El reencuentro

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Lucía el sol al llegar a Salamanca.

Iba calle arriba, presa de un calor abrasador, buscando el hotel que estaba cerca de La Plaza Mayor.

La Plaza que había cruzado tantas veces saludando al viejo de ojos azules y barba blanca, que sentado en uno de los brazos, vendía sus poemas. Sin él, la Plaza no era la misma.

Sin embargo, huir de los cambios es morir, por eso había regresado tantas veces.

España está hecha de plazas y bares.

Recordó sin querer las piedras rojizas que la sorprendían en primavera con sus cambios de color bajo el sol y la niebla que la acompañaba, rodeándola en invierno. Así como ese frío, que ella adoraba, y que muchas veces se adornaba a sí mismo con un manto blanco de nieve.

Años atrás lo había sentido casi todo en esa ciudad.

Por un momento, el sol le dio en plena frente.

No hay en Salamanca mares que mirar, pero hay tanto que ver y tanto que recordar.

Todo volvía a ser salmantino, hasta ella y su acento.

Se le atragantaron en la memoria las piedras seculares que la rodeaban.

Como siempre, todo era pequeño, acogedor, conocido y, sin embargo, no había tiempo suficiente para mirar todos los cambios, así como todo lo que seguía igual.

Volver era distinto cada vez.

Las sensaciones viejas regresaban y otras nuevas la envolvían.

Recordaba sonriendo, la universidad y un novio que había tenido.

El hotel estaba construido en la calle empedrada de la  Plaza del Corrillo.

Allí está la fachada de la iglesia de San Martín y, como fondo, la colosal Plaza Mayor de la ciudad.

¿Quién llegará a la aquí mañana? ¿Quién se marchará?

Pidió la habitación que ya había reservado como quien pide amparo.

Daba a La Plaza Mayor, a la noche y a una paz rotunda.

Se alegró de estar allí.

Sobre la cama, un blanco albornoz, bueno dos, uno sobre otro, como haciendo el amor. Los miró y sonrió.

Se lavó las manos en agua fría admirando un precioso baño de mármol y piedra que traía ese frescor tan agradable que la protegía del calor de fuera.

Y se sorprendió mirándose en el espejo. La felicidad de quien cruza una frontera invisible que tiñe su alma de sentimientos necesarios.

Cruzó La Plaza una vez más de las miles que lo había hecho antaño, pensando en las que aún repetiría en el futuro. Le pareció aún más bella, más humana y más de verdad.

Se oía hablar a la gente iluminada por estrellas grandes como piedras, ésas tan propias de ese cielo castellano y el aire de la noche, limpio que llenaba sus pulmones.

Te he echado de menos… no sabía hasta qué punto.

Ya en la mesa de una de las muchas terrazas, la melancolía volvió por un instante y ésta dio paso a un vivo apetito. Pidió de todo un poco y su plato favorito. Mientras esperaba, entabló conversación con un soberbio tapiz que se veía al mirar el interior del restaurante.

En esta charla estaba cuando, de repente, llegó él.

Un enorme plato de jamón ibérico de bellota acompañado de una de las mejores botellas de vino de las tierras salmantinas.
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Volvió a enamorarse, casi sin darse cuenta. Miles de párrafos de libros antaño leídos, regresaron sin previo aviso al unir esos dos sabores.

Amándote, muero.

Los olores, los acentos, la noche, los clásicos como Antonio de Nebrija que había estudiado en la misma Universidad que ella, su “Gramática castellana” de 1492, la primera lengua moderna de Europa que tuvo una gramática y cuya primera edición se hizo en Salamanca.

Y Miguel, también Miguel de Unamuno, tres veces rector de esta misma Universidad, cuidad donde los clásicos se mezclan con las copas de un lugar de decoración medieval llamado Cámelot, construido dentro del convento de las Úrsulas, por si te da por dar las gracias a Dios por estar allí.

