Desde lo alto de la colina

 

oporto-noche

Los pasos del atardecer, sobre el silencioso muelle, enredan a todos los que paseamos por sus orillas.

Mientras, el sol, con sus destellos de un cálido anaranjado, se posa con pausada lentitud en todos aquellos rostros que, al cruzarnos, entrelazamos miradas y jugamos a regalarnos pensamientos. Unos miran a los ojos, otros al suelo, al tiempo que, la gran mayoría, los entrecierra para sumergirse en las luces, los olores y las palabras de conversaciones tan sueltas como inacabadas.

No es momento de hablar, sólo de sentir que existen otros lenguajes en la mirada de otras personas, aquellas que caminan junto a ti por las estrechas y prosaicas calles empedradas en las que la antigüedad de sus piedras, de tacto áspero, invitan a seguir puliendo esos adoquines rozados por los siglos.

Deseamos atrapar aquellos instantes de lucidez que sólo aparecen cuando te permites mirar de frente a lo que se desnuda ante tus ojos.

Un escenario, que parece un sueño, hace más obvia aquella realidad compuesta por gotas negras que se arremolinan para que te pierdas por zonas oscuras que no valen la pena.

Son instantes para aprender los matices de las luces del día, ocasiones para apreciar la melancolía que acompaña a la caída del sol mientras esperas, ansiosa, la llegada de la noche.

En ese puerto, de miradas errantes con historias propias, nos hallamos atrapados en ese mágico muelle de ebrios barcos tambaleantes.

Un lugar de pasiones decadentes, cartas de amor y odio garabateadas en servilletas salpicadas por gotas rojas de sangre y vino. Y, por supuesto, un sitio en el que las fotos jamás logran arrancar esos trozos a la realidad.

Después de unas horas, una luna rosada y ambarina cuelga su luces en un cielo claro que ha perdido su batalla con el día.

Es entonces, cuando las piedras centenarias guían, una vez más, mis perdidos pasos hacia el hotel de la colina. Desde allí, me permitiré, una noche más, el lujo de observar la ciudad desde lo alto.

Oporto desde la colina

Y cuando las luces se hagan pequeñas, el sueño se tornará más grande, cubierto por el esplendor de la belleza nocturna.

Queda mucho por salvar, no todo está perdido, excepto un pequeño centro de quietud en mi corazón que se ha rasgado un poco más, cortado por esa serpiente rellena de agua que divide la ciudad, y mi alma, en dos partes.

Parece un sueño, pero no lo ha sido. He estado allí y ahora, entre brumas, recordaré para siempre esa ciudad que contemplé desde lo alto de la colina.

Desayuno con diamantes

Desayuno con diamantes

Estoy en la terraza de un bar frente al mar. Junto a mí, una íntima amiga.

Delante de nosotras, un desayuno. La promesa del comienzo del día, rodeadas de esa paz matutina que invita a sentir más que a hablar.

Poco a poco, vamos recuperando un terreno y costumbres que ambas habíamos dejado, y casi olvidado, por aquello de que no importa, da igual, una cosa más a la que habíamos cedido.

Y, ese paulatino cese, implica que un día no recuerdes la esencia que te permitía sentir.

Es un momento de vida. Sencillo, sin nada especial, sólo un desayuno, una charla pacífica y los móviles que, aunque suenen, hemos ocultado en el lugar más recóndito de nuestros bolsos en un tácito acuerdo de no responder más que a un tono especial de llamada. Aquella que te recordaría que las distracciones, a veces, se pagan.

La calma es interrumpida por el paso del tiempo. Ellos nos esperan. No quieren nada de nosotras, sin embargo, esperan. Es un lazo invisible y corto que hace que apuremos más el momento, que lo vivamos con el placer del que sabe que se escapa, a hurtadillas, para arrancar un pedacito de felicidad al día, que guardará en secreto como un tesoro privado.

Las dos habíamos olvidado lo que eran aquellos momentos desde que la vida nos atropelló sin avisar. Poco a poco, los vamos recuperando y tanto los habíamos olvidado que, la primera vez que quedamos, ni siquiera me creyó y yo me quedé sin café hasta las once de la mañana. Nada más llamarla al móvil, le espeté un insulto, de esos insultos que sólo los íntimos comprenden. Y ambas estallamos en estrepitosas risas.

Desde aquel día ya no hay duda. Los domingos, en la mesa de madera de tu casa, los lunes y miércoles, en una terraza frente al mar respirando los primeros rayos del sol y, cuando éstos se vayan, respiraremos lo que haya que respirar, pero juntas ella, yo y nuestros respectivos desayunos. Nadie más.

