La piel de bisonte

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Ella no era del tipo de personas que no respetase otras formas de ver la vida u otras religiones.

Había pasado porque él fumase en pipa, ritual sagrado para conectar el mundo físico y espiritual.

Tenía el apartamento lleno de plumas, símbolos de fortaleza y poder.

No había dicho ni una palabra cuando él tocaba el tambor, hecho a mano por él mismo, en el rellano de la escalera.

Se había solidarizado en los períodos de ayuno, práctica común entre los nativos americanos.

Tampoco rechistaba al verlo bendecir cada piedra de las joyas que diseñaba al terminar de horadarlas, ya que los propios nativos americanos de la tribu le habían asegurado que era un chamán.

Se callaba al verlo enmudecer cuando saludaba a los pájaros o se le llenaban los ojos de lágrimas al mencionar a las águilas.

Por si todo esto fuera poco, se había dejado impregnar con el humo de hierbas con propiedades protectoras antes de los largos viajes. Y en mitad de las autopistas, ella ponía los brazos en cruz para que él la rodease con la sagrada humareda.

Todo ello, en el fondo, la divertía.

Había pasado por hacer fuego en mitad de la naturaleza, a pesar de su pavor a cualquier cosa no humana que se moviese.

Sin embargo, esa noche, él subió un poco más el listón de sus desafíos, con la seguridad de que aquella prueba la desconcertaría definitivamente.

Pretendía dormir con una piel de bisonte o búfalo, ya que se consideraba una manifestación directa del Gran Espíritu. Imaginando que ella, se trasladaría al otro lado de la casa, pues suponía que no iba a dormir “con ambos”.

Era una apuesta fuerte esta vez. Sin embargo, ella no estaba dispuesta a ceder.

Se tumbó en su lado de la cama como todas las noches, no sin antes preguntar si el bicho estaba lavado y desinfectado, lo cual a él le ofendió aún más.

Y aquella noche entre ellos, no sólo estaba el mal humor y estupefacción de él, sino también una enorme piel de bisonte que se había traído en uno de sus muchos viajes al norte de Canadá.

Mientras ella, con su delicado camisón negro procuraba alejarse de aquella enorme alfombra de pelos negros tono carbón, que le rozaban la nariz cada vez que se daba la vuelta.

Era una de aquellas calurosas noches de verano en Suiza, en las que la temperatura, y tanto pelo en la cama, la despertaban asustada cada vez que se encontraba con esa mata de crines negruzcas mientras él refunfuñaba en alemán.

Sin embargo, en la oscuridad de la habitación ella sonreía, pensando que ni él, ni aquel bisonte, habían podido con ella.

Los carniceros asesinos y otras costumbres

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Cuando quieres vivir en otro  país que no es el tuyo debes saber adaptarte. No hay otro remedio. Es una lección que aprendí hace años.

Por mucho que te pelees las cosas son como son. Haz lo que puedas y lo que toleres y monta tu vida según tus gustos, pero, aún así, debes aceptar que, por mucho que grites, no te van a dar tortilla española si no estás en España. Y si no puedes vivir sin ella, vuelve a tu país.

No me refiero a que cambies, sino a que sepas que hay ciertas costumbres que debes aceptar.

Podría referirme a cientos de anécdotas pero no voy a extenderme.

Cuando tenía trece años, pensaba que los británicos carecían de agua en las duchas, pues cada vez que intentaba lavarme la cabeza, el chorro disminuía considerablemente. Eso hacía que permaneciese allí dentro durante mucho más tiempo del necesario. Sin embargo, me resignaba, pensando que, al vivir en una isla, carecían de los medios suficientes de los que se gozaba en el continente. Ni se  me pasaba por la cabeza pensar, que la familia que me acogía estaba ahorrando a mi costa, tonta de mí.

Lo mismo pensaba de la comida, que consitía en medio tomate al día y después de eso, me mantenía en pie tomando un té tras otro. Mi disculpa era la misma, que era gente aislada y no tenía las mismas comodidades de las que los demás disfrutábamos. Lo único bueno de esto, es que parece que, por aquel entonces, mi autoestima aún no estaba demasiado dañada.