Sitios en los que Niebla, no es sólo una obra de Unamuno sino también un lugar para estar toda la noche, una ciudad donde puedes sacarte un “Cum Laude” todos los días en su pista de baile y si quieres uno de verdad, vete a la Universidad, aunque ahí siempre han sido más difíciles de conseguir.

Ella se tragó todos estos recuerdos de golpe, tantos eran que se le apretó a la garganta y estalló en llanto.

Fue uno de esos momentos que te rompen el alma en dos.

De esos que quieres repetir a lo largo de tu vida, y lo haces, regresando una y otra vez para ver qué te has perdido y para averiguar, no sin cierto miedo, si puedes volver a sentir otra vez.

Salamanca

Sexo y Crítica Literaria

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Cuando estudiaba en la Universidad, tenía un profesor de Crítica Literaria obsesionado por el sexo.

Recuerdo como si fuese hoy que, después de una hora de darnos clase, salía del aula con el pelo revuelto y de punta, con toda la ropa llena de tiza, con la mitad de su camisa por fuera del pantalón y respirando de forma agitada. En vez de salir de impartir clase, parecía que hubiese tenido un orgasmo.

Sus clases de Literatura eran pésimas. Jamás terminaba las frases que empezaba, sólo alzaba los ojos al techo como imaginando algo que nunca llegábamos a saber qué era.

“¿Habéis leído a…?” “¿Y el párrafo donde dice…? ¡No puedo ni decirlo en alto!¡Es puro sexo! ¡Todas esas alusiones a…!” Ninguna frase llegaba a su fin. Mientras, solía garabatear palabras sin sentido, carentes de contexto en la pizarra y así, justificaba el sueldo que no era justo que cobrase.

Estaba claro para mí, que no había leído ninguno de los libros sobre los que hablaba con tal vehemencia. Yo sí. Todos y cada uno. Conocía al dedillo el argumento, los personajes, pero lo más importante, interpretaba sin problemas el mensaje del autor, que nada tenía que ver con el sexo.

Este hombre que paseaba como un león enjaulado durante toda la clase, alzando sus brazos al cielo, reemplazaba su falta de conocimientos representando ante sus alumnos una obra de teatro ridícula a mis ojos.

“¿Os habéis fijado en los buzones de Correos? ¡Qué escándalo! ¡Tendrían que retirarlos todos! ¡La ciudad entera está llena de símbolos fálicos!”

El problema era que, para aprobar la asignatura, no te quedaba otra que interpretar cualquier texto bajo este mismo prisma.

Por tanto, dejé de luchar contra corriente, y a pesar de mis acertadas interpretaciones literarias, comprendí lo que había que hacer.

No era complicado. En los textos de los exámenes sólo tenía que fijarme en todo lo que tuviera una forma alargada, estuviese duro, se ablandase, fuese un agujero negro (perdón a los astrofísicos a los que sé que les pagan por estudiarlos) o cualquier otra cosa que se pudiese identificar con sexo.

Todo era sexo. El examen era puro sexo y yo, de esta manera, conservaba mis sobresalientes y mi beca.

Eso sí, no se podía comentar de cualquier manera. Había que ser prolífica en matices, tener cuidado con las palabras, dejar paso a la imaginación, abrir puertas o entreabrirlas, pero sutilmente, para que mis palabras enganchasen a mi profesor y leyese mis textos hasta el final.

Yo me imagino a este buen señor corrigiendo mis exámenes. Recuerdo ser extremadamente discreta en mis comentarios y emplear todo tipo de eufemismos y rodeos dejando, eso sí, siempre claros todos y cada uno de los símbolos a los que el pobre autor de la obra en cuestión nunca había querido referirse.

Yo escribía mis análisis literarios desde la única perspectiva que él aceptaba y utilizaba toda mi imaginación procurando interpretar palabras desde su perspectiva enfermiza. Todo ello, con el único fin de aprobar sin estar de acuerdo con lo que escribía.

Después de corregir mis exámenes, puedo imaginar que tendría que darse una larga ducha fría.