Un momento en el que dos mujeres se ocupan sólo de ellas mismas. Unos instantes impagables rodeados por las prisas que van a atar de nuevo nuestro día, un desahogo de libertad que, por corto, se torna de una intensidad casi indescriptible.

Y, por este desayuno, ambas pagaríamos más que por un desayuno con diamantes.

 

Desnuda en Gotemburgo

Avión a Goterburg

Cuando inicié este viaje pensé que no tenía mucho sentido, por tanto, lo que pudiese escribir durante el mismo tampoco iba a tenerlo.

Mi maleta perdida en Amsterdam. Nada que ponerme en Gotemburgo. Parecía que lo peor del viaje no había sido el irrespirable calor húmedo de Barcelona.

No es la primera vez, ya conozco el procedimiento y las sensaciones que se amontonan después. Prefiero obviarlo todo. Es repetido y me aburre repetir.

Cada vez que me abandonan todas las cosas que he pensado me acompañaban en el viaje, las misma sensaciones vuelven a mí. Frustración, enfado, un nuevo comienzo, otro reto, uno de tantos.

Una hoja en blanco en la que debes escribir sin tinta. Un acertijo para encontrarte a ti misma sin lo que, hasta hace un momento, creías imprescindible.

Una reunión en Gotemburgo con la cara lavada con agua fría y los labios pintados. Factible, de momento.

Dos horas y media lidiando con un grupo de suecos en aquella interminable y tediosa reunión, hacen que reconsidere las posibilidades. El kit de viaje de KLM se convierte en insuficiente.

Me doy cuenta de que la mayoría de las cosas que ocurren en la vida cotidiana son mentira y eso me hace más consciente de la realidad. Es una sensación abrupta que, sin embargo, me gusta, pues me despierta de una bofetada.

Una buena manera de equivocarse es pensar que controlas tu viaje.

Comienzo a escribir de otra forma, por la falta de equipaje, supongo. Elimino lo innecesario. Escribo sin utilizar comas. Escribo sin respirar. Es como me siento. Me habían prometido mi maleta y yo había prometido no romper las normas gramaticales. Si ellos no cumplen, yo tampoco. Escribo sin comas.

Las palabras surgen de sentimientos que lo cotidiano había adormecido.

Vuelta al hotel. Sin ropa. Sin nada. Empiezo a pensar en compras. Antes de la próxima cita, esta vez con amigos, necesito una ducha.

Abro la puerta de la habitación y tropiezo. Las maletas. Allí están, erguidas, mirándome en vertical, desafiantes. Estamos aquí. Hemos llegado. Todo se normaliza. Se calma.


Maletas

Parece que tendré que volver a escribir siguiendo la gramática. Cada línea, cada palabra se convierten ahora en una batalla contra mí misma. Debo dejar de rebelarme. El mundo cumple y yo debo de hacer lo mismo.

Tras dos días con el mismo vestido, me deshago de él casi con saña. Me desnudo tirándolo al suelo con violencia.

Como si abriese una caja de bombones llena de posibilidades, miro el interior de mi reluciente equipaje. Me siento desbordada ante un mundo de nuevas posibilidades, demasiadas.

Sin embargo, es bueno enfrentarse al mundo desnuda y sin maletas. Conseguir obviar esos espejos cóncavos que nos muestran una grotesca realidad.

Resulta inútil aferrarnos a lo que creemos que va a ocurrir, pues origina letargo y falta de reflejos.

Es una idea tan errónea como pensar que controlas tu vida.

Yo

Dos turistas ignorantes

Dos turistas ignorantes

En cuanto los vi en el aeropuerto me di cuenta del error que habíamos cometido al invitarlos.

Él llegó borracho y ella enfadada.

Mike había preparado un viaje sorpresa a su mujer porque su matrimonio hacia aguas y mares desde hacía mucho tiempo. Y, realmente, el viaje resultó toda una sorpresa, sobre todo para él por el tremendo enfado de ella, que hubiese preferido gastar doscientos euros en un “todo incluido” hacia alguna playa llena de sol, donde se puede beber sin necesidad de sacar la cartera.

El índice alcohólico de él, se debía a dos motivos: el primero, que era una costumbre nacional; la segunda, le ayudaba a soportar el cabreo de su mujer.

Aún después de un mes, nunca he sabido en qué idioma se dirigió él a mí durante todo el trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel que les habíamos reservado para la celebración de su aniversario. Domino varios idiomas y he hablado con mucha gente que había contado mal las copas que había ingerido, pero aquella jerga no alcanzaba el nivel de nomenclatura alguna que yo acertase a descifrar.

