filas de personas que me miran. Me siento observada, juzgada. Eso me enfada. Quiero confundirme con la multitud, pero no parece posible.

Empiezo a sentir que debo salir de allí. Reflexiono, aún me quedan unas cuantas calles para llegar a casa.

Son unas calles, nada más. Una distancia insignificante. Sin embargo, un pensamiento me asalta. No puedo evitar pensar que si por cualquier motivo me encontrase mal en este preciso instante, me marease o sufriese un ataque al corazón, podría caerme en mitad de la calle.

Dos consecuencias aterradoras se desprenden de ese pensamiento.

1-    No me daría tiempo a alcanzar mi casa.

2-    Todo el mundo, que no quiero que me mire, me miraría.

Estos dos pensamientos se traducen de inmediato en sensaciones.

Mis manos comienzan a sudar, mi corazón se acelera y también me mareo.

Si mi corazón se acelera más, me puede dar el ataque al corazón al que temo.

Si me mareo, es posible que ocurra lo que bajo ningún concepto quiero, desmayarme en mitad de la acera.

Al pensarlo, mi miedo se hace realidad.

Me arrepiento de haberlo pensado. Ahora es mi mente la que tiene el poder sobre mi cuerpo. He permitido que el miedo comience a extenderse. Y no sé cómo detenerlo.

Las sensaciones se vuelven muy raras. Si le cuento a alguien lo que siento, probablemente me encierren.

La acera de cemento que piso se me antoja blanda, además, no me parece tener el cuerpo equilibrado. Mi sensación es la de tener un peso en el hombro izquierdo que hace que me escore hacia un lado.

Intento respirar profundamente y calmarme.

Lo principal es que nadie se percate de que estoy caminando con un hombro más alto que el otro.

Echo una ojeada a un escaparate para ver si mis hombros se encuentran nivelados.

La verdad es que doy una imagen de lo más normal.

Me calmo un poco.

Sin embargo, la acera continúa siendo demasiado blanda. La miro. Todo está normal. No puedo evitar sentir cómo mis pies se hunden como si pisase una ciénaga llena de agua y barro.

Es una sensación horrible, pero poco tiempo le puedo dedicar porque estoy ocupada en nivelar mis hombros.

La sensación de pesadez, ha pasado ya al ojo izquierdo. Vaya, todo ocurre del mismo lado. Según la imagen que envía mi mente de mí, me veo ridícula, ya que me parece llevar un hombro más bajo que otro, pisar un suelo poco firme y lucho por mantener abierto mi ojo izquierdo.

En mi interior, sé que son sensaciones absurdas y me enfado conmigo misma por no saber dominarlas.

No me encuentro nada bien. No me gusta ese descontrol al que me estoy viendo sometida. Mejor me paro un rato. Me meto en una tienda. La luz me molesta en los ojos, en los dos.

Con el fin de tranquilizarme, me apoyo en una pared y disimulo cogiendo en mi mano una chaqueta. Hago como si mirara el precio.

Veo la etiqueta borrosa y noto como si la pared en la que estoy apoyada fuera tan blanda como el suelo que piso. Es como caminar por un colchón y apoyarse en otro.

Nada es seguro, ni duro, todo es blando e inseguro.

Pues sí que voy avanzando. Ahora ya no sólo se me cae un hombro hacia la izquierda, sino que tengo problemas con la pared y el suelo. El ojo izquierdo se empeña en cerrarse, veo borroso y tengo fotofobia.

Vale, vamos a ser claros, más bien tengo fobia a secas.

Un ataque de pánico en toda regla.

Si me muero, no importa, pero por favor, que no se me note y, sobre todo, que todas las señoras que tengo a mi alrededor no me miren. Ante todo discreción. No quiero llamar más la atención, ya me miran bastante sin que haga nada.

Con la mano que me sobra me agarro a un estante de ropa.

Anda mira, éste sí que está duro. Es como una boya en medio del océano.

Qué sueño me está entrando con toda esta lucha inútil contra mí misma. Casi no puedo abrir los ojos. Son como dos yunques, me pesan. Tengo que volver a la oscuridad de la calle e intentar llegar con cierta dignidad a casa.

Me centro en pensar que aunque yo me vea a mí misma como si tuviera un hombro de doscientos kilos y un ojo cerrado, la gente parece no percatarse.

Hay que salir de la tienda antes de que otro síntoma decida visitarme.

Mi certeza es que me está dando un ataque cerebral, pero mi mente me dice que no es posible que me dé uno cada vez que intento salir de compras.

Bueno, ya que estoy, voy a ver si aprovecho y llego a la caja para pagar la chaqueta, que al fin y al cabo es de lo más mona.

La cortina de terciopelo rojo

cortinas-rojas-800x450El corredor es largo, tanto que no se ve el final. Es como un tubo oscuro dividido en el medio por una cortina de terciopelo rojo sangre.

Ella sabe que sólo si la atraviesa estará a salvo de la criatura que la acosa en esta parte del pasillo, pero que no se deja ver.

Con las manos temblorosas y sudadas, se toca nerviosa un mechón de pelo mientras planea su próximo paso hacia el otro lado.

Tiene que salir de allí sin más dilación, pues si no lo hace, tiene la certeza de que la criatura se le echará encima y le arrancará una parte del cuerpo.

Sin embargo, el miedo hace que se sienta paralizada, tanto para moverse, como para pensar. Es más, hace ya un rato que nota que tiene menos visión periférica, pero no a causa de la oscuridad que la rodea, sino por las descargas de adrenalina que recorren su cuerpo.

Su respiración se acelera al notar a su espalda un aire cálido. Se está acercando, pero es tan sigilosa que no oye el ruido de sus pasos, lo que le hace pensar algo peor, que quizá no toque el suelo al caminar, sino que lo haga sin rozarlo siquiera. Esto hace que su presencia sea aún más difícil de identificar.

No hay duda posible, ella lo sabe. Está detrás, a su espalda, quizá a unos metros, quieta, expectante.