Ya más crecidita comencé mis periplos por tierras germanas y suizas.

Si tenía que bajar a un sótano común con el bolsillo lleno de monedas para poder lavar mis pantalones, lo hacía. No me gustaba, ni encontraba normal estar tirando monedas a una caja negra hasta que una aguja subiera hasta cierto nivel que indicase que ya habías pagado tu parte.

Como tampoco me parecía lógico tener que apuntarme en una lista para avisar a mis vecinos de que el martes a las tres quería usar la lavadora ¿Cómo iba yo a saber qué iba a hacer yo el martes a las tres en punto? Es de locos, pero lo hacía. Utilizaba mis turnos y bajaba con una cesta en una mano y un pesado bolsillo lleno de cambio, para ir rellenando una caja negra provista de unas agujas similares a las de un reloj, que tenían que llegar a un nivel con el fin de que ningún vecino aporrease tu puerta después de un cuarto de hora para decirte que no habías cumplido con lo tuyo.

En Alemania y en Suiza, aprendí también que era inútil pelearse en la carnicería. Los carniceros son capaces de ofenderse hasta el punto de querer cortarte una oreja en medio del supermercado.

Cuando compras carne picada en España, el asunto es mucho más sencillo. Te acercas al tío del cuchillo, escoges el trozo de carne que más se adapte a tus necesidades y que esté más limpio. Él te lo enseña y lo estampa con desprecio contra una tabla para cortarlo y meterlo en la máquina que lo va a picar. Y ya está. Esto puedes pedírselo aunque tenga carne picada ya expuesta. Nadie se ofende.

En mi ignorancia, yo pensaba que podía gozar de estos privilegios tanto en Alemania como en Suiza, pero no. No. No. No.

Si te acercas a un carnicero y le dices que no quieres la carne picada que tiene expuesta bajo esos focos rojos que la maquillan de un perfecto tono rojizo, sino una pieza que tú escojas, entra en cólera. En cólera alemana o en cólera suiza, pero cólera.

Y ahí es cuando se desata la batalla en alemán, ya perdida de antemano.

Su cara comienza a cambiar de tono hacia un rojo chillón y mientras sujeta el cuchillo con una mano por encima de su espléndida panza, te explica que él ha estudiado dos años en un plan de formación dual para convertirse en carnicero profesional, que la carne es fresca, cortada por él y que ha pasado todos los controles de sanidad necesarios y un largo ecétera.

Puntos esenciales, pero que a ti, jamás se te habrían pasado por la imaginación antes de señalar tímidamente con tu dedo el trozo de carne limpia que querías para tu cena.

Ningún país es perfecto, sólo son distintos.

El discurso suele durar bastante, tanto en Alemania como en Suiza, si tienes suerte no hay mucha gente a tu alrededor. Yo no la he tenido. Te disculpas y cabizbaja, te resignas a llevarte a casa el paquetito de la carne que tiene expuesta.

Cuando te la entrega, notas que su animadversión hacia ti no ha pasado y nunca lo hará. Ya puedes empezar a pensar en cambiar de carnicero.

No hay más. Es así. Los extranjeros no deben intentar que España cambie, al igual que yo no me peleo con ciertas normas y costumbres, me adapto y evito las que puedo.

No puede gustarte todo del extranjero. Y si tu intención es sólo comer tortilla, ¿para qué has salido fuera de tu país?

Inventando la vida

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Sonrío pensando cómo ayer hacíamos una barbacoa cerca del río acarreando troncos que tú cortabas a hachazos con todo el cuerpo mojado por el sudor bajo el sol.

Y por el contrario hoy, acabamos de llegar de una de las representaciones de ballet más caras de la ciudad.

El primer día y con el único fin de impresionarme, me obligaste a entrar en Cartier en la Bahnhofstrasse, parecía que habías vivido toda tu vida en esa tienda, hasta el portero que nos abrió la puerta estaba convencido de que eras cliente habitual.

Desarrollas con habilidad esa cualidad tan tuya que te permite representar la función que quieras.