Lo sospecho por el estado en el que estaban las hojas cuando me las entregaba en clase ya corregidas. Llenas de garabatos rojos sin pulso, dibujos inacabados, hojas arrugadas y manoseadas. Papeles que, en vez de parecer que se habían escrito escasos días atrás, daban la impresión de haber salido del siglo XV y en mal estado de conservación.

Me los entregaba mirándome fijamente a los ojos, jadeante y yo leía: “Sobresaliente” en enormes letras escritas con sus manos temblorosas con un rotulador rojo que ocupaba toda la hoja principal. Mientras mi profesor me decía: “Excelente interpretación. Has llegado hasta el fondo.”

Yo sentía un escalofrío por todo el cuerpo cada vez que hacía este tipo de comentarios. Procuraba que aquel momento durase poco tiempo y, a ser posible, no establecer contacto visual con él. Luego respiraba profundamente sin atreverme casi a tocar las hojas que me habían sido entregadas y pensaba lo difícil que era conseguir un sobresaliente.

Es una pena que existan profesores tan malos y digo malos porque, aún después de tantos años, sigo convencida de que este profesor universitario con una licenciatura de una universidad cuyo nombre nadie conocía, no había leído ni uno de los libros, que yo sí me tragué. Libros que ya puedo comentar sin tener que hablar de ningún símbolo sexual donde no lo hay.

¡Qué liberación!

 

 

La Universidad en casa

391802741_5e2735db17_oLa idea de poder asistir a cursos de las universidades y organizaciones más prestigiosas del mundo sin tener que desplazarse es ya una realidad actualmente. Son los denominados Masive Open Online Courses, los MOOC.

Existen muchas plataformas digitales de e-learning que están cada vez más presentes en la red, como:

http://oyc.yale.edu/

https://www.udacity.com/

https://www.edx.org/

http://ocw.mit.edu/

http://www.extension.harvard.edu/

 

Hoy me gustaría hablar de una de ellas: Coursera:

https://www.coursera.org/

Los cursos se imparten en ella de manera gratuita y a todo el mundo que esté interesado en formar parte de ellos. La idea es ofrecer una educación sin límites.

Hace años que llevo formando parte de los diversos cursos ofrecidos por ésta y otras plataformas similares. Y pienso que, en conjunto, es una gran idea. Aunque también creo que aún está en ciernes, es decir están tanteando el terreno y en pleno proceso de desarrollo.

A pesar de todo, no creo que debamos perder de vista este modelo educativo cada vez más extendido. El campo de la educación, al igual que muchos otros, está cambiando tan rápidamente cómo lo hacen las nuevas tecnologías.

A mi modo de ver, uno de sus puntos fuertes es que, los diversos cursos que ofrecen muchas de estas plataformas educativas, pueden seguirse en distintos idiomas.

Visto bajo este prisma, se convierten en otra oportunidad, no sólo para indagar sobre un área de conocimiento concreta, sino también en una herramienta para desarrollar nuestras habilidades lingüísticas.

Y en caso de querer asistir a una clase en la que no dominas el idioma, poseen convenios con grandes empresas de traducción que ofrecen los materiales del curso en gran variedad de lenguas.

Las clases ofrecidas por Coursera están diseñadas por catedráticos y profesores de reconocido prestigio, que elaboran el curso para que, al final de éste, domines la materia que imparten.

La lecciones se ofrecen mediante vídeos con material de lectura adicional y foros en los que puedes participar si quieres, aunque no hay obligación y algunos de ellos ya ofrecen certificados.

De esta forma, lo que también está ocurriendo es que se está construyendo una comunidad global de miles de estudiantes extendidos por todo el mundo. La comunidad de estudiantes la forman ya unos 4 millones de personas.

Los cursos que ofrecen se integran en diversas especialidades, tales como, Humanidades, Medicina, Biología, Ciencias Sociales, Matemáticas, Informática y Negocios, entre otras muchas.

Dentro de las mismas, podemos elegir entre más de 400 cursos de 20 categorías creados por 85 universidades de 16 países.