No puede retrasarlo más. Tiene que reunir el valor para atravesar esa cortina roja y grande que corta el pasillo en dos, aunque no sepa con certeza si lo que le espera al otro lado es peor que lo que tiene en éste.

Haciendo un esfuerzo ímprobo da varios pasos hacia delante y nota que vuelve a estar rodeada de frío, alejando así, a la criatura que acecha a su espalda a punto de saltar sobre su presa.

Casi sin atreverse a respirar, con el fin de pasar desapercibida ante el monstruo que se mueve hacia ella guiado por su respiración entrecortada, así como por el calor que desprende su cuerpo, separa con una mano parte de la cortina y asoma su nariz para observar el otro lado.

Nada, oscuridad, vacío. No se alcanza a ver nada, ni la continuidad de las paredes estrechas a los lados del pasillo.

Cierra los ojos y pasa al otro lado sin pensar.

Nota cómo el roce de la pesada cortina acaricia su espalda al hacerlo. Parece como si se hubiera cerrado tras de sí una puerta.

Ha cruzado. Abre los ojos. Parece que hay un precipicio a sus pies, pero regresar es impensable, sería su muerte.

Atisba una pequeña luz al fondo y aún pensando que su primer paso será hacia el vacío, pone un pie y luego otro.

Pisa en firme y, de pronto, una mano alarmantemente caliente, que aparece de la nada, toca su cara. El sudor vuelve a perlar su frente, la respiración vuelve a ser entrecortada, más bien casi no respira, se ahoga. La adrenalina lleva demasiado tiempo jugando con su organismo, está cansada, prefiere rendirse a lo que sea. Un único deseo pasa por su mente: que sea pronto.

La mano recorre su cara y la dulce voz de su madre le dice:

-Pero, mi vida, ¿otra noche con pesadillas? 

“Palourde”

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El restaurante estaba a rebosar de gente de todos los países.

Mis padres acababan de aterrizar en Bruselas y, teníamos un montón de cosas que contarnos.

Yo llevaba todo el día pensando en ir a buscarlos al aeropuerto y llevarlos a cenar a un pequeño restaurante que me encantaba.

El ambiente era perfecto. Los camareros desfilaban atareados entre velas, cortinas rojas de terciopelo y lámparas de cristales.

Imposible entrar sin haber reservado. Era uno de esos sitios que nunca conoces si no vives en la ciudad.

Aquella noche lo único que pedíamos era beber un buen vino y tomar una cena sencilla y caliente en un sitio agradable donde poder ponernos al día.

Mi mesa reservada en La Fin de Siécle, uno de mis restaurantes favoritos, nos esperaba. Una mesa de madera destartalada con una vela enorme en el medio, situada cerca del patio interior convertido en terraza para salir a tomar un café o postre después de la cena.

Entre aturdidas y felices, mamá y yo nos hicimos con la carta para pedir cuanto antes, ya que lo de menos era la cena y lo más importante, la charla.

Encontramos platos sencillos y nos decidimos por pedir algo de carne para papá y un plato de pasta para nosotras.

Mamá se desenvolvía resuelta en su francés olvidado, muy estudiado y rara vez hablado y yo, me estrenaba en mi francés habitualmente hablado y poco estudiado. Pero, ¿qué importaba el francés aquella noche?

Pedimos al camarero que se acercó estresado a nuestra mesa unos entrantes y los platos principales. Mamá y yo queríamos: Tagliatelles aux crevettes géantes, palourdes et persil méditerranéen.

Como no nos íbamos a meter nada que no conociésemos en la boca, y aquellos “palourdes” no alcanzábamos a recordar lo que eran, la pregunta obligada en nuestro atropellado francés al apresurado camarero era:

– ¿Qué es “palourde”?

– Pues, Madame, “palourde” es “palourde”

– “Ah, pescado”, dice mamá.

– ¡No, Madame! ¡Palourde!

Y ahí comienza una descripción crispada y a toda pastilla, acompañada de gestos histéricos con la mano en la que no tiene la bandeja.

Mamá me mira sin entender y con cara de sorna, y yo, en mi intento por ayudar, le soplo al oído:

Debe de querer decir que “n’est pas lourde”, para el estómago, ya sabes. Vamos, que, a pesar de su aspecto, es amable ya que nos advierte de que no es un plato pesado. Por lo menos se preocupa por nuestra digestión.

Ambas, después de una pausa mirándonos a los ojos, encontramos mi traducción tan absurda como la situación.

En realidad  a mí, me daba igual, yo lo que quería era que nos trajera algo y que se callase. El problema era mamá, que como buena Virgo, siempre ha sido más exhaustiva que yo. Por tanto, no abandonaba a su presa y le daba vueltas a todas las frases para dar con la traducción de aquella palabra.

– ¡Palourde! Gritaba desesperado el pobre hombre exhausto porque su trabajo incluyese clases de francés.

Hacía un buen rato que a mamá y a mí nos costaba contener la risa, pero cedimos a una gran carcajada cuando papá preguntó:

– ¿Por qué lleva este hombre media hora llamándonos “palurdos”?

Casi sin poder abrir los ojos y con las lágrimas corriendo por nuestras mejillas, se nos encendió una luz en el cerebro:

– “¡Almejas!”, dijimos al tiempo, ¡“Palourde” quiere decir almejas!

Papá se sirvió vino mientras murmuraba:

–  Pues menuda cena me espera con estas dos gritando “almejas” y ese tío llamándonos “palurdos”.

La cena

Ella entró tranquila y sonriente en el coche de su tío, así lo llamaba desde hacía años, aunque en realidad era un primo hermano de su padre, unos veinte años mayor que él.

Muchas veces cuando iban juntos ella y él, debido a la diferencia de edad, ella tenía veinticuatro, la gente pensaba que eran abuelo y nieta. Un abuelo de ochenta y tres años cumplidos.

Un aspecto que, por cierto, no reflejaba su verdadera edad. Era un hombre alto y robusto que procuraba caminar muy erguido, en su empeño por conservar el porte que en su juventud le había dado fama de conquistador entre las mujeres.