Un hotel de cinco estrellas para dos turistas ignorantes y mal educados, que alguien, en su ingenuidad, una vez llamó amigos, era igual que meter a dos cerdos en una bañera de mármol y oro con vistas al Atlántico. Y eso era lo que habíamos hecho.

La espera en el bar del hotel para que se repusieran del viaje en avión resultó un sacrificio del todo inútil. Mientras tanto, no podía sacarme de la cabeza los tres días de desafío que me esperaban. Puedo lidiar con gente perversa, cuyo cerebro asimile respuestas, pero lidiar con ignorantes que  mezclan Godello con Sprite, me resulta tarea harto complicada. Sin embargo, desde que vislumbré a estos dos personajes, supe el sacrificio que, como anfitriona,  se me exigía. En aquellos momentos, hubiese preferido repetir la carrera.

El hotel reservado, así como la mesa en la que les esperaban los más exclusivos y apetitosos majares de la tierra, no hicieron reaccionar a nuestros huéspedes en ningún sentido.

Ella se sentó en un sofá con nariz de ofendida al tiempo que, su marido monologaba en una ímproba lucha por mantener los ojos abiertos. Aquello resultaba toda un pérdida de tiempo. En cualquier caso, él se mostraba más propenso a probar los manjares que habíamos encargado, borracho o no. Por el contrario ella, se dedicaba exclusivamente a echarle Sprite al Champagne, ya que el alcohol no le iba mucho. Perdón, el alcohol que no contuviese algún sabor dulce. De ahí que, con los mojitos, las Caipiriñas, o cualquier bebida con alcohol de unos cuarenta grados con sabor azucarado, no tenía problemas. Según parece, ciertas personas piensan que el alcohol se encuentra sólo en el vino, la cerveza y el Champagne.

También noté que, al ser instructora de fitness, cuidaba en extremo su figura  y la de su marido con el método “esto es lo que no se debe comer”. Su alimentación se basaba en una serie de grasas industriales y preparados con azúcar añadido que mantenían en perfecto estado la bien conservada grasa de su barriga y la de él, de paso.

De hecho, su forma de caminar con aquellos shorts apretados, me inducían a pensar que no se percataba de que su figura no motivaba a que sus programas para gente obesa tuvieran mucho éxito. Y, aunque no hablaba demasiado, por aquello del enfado, al que todos teníamos que estar muy atentos, cuando lo hacía, solía criticar a la gente que no cuidaba su alimentación. En cuanto abría la boca se dedicaba a censurar a esa gente que no probaba el pescado, marisco o ensaladas frescas. Resultaba extraño escuchar estas palabras de alguien que no fue capaz de llevarse nada de esto a la boca durante el tiempo que tuve el placer de conocerla. Todo lo cual, me inducía a pensar que sufría de algún fallo cerebral, que su retina fallaba a su favor, o que su casa carecía de espejos. Jamás he visto a nadie contonearse de forma tan provocativa, colocándose siempre delante del grupo para que observásemos con detalle el resultado de sus sesiones de entrenamiento.

Claro que era peor que el marido se quedase atrás porque se dedicaba a recoger colillas del suelo y llevárselas a la boca, puesto que ella le prohibía fumar. Si tenías más suerte, también podía lanzar ruidosos escupitajos a las aceras diciendo, al tiempo, que la gente lo miraba porque sentían envidia de que fuese una persona tan libre. Deberían incluir esto en algún programa electoral, nunca se me había ocurrido relacionar tales actos con la libertad.

Como era de esperar, los días siguientes a esta visita se tiñeron con los andares chulescos de ambos, sus actitudes desafiantes, sus malos gestos y su falta de cortesía. Con aquel panorama, si hubiese dependido sólo de mí, después de llevarlos al hotel, me hubiese “puesto mala” durante los tres días siguientes. Esto, habría servido de alivio a nuestros forzados huéspedes que, durante su estancia, lucharon con uñas y dientes, sobre todo ella, por pasarse los tres días entre la playa, que es gratis, y el McDonals, que es barato.

En aquellas circunstancias, no me quedaba otro remedio que aferrarme a la medicina familiar, el humor. De otro modo, no hubiese podido sobrellevar ciertos momentos ni con un botellazo en la cabeza. En general, cuando deseo explicarle a alguien lo estúpido de su comportamiento, sonrío con dulzura e imagino mi contestación. En estas circunstancias aquello me ayudaba y al tiempo, desencadenaba unas tímidas lagrimillas en las pupilas, que contenían mis silenciosas carcajadas.

