La estación

estacion-tren

Existe un momento en nuestras vidas en el que pensamos, equivocadamente, que hemos tomado un camino determinado, elegido por nosotros y que sabemos hacia dónde nos dirigimos.

Esto no es más que una ilusión.

Si cometes el error, o el acierto, de girar a la izquierda, en vez de a la derecha, esa decisión, por nimia que parezca, puede traer consigo un sinfín de consecuencias.

En realidad, nos hacemos la ilusión de que dominamos nuestro destino, aferrándonos a pequeñas costumbres diarias, que se afianzan con la edad y que nos hacen sentir más seguros, pero no existe nada seguro. Al igual que no existe nada perfecto o que podemos afirmar que la verdad absoluta es una quimera.

Aquel día decidí que un avión era un medio de trasporte demasiado rápido para la decisión que acababa de tomar.

Necesitaba un viaje lento, que me permitiera asimilar el cambio tan radical que se iba a producir en mi vida.

El tren fue mi elección porque yo sé que si hubiera elegido llegar en unas cuantas horas a mi destino, habría regresado a Suiza de nuevo.

Y ese tren lento, me permitió pensar, escribir, mirar por la ventanilla e ir cambiando unos paisajes por otros en una pausada transición. De esa forma el goteo de sensaciones se hacía más liviano.

Era un viaje plácido, pacífico. Estábamos yo y el tren.

Solía alargar los desayunos en un intento de frenar la llegada de nuevos minutos. Observaba a los demás pasajeros. En sus caras se leía que muchos de ellos se dirigían decididos a su destino, en otros se podían entrever las dudas. Viajaban sin la certeza de desear alcanzar su destino y con un íntimo deseo de que el viaje no terminara.

Sin embargo, el tren seguía su curso sin pausa, implacable. Se paraba en estaciones, pero retomaba su ruta.

Ya me encontraba a medio camino entre Suiza y España.

Las horas transcurrían lentamente, y sin embargo a mí se me antojaban desbocadas e implacables.

Necesitaba que las agujas del reloj se detuvieran. Mi mente seguía en Suiza. De hecho, recuerdo haber tenido más conversaciones mentales conmigo misma en alemán, que en español.

Ya habíamos salido del país y entrado en Francia. Tras haber parado en una estación, cuyo nombre no tiene importancia, me sentí incapacitada para actuar con el cerebro y, en un impulso, el corazón tomó el relevo.

Como una autómata cogí mi maleta y me bajé del tren.

Parada en el andén observé cómo se ponía en marcha. No había llegado a mi destino, pero era incapaz de subir. Pregunté por un hotel, sin reflexionar demasiado sobre lo que estaba haciendo.

Ya entrada la noche me encontraba cenando en un precioso y acogedor comedor rodeada de las conversaciones de otros huéspedes. No tenía la sensación de encontrarme ni en Francia, ni en ningún otro país. Había parado el reloj. Había tomado la decisión de que necesitaba más tiempo para esa transición. Al fin y al cabo era mi tiempo, mi vida y mi equivocación.

Alcé la copa de vino y miré por primera vez con atención al pequeño restaurante en el que se escuchaba todo tipo de idiomas y escaso francés.

No habían transcurrido ni dos minutos delante de mi cena, cuando una voz, mitad sorprendida, mitad emocionada, pronunció mi nombre.

Si no me hubiese bajado en esa estación, nunca hubiese vuelto a verle.

Las estaciones son encrucijadas, puntos de encuentro y de despedidas, donde las personas se van o aparecen como por arte de magia. Donde puedes volver a ver a la persona que menos esperas.

Y donde se mantienen las conversaciones más sinceras, por esa extraña magia que tiene viajar que hace que abandones tu disfraz de todos los días y recuperes tu verdadero yo.

Y ahora, años más tarde, recuerdo esa larga conversación, en la que palabras y vino se enredaron durante horas. Y fueron precisamente esas horas de charla la medicina que necesitaba para afrontar el cambio de país y de vida. Quizá si no hubiese hablado con Mark, no hubiese podido avanzar en mi trayecto.

Aquella noche Mark no me dio ningún consejo. Pero supo escuchar, que es un arte que poca gente domina.

Las decisiones y conclusiones a las que llegué ya estaban dentro de mí, sólo que él sabía extraerlas con la maestría de un buen cirujano. Utilizaba magistralmente su empatía, esa escasa cualidad de los que saben mantener una conversación.

Siento que existan tan pocos amigos como Mark, con el que, según me han dicho, ya no podré volver a hablar, por lo menos en esta vida.

Con él aprendí que, algunas veces, es imprescindible pararse en una estación.

No olvides tus recuerdos azules

Areoso

 

La isla está formada sólo de una fina arena blanca y de agua tan cristalina que, al asomar la cabeza fuera del barco, veo claramente el fondo y el ancla reposando en la arena.

Hay que tirarse e ir a nado. Somos diez personas en el barco y nuestro amigo marinero.

Los marineros no saben nadar. Ellos no tocan el mar, comen de él, pero jamás se zambullen en el agua.

Hay una pequeña barca atada al barco, pero la isla está tan cerca que decidimos ir nadando.

Es curioso que, aunque hay un trecho del barco a la isla, no tengo miedo de tirarme al mar.

Salto de la cubierta del pesquero y en unas cuantas brazadas, impulsada por el agua salada, llego sin apenas cansarme.

Todos sentimos la agradable sensación de la cálida y blanca arena bajo nuestros pies que nos recibe al llegar como si deseara ser visitada. No hay nadie en la isla.

Alternamos paseos al sol, que aún calienta, con baños en el agua y nos asombramos de poder observar con tal nitidez las puntas de nuestros pies en el fondo.

Nadie puede acercarse si no es en barco. Estamos solos, y desde el pesquero de madera verde y roja, anclado, nos observa el capitán con sus piernas clavadas en la cubierta del barco.

Nado dejando que el agua acaricie todo mi cuerpo, y de vez en cuando, me tumbo en la superficie del mar que me acoge generoso en su regazo.

Miro hacia cielo y sonrío en azul. Pocos momentos recuerdo de felicidad tan intensa. Esos momentos que existen en la memoria y que, a veces, reaparecen en los días más grises, esos momentos que cometemos el error de olvidar.

Ya de vuelta al barco, a la vez mojados y quemados por el sol, nos vestimos de prisa y nos secamos. Son cerca de las ocho de la tarde y el puerto nos espera.

Vuelvo a sentarme al borde del barco, intentando secarme el pelo con la brisa. Siento cómo al surcar de nuevo las pequeñas olas, el aire golpea mi blusa y mi cara.

La isla se hace más y más pequeña a medida que nos alejamos, hasta convertirse en un punto. La sal decora mi cuerpo de blanco y siento ese hambre y esa sed que sólo pueden proporcionar días así.

El barco navega lleno de vida, de risas y nuestro amigo, el marinero, sonríe satisfecho, mientras maneja el timón que nos conduce a puerto.