Al entrar en el coche que la esperaba a la puerta de su apartamento, él la saludo con una discreta sonrisa y después se dirigió al chófer para darle una dirección en francés.

Ahora ella vivía en un país extranjero y trabajaba en el sitio con el que había soñado en tantas ocasiones y aunque su sueldo consistía, en algunos billetes que su jefe y tío soltaba encima de su mesa cuando lo consideraba oportuno, estaba contenta de estar allí luchando por su sueño de trazarse una carrera internacional.

Por eso, todo era nuevo y emocionante para ella, y el hecho de salir a cenar fuera, toda una aventura. Y aunque, pasar más horas con su jefe no era el plan que más le apetecía, tenía que aprovechar las pocas ocasiones en las que podía cenar fuera.

La noche era fría, él llevaba un abrigo austríaco de lana, un abrigo muy distinto al de ella, bonito y comprado en Zara, pero cuya tela dejaba pasar más fácilmente el intenso frío.

El coche se puso en marcha enseguida cruzando la ciudad despacio. Ella miraba por la ventana observando ilusionada, pensando que cuando tuviese un empleo que se lo permitiese, invitaría a sus padres que la ayudaban todos los meses a subsistir en aquella fría ciudad, a algún restaurante bonito. Y disfrutaba con esta idea. Pero esta noche iba con su tío, al que sus padres, como pariente cercano, la habían confiado.

La ciudad, inundada de luces le parecía aún más bonita que de día. Se pararon en un semáforo y aunque aún no conocía todas las calles de la ciudad, se dio cuenta de que estaban dirigiéndose hacia las afueras.

Durante el trayecto observó un extraño comportamiento en él, aunque no le dio mucha importancia. Se percató de que esa noche su tío se mostraba poco dispuesto a hablar y se mantenía algo distante. Pasados unos minutos, sintió curiosidad y preguntó a qué restaurante se dirigían. Él, mirando por la otra ventana y con un semblante de fingida distracción, le contestó que era una sorpresa.

A veces comían juntos en el trabajo y a veces en restaurantes cercanos a éste, invitaciones con las que él pretendía disculpar el hecho de no ofrecerle un trabajo remunerado.

La verdad es que, según ella misma había observado hasta el momento, había infinidad los lugares bonitos para salir en esa ciudad y a ella le encantaba descubrir sitios nuevos.

La carretera discurría por un sendero de altos árboles, la conversación era poca en el coche y cada vez se alejaban más de la ciudad.

Por fin el coche tomó un desvío, todo se oscureció detrás de la ventanilla. Se estaban adentrando en un bosque, de los muchos que abundaban alrededor de esa capital europea y, paulatinamente, las luces a los lados de la carretera iban desapareciendo.

Trascurridos unos veinte minutos, el coche se detuvo junto a una  pequeña casa. La verdad es que no parecía un restaurante.

Una señora de semblante frío que no miraba a la cara, abrió la puerta, recogió los abrigos de ambos y los colgó en el recibidor.

La casa parecía tener varios pisos y, desde la entrada, se veían unas escaleras de madera que conducían a las otras dos alturas. En toda la casa había un silencio extraño, más propio de una propiedad privada que de un sitio público.

Al fin, tras una puerta de madera oscura, entraron en un pequeño restaurante, que se parecía al salón de una casa particular. A ella le pareció precioso. Era pequeño, lleno de luces bajas, lámparas con cristales sobre las mesas muy bien situadas en discretas esquinas alejadas las unas de las otras. Toda la cubertería era de plata, había adornos barrocos por todas partes, pero sin caer en lo vulgar y cuidados manteles de hilo blanco con puntillas en sus bordes.

El camarero que se les acercó tenía un semblante  extremadamente serio, frío, rozando en lo antipático muy parecido al de la dueña del aquel local.

De forma similar se comportaba su tío aquella noche. Era parco en palabras, tenía un gesto adusto, leía el menú y actuaba como si cenase solo.

Mientras ella, comentaba cosas sobre el sitio, sobre los platos que iban desfilando ante sus ojos, entre otras razones porque le parecía violento comer en silencio y de muy mala educación. Por esto, ya que él siempre se jactaba de su pulida educación, ella comenzó a indagar sobre su comportamiento de aquella noche.

Las respuestas fueron absurdas, algo así como que cuando estaba con alguien de su familia, se sentía lo suficientemente relajado como para no tener que mantener una conversación.

En aquel momento, aturdida por todo lo que la rodeaba, ella lo creyó. Pensó que era lógico que, al tener un cargo público y debido a su avanzada edad, estuviese cansado de hablar al finalizar el día.

La cena era buena, aunque de un precio exageradamente alto, aun tratándose de un restaurante de lujo, parecía como si en el precio de cada plato estuviesen cobrando algún servicio añadido.

Ella preguntó qué había en los pisos de arriba, él por supuesto, lo ignoraba, como tampoco sabía por qué todo el mundo se comportaba como si fuesen del servicio secreto.

Su tío había pedido una botella de vino de la que sólo había querido tomar un vaso, sin embargo, a ella le servía constantemente. Mientras lo hacía la observaba, como pensando o decidiendo algo.

Al llegar el postre, aunque ella no acostumbraba a tomarlo, presionada por la insistencia de él, pidió un helado coronado por un adorno de crema y chocolate líquido.

Acto seguido y sin permiso se empeñó en pedirle un digestivo que ella probó por pura cortesía. No le gustaba ni la copa, ni aquella imposición de esa noche para que bebiese alcohol. De hecho, si no se hubiese tratado de un miembro de su propia familia, habría sospechado que quería emborracharla.

Al finalizar la cena, en aquel restaurante en que nadie era amable, ni nadie te miraba, en el que solo había parejas perdidas en rincones, tomado platos de un precio que sólo un tonto querría pagar, la tensión entre ellos aumentaba por momentos.

Había algo extraño en todo aquel ambiente de lujo.

Mientras él pagaba la cuenta, ella miraba por una ventana blanca, cuyos cristales daba a un precioso jardín inundado por una intensa oscuridad.