La verdad es que conseguiste impresionarme con aquel paseo por una de las calles más caras de toda Europa. Es fácil impresionar cuando todo resulta nuevo, pero no es tan fácil hacer que cada día sea distinto haciendo únicamente uso de la imaginación. Y sin embargo, ambos lo conseguíamos a diario.

Recuerdo con nitidez cómo después de tu alarde por esas tiendas tan exclusivas, lo que me impresionó de verdad fue tu vuelta a la realidad. Tu sinceridad, imposible de rechazar con un enfado y fácil de aceptar con una sonrisa.

Haciendo uso de la misma y ayudado por la noche y una botella de vino en aquel embarcadero contemplando cómo una intensa luna se dejaba caer con suavidad sobre el centro del Lago, confesaste.

Tus ojos, de un azul felino, se clavaron en mí mientras decías que tenías los francos justos para pagar los recibos del mes.

Aquella sinceridad no pudo más que vencerme y estallé en una gran carcajada, sin pararme a pensar en mucho más.

Ambos nos reímos de lo bueno que era tener amigos que se encargaban de la iluminación de la Ópera de Zúrich y que podían conseguir entradas gratis en primera fila, incluida una copa de champán en el balcón durante el descanso para disfrutar del atardecer en el Lago.

La vida transcurría entre entrevistas de trabajo diurnas, tus esculturas, tus cuadros, las joyas que tallabas con tus manos y mis febriles narraciones en el ordenador mientras tú cocinabas.

Tener más que todo eso, hubiera sido pecado, seguro.

Mi isla privada

zurlindenstr-c04f61c6b6ef3380af58631cf1501909 (1)Recuerdo con nitidez las cenas al lado de nuestra ventana abierta de par en par y los árboles casi rozando mi rostro.

Solía sentarme en el cenador de nuestro piso y veía como la lluvia y los truenos borraban por fin el aplastante sol del día.

Suiza era un horno en verano. Una olla a presión a punto de estallar, pero por las noches siempre nos daba un respiro.

Esos momentos en los que todo cedía eran mágicos.

Nuestras cenas interminables en las que tú luchabas por hablar alemán alto y, después de la segunda copa de vino, ganaba tu dialecto de Zúrich.

Esas cenas tenían esa mezcla de locura que yo necesito para sentirme viva.

Cuando me conociste no sabías que no lo hago a propósito, me sale así, transformo una vida corriente, en otra que no lo es.

En un país lleno de normas que tú me enseñabas y que yo seguía, nuestra vida llegó a discurrir de forma paralela a ellas.

Eran normas razonables, bien pensadas, que seguíamos religiosamente para, en secreto, seguir las nuestras.

Y tú, te pasabas a las mías, sin darte cuenta. Y eras más tú mismo de lo que nunca habías sido.

Reservado como una piedra, no podías evitar contarme historias que habías enterrado hacía tiempo.

Todo aquello que te ardía en el pecho.

Había miradas que lo decían todo ¿recuerdas? Y risas más españolas que suizas.

Cocinabas tus pasiones.

Yo bajaba al sótano a por más vino o a por aceite.

Al regresar, te parecía que había tardado horas, en vez de unos minutos.

Me mirabas, sonreías y seguías cocinando.

Y la lluvia hacía sonar esas campanillas que tenías colgadas de la ventana.

Ese ruido no iba contra las normas.

Recuerdo el tintineo y su paz.

Y esos días de insoportable calor cuando cruzábamos El Lago en Ferry, el coche, tú y yo.

Para llegar a esa bodega en la que nos vendían esas cajas de nuestro vino favorito, ¿te acuerdas?

Nuestro Riesling-Silvaner, aunque acabáramos bebiendo vino español.

Y los dos sabíamos que ese calor implacable, arreciaría en forma de una lluvia copiosa con la llegada de la noche.

Esperábamos impacientes a escuchar el sonido de las campanillas de nuestra ventana y del viento doblando los árboles. Siendo la reverencia de éstos la antesala de la tormenta.

Y un millar de sonidos.

El calor y las normas cedían mientras del cielo caía agua, no gotas de lluvia, sino un torrente.

Las normas suizas dejaban de tener vigencia y sentados en el pequeño cenador de mármol, pasaríamos horas interpretando los sonidos que nos traía el ruidoso silencio.