Por la noche, vencidos por la calma que traen las estrellas, ya en las improvisadas mesas de madera del puerto, el mar sigue acompañándonos. Está ya en calma, dormido. Y nosotros, nos emborrachamos de olores y sabores que llegan de él.

El vino, la comida, los amigos de siempre, los nuevos y las historias, se mezclan y se amarran en un recuerdo que se graba en tu mente para surgir sólo en ese momento de tu vida en el que piensas que el gris no te abandonará. Y cuando surge, todo se inunda de nuevo del azul del mar.

Y recuerdas aquellas estrellas brillantes que te miraban aquella noche de verano en la que compartías un trozo de tu vida. Recuerdas esas charlas de donde podrían surgir libros enteros.

Te aferras a miradas que te hablaban de historias que se borrarían con las luces del alba.

Y en tu mente sólo quedan las risas, los recuerdos, los silencios, las canciones y la celebración de la vida. En aquellos días en los que sólo pretendías estar, sin mañana, sin querer más que estar.

Mis top 10

top-ten

1- ¿Conocéis esas noches del 24 de junio en que las meigas gallegas se van a tomar vino y tapas con las almas de los marineros a los que el mar ha robado la vida? ¿Sabéis que durante esas noches vivos y muertos se reúnen de nuevo?

La Noche de las Meigas: http://liviadeandres.wordpress.com/2013/06/23/la-noche-de-las-meigas/

2- Un día de frío intenso, sola y rodeada de un cielo amenazador, en una ciudad del Este, pude encontrar un cálido refugio.

En esa ciudad de Este: http://liviadeandres.wordpress.com/2013/07/03/en-esa-ciudad-del-este/

3- ¿Qué pensamientos os asaltan en esas noches en las que no podéis dormir? (Español/English):

En mitad de la noche/In the middle of the night: 

http://liviadeandres.wordpress.com/2013/06/22/en-mitad-de-la-noche/

4- ¿Has sentido alguna vez el rugido de las olas tan cerca como si te fueran a engullir?:

El mar mi pasión salada: http://liviadeandres.wordpress.com/2013/07/22/el-mar-mi-pasion-salada/

5- Cruzando del Reino Unido a España pasé 24 horas en medio de una tormenta en un barco, allí me enamoré de las tormentas para siempre:

Tormenta en el Ferry: 

http://liviadeandres.wordpress.com/2013/08/19/tormenta-en-el-ferry/

6- Relato de una cena entre una mujer demasiado joven y un hombre demasiado viejo:

La cena: http://liviadeandres.wordpress.com/2013/08/31/la-cena/

7- El día en el que conocí a un gran director de cine en Salamanca, aunque eso no fue lo más importante de aquel día:

Un día sin clase: http://liviadeandres.wordpress.com/2013/10/06/un-dia-sin-clase/

8- Las vacaciones de ensueño de nuestra protagonista no se arreglaron ni tomando el cóctel más grande de toda La Isla de Lanzarote.

Un coctel muy especial: 

http://liviadeandres.wordpress.com/2013/06/22/un-coctel-muy-especial/

9- No saber lo que significa “Palourde” en francés, puede hacer que te sientas como una auténtica “palurda”:

Palourde: http://liviadeandres.wordpress.com/2013/10/23/palourde/

10. ¿Crees que si le gritas mucho a un sueco en español, al final te entiende? Una diputada del Parlamento Europeo, creía que sí:

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo: 

http://wp.me/p3ED7W-10

Poderes sobrenaturales

chica-con-antifaz-332715

No hay nada que me impida caminar, pero tengo la sensación de avanzar dentro de agua. Tal es la resistencia que puedo sentir a cada paso que doy. Me duelen los muslos, están duros como piedras, pero sé que debo caminar más deprisa. Voy a cámara lenta. Si sigo así, no tardará en alcanzarme.

Una mirada suya en aquel callejón oscuro al cruzarme con él y ya sé lo que quiere.

Conozco esa mirada y al tipo de hombres que miran así.

Una ola de furia ha recorrido mi cuerpo.

La calle se me antoja aún más larga. Infinita. Parece de goma, una calle que estira. No se acaba nunca y oigo claramente su respiración profunda detrás de mí. Ni se molesta en correr. Disfruta viendo que tiene todo el poder. Se ríe mientras observa cómo apuro el paso, sin que pueda ir más deprisa.

Avanzar dentro del agua es difícil y correr es imposible. Los músculos de mis piernas se tensan aún más con el esfuerzo. Miro al suelo y no lo entiendo. No veo agua, pero la sensación sigue ahí, ¿Acaso es un sueño? Si es así, quiero despertar. Estoy cansada de la resistencia con la que se enfrentan mis piernas. Mi corazón late con fuerza y su respiración está tan cerca, que creo que no tiene más que estirar su brazo para alcanzar mi espalda.

No sé qué intuición hace que intente impulsar todo mi cuerpo hacia arriba, en un intento de salir de allí hacia el cielo, ya que la tierra se me resiste cada vez más. Un pequeño impulso hace que me levante varios metros del suelo. Ni yo entiendo lo que me impedía caminar, ni entiendo ahora lo que hace que pueda volar.

Desde arriba lo veo lejos, pequeño. Según voy cayendo se hace más grande y cuando aterrizo de mi torpe vuelo, lo hago justo entre sus brazos. Más bien garras, para mí, por la fuerza con que me aprieta la cintura. No me va a soltar.

Ahora sonríe. Me tiene. Empieza a rozar la tela de mi vestido.

Mi rabia es tanta que no puedo casi respirar. Ahora me pesan los brazos, los siento como dos yunques. Cierro un puño y, sin pensar, golpeo su cara.

El golpe me impulsa hacia el cielo y desde allí veo cómo la sangre brota a borbotones por toda su cara, una sangre oscura y densa. Le he dado de pleno con una extraña fuerza que no me pertenece. Oigo gritos de dolor y veo cómo se retuerce en el suelo.

Una ola de placer recorre todo mi ser. No sólo me he librado, sino que el agresor, ha pasado a ser el agredido. El miedo, se ha trasmitido como un virus. Y es él ahora quien lo tiene. Está infectado, como lo estaba yo hace unos minutos.

Mira hacia arriba con pánico y echa a correr por el callejón.

Me siento feliz. Tengo superpoderes.

Creo que voy a estar muy ocupada a partir de ahora.

Baño en el Lago de Zúrich

descarga (1)

Cuando se piensa en Suiza generalmente se asocia con frío, nieve y lujosas estaciones de esquí. Todo ello existe. Sin embargo, en verano el panorama cambia radicalmente.

Durante los años que viví en Zúrich no podía evitar perder peso. Mucha gente me ha preguntado la razón de mi pérdida de kilos y hoy he querido contaros en qué consistía mi régimen.

Como he dicho, los veranos eran sofocantes. Hacía un calor difícil de aguantar ya que la ciudad se halla rodeada de montañas. A tales temperaturas suelen seguir fuertes tormentas nocturnas, deliciosas para aliviar el ambiente.

