J. D. Salinger, un escritor rebelde de traducción imposible

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Hoy he vuelto sobre las páginas de uno de mis libros de referencia, El guardián entre el centeno, The Catcher in the Rye.

Aunque podría hablar horas sobre él y sobre su autor, creo que se ha escrito suficiente sobre él, tanto mentiras como verdades. Sólo pretendo dedicarle un fugaz pensamiento.

Jerome David Salinger, nacido el 1 de enero de 1919, Nueva York, Estados Unidos, se convirtió en uno de mis escritores favoritos por muchas razones que no vale la pena enumerar aquí. 

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The Catcher in the Rye, que fue un clásico de la literatura moderna estadounidense, casi desde el mismo momento de su publicación, en 1951, va acompañada de una rebeldía que a mí me sigue acompañando en muchas ocasiones y que, no puedo negar, me llena de un secreto regocijo interior. Por eso, dejo que siga conmigo para poder continuar observando el mundo con ese punto entre crítica burlona y escepticismo. Desde este punto de vista puedo trazar una distancia entre los acontecimientos que me rodean y mis pensamientos, y esta relativización, es lo que me permite discernir entre lo que es vital y lo que sólo debe provocarnos una simple sonrisa.

Siempre he creído que Salinger no puede ser traducido, porque, como muchos otros escritores, pierde su esencia misma, la que lo convierte en el autor que llegó a ser. Cuanto más lo leo más me afianzo en mi opinión. Nunca he encontrado una buena traducción de sus palabras que, con facilidad, se tiznan de connotaciones sólo posibles en la mente del lector que lo entienda en su idioma original, el inglés. 

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… yo tampoco estoy segura de que me apeteciera.

La pesadilla de todo traductor

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Si te dedicas a traducir, supongo que ya sabes a lo que me estoy refiriendo.

Efectivamente, a que se borre toda una traducción que tienes que entregar sin más dilación.

La verdad es que esto ya no me ocurre hace años, ya que ahora me aseguro mucho más que cuando no tenía mucha idea de cómo funcionaban las cosas y empezaba en la profesión aprendiendo en solitario, leyendo muchísimo y preguntando si es que algún ser humano de los que me cruzaba a diario era tan raro como yo y tenía el mismo oficio.

La terrible experiencia ocurrió cuando trabajaba para una productora audiovisual que se dedicaba a la post producción de películas de cine en blanco y negro y muy antiguas, cuyos guiones en la mayoría de los casos eran inexistentes.

Yo acepté trabajar para ellos porque lo único que me importaba era que mi pasión por los idiomas y el cine se unían en una profesión: la traducción audiovisual.

Lo que yo ignoraba por aquella época es que aquello que yo hacía era trabajar en unas condiciones penosas y con muy pocos medios o facilidades, pero como pensaba que las cosas funcionaban así, no rechazaba ningún encargo por complicado que fuese.

En principio empecé con películas en inglés tan antiguas y con un sonido tan malo que tenía que emplear mis cinco sentidos y en algún caso creo que desarrollé has diez para entenderlas.

Cuando en la productora descubrieron que también dominaba el alemán, fue cuando empezó una pesadilla sin fin.

Las películas en alemán que me entregaban eran como de los años cuarenta. Las cintas estaban gastadas, los actores hablaban sin pausas, solían ser más largas y encima, muchas veces, empleaban dialectos del alemán tan raros que ni un alemán los hubiera entendido.

Sin embargo, mi entusiasmo reemplazaba cualquier problema y seguía aceptando encargos, que ni la misma productora entendía que pudiese llevar a cabo.

Recuerdo uno en concreto, supongo que porque nunca había pasado por el problema de que una de mis traducciones audiovisuales desapareciese sin dejar rastro del programa de subtitulación que ellos mismos me habían proporcionado.

Se trataba de una espantosa y pesada versión de Sherlock Holmes en alemán que duraba dos horas y media y que yo había tardado toda una semana en traducir por sus extensos diálogos.

Esa mañana de primavera me desplacé a la productora para devolverles el material que me habían dado, que era un guion mal transcrito, que decía cada dos renglones “no se entiende” y dejaba la línea en blanco, una cinta de vídeo y mi traducción.

Cuando abrieron el archivo, estaba en blanco. Y yo también me quedé de ese mismo color.

No lo entendía. Había desaparecido ¡Pero si la había guardado varias veces!

Precisamente ese había sido el problema. En mi afán porque mi costosa obra maestra, no desapareciese, debí de darle a “algún botón” que hizo que yo casi me desmayase en el estudio de grabación.

Solución: Me senté y me preparé a ver la película y traducirla allí mismo porque el cliente la esperaba para el día siguiente.

Tal era mi enfado que en cuanto pusieron la primera escena empecé a teclear como si me estuviesen hablando en mi propia lengua y yo tuviese que sólo que escribirlo.

Acababa de luchar durante una semana entera y cada palabra se había clavado en mi memoria de tal forma que no me costó trabajo alguno volver a reproducirla subtítulo por subtítulo sin levantarme de la silla hasta terminar.

Llegué tarde a casa, agotada y, desde luego, había cumplido con mi trabajo como hago siempre, pero también estaba muy frustrada, porque si algo no soporto es hacer algo dos veces.

La experiencia fue la mejor lección. Nunca más volvió a desaparecer algo de mi ordenador.