Existen diversas opiniones sobre la eficacia de la educación on-line respecto a la educación presencial, por este motivo se han llevado a cabo diversas investigaciones sobre este tema en los que se prueba que la eficacia de la educación a distancia es casi tan beneficiosa como la presencial.

Sobre este punto, yo no he llegado a una conclusión, simplemente procuro probar diversas opciones para formarme una opinión sobre ellas. Lo que sí sé, es que es mejor asistir a un curso a distancia que no hacerlo y, por el momento, todos los cursos de las diversas universidades de los que he formado parte, no han hecho más que contribuir a mi desarrollo personal, tanto en conocimientos, como en idiomas.

 

Un día sin clase

Plaza de Anaya, Salamanca
Plaza de Anaya, Salamanca

Son las siete de la mañana. Alzo la cabeza por encima del gorro que llevo calado hasta los ojos para mirar el panel que marca temperatura y hora. Tres grados sobre cero. Es un gesto que repito cada mañana al ir hacia la Universidad.

La Plaza está limpia y sólo se observa a algún estudiante tan madrugador como yo y las máquinas que limpian el suelo con chorros a presión. El casco antiguo de Salamanca nunca está sucio.

Tengo la mano izquierda helada por culpa de una libreta negra llena de apuntes. Odio llevar guantes. Pero me he cuidado de abrigar otras partes del cuerpo, aunque no pueda evitar que la novela de Literatura Americana de los años cincuenta que nos ha hecho leer el profesor, tenga cierta influencia en cómo voy vestida. Por eso me he puesto un vestido, siempre con botas, unas Panamá Jack de piel blanda marrón claro que me ha llevado siglos que me compraran. Ha merecido la pena, ya que no me separaré de ellas en cinco años, hasta haberlas dejado casi sin suela.

Llevo puestos dos pares de pantis negros, dos pares de calcetines gordos que doblo en varias vueltas al tobillo. El vestido es flojo y me permite ponerme dos camisetas pegadas al cuerpo. Por encima del vestido llevo, una chaqueta enorme que sólo deja que se me vea parte de la falda del vestido. Y un abrigo, estilo trenca con capucha, que no abriga porque es de Zara, pero es muy mono.

La novela de la noche anterior aún me trae imágenes de la Nueva York de los cincuenta y yo, en mi imaginación, me he convertido en una especie de Verónica Lake o Marilyn Monroe. De ahí el peinado de esa mañana. Mi pelo cortado a la altura de los hombros, peinado hacia un lado dejando que un mechón caiga encima de uno de mis ojos, lo cual me obliga a ver con el otro. Labios pintados de rojo fuerte. Sé que no es la imagen más apropiada para ir a clase, pero ya que voy a tener clase de teatro norteamericano y me pasaré unas cinco horas escribiendo y hablando en inglés sobre autores norteamericanos, lo mejor es que mi disfraz se corresponda algo con la época y las escenas de las que vamos a hablar en clase. De todas formas, soy una estudiante, unos van con el pelo de punta, otros con el pelo rojo y yo soy una actriz americana con botas Panamá Jack.

Ese día hay un ambiente extraño en todo el camino a la Facultad. Ya pasado el Corrillo, camino por Rúa Mayor con un paso más apurado. Como todas las mañanas, llegado este punto no puedo mover los labios a causa del frío y espero ansiosa alcanzar la Plaza Anaya, “Anayita”, para todo el que haya tenido el privilegio de sentarse en alguna de las aulas de la Universidad de Salamanca.

Sin embargo, sé que esa sensación pasará con la fuerte calefacción que me espera en cuanto entre en el secular edificio de piedra.

Observó cierta inquietud en la gente, hay “guiris” como siempre, pero éstos son algo mayores para ser estudiantes y tampoco parecen turistas. Han venido a la ciudad a hacer algo.

Tarde o temprano me enteraré.