El Lago de Zúrich es una buena opción para esos días en los que el calor te persigue a donde quiera que vayas.

Sentada en la hierba justo al lado del enorme Lago con un amigo suizo, me sentía por primera vez aliviada, sólo de pensar en el chapuzón que estaba a punto de darme.

Aquel día, las gotas de sudor resbalaban por mi frente como nunca antes. No tardé en suplicar que nos lanzáramos a nadar un rato.

Desde pequeña he sido una gran nadadora y una enamorada del agua. Hacía meses que no veía nada que se pareciera al mar y aquel día estaba entusiasmada con la idea de volver a sentir el agua refrescando mi cuerpo.

Una vez que mi amigo accedió, lo primero que hicimos fue descender por unas enormes rocas por las que había que bajar poniendo las posturas más inimaginables para evitar resbalar por el verdín del que se hallaban cubiertas. Yo era toda una inexperta en lagos, sólo conocía el mar y aquel descenso ya me hacía sospechar que la aventura no iba a ser sencilla.

Al principio, me esforcé en guardar cierta compostura, pero viendo que el descenso por aquella resbaladiza pendiente rocosa, era cuestión de vida o muerte, me concentré en no darme ningún mal golpe.

Ni aunque me lo hubiesen pedido, hubiese sido capaz, en toda mi vida, de poner posturas tan extravagantes como las que me vi forzada a adoptar ese día. Utilizaba mis cuatro miembros, y a veces parte de la cabeza, para apoyarme en todo saliente que pareciese seguro. Me sentía como una especie de arácnido con las patas anudadas.

Cuando por fin estuve al borde del agua, lancé una mirada hacia el fondo. Primer error. Nunca debí haber hecho algo semejante. Aquello era todo menos claro y cristalino, sólo pude ver un todo oscuro y tenebroso. Lo contrario al fondo azul del mar. Y, muy probablemente, lleno de musgo, verdín, barro y algún tipo de vida sobrenatural.

Desde la roca en la que me encontraba, era imposible alcanzar el agua, ni con la punta del pie. Observando que mi amigo ya se había tirado dando un gran salto para no golpearse con nada, supe que no tenía más remedio que hacer lo mismo.

Con todo el orgullo de la que se ha criado rodeada de agua desde niña, hice lo propio y, tras un gran impulso, me lancé detrás de él.

El agua estaba fresca y por unos segundos, sentí un gran alivio.

Con el fin de no ser presa del pánico, tomé la firme decisión de no mirar hacia el fondo pasase lo que pasase. Desde pequeña sé que en el agua el pánico es un gran enemigo y conviene mantener la calma.

Esta tarea se me hacía ardua, pues la imagen de una masa negra bajo mis pies ya formaba parte de las imágenes de mi cerebro. Quizá nadaba en un abismo o puede que fuese un fondo cercano, pero no estaba dispuesta a averiguarlo.

Mi amigo me preguntó si podía nadar hasta una boya que se encontraba a más o menos quinientos metros de distancia. Contesté afirmativamente producto de un estúpido orgullo. Empecé a dar mis primeras brazadas, siempre centrada en el azul cielo que nos servía de techo.

Idiota. Hasta que no dí unas cuantas brazadas, no fui consciente de que yo no estaba acostumbrada al agua dulce y recordé la fuerza que se debe ejercer para avanzar por ella, mucho más que en agua salada.

Tras varios metros nadando por las oscuras aguas, tenía la impresión de que me hubiesen cargado con una mochila de plomo. Mis brazos pesaban tres veces más y sentía como si en las piernas me hubiesen atado dos yunques de hierro en cada tobillo. Por no mencionar, lo que pasaba con esa parte de mi cuerpo que siempre me había servido de flotador en el mar.

Calma, me dije. Opté por descansar, es decir, me tumbé panza arriba para dejar de nadar un rato. Tampoco aquello era tan sencillo como había sido siempre, pero servía.

Tras un momento de descanso, avancé un poco más y alcancé la boya en la que ya me esperaba mi amigo, que a pesar de su fuerte musculatura, parecía totalmente agotado.

Cuando iba a agarrarme a aquel salvavidas flotante, sufrí una pequeña distracción y, por un segundo, desvié la mirada hacia el fondo. Horror. De aquella cosa pendían todo tipo de hierbajos, plantas purulentas y mohosas. “Ni soñarlo, aunque me muera, no me agarro a esa cosa”. Y así me mantuve, dando brazadas, mientras duró “el descanso”.

Por fin, mi amigo dijo que quería regresar. Otro medio kilómetro de vuelta.

Empecé a nadar hacia la orilla, intentando centrarme en todas las personas que había allí disfrutando de ese precioso día de verano, ignorantes de que allí había una española a punto de ser engullida por una masa negra de agua dulce.

Faltaba  poco para llegar, a esas alturas, mis brazos ya habían duplicado su peso. Sentía que si no alcanzaba pronto la orilla, me hundiría como el plomo y jamás volverían a saber de mí.

Fue en este momento, cuando mi amigo que nadaba delante, muy cortésmente, me advirtió de que parase porque se acercaban varios cisnes y, al parecer, eran unos bichos extremadamente peligrosos.

Aquello ya me pareció mucho. O sea, que en este sitio la gente  disfrutaba con este tipo de veranos, metiéndose en un lago que luchaba por engullirte a cada brazada, y por si no fuera poco, había que nadar en zigzag para evitar que unos cisnes, te mordieran el trasero.

Dada la mala suerte que estaba teniendo ese día, lógico es pensar que uno de los cisnes, al que seguían unos cincuenta patos, me echó el ojo. Tuve que modificar mi trayectoria y nadar realizando ridículas curvas y evitando mirarlo directamente a los ojos para que perdiese el interés.

Después de todo tipo de argucias para despistar al bicho, conseguí alcanzar la preciada orilla. Me agarré a una roca como pude, pero mi mano resbaló por el verdín como si fuera terciopelo y, como consecuencia me propiné una fuerte bofetada en la cara.

¿Podía pasarme algo más?

Empecé a pensar en patentar aquello para entrenar a cuerpos especiales. Si se hacía a diario, llegarían a ser invencibles.

Extenuada hasta el extremo, comencé a trepar en sentido ascendente por las rocas, arrastrándome con total falta de estilo. No sentía ni brazos, ni piernas. Y, en esos momentos, hubiese jurado que los había perdido, pero me daba igual si conseguía que, lo que quedaba de mi cuerpo, se tumbase otra vez en la hierba.

Cuando me tumbé boca arriba, estaba tan agotada que mi respiración se podía oír a kilómetros de distancia.

Después de unos segundos encima de la toalla, me iba recuperando poco a poco. Eché un vistazo a mi cuerpo y pude comprobar que conservaba todos mis miembros.