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

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La Linterna del Traductor

REVISTA DE TRADUCCIÓN

Número 3 – Septiembre 2002 – ISSN 1579-5314

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

Livia de Andrés

Todo intérprete que lleve algún tiempo ejerciendo su profesión, se habrá encontrado con dificultades añadidas a su, ya de por sí, duro trabajo y tendrá, por tanto, en su currículo un sinfín de anécdotas con las que amenizar las reuniones de sus amigos y parientes.

Existen muchas ocasiones en las que las personas que utilizan los servicios de un intérprete no entienden bien el trabajo de éste y, por tanto, lo dificultan.

Yo recuerdo, y al hacerlo aún se me acelera el pulso, un trabajo de interpretación consecutiva que tuve que realizar cuando trabajaba en el Parlamento Europeo de Bruselas. Eran las tres en punto de la tarde y me habían citado en el despacho de una presidenta de comisión, cuyo nombre no viene al caso mencionar, para hacer de intérprete entre ella, que por cierto era sueca, y una diputada española, que no hablaba inglés. No se trataba de una reunión muy corriente, ya que era la época en la que Romano Prodi acababa de comenzar su andadura como presidente de la Comisión Europea y una de sus políticas consistía en fomentar las relaciones entre el Parlamento, la Comisión y el Consejo de la Unión Europea. Yo pensaba interpretar en una reunión más bien privada, es decir: presidenta, diputada, algún asesor y algún que otro funcionario. Me encontré en medio de un número considerable de personas. Acudieron a dicha reunión, además de los mencionados anteriormente, funcionarios del Consejo, funcionarios de la Comisión, funcionarios de Parlamento, asesores de apoyo para ambos y, cuanto más tiempo pasaba antes de la reunión, iban apareciendo más miembros de la Delegación Sueca que, en mi opinión, más bien venían por el café que por el tema de la reunión. En fin, que aquel jolgorio sólo podía ocurrir en el despacho de una presidenta de comisión, ya que son mucho más amplios que los que se destinan al resto de los diputados, para mi desgracia en aquel momento.

Es cierto que, aunque no era novata en esto de la interpretación y también estaba acostumbrada al despliegue de medios del Parlamento, estaba algo nerviosa. Y mi mayor preocupación era la diputada a la que debía prestar mis servicios como intérprete. La primera dificultad estribaba en que ella era una recién llegada al Parlamento y pensaba que todo lo que ocurría en su despacho era alto secreto, y si bien es cierto que los asuntos de cada diputado no deben salir de su despacho, estos secretos no se extienden ni a los asesores, ni a los intérpretes, ni a cualquier persona que trabaje en el Parlamento y se encuentre implicada de una u otra manera en el asunto que se esté tratando. Pero digamos que la diputada en cuestión había interpretado las normas parlamentarias a su manera y, aunque yo conocía el tema del que trataba la reunión, no había tenido la ocasión de echar ni un ligero vistazo a los papeles sobre los que ella iba a hablar y a los que se aferraba con desesperación. Pero mis problemas no se ceñían únicamente a esto, no, a mí me había tocado el lote completo.

Comenzó a hablar en un tono exageradamente alto para un despacho y mucho más apropiado para un hemiciclo con micrófonos estropeados. El problema era que no se paraba ni a respirar. De su boca brotaban sin cesar un sinfín de fechas, plazos, enmiendas y recomendaciones para sus colegas suecas que la miraban estupefactas.

Tuve que interrumpirla y explicarle que, si no se paraba de vez en cuando, me resultaría imposible realizar mi trabajo. Por supuesto, mi advertencia no le sentó nada bien. Comenzó a increparme delante de todo aquel grupo de gente variopinta que la observaba atónita, preguntándose probablemente, por qué había traído a una intérprete si pensaba darles un discurso en español castizo. Un atento funcionario de los allí presentes intentó socorrerme desviando su atención con algunas de las enmiendas que se presentaban y lo consiguió, cosa que más tarde le agradecí con un café. Yo seguí haciendo mi trabajo lo mejor que pude, pero en un momento determinado de la reunión, diputada en cuestión debió de aburrirse de mi perorata en inglés, que en realidad era la suya, y buscó una solución para que la atención de tan altos representantes no se desviase durante tanto tiempo hacia mi persona. Ni corta ni perezosa, comenzó a gritarle a la sueca en un tono muy superior al anteriormente utilizado y pronunciando como si estuviera sufriendo una especie de parálisis en los órganos fonadores.

Todos se dieron cuenta de lo que intentaba con esto y la presidenta sueca se volvió hacia mí y con su más dulce sonrisa me dijo: “Dile, por favor, que cuando yo me dirija a ella en sueco, también tendré la deferencia de hablarle alto y claro para que me entienda sin dificultad”. Tal era mi vergüenza que me sonrojé. No pude traducir lo que me estaba diciendo y opté por una vía más diplomática, intentando hacer que “nuestra representante española en el Parlamento Europeo de Bruselas” entrase en razón, explicándole que no la estaban entendiendo. Ella me contestó que no fuera ingenua, que si les hablaba claro, la entenderían perfectamente.

Y así continuó, si bien es cierto que, de cuando en cuando, me echaba un vistazo de reojo como preguntándome si su discurso era del todo comprensible o si se estarían perdiendo algo.