Durante los tres días en los que les mostramos vistas paradisíacas; Cenamos en restaurantes de los que no me echaron porque me conocen; Escuchamos críticas hacia mi idioma de dos seres que no saben ni escribir su nombre en el suyo, pero que dominan un inglés de la calle, ya que en su país llevan años viendo al Pato Donald en versión original; Observamos malas caras el par de veces que tuvieron que abrir la cartera casi a punta de pistola; Aguantamos desplantes en sitios públicos; Callamos pacientemente mientras la pareja mantenía conversaciones a través de  mensajes del Whatsapp o miraban fotos de Facebook; Tragamos disculpas mal pensadas, pues pensar no era lo suyo. Después de todo aquello, confirmé que aquellos dos personajes situaban a su país a la altura de una cloaca y, lo peor, sin saberlo.

Lo más gracioso es que, como mencioné, el propósito de su visita tenía como objetivo salvar su matrimonio. Todavía no me ha quedado claro si lo intentaban mezclando el vino con el Sprite, o si les resultaba más efectivo mirar para el móvil, o quizá la  terrible cara de enfado de ella, cada vez que los dejábamos solos, ayudaba a mantener la llama del amor encendida. Más bien, me inclino a pensar que ahora, que están otra vez con la suegra, los niños, y no hay más peligro que ir al super a comprar golosinas que, al fin y al cabo, son más baratas que la centolla y el bogavante, el matrimonio seguro que se salvará.

Y a mí, sólo me queda el bogavante. Asco de vida.

Continuo sin ser un fantasma

Continuo sin ser un fantasma

 

Ya os he contado que, a lo largo de mi vida, ha habido una constante: Me parecía que las personas que me rodeaban no me veían, ni me oían.

Escribí sobre este tema en mi entrada “Antes era un fantasma”.

Ayer, cometí el error de salir de mi madriguera en domingo, algo que, por normal general, no suelo hacer.

En mi estupidez, animada por la creciente temperatura y los rayos implacables del astro sol que me tenían abandonada, opté por una terraza muy popular.

Me senté en una mesita al borde del mar donde podía oír cómo los yates chocaban contra el muelle. Me encontraba en uno de esos puntos de la ciudad que me resultan tan agradables los días laborables cuando están casi vacíos, pero jamás los domingos.

Mientras conversaba animadamente, bastante molesta por la cantidad de gente que gritaba a mi alrededor, podía sentir una sensación incómoda a mis espaldas. Una presencia poco agradable. No quería volverme, pero sabía que detrás de mi había algo irritante.

Efectivamente. Dos de “mis antiguos fantasmas”, en forma de señoras gordas y viejas se hallaban cuchicheando detrás de mí. Dos antiguas compañeras de un sitio de cuyo nombre no quiero acordarme y que, aún siendo de mi edad, parecían tener quince años más que yo.

Mis dos fantasmas se encontraban sentados charlando en una mesa justo detrás de la mía. Podía verlos reflejados en un cristal sin necesidad de volverme.

Hace tiempo que toda esa caterva de personas de una mala fe incompresible para mí y que convirtieron algunas etapas de mi vida en algo de lo que sólo pude huir, no sé por qué motivo trajeron a Sartre a mi mente.

Recordé aquellas teorías perdidas en mi memoria… “Sartre denominaba la indiferencia ante el otro como conducta cosificadora…”. Jean Paul, afirma también que una de las primeras conductas ante el otro es una conducta que ha llamado de “mala fe” (mauvaise foi), y se expresa en la “Indiferencia hacia el Otro”, en tanto en cuanto éste aparece como “cosa entre las cosas”.

Pues bien, he de confesar que ayer, practiqué una “cécité vis-a-vis des autres”, una “ceguera respecto del otro” con muy mala intención.

Y como el mismo Sastre decía jugué, saltándome normas que antes siempre había respetado, “jugué a ser”, jugué a ser mala. Esta vez, y para hacer una excepción, no practiqué “Indiferencia hacia el Otro”, como tengo por costumbre.

Aquellos fantasmas de antaño que miraban hacia otro lado cada vez que faltaba a clase y les pedía los apuntes o que ignoraban mi presencia cada vez que me veían sola en algún pasillo burlándose sin piedad de mi aislamiento, o aquel enorme grupo de cien personas ciegas ante la posibilidad de saber que una en el grupo no era como debía ser, es decir, no era como ellos, continuaban, hoy en día, considerándome una amenaza.

Hoy alcanzo a comprender el porqué, antes no lo entendía.

Aquellos mismos fantasmas de mi pasado, a los que ahora a duras penas veo y que se muestran a mis ojos casi irreconocibles, no podían despegar sus miradas de mí, igual que en el pasado cuando “no me veían, ni me oían”. En esos años en los que una adolescente demasiado tímida era objetivo fácil.