Cuando mi amigo se tumbó en la hierba a mi lado, me miró y me dijo:

“Ten cuidado con las garrapatas, ya sabes que algunas te pueden dejar paralítica de por vida”.

Mi mirada de horror debió de ser tal, que me sonrió e intentando tranquilizarme volvió a decir:

“No te preocupes, si tienes alguna, te la quito luego” y acto seguido se puso a tomar el sol.

Es por este motivo por el que me resulta imposible dejar de perder peso Suiza. El queso, las salchichas o la mantequilla no tienen efecto en mí.

Por eso, mi consejo es, si os sentís bajos de forma o queréis bajar algún kilo, ya sea invierno o verano, Suiza es el lugar.

Un ataque de…

descarga (2)

La calle está llena de gente y no puedo evitar el pensamiento de salir de entre la masa de personas que se cruzan conmigo.

Me encuentro con filas de personas que me miran. Me siento observada, juzgada. Eso me enfada. Quiero confundirme con la multitud, pero no parece posible.

Empiezo a sentir que debo salir de allí. Reflexiono, aún me quedan unas cuantas calles para llegar a casa.

Son unas calles, nada más. Una distancia insignificante. Sin embargo, un pensamiento me asalta. No puedo evitar pensar que si por cualquier motivo me encontrase mal en este preciso instante, me marease o sufriese un ataque al corazón, podría caerme en mitad de la calle.

Dos consecuencias aterradoras se desprenden de ese pensamiento.

1-    No me daría tiempo a alcanzar mi casa.

2-    Todo el mundo, que no quiero que me mire, me miraría.

Estos dos pensamientos se traducen de inmediato en sensaciones.

Mis manos comienzan a sudar, mi corazón se acelera y también me mareo.

Si mi corazón se acelera más, me puede dar el ataque al corazón al que temo.

Si me mareo, es posible que ocurra lo que bajo ningún concepto quiero, desmayarme en mitad de la acera.

Al pensarlo, mi miedo se hace realidad.

Me arrepiento de haberlo pensado. Ahora es mi mente la que tiene el poder sobre mi cuerpo. He permitido que el miedo comience a extenderse. Y no sé cómo detenerlo.

Las sensaciones se vuelven muy raras. Si le cuento a alguien lo que siento, probablemente me encierren.

La acera de cemento que piso se me antoja blanda, además, no me parece tener el cuerpo equilibrado. Mi sensación es la de tener un peso en el hombro izquierdo que hace que me escore hacia un lado.

Intento respirar profundamente y calmarme.

Lo principal es que nadie se percate de que estoy caminando con un hombro más alto que el otro.

Echo una ojeada a un escaparate para ver si mis hombros se encuentran nivelados.

La verdad es que doy una imagen de lo más normal.

Me calmo un poco.

Sin embargo, la acera continúa siendo demasiado blanda. La miro. Todo está normal. No puedo evitar sentir cómo mis pies se hunden como si pisase una ciénaga llena de agua y barro.

Es una sensación horrible, pero poco tiempo le puedo dedicar porque estoy ocupada en nivelar mis hombros.

La sensación de pesadez, ha pasado ya al ojo izquierdo. Vaya, todo ocurre del mismo lado. Según la imagen que envía mi mente de mí, me veo ridícula, ya que me parece llevar un hombro más bajo que otro, pisar un suelo poco firme y lucho por mantener abierto mi ojo izquierdo.

En mi interior, sé que son sensaciones absurdas y me enfado conmigo misma por no saber dominarlas.

No me encuentro nada bien. No me gusta ese descontrol al que me estoy viendo sometida. Mejor me paro un rato. Me meto en una tienda. La luz me molesta en los ojos, en los dos.

Con el fin de tranquilizarme, me apoyo en una pared y disimulo cogiendo en mi mano una chaqueta. Hago como si mirara el precio.

Veo la etiqueta borrosa y noto como si la pared en la que estoy apoyada fuera tan blanda como el suelo que piso. Es como caminar por un colchón y apoyarse en otro.

Nada es seguro, ni duro, todo es blando e inseguro.

Pues sí que voy avanzando. Ahora ya no sólo se me cae un hombro hacia la izquierda, sino que tengo problemas con la pared y el suelo. El ojo izquierdo se empeña en cerrarse, veo borroso y tengo fotofobia.

Vale, vamos a ser claros, más bien tengo fobia a secas.

Un ataque de pánico en toda regla.

Si me muero, no importa, pero por favor, que no se me note y, sobre todo, que todas las señoras que tengo a mi alrededor no me miren. Ante todo discreción. No quiero llamar más la atención, ya me miran bastante sin que haga nada.

Con la mano que me sobra me agarro a un estante de ropa.

Anda mira, éste sí que está duro. Es como una boya en medio del océano.

Qué sueño me está entrando con toda esta lucha inútil contra mí misma. Casi no puedo abrir los ojos. Son como dos yunques, me pesan. Tengo que volver a la oscuridad de la calle e intentar llegar con cierta dignidad a casa.

Me centro en pensar que aunque yo me vea a mí misma como si tuviera un hombro de doscientos kilos y un ojo cerrado, la gente parece no percatarse.

Hay que salir de la tienda antes de que otro síntoma decida visitarme.

Mi certeza es que me está dando un ataque cerebral, pero mi mente me dice que no es posible que me dé uno cada vez que intento salir de compras.

Bueno, ya que estoy, voy a ver si aprovecho y llego a la caja para pagar la chaqueta, que al fin y al cabo es de lo más mona.

La cortina de terciopelo rojo

cortinas-rojas-800x450El corredor es largo, tanto que no se ve el final. Es como un tubo oscuro dividido en el medio por una cortina de terciopelo rojo sangre.

Ella sabe que sólo si la atraviesa estará a salvo de la criatura que la acosa en esta parte del pasillo, pero que no se deja ver.

Con las manos temblorosas y sudadas, se toca nerviosa un mechón de pelo mientras planea su próximo paso hacia el otro lado.

Tiene que salir de allí sin más dilación, pues si no lo hace, tiene la certeza de que la criatura se le echará encima y le arrancará una parte del cuerpo.

Sin embargo, el miedo hace que se sienta paralizada, tanto para moverse, como para pensar. Es más, hace ya un rato que nota que tiene menos visión periférica, pero no a causa de la oscuridad que la rodea, sino por las descargas de adrenalina que recorren su cuerpo.

Su respiración se acelera al notar a su espalda un aire cálido. Se está acercando, pero es tan sigilosa que no oye el ruido de sus pasos, lo que le hace pensar algo peor, que quizá no toque el suelo al caminar, sino que lo haga sin rozarlo siquiera. Esto hace que su presencia sea aún más difícil de identificar.

No hay duda posible, ella lo sabe. Está detrás, a su espalda, quizá a unos metros, quieta, expectante.

No puede retrasarlo más. Tiene que reunir el valor para atravesar esa cortina roja y grande que corta el pasillo en dos, aunque no sepa con certeza si lo que le espera al otro lado es peor que lo que tiene en éste.