Entro por fin en la Facultad. Una ola de calor me invade. Comienzo a notar la desagradable sensación de todas las mañanas en los labios cuando empiezan a reaccionar. Sé que no puedo hablar porque mi boca aún está medio paralizada y, si lo intento, parece que me esté dando una parálisis facial. Como soy ya veterana, ni lo intento. Voy saludado con la cabeza, tampoco se puede sonreír porque se te tuerce un labio. Todos los que vivimos allí lo sabemos. Por eso, la gente que viene de fuera piensa que los salmantinos son gente adusta y seria. No, es el frío.

Ya en clase, apoyo los libros y cuando me dispongo a deshacerme de la chaqueta y el abrigo, observo por la ventana que comienzan a caer lentamente copos de nieve que se amontonan uno encima del otro. No me explico cómo puedo ser tan feliz. El espectáculo me deja absorta, como siempre.

Por fin me entero de lo que ocurre. Tenemos que irnos. En Salamanca se suspenden las clases por razones muy variopintas y la mayoría de las veces algo extravagantes, pero que, con el tiempo, contribuyen más que las mismas aulas a la educación y, sobre todo, a que los recuerdos de haber pasado por allí, jamás te abandonen. Por eso, si una vez has estudiado allí, has de seguir yendo periódicamente, si lo dejas mucho tiempo, no podrás volver.

Toda la zona centro va a ser acotada y hay que despejar la zona. Parece un bombardeo. Pues no. Han venido a rodar una película y necesitan como escenario la catedral, el casco antiguo, ya que, según dicen, hay que crear el ambiente del siglo XV.

Genial. No hay clase. Salgo a saltos de la universidad. Voy sorteando gente, vallas y obstáculos. Me dirijo directamente a un pequeño café cercano al Convento de San Esteban. Es un sitio de piedra con una pesada cortina de terciopelo rojo oscuro que hace las veces de puerta. Un sitio discreto.

Aquella nieve pide tomar algo caliente. Soy feliz, no hay clase y me espera un café, quizá incluso decida no comer para poder darme el gusto de pedir una tostada con mantequilla y mermelada. Desde que estoy en Salamanca he adelgazado unos cinco kilos, que es lo mejor para llevar una prenda encima de otra contra el frío, aunque a veces tanta ropa, haga que me sienta como un oso.

Abro la cortina y, para mi sorpresa, el pequeño café, hoy, no está vacío. Está hasta los bordes de gente. Lo más extraño es que no hay ni un solo estudiante. Tan raro es el ambiente que, por un momento, pienso si me habré saltado alguna valla de seguridad. Me da igual. Tengo frío.

No hay ni una sola mesa libre y a duras penas consigo un sitio al final de la diminuta barra. Al otro lado de ésta hay mucha gente de pie hablando y riéndose.

El camarero que me conoce, me atiende nada más llegar. Ya con el primer sorbo de café en el cuerpo, la libreta y mi gorro encima de la barra, dirijo mi mirada hacia un grupo sentado al principio de la barra. Parecen técnicos de la película por cómo van vestidos.

Uno de ellos, mayor, con barba y osado, me guiña un ojo. Yo, metida en mi papel protagonista del libro de la noche anterior, le lanzó una mirada helada de desprecio, estilo rubia letal. Él no se ofende, en realidad le encanta, se ríe y no deja de observar cómo agarro mi taza de café con ambas manos para mitigar el frío.

Pago y me voy a disfrutar de mis calles, de mi frío y de mis piedras seculares. Tengo que enterarme de qué película se rueda, quienes son los actores y del porqué de tantos controles de seguridad. Hoy tengo mucho trabajo de campo.

Años más tarde me enteré de que el hombre que me guiñaba el ojo y sonreía era el director de la película: Ridley Scott, que rodaba “1492: La conquista del Paraíso”, una película sobre Cristobal Colón,  junto a Gerard Depardieu y Sigourney Weaver, que se alojaban en un hotel enfrente del Convento de San Esteban.

Quizá él también recuerde esas indescriptibles mañanas salmantinas tanto como yo. Nunca se sabe.