Se levantaron y se dirigieron otra vez al coche que los esperaba a la puerta. Hacía aún más frío que cuando llegaron, un frío que a ella le penetraba a través del abrigo y, casi a través del alma.

A pesar de estar en un lugar precioso se sentía perdida en mitad de aquel bosque y con todo aquel enrarecido ambiente, en el que nunca había estado.

El chófer les abrió la puerta, él se mostraba increíblemente amable ahora. Intentó iniciar una conversación y ella, sentada a su lado sólo pensaba en alejarse de aquel sitio.

Pasados unos minutos mientras el coche discurría lentamente por un camino empedrado hacia la carretera principal, notó la mano de él sobre la suya. Lo miró sin comprender y sin pensarlo, la apartó de inmediato. Hubo un silencio.

La segunda vez la mano de él no se posó, sino que la agarró con fuerza, con una fuerza impensable en una persona tan mayor. Sin tiempo a reaccionar se volvió hacia él para advertirle que dejase sus manos en paz, pero al hacerlo, se encontró con la cara de él y lo peor, con su boca.

Ella cerró los labios como quien cierra los ojos cuando nota que le entra algo en ellos, pero él agarró su mandíbula con tal fuerza, que sólo podía sentir cómo sus mejillas enrojecían por momentos.

Pasados unos segundos de lucha, ante sí sólo se plantó una imagen: la dentadura postiza. Sintió tal asco que puso sus dos manos en la solapa de su abrigo, para apartarlo de ella con mayor fuerza. Pero el empeño de él por conseguir lo que quería iba en aumento.

Todo el mundo lo trataba como a un respetable y amable anciano. Ella nunca hubiese pensado que tuviese esas garras de hierro y menos se le hubiese ocurrido encontrarse en semejante situación.

Alzaba la voz pidiéndole que se apartase, repitiendo que no entendía lo que estaba haciendo, mientras el chófer, sordo y mudo, seguía conduciendo sin pestañear.

Era una situación angustiosa en la que él se enfadaba cada vez más y en la que ella procuraba librarse de aquel asqueroso beso.

Ella luchaba para que su boca ni rozase la cara de él, pero cada vez le resultaba más difícil y notaba cómo sus brazos comenzaban a cansarse.

Procuraba alejar su cara de aquella boca que susurraba palabras que no comprendía y para que el temido beso no se produjese de ninguna manera.

De pronto, cedió, la dejó y dijo: “Siempre he sido un caballero”  Ella se separó. Casi no podía respirar por las palpitaciones de su corazón. Y esa estúpida frase resonaba en su cerebro una y otra vez… un caballero. Era lo más ridículo que había oído nunca.

No lo había conseguido, ni un roce, sólo aquella absurda lucha en aquel lujoso coche que conducía ese chofer que parecía un robot.

Si el ambiente era extraño antes de este brusco ataque, ahora se podía cortar con cuchillo.

Ahora era ella la que se había quedado sin palabras. No sabía qué decir, se tocaba el pelo nerviosa, le temblaban las manos y sentía muy doloridos los brazos.

Él estaba ofendido, muy ofendido y enfadado. Nunca lo habían rechazado así. Todas las mujeres habían cedido ante él por una razón u otra.

Ella no podía pensar, lo conocía desde pequeña, conocía a su mujer, sus padres eran parientes cercanos y habían confiado en él.

Todo siguió como si no hubiese pasado nada. Ella pronunció alguna frase absurda y él contestó como si durante los momentos previos todo hubiese trascurrido de forma normal.

Las señales que había vislumbrado previamente y que había intentado obviar, cobraron vida esa noche ante aquel burdo y machista plan de ataque con cena incluida.

El chófer salió del coche para abrirle la puerta. Las manos aún le temblaban al coger las llaves para entrar en su diminuto apartamento. Comenzaba a nevar, pero el frío de la noche no le parecía tan malo ahora. Sólo quería salir de allí.

Él se despidió desde el coche mientras decía: “Te veo mañana en el despacho”.

 

Al médico con papá

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Existen días en los que hagas lo que hagas, las cosas no salen bien. Y éste, sin duda,  fue uno de ellos.

Me encontraba pasando unos días en casa de mis padres. Mi madre procuraba pasar tiempo conmigo, pero tenía mil cosas que hacer. Entre ellas, atender un súbito dolor que tenía mi padre en el dedo de un pie, con la consiguiente cita con su médico general.

Lo peor del asunto era que, sin él saberlo, le esperaba una pequeña encerrona, ya que el médico pretendía convencer a mi padre de que se hiciera un examen de próstata, pues su internista había encontrado algo en los últimos análisis que le había hecho.

Mi madre y yo sabíamos que no había persona en la tierra que lograra convencer a mi padre de algo que él no quería hacer, así que, habíamos intentado que este asunto quedase en nuestras manos.

Sin embargo, aquella aciaga mañana, para sorpresa de ambas, mi padre, que ya había estado reflexionando sobre su estratagema para librarse de la cita, se presentó ante nosotras muy decidido, con cara de pocos amigos y nos espetó desafiante: “Me voy al médico solo”.

Papá no ha ido al médico solo en todos los días de su vida, ni tan siquiera a pedir una receta, no fuera a ser que, en un descuido, lo cogiese por las orejas y en vez de firmársela, lo metiera directo en el quirófano.

Después de tan valiente afirmación, ambas teníamos claro que lo que pretendía era marcharse solo a dar una vuelta, hacer tiempo y volver a la hora de comer, protestando por  la cantidad de gente que había encontrado en la consulta y pudiendo afirmar así, que no había podido ser atendido.

Como era preciso que le recetasen algo para el súbito dolor en el pie, yo me ofrecí voluntaria a acompañarlo, con lo que, obviamente le chafé el plan de escabullirse de la visita. En aquellos momentos no sabía a lo que me exponía.

Simplemente quería evitar que fuese solo porque, tanto mi madre como yo, nos temíamos que Francisco, así se llama el médico, pudiese mencionar la prueba de la próstata: “Traédmelo por aquí que ya lo convenzo yo”, nos había soltado con gran seguridad. Después de aquella frase, mi madre y yo pensábamos: “Este pobre hombre no sabe a lo que se enfrenta, si lo supiera preferiría repetir el MIR”.