Haciendo un esfuerzo ímprobo da varios pasos hacia delante y nota que vuelve a estar rodeada de frío, alejando así, a la criatura que acecha a su espalda a punto de saltar sobre su presa.

Casi sin atreverse a respirar, con el fin de pasar desapercibida ante el monstruo que se mueve hacia ella guiado por su respiración entrecortada, así como por el calor que desprende su cuerpo, separa con una mano parte de la cortina y asoma su nariz para observar el otro lado.

Nada, oscuridad, vacío. No se alcanza a ver nada, ni la continuidad de las paredes estrechas a los lados del pasillo.

Cierra los ojos y pasa al otro lado sin pensar.

Nota cómo el roce de la pesada cortina acaricia su espalda al hacerlo. Parece como si se hubiera cerrado tras de sí una puerta.

Ha cruzado. Abre los ojos. Parece que hay un precipicio a sus pies, pero regresar es impensable, sería su muerte.

Atisba una pequeña luz al fondo y aún pensando que su primer paso será hacia el vacío, pone un pie y luego otro.

Pisa en firme y, de pronto, una mano alarmantemente caliente, que aparece de la nada, toca su cara. El sudor vuelve a perlar su frente, la respiración vuelve a ser entrecortada, más bien casi no respira, se ahoga. La adrenalina lleva demasiado tiempo jugando con su organismo, está cansada, prefiere rendirse a lo que sea. Un único deseo pasa por su mente: que sea pronto.

La mano recorre su cara y la dulce voz de su madre le dice:

-Pero, mi vida, ¿otra noche con pesadillas? 

“Palourde”

findesiecleinside

El restaurante estaba a rebosar de gente de todos los países.

Mis padres acababan de aterrizar en Bruselas y, teníamos un montón de cosas que contarnos.

Yo llevaba todo el día pensando en ir a buscarlos al aeropuerto y llevarlos a cenar a un pequeño restaurante que me encantaba.

El ambiente era perfecto. Los camareros desfilaban atareados entre velas, cortinas rojas de terciopelo y lámparas de cristales.

Imposible entrar sin haber reservado. Era uno de esos sitios que nunca conoces si no vives en la ciudad.

Aquella noche lo único que pedíamos era beber un buen vino y tomar una cena sencilla y caliente en un sitio agradable donde poder ponernos al día.

Mi mesa reservada en La Fin de Siécle, uno de mis restaurantes favoritos, nos esperaba. Una mesa de madera destartalada con una vela enorme en el medio, situada cerca del patio interior convertido en terraza para salir a tomar un café o postre después de la cena.

Entre aturdidas y felices, mamá y yo nos hicimos con la carta para pedir cuanto antes, ya que lo de menos era la cena y lo más importante, la charla.

Encontramos platos sencillos y nos decidimos por pedir algo de carne para papá y un plato de pasta para nosotras.

Mamá se desenvolvía resuelta en su francés olvidado, muy estudiado y rara vez hablado y yo, me estrenaba en mi francés habitualmente hablado y poco estudiado. Pero, ¿qué importaba el francés aquella noche?

Pedimos al camarero que se acercó estresado a nuestra mesa unos entrantes y los platos principales. Mamá y yo queríamos: Tagliatelles aux crevettes géantes, palourdes et persil méditerranéen.

Como no nos íbamos a meter nada que no conociésemos en la boca, y aquellos “palourdes” no alcanzábamos a recordar lo que eran, la pregunta obligada en nuestro atropellado francés al apresurado camarero era:

– ¿Qué es “palourde”?

– Pues, Madame, “palourde” es “palourde”

– “Ah, pescado”, dice mamá.

– ¡No, Madame! ¡Palourde!

Y ahí comienza una descripción crispada y a toda pastilla, acompañada de gestos histéricos con la mano en la que no tiene la bandeja.

Mamá me mira sin entender y con cara de sorna, y yo, en mi intento por ayudar, le soplo al oído:

Debe de querer decir que “n’est pas lourde”, para el estómago, ya sabes. Vamos, que, a pesar de su aspecto, es amable ya que nos advierte de que no es un plato pesado. Por lo menos se preocupa por nuestra digestión.

Ambas, después de una pausa mirándonos a los ojos, encontramos mi traducción tan absurda como la situación.

En realidad  a mí, me daba igual, yo lo que quería era que nos trajera algo y que se callase. El problema era mamá, que como buena Virgo, siempre ha sido más exhaustiva que yo. Por tanto, no abandonaba a su presa y le daba vueltas a todas las frases para dar con la traducción de aquella palabra.

– ¡Palourde! Gritaba desesperado el pobre hombre exhausto porque su trabajo incluyese clases de francés.

Hacía un buen rato que a mamá y a mí nos costaba contener la risa, pero cedimos a una gran carcajada cuando papá preguntó:

– ¿Por qué lleva este hombre media hora llamándonos “palurdos”?

Casi sin poder abrir los ojos y con las lágrimas corriendo por nuestras mejillas, se nos encendió una luz en el cerebro:

– “¡Almejas!”, dijimos al tiempo, ¡“Palourde” quiere decir almejas!

Papá se sirvió vino mientras murmuraba:

–  Pues menuda cena me espera con estas dos gritando “almejas” y ese tío llamándonos “palurdos”.

La cena

Ella entró tranquila y sonriente en el coche de su tío, así lo llamaba desde hacía años, aunque en realidad era un primo hermano de su padre, unos veinte años mayor que él.

Muchas veces cuando iban juntos ella y él, debido a la diferencia de edad, ella tenía veinticuatro, la gente pensaba que eran abuelo y nieta. Un abuelo de ochenta y tres años cumplidos.

Un aspecto que, por cierto, no reflejaba su verdadera edad. Era un hombre alto y robusto que procuraba caminar muy erguido, en su empeño por conservar el porte que en su juventud le había dado fama de conquistador entre las mujeres.

Al entrar en el coche que la esperaba a la puerta de su apartamento, él la saludo con una discreta sonrisa y después se dirigió al chófer para darle una dirección en francés.

Ahora ella vivía en un país extranjero y trabajaba en el sitio con el que había soñado en tantas ocasiones y aunque su sueldo consistía, en algunos billetes que su jefe y tío soltaba encima de su mesa cuando lo consideraba oportuno, estaba contenta de estar allí luchando por su sueño de trazarse una carrera internacional.

Por eso, todo era nuevo y emocionante para ella, y el hecho de salir a cenar fuera, toda una aventura. Y aunque, pasar más horas con su jefe no era el plan que más le apetecía, tenía que aprovechar las pocas ocasiones en las que podía cenar fuera.

La noche era fría, él llevaba un abrigo austríaco de lana, un abrigo muy distinto al de ella, bonito y comprado en Zara, pero cuya tela dejaba pasar más fácilmente el intenso frío.