Sé que ser diferente, en cualquier sentido, se paga, y más si te hayas rodeada de gente obtusa, necia, cerril, lerda y zafia. Sé que no están dotados del don de los sentimientos, la ternura y la solidaridad, porque son, sencillamente, idiotas, porque veían competencia donde no la había.

Ayer, como muchos otros días de mi presente, vivo satisfecha de la victoria del que ha permanecido fiel a sí mismo.

Feliz, contemplaba, pues, cómo mis dos ex compañeras habían alcanzado lo que se habían propuesto en la vida, esto es: Un buen puesto de trabajo y un marido, aunque tuviese tres piernas, dos narices, y tres ojeras. Es decir, uno, cualquier cosa y digo “cosa” con toda intención.

Así, con el paso de los años, habían logrado ese toque tan especial de belleza que proporciona el haber sido retorcida, rencorosa y viperina en tu vida. Pues, al final, quieras o no, todo se refleja en la cara. Y puedo asegurar que todo el daño provocado se había volcado en sus acabados, desteñidos y tristes rostros.

Todo ese esfuerzo inútil por aislarme, por mandarme lejos, que es lo único que puedo agradecerles, ha dado sus frutos en mí y en ellas, que se habían convertido en dos señoras viejas cuando aún eran jóvenes. Sin embargo, la imagen que daban era la de dos personas totalmente acabadas, sin sueños, resesas, resecas, abandonadas, aunque cómodas en su molicie, ocupadas en detalles que, por absurdos, daban risa. Inmersas en conversaciones para mentes cerradas, obtusas.

A lo largo de mi vida he ayudado a muchos idiotas y ellos, por idiotas, me han apartado de sus vidas. Hay personas que van por el camino equivocado y, como son idiotas, se niegan a reflexionar.

Además, los idiotas no se rinden jamás, defienden su idiotez hasta extremos que van mucho más allá del sentido común. Luchan por puntos de vista sin argumentos sólidos, por muy absurda que sea su posición. No se puede ayudar a los idiotas del mundo porque no se dejan y, siempre digo, que son muchos. Lo único que podemos hacer es apartarnos de ellos para no perder el tiempo.

Sigo pensando que ayer domingo no debí haber salido porque esos días los fantasmas del pasado suelen salir a pasear. Sin embargo, reconozco que es toda una satisfacción ver en qué han convertido sus esfuerzos y su vida, “mis fantasmas”. Dudo, por supuesto, que ellos se den cuenta, aunque sé que siguen encontrándome rara, distinta y siguen sin poder evitar mirar sin comprender. Y lo que no comprenden, les asusta.

Por último, no publico esto más que dos motivos, lo que Sartre llamaba “mala fe”, y es que sé, cuál es el primer nombre que van a teclear y buscar en Internet durante los próximos días. El otro es para apoyar a todas aquellas personas que se hallen rodeadas de gente necia y sin sentimientos.

Y, por último, debo confesar que estoy muy contenta de que esa clase que, por suerte abandoné, constaba de más de cien personas.

¿Por qué creéis que mi blog tiene tantos pinchazos? ¿Por que escribo bien? No, son los fantasmas, les gusta leerme 🙂

 

Pura ambición

Pura ambición

Hay personas que nunca tienen suficiente. Quizá sea que se acostumbran a acumular y, a fuerza de repetición, se convierte en un vicio imparable. No sé.

Resulta que hay gente que por más que les sobren los recursos, siempre quieren más.

Hoy me he acordado repentinamente de ellos al ver un jamón en el supermercado.

Aún puedo ver aquella escena con nitidez. Una extensa cola de eurodiputados del Parlamento Europeo de Bruselas, cuando regalaban jamón de Guijuelo o cualquier otro producto.

En cuanto les llegaba la hora de la invitación al despacho, salían disparados, se metían a empujones en el ascensor y, nada más salir de él, se atropellaban para conseguir un plato.

Toda la tercera planta se llenaba de hombretones trajeados. Jefazos insaciables de mando, y de jamón, que ocupaban su escaño durante un mínimo de cinco años. Los mismos hombres a los que había que obligar, pagándoles un extra, a que bajasen unos cuantos pisos y apretasen el botón cuando debían votar en el pleno, si no, les daba una tremenda pereza. Era más sustancioso acudir a una comisión o cambiar una coma en alguna pregunta parlamentaria.

Y allí estaban ellos, sosteniendo aquel ridículo plato entre sus manos, ansiosos por llegar al final de la cola en la que les esperaba un habilidoso muchacho cortando jamón con sumo cuidado. Después de la larga espera llegaba el premio y éste les servía unas cuantas jugosas y finas lonchas, sin poder evitar cierta mirada de desprecio.