Lo primero que hicimos fue coger un taxi, ya que mi padre no podía caminar bien. No es que el ambiente en el vehículo fuese muy distendido esa mañana. Papá había entrado en una especie de mutismo muy raro en él, muy probablemente debido a su cita.

Llegamos al centro médico. El sitio es nuevo y diría que agradable, aunque no puede haber ningún sitio donde haya médicos que sea agradable. Y sé que la mayoría de ellos opinan igual que yo.

Me bajé del taxi y dejé a mi padre pagando. La primera en la frente. El pobre estaba tan nervioso, que cuando salía del taxi su cabeza rozó el techo del vehículo y, debido a su falta de pelo, y por tanto, a una mínima protección, se convirtió en un reguero de sangre. Pero esto no lo detuvo ni un momento.

¡Santo cielo! Cuando vi aquello me abalancé a examinarle la cabeza  y comprendí que no debía de haber salido tan a la ligera del vehículo y que la mejor opción hubiera sido poner mi mano en su cabeza cuando descendió, como hacen los polis con los maleantes.

Acto seguido, papá dijo apresurado que no era nada, poniéndose un pañuelo blanco en la cabeza, pero yo ya había observado que se había llevado por delante un buen trozo de piel, nada grave, pero que sangraba abundantemente.

Pues así entramos. Era un espectáculo casi hilarante, ya que en lo único que él podía pensar era en terminar pronto con todo aquello y aceleraba el paso por el pasillo sin darme tiempo ni a seguirlo, con la mano en la cabeza intentando detener la estrenada hemorragia.

Una vez lo vi sentado, empecé a buscar a una enfermera que le pusiera algo en la herida, pero, oh milagro, la puerta del médico se abrió y nos indicó que pasáramos.

¿Por qué todo ocurría tan deprisa esa mañana? Generalmente, siempre tenemos que esperar un buen rato en la antesala. Pero ese día, nada.

Nos sentamos. Le dije lo que le pasaba en la cabeza. Papá estaba totalmente a la defensiva ante la perspectiva de consultarle lo que le pasaba en el pie.

El médico, al que ya le rondaba la idea de soltarle el discurso prohibido,  pensó que poniendo una voz autoritaria, método que probablemente le funcionaba con muchos pacientes, mi padre iría como un cordero a hacerse la dichosa prueba.

A esas alturas yo ya sabía que no era ni el momento, ni el día y probablemente ni el año. Ya se lo había dicho anteriormente, estando a solas con él. “Deja que le hable mi madre. No le menciones el tema porque lo vas a asustar más” Pero, mi padre que parece una persona afable y sencilla, es muy difícil de conocer y puede acabar con la moral de una persona en unos cuantos minutos sin siquiera proponérselo.

Al terminar de mirarle el dedo gordo del pie y diagnosticarle un probable pequeño ataque de gota, mi padre ya se había soltado mucho más con eso del pañuelo y se lo había dejado pegado, eso sí plegado en cuatro partes, encima de la cabeza y adoptado una posición mucho más a la defensiva que antes, frente al posible agresor. Quizá ya sospechaba que algo más se gestaba allí, con los médicos nunca se sabe. Cruzaba los brazos sobre el pecho. “Mala señal”, pensé yo. No podría decirse que la postura fuese muy natural. Sus ansias de defenderse eran tales, que los había cruzado demasiado arriba mientras apretaba los labios, y eso, junto con el toque árabe que el pañuelo le daba, su aspecto no inspiraba mucha tranquilidad.

Aprovechando que yo estaba sentada del lado del oído en que mi padre no oye, advertí al médico, sin miedo a ser oída, que no plantease el tema ese día. Sin embargo, éste no estaba dispuesto a arredrarse y, haciendo caso omiso de mis indicaciones verbales, inició su propio calvario.

Comenzó explicando con paciencia, pero con seguridad, que era mejor asegurarse del resultado de los análisis del internista y que se sometiese a una prueba, que, según él, era muy sencilla. Y así, pasó a explicarle en qué consistía la prueba en cuestión.

Tras dicha exposición mi padre contestó: “Pero, ¿eso qué es?” Cualquiera que no lo conociese y no supiera en el ataque de pánico en que se encontraba no le hubiese encontrado ni pies ni cabeza a la preguntita, que no era otra cosa que, ¿A qué conduce esto? ¿Va a haber otras pruebas? ¿Qué pasa si encuentran algo? En fin, lo que todos tenemos en la cabeza en este tipo de situaciones. Pero, como es lógico, el médico interpretó que había, quizá, que utilizar un lenguaje menos técnico y volvió sobre el asunto con palabras más sencillas, que tuvieron el mismo resultado: “Pero ¿eso qué es?” Parecía que mi padre se había parapetado en esa frase y no tenía intención de soltar otra cosa por la boca.

Para entonces, yo ya había abandonado al pobre doctor metido hasta las cejas en el asunto y me dedicaba a mirar hacia un lado, distraída, leyendo no sé qué calendario de esos que dedican cada mes a una enfermedad.

Cuando volví la cabeza hacia el médico, me dedicó una mirada de desesperación como suplicando ayuda. “No, no”, pensé, “ya te lo había advertido”.

Lo explicó por enésima vez, pero la postura corporal del médico había cambiado con respecto al comienzo del discurso. Ahora ya no reposaba su espalda en el sillón, sino que se hallaba echado hacia delante enervado. Lo último que le oí decir antes de abandonar la consulta, estando mi padre en la misma posición de autodefensa y repitiendo exactamente la misma frase fue: ¡Qué te van a meter un dedo por el culo!

Caray, el pobre hombre estaba exhausto. Mi padre lo había machacado. Eso sí, él tampoco se encontraba demasiado bien, entre la herida de la cabeza y el bajón de moral a causa de la charla en la que le auguraban todo tipo de males. No había por donde cogerlo. También hay que decir, que el médico no estaba en mucho mejor estado.