El coche se puso en marcha enseguida cruzando la ciudad despacio. Ella miraba por la ventana observando ilusionada, pensando que cuando tuviese un empleo que se lo permitiese, invitaría a sus padres que la ayudaban todos los meses a subsistir en aquella fría ciudad, a algún restaurante bonito. Y disfrutaba con esta idea. Pero esta noche iba con su tío, al que sus padres, como pariente cercano, la habían confiado.

La ciudad, inundada de luces le parecía aún más bonita que de día. Se pararon en un semáforo y aunque aún no conocía todas las calles de la ciudad, se dio cuenta de que estaban dirigiéndose hacia las afueras.

Durante el trayecto observó un extraño comportamiento en él, aunque no le dio mucha importancia. Se percató de que esa noche su tío se mostraba poco dispuesto a hablar y se mantenía algo distante. Pasados unos minutos, sintió curiosidad y preguntó a qué restaurante se dirigían. Él, mirando por la otra ventana y con un semblante de fingida distracción, le contestó que era una sorpresa.

A veces comían juntos en el trabajo y a veces en restaurantes cercanos a éste, invitaciones con las que él pretendía disculpar el hecho de no ofrecerle un trabajo remunerado.

La verdad es que, según ella misma había observado hasta el momento, había infinidad los lugares bonitos para salir en esa ciudad y a ella le encantaba descubrir sitios nuevos.

La carretera discurría por un sendero de altos árboles, la conversación era poca en el coche y cada vez se alejaban más de la ciudad.

Por fin el coche tomó un desvío, todo se oscureció detrás de la ventanilla. Se estaban adentrando en un bosque, de los muchos que abundaban alrededor de esa capital europea y, paulatinamente, las luces a los lados de la carretera iban desapareciendo.

Trascurridos unos veinte minutos, el coche se detuvo junto a una  pequeña casa. La verdad es que no parecía un restaurante.

Una señora de semblante frío que no miraba a la cara, abrió la puerta, recogió los abrigos de ambos y los colgó en el recibidor.

La casa parecía tener varios pisos y, desde la entrada, se veían unas escaleras de madera que conducían a las otras dos alturas. En toda la casa había un silencio extraño, más propio de una propiedad privada que de un sitio público.

Al fin, tras una puerta de madera oscura, entraron en un pequeño restaurante, que se parecía al salón de una casa particular. A ella le pareció precioso. Era pequeño, lleno de luces bajas, lámparas con cristales sobre las mesas muy bien situadas en discretas esquinas alejadas las unas de las otras. Toda la cubertería era de plata, había adornos barrocos por todas partes, pero sin caer en lo vulgar y cuidados manteles de hilo blanco con puntillas en sus bordes.

El camarero que se les acercó tenía un semblante  extremadamente serio, frío, rozando en lo antipático muy parecido al de la dueña del aquel local.

De forma similar se comportaba su tío aquella noche. Era parco en palabras, tenía un gesto adusto, leía el menú y actuaba como si cenase solo.

Mientras ella, comentaba cosas sobre el sitio, sobre los platos que iban desfilando ante sus ojos, entre otras razones porque le parecía violento comer en silencio y de muy mala educación. Por esto, ya que él siempre se jactaba de su pulida educación, ella comenzó a indagar sobre su comportamiento de aquella noche.

Las respuestas fueron absurdas, algo así como que cuando estaba con alguien de su familia, se sentía lo suficientemente relajado como para no tener que mantener una conversación.

En aquel momento, aturdida por todo lo que la rodeaba, ella lo creyó. Pensó que era lógico que, al tener un cargo público y debido a su avanzada edad, estuviese cansado de hablar al finalizar el día.

La cena era buena, aunque de un precio exageradamente alto, aun tratándose de un restaurante de lujo, parecía como si en el precio de cada plato estuviesen cobrando algún servicio añadido.

Ella preguntó qué había en los pisos de arriba, él por supuesto, lo ignoraba, como tampoco sabía por qué todo el mundo se comportaba como si fuesen del servicio secreto.

Su tío había pedido una botella de vino de la que sólo había querido tomar un vaso, sin embargo, a ella le servía constantemente. Mientras lo hacía la observaba, como pensando o decidiendo algo.

Al llegar el postre, aunque ella no acostumbraba a tomarlo, presionada por la insistencia de él, pidió un helado coronado por un adorno de crema y chocolate líquido.

Acto seguido y sin permiso se empeñó en pedirle un digestivo que ella probó por pura cortesía. No le gustaba ni la copa, ni aquella imposición de esa noche para que bebiese alcohol. De hecho, si no se hubiese tratado de un miembro de su propia familia, habría sospechado que quería emborracharla.

Al finalizar la cena, en aquel restaurante en que nadie era amable, ni nadie te miraba, en el que solo había parejas perdidas en rincones, tomado platos de un precio que sólo un tonto querría pagar, la tensión entre ellos aumentaba por momentos.

Había algo extraño en todo aquel ambiente de lujo.

Mientras él pagaba la cuenta, ella miraba por una ventana blanca, cuyos cristales daba a un precioso jardín inundado por una intensa oscuridad.

Se levantaron y se dirigieron otra vez al coche que los esperaba a la puerta. Hacía aún más frío que cuando llegaron, un frío que a ella le penetraba a través del abrigo y, casi a través del alma.

A pesar de estar en un lugar precioso se sentía perdida en mitad de aquel bosque y con todo aquel enrarecido ambiente, en el que nunca había estado.

El chófer les abrió la puerta, él se mostraba increíblemente amable ahora. Intentó iniciar una conversación y ella, sentada a su lado sólo pensaba en alejarse de aquel sitio.

Pasados unos minutos mientras el coche discurría lentamente por un camino empedrado hacia la carretera principal, notó la mano de él sobre la suya. Lo miró sin comprender y sin pensarlo, la apartó de inmediato. Hubo un silencio.

La segunda vez la mano de él no se posó, sino que la agarró con fuerza, con una fuerza impensable en una persona tan mayor. Sin tiempo a reaccionar se volvió hacia él para advertirle que dejase sus manos en paz, pero al hacerlo, se encontró con la cara de él y lo peor, con su boca.

Ella cerró los labios como quien cierra los ojos cuando nota que le entra algo en ellos, pero él agarró su mandíbula con tal fuerza, que sólo podía sentir cómo sus mejillas enrojecían por momentos.

Pasados unos segundos de lucha, ante sí sólo se plantó una imagen: la dentadura postiza. Sintió tal asco que puso sus dos manos en la solapa de su abrigo, para apartarlo de ella con mayor fuerza. Pero el empeño de él por conseguir lo que quería iba en aumento.

Todo el mundo lo trataba como a un respetable y amable anciano. Ella nunca hubiese pensado que tuviese esas garras de hierro y menos se le hubiese ocurrido encontrarse en semejante situación.

Alzaba la voz pidiéndole que se apartase, repitiendo que no entendía lo que estaba haciendo, mientras el chófer, sordo y mudo, seguía conduciendo sin pestañear.

