Integración

 

Business dinner

Nada más entrar en el restaurante ya sabía que se iba a tratar de una cena aburrida. Una de esas cenas cordiales, en las que se iba a hablar mucho sobre nada. Lo fundamental entre los suecos era no hablar de nada. Sin embargo, era consciente de que no me quedaba más remedio que asistir.

Reconozco que el restaurante era de una belleza sobrecogedora, lo cual, en cierta medida, me consolaba.

Tras las presentaciones de rigor, nos sentamos en una amplia mesa redonda con magníficas vistas a toda la ciudad de Gotemburgo, cuyo cielo se iba tiñendo de rojo según avanzaba el atardecer.

Después de una somera charla, sirvieron los vinos y, poco más tarde, una sopa de pescado. Todo transcurría según lo previsto.

Varios hombres elegantemente vestidos, dos mujeres y yo. Todos ellos, procurando olvidar su sueco materno para expresarse en inglés, por deferencia a mí.

Miré hacia mi plato de sopa y cogí despacio la cuchara con intención de probarla, cuando escuché un sonido que no pegaba del todo con la elegancia que me rodeaba. Era una especie de sorbido, como una inhalación rápida y sonora, que, aunque he estudiado fonética en profundidad, me resulta difícil de describir.

La persona que me había llevado a la cena se acercó a mi oído despacio y me aclaró que el que acababa de emitir ese sonido era del norte, con la intención de disculparlo. En aquel momento no entendí qué me había querido decir con su explicación, pero mi curiosidad ya se había despertado. Lo primero que pensé fue: “Yo también soy del norte y no por eso me dedico a sorber la sopa”.

Pronto escuché un segundo sonido igualmente sorprendente, aunque distinto. Éste se había escapado de los labios de otro de los circunspectos suecos sentados a aquella mesa. Levanté mis ojos del plato por segunda vez. Se trataba del sonido que se efectúa cuando alguien te toca el hombro por detrás y te llevas un susto. Esto ya me resultaba más intrigante ¿Qué era lo que había asustado a aquel hombre que al tiempo parecía tan relajado?

Resultaba del todo imposible no querer catalogar el fenómeno lingüístico al que, sin duda, estaba asistiendo. Dejé de mirar hacia el plato y empecé a observar que los sorbidos, con los labios juntos, y los “sustos”, con los labios abiertos, no cuadraban. Pues no coincidían, ni con las veces que se llevaban la cuchara a la boca, ni tampoco tenían nada que ver con la conversación, porque allí la única asustada era yo.

Según parecía, para el grupo de suecos, su emisión representaba una manera de afirmación o aseveración en la conversación. Como si decimos: “Sí” “Ya, entiendo” o “Efectivamente, tienes razón”.

Tras mi segunda copa de vino, decidí lanzarme a probar si mi teoría poseía alguna base científica. En cuanto se dirigieron  a mí, en vez de responder afirmativamente en la lengua de Shakespeare, me atreví a soltar una ligera aspiración de aire. Abrí la boca, procurando dejar una rendija suficiente entre mis labios, aspiré aire y permanecí con la boca abierta.

Esperé una reacción, pero no la hubo. Tampoco me preguntaron si me había llevado un susto. Nadie se sorprendió, es más, provoqué una reacción en cadena de sonidos en serie en todos los invitados, unos absorbían aire y otros se “llevan sustos” continuos. Aquello constituía todo un descubrimiento fonético.

Parecíamos una reunión de focas en el Ártico, claro que allí no habría tanta gente como en ese restaurante y no me hubiese dado tanta vergüenza. Por eso, eché un tímido y ligero vistazo a mi alrededor, temiendo que nuestra sonora conversación hubiese sido objeto de burlas en la sala. Sin embargo, comprobé, con gran satisfacción que el resto de los suecos que había en el comedor cenaban sin inmutarse.