Me lo llevé a la enfermería. Sólo quería sacarlo de allí y que le curasen la herida de una vez. Pero la cosa no había acabado. Aún me esperaba otro asalto con la enfermera.

Papá es siempre encantador con las enfermeras, ya que éstas suelen portar utensilios que no le gustan e intenta distraerlas charlando y riéndose. Ellas lo encuentran encantador, viéndolo tan relajado y están siempre encantadas de tener un paciente tan afable.

Entramos en una salita. Se sentó en un sillón. La enfermera echó un vistazo a la herida, dijo que no era profunda, pero que sangraba mucho. Había que desinfectarla y ponerle unas gasas. Como ya he mencionado, mi padre es sordo de un oído, él sigue diciendo que oye poco, pero eso es otro tema.

La enfermera depositó unos apósitos en la cabeza de mi padre. Las gasas blancas se asemejaban a una especie de torreta que había que aplastar “pescándolas” con un esparadrapo. Mi padre me miraba fijamente con todo aquel bulto colocado encima de la cabeza.

La enfermera se esmeró en colocarlas bien, puso bastantes, una encima de otra. La cabeza de mi padre parecía un merengue, blanco, alto y barroco.

En ese momento, la pobre cometió el fallo de avisar a mi padre de que no se moviera, dándose la vuelta para cortar el esparadrapo. Y al estar ella detrás del sillón donde él se encontraba sentado y oyendo que ella murmuraba, se volvió de golpe para preguntarle si quería algo, poniendo “su oído bueno” y su mejor intención. Todo el vendaje salió disparado hacia un lado igual que una serpentina.

Todo era tal sucesión de desastres, que yo me hallaba sumida en una profunda vergüenza y desesperación. Mi ayuda se había tornado más bien en una especie de asesinato tanto físico, como moral, pues se encontraba más asustado y deprimido que antes de acompañarlo.

Me quedé quieta, mirándolo fijamente y sin articular palabra. Me encontraba delante de él, como si me hubiese convertido de pronto en un objeto inanimado, mudo.

Me ha ocurrido otras veces en situaciones que superan mis límites y parece que ésta lo estaba consiguiendo. Me quedé en blanco. Es como si me saliese de mi cuerpo. Se me paralizan las conexiones cerebrales. La gente piensa que, o soy idiota o tengo unos nervios de acero. Ni lo uno, ni lo otro.

Todo era grotesco. Tres veces consecutivas se repitió la escena de las vendas cayendo de la herida de la cabeza de mi padre y cada vez era más gracioso ver cómo él, solícito, se giraba hacia atrás mientras la enfermera se quedaba de pie frustrada, boquiabierta, con el esparadrapo cortado en la mano y no entendía por qué, si lo avisaba, cada vez, de que no se moviese, él giraba la cabeza repentinamente como cuando un bebé tira una y otra vez los patucos al suelo sólo por el placer de ver agacharse a su madre.

Aquello ya duraba más que una operación. La enfermera no alcanzaba a comprender por qué un herido tan amable no se dejaba poner un simple vendaje en la cabeza y seguía intentando pescar a lazo los apósitos que se disparaban cada vez con más gracia como si de una broma molesta de carnaval se tratase. Algo tan sencillo, resultaba labor imposible.

Aquel día le devolví a mí madre una persona herida física y psíquicamente, que, encima, había dejado muy deprimidos a un taxista, a un médico y a una enfermera.

Tras esa mañana, me sentí muy mal, pues mi intento de ayuda se había convertido únicamente en una sucesión de calamidades. Por eso, es curioso que cada vez que le narro a mamá aquel desafortunado día, ni ella ni yo podemos evitar reírnos hasta no poder más.

Un cóctel muy especial

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Llevaba cinco días ya, recluida en un hotel de la Isla de Lanzarote con unos cuantos turistas ingleses y alemanes, en lo que se suponía iban a ser unas relajantes vacaciones para descansar.

Su estancia transcurría a diario a toque de corneta. Cuantos más días pasaban, más enclaustrada se sentía. Le parecía haber sido reclutada en el ejército, pero en período de guerra, por lo rígido de su horario y obligaciones. Todos los huéspedes del hotel corrían de un lado para otro como sitiados por los Unos… y los otros. Nada tenía que ver aquello con un período de descanso vacacional.

El problema no era la isla, sino su acompañante masculino.

El susodicho, se empeñaba en levantarse al alba y hacer cola, plato en mano, junto con todos los guiris, para desayunar todo lo que pudiese meter en su barriga hasta prácticamente reventar. Ese era su plan de las mañanas.

Acto seguido, libro en mano, no para leer, sino por su manía de  esconder la cara detrás algo, se procuraba una tumbona en la piscina del hotel. En este momento del día, desaparecía cualquier signo vital que hubiese podido haber antes del atracón, quedando el sujeto en un estado de letargo hasta bien entrada la tarde. Cuando su pequeño cuerpo terminaba el laborioso proceso de la digestión, parecía que cobraba algo de vida, no mucha, pero algo sí.

Por la tarde, se abría el bufet gratuito de nuevo, reanudándose con ello su actividad y la de ella, por desgracia. Claro que sólo a su novia se le había ocurrido contratar un paquete vacacional con desayuno y cena incluidos, sabiendo que iba acompañada de la persona más tacaña que ha puesto los pies sobre la faz de la tierra. Y no exagero, pues aunque esto lo lea alguna persona afectada por el mismo defecto, no creo que lleguen a apagar los limpiaparabrisas del coche en medio de una tormenta a riesgo de sufrir un accidente mortal, para no gastar la goma que roza contra las lunas; ni tampoco ser capaces de apagar un coche cargado hasta los bordes, para arrastrarlo y frenarlo continuamente con el fin de ahorrar gasolina en un peaje. Creo que, a estos extremos es difícil llegar ¿no? Pues él llegaba sin problema.

Sin embargo, ella llevada por su empeño en disfrutar de aquellos días, intentaba moverse, nadar o entablar una conversación con el cuerpo inerte que había arrastrado hasta aquel lugar. Y lo cierto es que no solía conseguirlo, quizá él pensara que al mover la lengua se le escapaba alguna caloría. Había que acumularlo todo.