Un silencio cargado de conversaciones ocultas que nos divertíamos en descifrar.

Recuerdo esas noches en las que, en una de las ciudades más ricas de Europa, el dinero carecía de importancia y sólo dejábamos paso a la vida.

En esos momentos en los que tu país es el que tú mismo creas, no en el que vives.

Un tren de vía lenta

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El cielo se volvió gris a medio día.

El empedrado de la calle parecía más duro que de costumbre.

Caminaba acosada por un frío más intenso que el de sus propias lágrimas.

Apurando el paso, llegó a la estación y se sentó en el tren.

Estaba cansada pero no quería llegar a casa.

Había cogido el tren que iba más despacio, era lo que quería, que todo fuese más despacio.

En realidad, deseaba que el mundo se parase y la dejase pensar.

Recordó que este tren de vía lenta de Zúrich llevaba un coche restaurante.

No lo dudó un minuto, se levantó y salió del vagón para sentarse en un cómodo sillón a lado de la ventana.

Demasiado gris. Todo era gris y se volvía más y más oscuro.

Oscuro como él, que esperaba ansioso a que regresara del trabajo.

Hambriento de reproches para que dejase de trabajar, se quedase dedicando su día a esa prolongada discusión en la que ya sólo había frases mil veces repetidas.

Esperaba, temeroso de su decisión de buscar otro apartamento en Zúrich, lejos de él.

Iracundo por pensar que pudiese escapar.

“Una copa de Riesling-Silvaner”, dijo ella en voz baja y profunda para no romper el silencio del vagón y de sus pensamientos.

La ventana y su vacío paisaje anunciando nieve dejaron de interesarle.

El coche restaurante no estaba muy lleno.

Los pocos que entraban, saludaban amablemente, como solían hacer los suizos. Y ella contestaba con una sonrisa automática.

El tiempo parecía detenerse mientras bebía su copa sentada en aquel sillón con la mirada perdida en el último sorbo que restaba en su copa.

Sin embargo, las estaciones pasaban una detrás de otra y el tren reiniciaba su recorrido para escupirla de nuevo en su destino y devolverla bruscamente a su realidad.

El camarero se acercó a ella y le sirvió otra copa.

“Perdone, pero no he pedido nada”, dijo ella con una sonrisa.

“Ya, pero creo que la necesita. Las decisiones de ese tipo no pueden tomarse con una sola copa”, dijo él.

Hay lágrimas que no se pueden esconder, por mucho que sonrías, y menos si el camarero es gallego como tú.

La estación

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Existe un momento en nuestras vidas en el que pensamos, equivocadamente, que hemos tomado un camino determinado, elegido por nosotros y que sabemos hacia dónde nos dirigimos.

Esto no es más que una ilusión.

Si cometes el error, o el acierto, de girar a la izquierda, en vez de a la derecha, esa decisión, por nimia que parezca, puede traer consigo un sinfín de consecuencias.

En realidad, nos hacemos la ilusión de que dominamos nuestro destino, aferrándonos a pequeñas costumbres diarias, que se afianzan con la edad y que nos hacen sentir más seguros, pero no existe nada seguro. Al igual que no existe nada perfecto o que podemos afirmar que la verdad absoluta es una quimera.

Aquel día decidí que un avión era un medio de trasporte demasiado rápido para la decisión que acababa de tomar.

Necesitaba un viaje lento, que me permitiera asimilar el cambio tan radical que se iba a producir en mi vida.

El tren fue mi elección porque yo sé que si hubiera elegido llegar en unas cuantas horas a mi destino, habría regresado a Suiza de nuevo.

Y ese tren lento, me permitió pensar, escribir, mirar por la ventanilla e ir cambiando unos paisajes por otros en una pausada transición. De esa forma el goteo de sensaciones se hacía más liviano.

Era un viaje plácido, pacífico. Estábamos yo y el tren.

Solía alargar los desayunos en un intento de frenar la llegada de nuevos minutos. Observaba a los demás pasajeros. En sus caras se leía que muchos de ellos se dirigían decididos a su destino, en otros se podían entrever las dudas. Viajaban sin la certeza de desear alcanzar su destino y con un íntimo deseo de que el viaje no terminara.