Era una situación angustiosa en la que él se enfadaba cada vez más y en la que ella procuraba librarse de aquel asqueroso beso.

Ella luchaba para que su boca ni rozase la cara de él, pero cada vez le resultaba más difícil y notaba cómo sus brazos comenzaban a cansarse.

Procuraba alejar su cara de aquella boca que susurraba palabras que no comprendía y para que el temido beso no se produjese de ninguna manera.

De pronto, cedió, la dejó y dijo: “Siempre he sido un caballero”  Ella se separó. Casi no podía respirar por las palpitaciones de su corazón. Y esa estúpida frase resonaba en su cerebro una y otra vez… un caballero. Era lo más ridículo que había oído nunca.

No lo había conseguido, ni un roce, sólo aquella absurda lucha en aquel lujoso coche que conducía ese chofer que parecía un robot.

Si el ambiente era extraño antes de este brusco ataque, ahora se podía cortar con cuchillo.

Ahora era ella la que se había quedado sin palabras. No sabía qué decir, se tocaba el pelo nerviosa, le temblaban las manos y sentía muy doloridos los brazos.

Él estaba ofendido, muy ofendido y enfadado. Nunca lo habían rechazado así. Todas las mujeres habían cedido ante él por una razón u otra.

Ella no podía pensar, lo conocía desde pequeña, conocía a su mujer, sus padres eran parientes cercanos y habían confiado en él.

Todo siguió como si no hubiese pasado nada. Ella pronunció alguna frase absurda y él contestó como si durante los momentos previos todo hubiese trascurrido de forma normal.

Las señales que había vislumbrado previamente y que había intentado obviar, cobraron vida esa noche ante aquel burdo y machista plan de ataque con cena incluida.

El chófer salió del coche para abrirle la puerta. Las manos aún le temblaban al coger las llaves para entrar en su diminuto apartamento. Comenzaba a nevar, pero el frío de la noche no le parecía tan malo ahora. Sólo quería salir de allí.

Él se despidió desde el coche mientras decía: “Te veo mañana en el despacho”.

 

Al médico con papá

dr-house-caricatura_02

Existen días en los que hagas lo que hagas, las cosas no salen bien. Y éste, sin duda,  fue uno de ellos.

Me encontraba pasando unos días en casa de mis padres. Mi madre procuraba pasar tiempo conmigo, pero tenía mil cosas que hacer. Entre ellas, atender un súbito dolor que tenía mi padre en el dedo de un pie, con la consiguiente cita con su médico general.

Lo peor del asunto era que, sin él saberlo, le esperaba una pequeña encerrona, ya que el médico pretendía convencer a mi padre de que se hiciera un examen de próstata, pues su internista había encontrado algo en los últimos análisis que le había hecho.

Mi madre y yo sabíamos que no había persona en la tierra que lograra convencer a mi padre de algo que él no quería hacer, así que, habíamos intentado que este asunto quedase en nuestras manos.

Sin embargo, aquella aciaga mañana, para sorpresa de ambas, mi padre, que ya había estado reflexionando sobre su estratagema para librarse de la cita, se presentó ante nosotras muy decidido, con cara de pocos amigos y nos espetó desafiante: “Me voy al médico solo”.

Papá no ha ido al médico solo en todos los días de su vida, ni tan siquiera a pedir una receta, no fuera a ser que, en un descuido, lo cogiese por las orejas y en vez de firmársela, lo metiera directo en el quirófano.

Después de tan valiente afirmación, ambas teníamos claro que lo que pretendía era marcharse solo a dar una vuelta, hacer tiempo y volver a la hora de comer, protestando por  la cantidad de gente que había encontrado en la consulta y pudiendo afirmar así, que no había podido ser atendido.

Como era preciso que le recetasen algo para el súbito dolor en el pie, yo me ofrecí voluntaria a acompañarlo, con lo que, obviamente le chafé el plan de escabullirse de la visita. En aquellos momentos no sabía a lo que me exponía.

Simplemente quería evitar que fuese solo porque, tanto mi madre como yo, nos temíamos que Francisco, así se llama el médico, pudiese mencionar la prueba de la próstata: “Traédmelo por aquí que ya lo convenzo yo”, nos había soltado con gran seguridad. Después de aquella frase, mi madre y yo pensábamos: “Este pobre hombre no sabe a lo que se enfrenta, si lo supiera preferiría repetir el MIR”.

Lo primero que hicimos fue coger un taxi, ya que mi padre no podía caminar bien. No es que el ambiente en el vehículo fuese muy distendido esa mañana. Papá había entrado en una especie de mutismo muy raro en él, muy probablemente debido a su cita.

Llegamos al centro médico. El sitio es nuevo y diría que agradable, aunque no puede haber ningún sitio donde haya médicos que sea agradable. Y sé que la mayoría de ellos opinan igual que yo.

Me bajé del taxi y dejé a mi padre pagando. La primera en la frente. El pobre estaba tan nervioso, que cuando salía del taxi su cabeza rozó el techo del vehículo y, debido a su falta de pelo, y por tanto, a una mínima protección, se convirtió en un reguero de sangre. Pero esto no lo detuvo ni un momento.

¡Santo cielo! Cuando vi aquello me abalancé a examinarle la cabeza  y comprendí que no debía de haber salido tan a la ligera del vehículo y que la mejor opción hubiera sido poner mi mano en su cabeza cuando descendió, como hacen los polis con los maleantes.

Acto seguido, papá dijo apresurado que no era nada, poniéndose un pañuelo blanco en la cabeza, pero yo ya había observado que se había llevado por delante un buen trozo de piel, nada grave, pero que sangraba abundantemente.

Pues así entramos. Era un espectáculo casi hilarante, ya que en lo único que él podía pensar era en terminar pronto con todo aquello y aceleraba el paso por el pasillo sin darme tiempo ni a seguirlo, con la mano en la cabeza intentando detener la estrenada hemorragia.

Una vez lo vi sentado, empecé a buscar a una enfermera que le pusiera algo en la herida, pero, oh milagro, la puerta del médico se abrió y nos indicó que pasáramos.

¿Por qué todo ocurría tan deprisa esa mañana? Generalmente, siempre tenemos que esperar un buen rato en la antesala. Pero ese día, nada.

Nos sentamos. Le dije lo que le pasaba en la cabeza. Papá estaba totalmente a la defensiva ante la perspectiva de consultarle lo que le pasaba en el pie.

El médico, al que ya le rondaba la idea de soltarle el discurso prohibido,  pensó que poniendo una voz autoritaria, método que probablemente le funcionaba con muchos pacientes, mi padre iría como un cordero a hacerse la dichosa prueba.

A esas alturas yo ya sabía que no era ni el momento, ni el día y probablemente ni el año. Ya se lo había dicho anteriormente, estando a solas con él. “Deja que le hable mi madre. No le menciones el tema porque lo vas a asustar más” Pero, mi padre que parece una persona afable y sencilla, es muy difícil de conocer y puede acabar con la moral de una persona en unos cuantos minutos sin siquiera proponérselo.