Esa fila no la hago yo ni por un jamón ibérico de bellota de cuatro mil euros.

Era una cola tan gratuita como interminable, que yo evitaba para ocupar, reposadamente, una mesita del comedor y pagar por mi almuerzo.

Aún hoy en día, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en los labios al recordar las caras de políticos tan conocidos. Personas que, hoy en día, poseen sustanciosas fortunas, acostumbrados a ser invitados o a obtener todo gratis.

Quizá ese sea el problema, a los niños hay que educarlos desde el principio.

Si pudieseis ver quienes permanecían de pie en estas filas, os estaríais divirtiendo tanto como yo ahora.

Quizá por eso no sea rica, pero me he librado de esas interminables horas en humillantes colas gratuitas y de varices en las piernas.

 

Una mujer sin paraguas

 

München (Marienplatz)

Nunca me han gustado los paraguas.

Me niego a llevar un objeto en las manos que me impida moverme con libertad.

Si el frío o la lluvia son excepcionales, me inclino por los gorros, los sombreros, las capuchas o las boinas. Si llueve o hace una frío moderado, me mojo el pelo o me meto en una cafetería.

El tiempo nunca me ha impedido salir. En todos los países y ciudades en los que he vivido ha hecho frío, mucho frío. No esperaba otra cosa. Es verdad también que me he quejado del calor. No sabía cómo luchar contra él, es cierto.

Ahora, a medida que pasan los años, eso del frío se me hace más cuesta arriba.

Hace unos días estuve en Munich. El frío era justo el que esperaba, ni más ni menos. Un frío poco acogedor. Implacable. Mi frío. El de siempre. Si vas a Munich en febrero y esperas otra cosa, es pura ingenuidad.

Cuando el avión tomó tierra, una densa niebla nos esperaba en la pista. Normal. Todo muy normal. Aterrizar sin ver es lo que se lleva por esas tierras. Para eso están los radares. Cada vez que aterrizo así, sé que el suelo estará conmigo antes de lo que espero. Y me gusta que sea así. Que me sorprenda rozar la pista.

Sabía que era un viaje hacia el frío y éste no desaparece por quejarse, si lo hiciera, me quejaría.

Un cielo plomizo e inmóvil, no me impidió disfrutar de los muchos placeres de la ciudad. Una grandiosa urbe llena de todos los olores y sabores en los que deseaba hundirme de nuevo.

Nunca he soportado el Glühwein, ese vino tinto caliente para deshacerse del frío. Prefiero la sopa. Opté por un café.

La ventaja de los sitios en los que hace tanto frío es que la calefacción siempre te acoge, si pasas más del tiempo necesario en el país, también te cansa. Ocurre otro tanto con el aire acondicionado y el calor. Nada es perfecto en la vida. Las cosas son así y adaptarse es de sabios. Quejarse no.

Ahora busco climas más gratos, más cálidos, con luces que me tienten y en las que no te espere esa temprana oscuridad diurna, que antes me bastaba suplir con velas.

Ahora busco el sol. Voy entendiendo paulatinamente a todos esos turistas poseídos por la fiebre del sol. Siempre los había criticado y aún lo hago, pero el frío, que sigo llevando muy bien, cansa, sí es cierto, ahora ya cansa.

Y aunque es verdad que continuo alegrándome de estar rodeada de hielo y nieve, mientras dejo que esa brisa helada se pasee por mi rostro cuando serpenteo por las calles de Centroeuropa, ahora me arrimo al calor. Lo confieso.

Aun así, seguiré viajando hacia el frío sin paraguas. No me gustan los paraguas, nunca me han gustado, no los uso y nunca lo haré.

Marienplazt (Munchen)

Mi nuevo libro “Historias para antes de dormir”

Hoy me gustaría comunicaros que mi libro “Historias para antes de dormir” ya está disponible en formato electrónico en Amazon Kindle.

El libro consta de una selección de mis entradas más populares que van desde el humor, el suspense, la hipocondría, las reflexiones o los sentimientos.

Podéis descargaros la aplicación de forma gratuita y adquirirlo a través este enlace.

Espero que lo disfrutéis.

Un saludo a todos y gracias por vuestro incondicional apoyo desde que empecé a escribir este blog.

El arte de improvisar

c5a6b3f3c3c25ced32677c6cad56a6a2

Hace años conocí a una mujer menuda, nerviosa, impaciente, capaz de hacer desaparecer el mundo a su alrededor con sólo abrir un libro, con ingenio, sentido del humor y un entusiasmo contagioso que no dejaba indiferente a nadie.