Sin embargo, el tren seguía su curso sin pausa, implacable. Se paraba en estaciones, pero retomaba su ruta.

Ya me encontraba a medio camino entre Suiza y España.

Las horas transcurrían lentamente, y sin embargo a mí se me antojaban desbocadas e implacables.

Necesitaba que las agujas del reloj se detuvieran. Mi mente seguía en Suiza. De hecho, recuerdo haber tenido más conversaciones mentales conmigo misma en alemán, que en español.

Ya habíamos salido del país y entrado en Francia. Tras haber parado en una estación, cuyo nombre no tiene importancia, me sentí incapacitada para actuar con el cerebro y, en un impulso, el corazón tomó el relevo.

Como una autómata cogí mi maleta y me bajé del tren.

Parada en el andén observé cómo se ponía en marcha. No había llegado a mi destino, pero era incapaz de subir. Pregunté por un hotel, sin reflexionar demasiado sobre lo que estaba haciendo.

Ya entrada la noche me encontraba cenando en un precioso y acogedor comedor rodeada de las conversaciones de otros huéspedes. No tenía la sensación de encontrarme ni en Francia, ni en ningún otro país. Había parado el reloj. Había tomado la decisión de que necesitaba más tiempo para esa transición. Al fin y al cabo era mi tiempo, mi vida y mi equivocación.

Alcé la copa de vino y miré por primera vez con atención al pequeño restaurante en el que se escuchaba todo tipo de idiomas y escaso francés.

No habían transcurrido ni dos minutos delante de mi cena, cuando una voz, mitad sorprendida, mitad emocionada, pronunció mi nombre.

Si no me hubiese bajado en esa estación, nunca hubiese vuelto a verle.

Las estaciones son encrucijadas, puntos de encuentro y de despedidas, donde las personas se van o aparecen como por arte de magia. Donde puedes volver a ver a la persona que menos esperas.

Y donde se mantienen las conversaciones más sinceras, por esa extraña magia que tiene viajar que hace que abandones tu disfraz de todos los días y recuperes tu verdadero yo.

Y ahora, años más tarde, recuerdo esa larga conversación, en la que palabras y vino se enredaron durante horas. Y fueron precisamente esas horas de charla la medicina que necesitaba para afrontar el cambio de país y de vida. Quizá si no hubiese hablado con Mark, no hubiese podido avanzar en mi trayecto.

Aquella noche Mark no me dio ningún consejo. Pero supo escuchar, que es un arte que poca gente domina.

Las decisiones y conclusiones a las que llegué ya estaban dentro de mí, sólo que él sabía extraerlas con la maestría de un buen cirujano. Utilizaba magistralmente su empatía, esa escasa cualidad de los que saben mantener una conversación.

Siento que existan tan pocos amigos como Mark, con el que, según me han dicho, ya no podré volver a hablar, por lo menos en esta vida.

Con él aprendí que, algunas veces, es imprescindible pararse en una estación.

Baño en el Lago de Zúrich

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Cuando se piensa en Suiza generalmente se asocia con frío, nieve y lujosas estaciones de esquí. Todo ello existe. Sin embargo, en verano el panorama cambia radicalmente.

Durante los años que viví en Zúrich no podía evitar perder peso. Mucha gente me ha preguntado la razón de mi pérdida de kilos y hoy he querido contaros en qué consistía mi régimen.

Como he dicho, los veranos eran sofocantes. Hacía un calor difícil de aguantar ya que la ciudad se halla rodeada de montañas. A tales temperaturas suelen seguir fuertes tormentas nocturnas, deliciosas para aliviar el ambiente.

El Lago de Zúrich es una buena opción para esos días en los que el calor te persigue a donde quiera que vayas.

Sentada en la hierba justo al lado del enorme Lago con un amigo suizo, me sentía por primera vez aliviada, sólo de pensar en el chapuzón que estaba a punto de darme.

Aquel día, las gotas de sudor resbalaban por mi frente como nunca antes. No tardé en suplicar que nos lanzáramos a nadar un rato.