Al terminar de mirarle el dedo gordo del pie y diagnosticarle un probable pequeño ataque de gota, mi padre ya se había soltado mucho más con eso del pañuelo y se lo había dejado pegado, eso sí plegado en cuatro partes, encima de la cabeza y adoptado una posición mucho más a la defensiva que antes, frente al posible agresor. Quizá ya sospechaba que algo más se gestaba allí, con los médicos nunca se sabe. Cruzaba los brazos sobre el pecho. “Mala señal”, pensé yo. No podría decirse que la postura fuese muy natural. Sus ansias de defenderse eran tales, que los había cruzado demasiado arriba mientras apretaba los labios, y eso, junto con el toque árabe que el pañuelo le daba, su aspecto no inspiraba mucha tranquilidad.

Aprovechando que yo estaba sentada del lado del oído en que mi padre no oye, advertí al médico, sin miedo a ser oída, que no plantease el tema ese día. Sin embargo, éste no estaba dispuesto a arredrarse y, haciendo caso omiso de mis indicaciones verbales, inició su propio calvario.

Comenzó explicando con paciencia, pero con seguridad, que era mejor asegurarse del resultado de los análisis del internista y que se sometiese a una prueba, que, según él, era muy sencilla. Y así, pasó a explicarle en qué consistía la prueba en cuestión.

Tras dicha exposición mi padre contestó: “Pero, ¿eso qué es?” Cualquiera que no lo conociese y no supiera en el ataque de pánico en que se encontraba no le hubiese encontrado ni pies ni cabeza a la preguntita, que no era otra cosa que, ¿A qué conduce esto? ¿Va a haber otras pruebas? ¿Qué pasa si encuentran algo? En fin, lo que todos tenemos en la cabeza en este tipo de situaciones. Pero, como es lógico, el médico interpretó que había, quizá, que utilizar un lenguaje menos técnico y volvió sobre el asunto con palabras más sencillas, que tuvieron el mismo resultado: “Pero ¿eso qué es?” Parecía que mi padre se había parapetado en esa frase y no tenía intención de soltar otra cosa por la boca.

Para entonces, yo ya había abandonado al pobre doctor metido hasta las cejas en el asunto y me dedicaba a mirar hacia un lado, distraída, leyendo no sé qué calendario de esos que dedican cada mes a una enfermedad.

Cuando volví la cabeza hacia el médico, me dedicó una mirada de desesperación como suplicando ayuda. “No, no”, pensé, “ya te lo había advertido”.

Lo explicó por enésima vez, pero la postura corporal del médico había cambiado con respecto al comienzo del discurso. Ahora ya no reposaba su espalda en el sillón, sino que se hallaba echado hacia delante enervado. Lo último que le oí decir antes de abandonar la consulta, estando mi padre en la misma posición de autodefensa y repitiendo exactamente la misma frase fue: ¡Qué te van a meter un dedo por el culo!

Caray, el pobre hombre estaba exhausto. Mi padre lo había machacado. Eso sí, él tampoco se encontraba demasiado bien, entre la herida de la cabeza y el bajón de moral a causa de la charla en la que le auguraban todo tipo de males. No había por donde cogerlo. También hay que decir, que el médico no estaba en mucho mejor estado.

Me lo llevé a la enfermería. Sólo quería sacarlo de allí y que le curasen la herida de una vez. Pero la cosa no había acabado. Aún me esperaba otro asalto con la enfermera.

Papá es siempre encantador con las enfermeras, ya que éstas suelen portar utensilios que no le gustan e intenta distraerlas charlando y riéndose. Ellas lo encuentran encantador, viéndolo tan relajado y están siempre encantadas de tener un paciente tan afable.

Entramos en una salita. Se sentó en un sillón. La enfermera echó un vistazo a la herida, dijo que no era profunda, pero que sangraba mucho. Había que desinfectarla y ponerle unas gasas. Como ya he mencionado, mi padre es sordo de un oído, él sigue diciendo que oye poco, pero eso es otro tema.

La enfermera depositó unos apósitos en la cabeza de mi padre. Las gasas blancas se asemejaban a una especie de torreta que había que aplastar “pescándolas” con un esparadrapo. Mi padre me miraba fijamente con todo aquel bulto colocado encima de la cabeza.

La enfermera se esmeró en colocarlas bien, puso bastantes, una encima de otra. La cabeza de mi padre parecía un merengue, blanco, alto y barroco.

En ese momento, la pobre cometió el fallo de avisar a mi padre de que no se moviera, dándose la vuelta para cortar el esparadrapo. Y al estar ella detrás del sillón donde él se encontraba sentado y oyendo que ella murmuraba, se volvió de golpe para preguntarle si quería algo, poniendo “su oído bueno” y su mejor intención. Todo el vendaje salió disparado hacia un lado igual que una serpentina.

Todo era tal sucesión de desastres, que yo me hallaba sumida en una profunda vergüenza y desesperación. Mi ayuda se había tornado más bien en una especie de asesinato tanto físico, como moral, pues se encontraba más asustado y deprimido que antes de acompañarlo.

Me quedé quieta, mirándolo fijamente y sin articular palabra. Me encontraba delante de él, como si me hubiese convertido de pronto en un objeto inanimado, mudo.

Me ha ocurrido otras veces en situaciones que superan mis límites y parece que ésta lo estaba consiguiendo. Me quedé en blanco. Es como si me saliese de mi cuerpo. Se me paralizan las conexiones cerebrales. La gente piensa que, o soy idiota o tengo unos nervios de acero. Ni lo uno, ni lo otro.

Todo era grotesco. Tres veces consecutivas se repitió la escena de las vendas cayendo de la herida de la cabeza de mi padre y cada vez era más gracioso ver cómo él, solícito, se giraba hacia atrás mientras la enfermera se quedaba de pie frustrada, boquiabierta, con el esparadrapo cortado en la mano y no entendía por qué, si lo avisaba, cada vez, de que no se moviese, él giraba la cabeza repentinamente como cuando un bebé tira una y otra vez los patucos al suelo sólo por el placer de ver agacharse a su madre.

Aquello ya duraba más que una operación. La enfermera no alcanzaba a comprender por qué un herido tan amable no se dejaba poner un simple vendaje en la cabeza y seguía intentando pescar a lazo los apósitos que se disparaban cada vez con más gracia como si de una broma molesta de carnaval se tratase. Algo tan sencillo, resultaba labor imposible.

Aquel día le devolví a mí madre una persona herida física y psíquicamente, que, encima, había dejado muy deprimidos a un taxista, a un médico y a una enfermera.

Tras esa mañana, me sentí muy mal, pues mi intento de ayuda se había convertido únicamente en una sucesión de calamidades. Por eso, es curioso que cada vez que le narro a mamá aquel desafortunado día, ni ella ni yo podemos evitar reírnos hasta no poder más.