Como digo, sumida en su aburrimiento y después de haber leído más que si la hubiesen encerrado en una biblioteca, se iba a nadar. El sol canario la quemaba, entonces subía a la habitación so pretexto de ponerse crema, o lo que fuera, para cruzarse por el hotel con algún ser vivo.

Por la noche ocurría otro tanto de lo mismo, vuelta a la dichosa cola plagada de los guiris zombi que se apiñaban para conseguir su tajada gratuita del bufet y su novio, pelín ansioso, poniéndose constantemente de puntillas, plato en mano para ver qué bandeja se estaba vaciando antes de poder catarla. Los camareros que las reponían, miraban la cola de famélicos turistas con gran desprecio, pero ella intuía que a su novio, más bien, lo querían asesinar. Tal era la imagen que daba con su diminuta figura, saltando, mirando fijamente a su presa, casi sordo de pura concentración.

Ella solía esperar sentada en alguna mesa con cara de aburrimiento extremo, observando y preguntándose por qué no les había hecho caso a sus compañeros de trabajo cuando la habían avisado sobre irse de vacaciones con una pareja con tantas “cualidades”. Su depresión se incrementaba mientras observaba cómo el pobre hombre arrastraba los pies hacia atrás sobre la moqueta del restaurante, igual que hacen los toros cuando van a embestir. Tal era su estado de ansiedad por apropiarse de cuanto más mejor, para regresar finalmente con el plato rebosante de una torreta de alimentos mezclados que sólo servían para empacharlo hasta casi morir.

La mirada de desprecio de la mujer se iba pareciendo cada vez más a la del camarero que la miraba extasiado, como preguntándole, “¿te hacen falta más pruebas para deshacerte de él cuanto antes?” La verdad, tenía razón, pues cuanto más lo observaba, más le recordaba a algún bicho de esos que ven los hombres en los documentales, pues acumulaba tanta comida en alguna parte que parecía que iba a hibernar. Claro que, respetaba más a esos bichos que por lo menos pensaban en sobrevivir, no en ahorrar.

Pero con todo esto, sus vacaciones se estaban convirtiendo en una especie de rutina militar que trascurría en observar todo ese ritual repetido al milímetro a diario, aderezado por interminables siestas para que él se recuperarse entre comida y comida.

Un día tomó una decisión. Ella no se había trasladado desde Bruselas a Madrid, sobrevolado Casablanca y aterrizando con el avión haciendo piruetas sobre sí mismo y ella con todos los pelos de punta, para pasarse las vacaciones de un típico turista aburrido. Estaba cada día más roja por aquel sol de justicia y más gorda por la huelga de su metabolismo a causa de la depresión.

Aquello no podía seguir así. Había que hacer algo. Primera gran idea: alquilar un coche. Decidido. “Lo pago yo, me da igual, para eso lo gano”, pensó.

Sin embargo, también quería cortar con todo ese ritual espeluznante de dominguero triste, en este caso, de catalán tacaño. Nada de irse corriendo a la cama a dormir a toque de corneta, levantarse al siguiente, comer como un cerdo y regresar a Bruselas con mucho peor aspecto y más hundida que si la hubieran metido en Alcalá Meco, que seguro que es mucho más entretenida que aquello.

A esas alturas, a ella le daba igual su cara de desaprobación, pues tenía unas ganas infinitas de disfrutar de aquellas vacaciones tan merecidas tras largos meses en la planta once de su despacho, observando el cielo plomizo de Bruselas. Quería unas vacaciones, de esas que siempre había odiado, de esas de las que su familia siempre había huido, quería unas vacaciones horteras.

Esta noche iba a salir, por fin. Una juerga en toda regla. Aunque, nada más abandonar el hotel, para su desgracia, ya se sentía como todas las noches. Barriga hinchada y empezaban a picarle los granos que le habían salido por el sol, junto con unos bultos probablemente debidos a algún alimento del hotel que le había sentado mal. Vamos que,  entre los bultos en las manos, los granos en la cara y la barriga como de una embarazada de seis meses, podéis perfectamente imaginar que no estaba en el momento más atractivo de su vida. Razones por las que necesitaba sol, descanso, y bajar el estrés.

Ya en la recepción del hotel recibió la primera señal de alarma que la avisaba de que la salida nocturna no era muy buena idea, aunque en su decidido afán por darle un nuevo rumbo a esas vacaciones, decidió obviarla. El recepcionista les advirtió de que soplaba monzón. “Bueno, vale ¿y qué? Ni idea, ni le importaba”, pensó. Un poco de viento no la iba a frenar ¿Un poco? Aquello era todo un huracán. Imposible caminar, pelos de punta y falda equivocada. No es que empezara muy bien la cosa, pero ella ni caso.

Su determinación era más fuerte que el viento y en su cabeza sólo había cabida para un pensamiento. Tenía que sacarse la depresión de encima y como “la cosa” que llevaba al lado, no se caracterizaba por su animada conversación, lo único que se le ocurrió fue emular una película de Harrison Ford llamada “Siete Días y Siete Noches” en la que hacía buen tiempo, la protagonista estaba delgada y había muchos cócteles decorados con sobrillitas horteras. El tiempo no iba a mejorar, por lo menos esa noche, menos probable era que su pareja se convirtiese en Harrison Ford, o lo que hubiese sido mejor, que mantuviera una conversación interesante y su colón tampoco iba a deshinchar. Lo único que le quedaba era el plan de las sombrillitas. Se plantó en su cabeza la idea de tomar el cóctel que tuviese más colorines y más alcohol de la isla. Tenía que animarse aunque fuese artificialmente.

El viento soplaba cada vez más fuerte y no podía ni caminar, ni ver por donde pisaba. Se limitaba a seguir un paseo empedrado. Llegó el milagro. Tras una caminata de medio kilómetro luchando contra los elementos de la naturaleza, se alzó antes sus ojos un enorme y lujoso hotel. Su cara se iluminó.