Me sentí, por tanto, libre para abrazar por completo la integración a Suecia, y, según me iban llenado el vaso con más vino, mi emulación fonética alcanzaba ya los límites de la perfección. Sorbía, me llevaba sustos y todos se mostraban encantados “¿Quieres más vino?” Sorbido, con un guiño al del norte “¿Te gustan las gambas?” Susto, con un guiño para el resto.

Siempre he dicho que, para hablar cualquier idioma, hay que perder la vergüenza y desde luego, éste era uno de esos momentos clave en el aprendizaje de un idioma. O te soltabas o te cambiabas de país.

Si es que siempre se me han encantado los idiomas, hasta sé hablar como las focas 🙂

P.D. Mucho cuidado con sorber la sopa en Suecia o llevarse un susto, podríais meteros en un lío 🙂

Reproducción fonética: Integración

 

 

Desnuda en Gotemburgo

Avión a Goterburg

Cuando inicié este viaje pensé que no tenía mucho sentido, por tanto, lo que pudiese escribir durante el mismo tampoco iba a tenerlo.

Mi maleta perdida en Amsterdam. Nada que ponerme en Gotemburgo. Parecía que lo peor del viaje no había sido el irrespirable calor húmedo de Barcelona.

No es la primera vez, ya conozco el procedimiento y las sensaciones que se amontonan después. Prefiero obviarlo todo. Es repetido y me aburre repetir.

Cada vez que me abandonan todas las cosas que he pensado me acompañaban en el viaje, las misma sensaciones vuelven a mí. Frustración, enfado, un nuevo comienzo, otro reto, uno de tantos.

Una hoja en blanco en la que debes escribir sin tinta. Un acertijo para encontrarte a ti misma sin lo que, hasta hace un momento, creías imprescindible.

Una reunión en Gotemburgo con la cara lavada con agua fría y los labios pintados. Factible, de momento.

Dos horas y media lidiando con un grupo de suecos en aquella interminable y tediosa reunión, hacen que reconsidere las posibilidades. El kit de viaje de KLM se convierte en insuficiente.

Me doy cuenta de que la mayoría de las cosas que ocurren en la vida cotidiana son mentira y eso me hace más consciente de la realidad. Es una sensación abrupta que, sin embargo, me gusta, pues me despierta de una bofetada.

Una buena manera de equivocarse es pensar que controlas tu viaje.

Comienzo a escribir de otra forma, por la falta de equipaje, supongo. Elimino lo innecesario. Escribo sin utilizar comas. Escribo sin respirar. Es como me siento. Me habían prometido mi maleta y yo había prometido no romper las normas gramaticales. Si ellos no cumplen, yo tampoco. Escribo sin comas.

Las palabras surgen de sentimientos que lo cotidiano había adormecido.

Vuelta al hotel. Sin ropa. Sin nada. Empiezo a pensar en compras. Antes de la próxima cita, esta vez con amigos, necesito una ducha.

Abro la puerta de la habitación y tropiezo. Las maletas. Allí están, erguidas, mirándome en vertical, desafiantes. Estamos aquí. Hemos llegado. Todo se normaliza. Se calma.


Maletas

Parece que tendré que volver a escribir siguiendo la gramática. Cada línea, cada palabra se convierten ahora en una batalla contra mí misma. Debo dejar de rebelarme. El mundo cumple y yo debo de hacer lo mismo.

Tras dos días con el mismo vestido, me deshago de él casi con saña. Me desnudo tirándolo al suelo con violencia.

Como si abriese una caja de bombones llena de posibilidades, miro el interior de mi reluciente equipaje. Me siento desbordada ante un mundo de nuevas posibilidades, demasiadas.

Sin embargo, es bueno enfrentarse al mundo desnuda y sin maletas. Conseguir obviar esos espejos cóncavos que nos muestran una grotesca realidad.

Resulta inútil aferrarnos a lo que creemos que va a ocurrir, pues origina letargo y falta de reflejos.

Es una idea tan errónea como pensar que controlas tu vida.

Yo