Una persona ingenua e incapaz de mentir ni para hacer felices a sus hijos con los Reyes Magos. Una mujer con una tendencia casi enfermiza a dar explicaciones, a esclarecer lo que ya estaba claro, por si quedaba alguna duda. Meridianamente claro, sin ambigüedades. Coqueta y con un exacerbado sentido de la estética. Una persona con una locuacidad que enganchaba. Poco diplomática y, por ello, sincera, directa, con un sentido claro de la justicia y de carácter genéticamente irascible, que hacía que su rostro plagado de gestos se llenase de colores como un árbol de Navidad durante unos cortos e intensos instantes que la hacían más graciosa.

Durante su infancia había huído de un ambiente familiar casi enfermizo, a través de los libros, que le habían regalado tardes apartada de su odiado libro de matemáticas. Tardes en las que la soledad, la había llevado a pintar sin cesar sobre miles de hojas en blanco. Horas en las que se había escapado al cine para evadirse y contemplar a James Dean en sesión continua para poder soñar que a él sólo le gustaban las mujeres morenas.

Una mujer cuyas cualidades sólo apreciaron aquellos que la conocieron en persona, alguien que, hoy en día, sigue saciando una curiosidad que parece no tener fin.

Ella sola era capaz de convertir una reunión de muertos vivientes en toda una fiesta, podía conseguir que todos los pasajeros de un avión con problemas de aterrizaje hablasen sobre política o que cualquier conversación con ella en una terraza hubiese sido el contrato del siglo para cualquier anunciante.

Recuerdo que, hace algunos años, la ví entrar en la pequeña sala de una casa privada para tomar algo con unos catedráticos de universidad carentes, como mínimo, de un cerebro pensante. Aún puedo ver a todos aquellos intelectuales cabizbajos incapaces de formar una frase, sin saber qué decirse. Pronunciando monosílabos perdidos en un discurso inexistente.

Desde una esquina de la habitación yo observaba cómo todos sujetaban sus copas, mirando alternativamente a éstas y a la alfombra. Sostenían sus vasos intentando, mediante un esfuerzo del intelecto al que no estaban acostumbrados, pensar en formar alguna frase que cortase aquella tensión tan absurda, aquella incomodidad inexplicable.

Recuerdo ver cómo en medio que todo aquello, esta menuda mujer, con su habitual nerviosismo y sus pantalones ceñidos, entró en la sala, saludando con gran naturalidad, uno por uno, a todos aquellos taciturnos profesores y regalando a cada uno de ellos la frase más apropiada. Su ingenio era puro nerviosismo, pero era ingenio al fin y al cabo.

Recuerdo haberla visto sentarse, servirse algo y, ante aquel silencio difícil de soportar, comenzar una conversación con su peculiar soltura sobre temas comunes para después, interesarse por la vida de todos. Y haber logrado en pocos segundos un ambiente distendido, en el que todo comenzó a fluir de un modo que antes parecía imposible.

Era curioso observar cómo improvisaba. Era lo que mejor se le daba. Nunca trazaba un plan, no tenía ni idea del tema que iba a sacar, pero cuando empezaba, hilaba como una costurera profesional y acababa bordando los acontecimientos, haciendo reír, soñar y, muchas veces, librando a los afortunados que la rodeaban de cualquier preocupación.

Usaba su charla para desahogar su timidez, porque era muy tímida, aunque fuese difícil de averiguar. No le gustaba ser el centro de nada y sé que, en muchas ocasiones, le hubiese gustado desaparecer. Precisamente era en estos momentos cuando más hablaba, empujada por un profundo afán de que la gente se fijase en sus palabras, y no en ella. No podía negarse que tenía grandes habilidades sociales y estaba dotada de un gran sentido del humor.

Esta mujer embutida en unos vaqueros blancos y su pelo negro retirado de la cara, cortaba cualquier silencio. No podía evitar mostrar su esencia, su vitalidad, por mucho que se escondiese, brillaba.

Y, una vez más, había logrado, animar la reunión, todos hablaban contagiados por su magia. Hablaban sobre sus vidas, su preocupaciones, sus miedos, su trabajo. Ella escuchaba con atención para, más tarde, responder con su habitual espontaneidad provocando casi siempre una carcajada. Su intención nunca era conquistar, pero lo hacía sin percatarse.

Y yo la observaba, callada, desde una esquina, entre orgullosa y celosa. Me gustaba verla.

Así era, y es, única, atolondrada, inteligente, ingeniosa, generosa y simpática.

Una mujer que aunque quiera evitarlo, no puede dejar de darlo todo.

Los carniceros asesinos y otras costumbres

Fleisch

Cuando quieres vivir en otro  país que no es el tuyo debes saber adaptarte. No hay otro remedio. Es una lección que aprendí hace años.