La entrada ya prometía. Piscinas de agua trasparente, iluminadas por un centenar de focos que las hacía brillar como diamantes azules en la oscuridad. Su novio miraba hacia el suelo, a falta de poder taparse la cara con algún papel, libro o documento. Según observó, para entrar en el edificio, había que cruzar un puente de madera construido por encima de la piscina principal que tenía muchas palmeras y arbustos a los lados. Fantástico. Ya se imaginaba en la selva, sus pensamientos se disparaban y le parecía que pronto iba a aparecer un oasis ante sus ojos, quizá plagado de luces estratégicamente colocadas para ocultar granos, barrigas y al final de todo eso, habría un amable camarero con alguna bebida exótica. Esperaba que, por lo menos eso, le bajase la cena y le hiciese pensar que el viaje había merecido la pena.

El puente los condujo por encima del agua cristalina y ya desde éste, vislumbraron el hotel por dentro. La perspectiva de ver gente, quizá tener alguna conversación agradable, tomar alguna bebida maliciosamente cargada de ron isleño que la animase un poco, ya era más que suficiente ¿Qué otra cosa podía pedir esa noche? Bueno, quizá… que no le saliese otro grano.

Entraron entre las quejas de su acompañante, el cual se lamentaba, porque no entendía los motivos para cambiar de hotel, ni tampoco sus  ganas de beber un cóctel, cuando podían beber toda el agua que quisieran, gratis, en el suyo.

Obviando su pánico, ella se fue directa a la entrada. Nada más entrar se le pusieron los ojos como platos al ver una mesa muy hortera con telas horrendas, rosas y fucsias que colgaban hasta el suelo, con lazos enormes de adorno. En el centro de la mesa había un gran cartel que ponía “Coctel Especial de la Casa” ¡Ahí estaba! ¡Lo sabía, lo había logrado! Se le empañaron los ojos de felicidad. Justo lo que necesitaba. Esa noche estaba dispuesta a pasarlo bien y nada ni nadie le iba a amargar esos momentos.

No es necesario mencionar que lo primero que hizo cuando se acercó el camarero fue señalar la mesa, ansiosa como una niña pequeña, los ojos chispeantes de ilusión. Él, resignado, pidió lo mismo.

Tras una dura espera de unos diez minutos, les trajeron dos enormes copas con sombrillas y pajitas como de un litro cada una. Era perfecto, ella sonreía como una niña ilusionada ante su bomba alcohólica.

Comenzó a sorber por la pajita. Trascurridos unos diez minutos esforzándose en chupar y chupar por aquel tubo fluorescente aquel líquido prometedor y afrutado, no conseguía efecto alguno. Era normal. No podía aspirar a un enorme grado de animación instantáneo con unos cuantos sorbitos. Se recostó en el sofá e intentó entablar una conversación. El mutismo de su compañero era, en este caso, para mostrarle su desaprobación ante aquel desmadre.

Decidió seguir con lo suyo, pero esta vez, nada de pajitas, hundió sus labios entre los hielos para amainar su creciente enfado y cerró los ojos. Bebió hasta media copa. Cada vez sentía que le apretaba más la falda. Aquello de sentirse bien no estaba funcionando ¿Qué le pasaba? No acertaba a dar con el quid del asunto. Ella, que con una sola copa de vino, charlaba por los codos totalmente relajada, esta vez no lo conseguía ni con alcohol de 40º. No lo entendía. Claro que, como en aquella isla todo tenía su ritmo, que era más bien lento, quizá el alcohol que fabricasen también lo hiciesen para que se subiera poco a poco. Seguro que era eso, pensó. Si es que le encantaban los canarios, eran tan relajados.

Persistencia no le faltaba, bebía y bebía con el único fin de perderse en los brazos de Baco, pero hasta Baco la había abandonado.

Cuando su copa estaba prácticamente acabada y se sentía como el pez globo, pero con falda, su colón estaba a punto de salir y gritarle que dejase de tomar tanta fruta y también al mamón que hacía que se le irritasen los intestinos, un día sí y otro también. Pero su colón no salió. Se lo comunicó en forma de dolor sordo, diciéndole: “puedes seguir metiendo lo que quieras, pero ya sabes que cuando me planto, me planto, y de aquí no va a salir nada en varios días. Si sigues con esto, sólo vas a conseguir hinchar aún más”

Empezó a pensar que hasta el cóctel estaba trucado. Le preguntó a su novio si notaba el efecto del alcohol, pero como a él le encantaban las cosas dulces, le dijo que no lo notaba de momento, pero que le parecía que estaba muy bueno.

A esas alturas, ella había alcanzado su límite de paciencia. Llamó al camarero y le dijo, intentando calmarse, que le explicase el contenido del “Súper Coctel Especial de la Casa”, porque ella sólo lo encontraba especial si lo que querías era beber líquido suficiente como para hacerte una ecografía abdominal a la salida del hotel.

El camarero, con cara de extremo aburrimiento comenzó a soltar la interminable lista de ingredientes que contenía mientras alzaba los ojos hacia el techo, intentando recordarlos todos. Cuando iba por el décimo, lo interrumpió para ir al grano: 

“¿Cuántas clases de alcohol tiene?” “No contiene alcohol, señora”.

Aquella corta frase se le clavó como un cuchillo, no pudo articular palabra ¡Todas esas calamidades para después tomar un litro de fruta triturada! No podía ser cierto.

Era una crueldad ¿Hasta dónde iba a llegar aquella tortura? Llevaba más de una hora haciendo esfuerzos ímprobos para tragarse el cóctel más afrutado y azucarado de toda su vida lo más aprisa que había podido ¿Y no contenía ni una miserable pizca de alcohol?

Regresó a su hotel después de tan fallida y amarga experiencia. La barriga le llegaba aún más allá que antes, las frutas se habían unido a la cena gratuita del bufet y su depresión llegaba mucho más lejos que todo ello junto.

Su novio la cogió por los hombros al cruzar las puertas del hotel y le dijo: “¿Ves qué bien? Después del paseo, estamos cansaditos y ya podemos ir a dormir que mañana hay que bajar prontito a desayunar”.