Desde pequeña he sido una gran nadadora y una enamorada del agua. Hacía meses que no veía nada que se pareciera al mar y aquel día estaba entusiasmada con la idea de volver a sentir el agua refrescando mi cuerpo.

Una vez que mi amigo accedió, lo primero que hicimos fue descender por unas enormes rocas por las que había que bajar poniendo las posturas más inimaginables para evitar resbalar por el verdín del que se hallaban cubiertas. Yo era toda una inexperta en lagos, sólo conocía el mar y aquel descenso ya me hacía sospechar que la aventura no iba a ser sencilla.

Al principio, me esforcé en guardar cierta compostura, pero viendo que el descenso por aquella resbaladiza pendiente rocosa, era cuestión de vida o muerte, me concentré en no darme ningún mal golpe.

Ni aunque me lo hubiesen pedido, hubiese sido capaz, en toda mi vida, de poner posturas tan extravagantes como las que me vi forzada a adoptar ese día. Utilizaba mis cuatro miembros, y a veces parte de la cabeza, para apoyarme en todo saliente que pareciese seguro. Me sentía como una especie de arácnido con las patas anudadas.

Cuando por fin estuve al borde del agua, lancé una mirada hacia el fondo. Primer error. Nunca debí haber hecho algo semejante. Aquello era todo menos claro y cristalino, sólo pude ver un todo oscuro y tenebroso. Lo contrario al fondo azul del mar. Y, muy probablemente, lleno de musgo, verdín, barro y algún tipo de vida sobrenatural.

Desde la roca en la que me encontraba, era imposible alcanzar el agua, ni con la punta del pie. Observando que mi amigo ya se había tirado dando un gran salto para no golpearse con nada, supe que no tenía más remedio que hacer lo mismo.

Con todo el orgullo de la que se ha criado rodeada de agua desde niña, hice lo propio y, tras un gran impulso, me lancé detrás de él.

El agua estaba fresca y por unos segundos, sentí un gran alivio.

Con el fin de no ser presa del pánico, tomé la firme decisión de no mirar hacia el fondo pasase lo que pasase. Desde pequeña sé que en el agua el pánico es un gran enemigo y conviene mantener la calma.

Esta tarea se me hacía ardua, pues la imagen de una masa negra bajo mis pies ya formaba parte de las imágenes de mi cerebro. Quizá nadaba en un abismo o puede que fuese un fondo cercano, pero no estaba dispuesta a averiguarlo.

Mi amigo me preguntó si podía nadar hasta una boya que se encontraba a más o menos quinientos metros de distancia. Contesté afirmativamente producto de un estúpido orgullo. Empecé a dar mis primeras brazadas, siempre centrada en el azul cielo que nos servía de techo.

Idiota. Hasta que no dí unas cuantas brazadas, no fui consciente de que yo no estaba acostumbrada al agua dulce y recordé la fuerza que se debe ejercer para avanzar por ella, mucho más que en agua salada.

Tras varios metros nadando por las oscuras aguas, tenía la impresión de que me hubiesen cargado con una mochila de plomo. Mis brazos pesaban tres veces más y sentía como si en las piernas me hubiesen atado dos yunques de hierro en cada tobillo. Por no mencionar, lo que pasaba con esa parte de mi cuerpo que siempre me había servido de flotador en el mar.

Calma, me dije. Opté por descansar, es decir, me tumbé panza arriba para dejar de nadar un rato. Tampoco aquello era tan sencillo como había sido siempre, pero servía.

Tras un momento de descanso, avancé un poco más y alcancé la boya en la que ya me esperaba mi amigo, que a pesar de su fuerte musculatura, parecía totalmente agotado.

Cuando iba a agarrarme a aquel salvavidas flotante, sufrí una pequeña distracción y, por un segundo, desvié la mirada hacia el fondo. Horror. De aquella cosa pendían todo tipo de hierbajos, plantas purulentas y mohosas. “Ni soñarlo, aunque me muera, no me agarro a esa cosa”. Y así me mantuve, dando brazadas, mientras duró “el descanso”.

Por fin, mi amigo dijo que quería regresar. Otro medio kilómetro de vuelta.