Por mucho que te pelees las cosas son como son. Haz lo que puedas y lo que toleres y monta tu vida según tus gustos, pero, aún así, debes aceptar que, por mucho que grites, no te van a dar tortilla española si no estás en España. Y si no puedes vivir sin ella, vuelve a tu país.

No me refiero a que cambies, sino a que sepas que hay ciertas costumbres que debes aceptar.

Podría referirme a cientos de anécdotas pero no voy a extenderme.

Cuando tenía trece años, pensaba que los británicos carecían de agua en las duchas, pues cada vez que intentaba lavarme la cabeza, el chorro disminuía considerablemente. Eso hacía que permaneciese allí dentro durante mucho más tiempo del necesario. Sin embargo, me resignaba, pensando que, al vivir en una isla, carecían de los medios suficientes de los que se gozaba en el continente. Ni se  me pasaba por la cabeza pensar, que la familia que me acogía estaba ahorrando a mi costa, tonta de mí.

Lo mismo pensaba de la comida, que consitía en medio tomate al día y después de eso, me mantenía en pie tomando un té tras otro. Mi disculpa era la misma, que era gente aislada y no tenía las mismas comodidades de las que los demás disfrutábamos. Lo único bueno de esto, es que parece que, por aquel entonces, mi autoestima aún no estaba demasiado dañada.

Ya más crecidita comencé mis periplos por tierras germanas y suizas.

Si tenía que bajar a un sótano común con el bolsillo lleno de monedas para poder lavar mis pantalones, lo hacía. No me gustaba, ni encontraba normal estar tirando monedas a una caja negra hasta que una aguja subiera hasta cierto nivel que indicase que ya habías pagado tu parte.

Como tampoco me parecía lógico tener que apuntarme en una lista para avisar a mis vecinos de que el martes a las tres quería usar la lavadora ¿Cómo iba yo a saber qué iba a hacer yo el martes a las tres en punto? Es de locos, pero lo hacía. Utilizaba mis turnos y bajaba con una cesta en una mano y un pesado bolsillo lleno de cambio, para ir rellenando una caja negra provista de unas agujas similares a las de un reloj, que tenían que llegar a un nivel con el fin de que ningún vecino aporrease tu puerta después de un cuarto de hora para decirte que no habías cumplido con lo tuyo.

En Alemania y en Suiza, aprendí también que era inútil pelearse en la carnicería. Los carniceros son capaces de ofenderse hasta el punto de querer cortarte una oreja en medio del supermercado.

Cuando compras carne picada en España, el asunto es mucho más sencillo. Te acercas al tío del cuchillo, escoges el trozo de carne que más se adapte a tus necesidades y que esté más limpio. Él te lo enseña y lo estampa con desprecio contra una tabla para cortarlo y meterlo en la máquina que lo va a picar. Y ya está. Esto puedes pedírselo aunque tenga carne picada ya expuesta. Nadie se ofende.

En mi ignorancia, yo pensaba que podía gozar de estos privilegios tanto en Alemania como en Suiza, pero no. No. No. No.

Si te acercas a un carnicero y le dices que no quieres la carne picada que tiene expuesta bajo esos focos rojos que la maquillan de un perfecto tono rojizo, sino una pieza que tú escojas, entra en cólera. En cólera alemana o en cólera suiza, pero cólera.

Y ahí es cuando se desata la batalla en alemán, ya perdida de antemano.

Su cara comienza a cambiar de tono hacia un rojo chillón y mientras sujeta el cuchillo con una mano por encima de su espléndida panza, te explica que él ha estudiado dos años en un plan de formación dual para convertirse en carnicero profesional, que la carne es fresca, cortada por él y que ha pasado todos los controles de sanidad necesarios y un largo ecétera.

Puntos esenciales, pero que a ti, jamás se te habrían pasado por la imaginación antes de señalar tímidamente con tu dedo el trozo de carne limpia que querías para tu cena.

Ningún país es perfecto, sólo son distintos.

El discurso suele durar bastante, tanto en Alemania como en Suiza, si tienes suerte no hay mucha gente a tu alrededor. Yo no la he tenido. Te disculpas y cabizbaja, te resignas a llevarte a casa el paquetito de la carne que tiene expuesta.

Cuando te la entrega, notas que su animadversión hacia ti no ha pasado y nunca lo hará. Ya puedes empezar a pensar en cambiar de carnicero.

No hay más. Es así. Los extranjeros no deben intentar que España cambie, al igual que yo no me peleo con ciertas normas y costumbres, me adapto y evito las que puedo.

No puede gustarte todo del extranjero. Y si tu intención es sólo comer tortilla, ¿para qué has salido fuera de tu país?