Empecé a nadar hacia la orilla, intentando centrarme en todas las personas que había allí disfrutando de ese precioso día de verano, ignorantes de que allí había una española a punto de ser engullida por una masa negra de agua dulce.

Faltaba  poco para llegar, a esas alturas, mis brazos ya habían duplicado su peso. Sentía que si no alcanzaba pronto la orilla, me hundiría como el plomo y jamás volverían a saber de mí.

Fue en este momento, cuando mi amigo que nadaba delante, muy cortésmente, me advirtió de que parase porque se acercaban varios cisnes y, al parecer, eran unos bichos extremadamente peligrosos.

Aquello ya me pareció mucho. O sea, que en este sitio la gente  disfrutaba con este tipo de veranos, metiéndose en un lago que luchaba por engullirte a cada brazada, y por si no fuera poco, había que nadar en zigzag para evitar que unos cisnes, te mordieran el trasero.

Dada la mala suerte que estaba teniendo ese día, lógico es pensar que uno de los cisnes, al que seguían unos cincuenta patos, me echó el ojo. Tuve que modificar mi trayectoria y nadar realizando ridículas curvas y evitando mirarlo directamente a los ojos para que perdiese el interés.

Después de todo tipo de argucias para despistar al bicho, conseguí alcanzar la preciada orilla. Me agarré a una roca como pude, pero mi mano resbaló por el verdín como si fuera terciopelo y, como consecuencia me propiné una fuerte bofetada en la cara.

¿Podía pasarme algo más?

Empecé a pensar en patentar aquello para entrenar a cuerpos especiales. Si se hacía a diario, llegarían a ser invencibles.

Extenuada hasta el extremo, comencé a trepar en sentido ascendente por las rocas, arrastrándome con total falta de estilo. No sentía ni brazos, ni piernas. Y, en esos momentos, hubiese jurado que los había perdido, pero me daba igual si conseguía que, lo que quedaba de mi cuerpo, se tumbase otra vez en la hierba.

Cuando me tumbé boca arriba, estaba tan agotada que mi respiración se podía oír a kilómetros de distancia.

Después de unos segundos encima de la toalla, me iba recuperando poco a poco. Eché un vistazo a mi cuerpo y pude comprobar que conservaba todos mis miembros.

Cuando mi amigo se tumbó en la hierba a mi lado, me miró y me dijo:

“Ten cuidado con las garrapatas, ya sabes que algunas te pueden dejar paralítica de por vida”.

Mi mirada de horror debió de ser tal, que me sonrió e intentando tranquilizarme volvió a decir:

“No te preocupes, si tienes alguna, te la quito luego” y acto seguido se puso a tomar el sol.

Es por este motivo por el que me resulta imposible dejar de perder peso Suiza. El queso, las salchichas o la mantequilla no tienen efecto en mí.

Por eso, mi consejo es, si os sentís bajos de forma o queréis bajar algún kilo, ya sea invierno o verano, Suiza es el lugar.

Mi gran nevada en Zúrich

Estos días las temperaturas son muy bajas, y este frío me ha recordado una de las nevadas más grandes que he presenciado en mi vida y, han sido muchas.

No sé cuál es la razón por la que, desde pequeña, disfruto enormemente con los fenómenos meteorológicos. Todos ellos me hacen saltar de alegría como una niña pequeña.

Éstas son algunas de las fotos que tomé aquel día en Zúrich, en el que me levanté con este impresionante espectáculo, el cual disfruté desde primera hora de la mañana recorriendo y haciendo fotos a todos los sitios a los que pude llegar.

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Yo despejando el camino del garaje
Yo despejando el camino del garaje

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Y por supuesto, ésta es la mejor manera en la que se puede acabar un día así. Sobran las palabras…

Salvada por el jazz

Hugh_Laurie_music2_1854963cLa música de jazz ha estado presente en mi vida desde que puedo recordar.

Mi contacto con el jazz comenzó muy pronto. Ya cuando era un bebé tomaba el biberón al ritmo de la música de Louis Armstrong, Miles Davis, Billie Holiday,  Duke Ellington, Count Basie, Benny Goodman, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, entre otros.

El jazz era la música que solía inundar mi casa cuando era niña y aquello me marcó para siempre.

La semana pasada tuve uno de esos días en los que, no es que veas el vaso medio vacío, es que no ves ni el vaso. Estaba cansada y estresada. Aquel estado de ánimo provocaba que todos los pensamientos que acudían a mí mente fuesen negativos, cuanto más tiempo pasaba, más negro lo veía todo.

Decidí que lo mejor era que me regalase un paseo, para ver si se producía el difícil milagro de que alguna idea positiva tuviera la gentileza de pasar por mi mente de nuevo.

La mañana amaneció bañada por el sol, se respiraba ese limpio aire de verano que anuncia el comienzo de un nuevo día en el que sientes que todo está por descubrir.

Paseando despacio y procurando empaparme del ambiente de calma que me rodeaba, me encontré con una bonita cafetería de estilo nórdico con unas mesitas de madera en la terraza. Pensé que era buena idea tomar un café allí, y me senté.

Poco después de tener encima de mi mesa una humeante taza blanca con café recién hecho, llamó mi atención una melodía que provenía del interior. Sonaban los acordes del tema “Swanee river” del album de Hugh Laurie “Let Them Talk”. 

Cerré los ojos y algo se despertó en mi interior… la música, me había olvidado de la música.

Imágenes de situaciones pasadas, memorias que me ofrecen un paréntesis de felicidad ante sentimientos de tristeza o pesimismo, como los  de esa mañana, aparecieron en mi mente como una tabla de salvación en mitad del océano.

Recordé aquella noche lejana en la que había sido invitada a un concierto en un pequeño local de jazz de Bruselas. Un lugar difícil encontrar incluso para los belgas. Recordé cómo después de recorrer un estrecho antro hasta el final, sólo gracias a las indicaciones del camarero, que me condujo a una puerta trasera, presencié el mejor concierto de Dixieland y blues que recuerdo.

Un lugar mágico y escondido de los que abundan en Bruselas, ciudad donde estuvo oficialmente prohibido el jazz por el régimen hitleriano, aunque no por ello dejaba de tocarse y bailarse por todas partes.

Sonreí pensando que si yo hubiese vivido aquella época, habría disfrutado del concierto, aún más si cabe, debido a esa oscura e inexplicable atracción que producen las cosas prohibidas.

Sentada en aquella terraza, tuve otro flash del pasado. Se trataba de un pequeño café en Zúrich donde, de forma espontánea, un grupo de americanos se puso a tocar jazz, ese jazz de siempre, el antiguo, ése en el que el ritmo te conduce el cuerpo y el alma aunque te niegues, ése que expresa los sentimientos más felices y también los más tristes.

No sé si fue por la manera tan espontánea de tocar aquellos blues o porque al final tuve la suerte de poder acabar la noche charlando con estos improvisados músicos, pero éste se convirtió con el tiempo en uno de mis recuerdos más preciados.

Y es que a veces, muchas veces, algo tan simple como un café, acompañado de unas notas perdidas en el aire, hacen que nos reconciliemos de nuevo con la vida y que recordemos que las cosas más simples son las que nos hacen sonreír de nuevo.

Mis distintos “yos” según el idioma, un cambio sin vuelta atrás

Berlin

Hay una gran diferencia entre viajar, por muchos países que visites, que vivir en ellos.

He vivido y trabajado tanto en Bruselas, Zúrich, como en Berlín, durante años y viajado por algunos más. Aunque reconozco que Suiza y Alemania están más en mi corazón.

En estos años he desarrollado, lo que denomino “mis distintos yos”. Estas variantes de mí misma, aparecen sobre todo al cambiar de idioma, pues al hacerlo, también cambia mi manera de pensar.

Cuando hablo inglés, alemán o francés, no pienso en español, sino en el idioma en el que hablo. Utilizo estructuras diferentes, que se han ido trazando a base de tiempo.

He aprendido, que tanto para dominar un idioma, como para poder integrarte en un país, no debes forzar el proceso, sino dejar que fluya de forma natural, pues se trata de una trasformación que se alimenta de tiempo.

Las claves son dejarse llevar, observar y permitir que se produzcan cambios en tu interior.

Si pretendes vivir en un país que no es el tuyo y sentirte parte de él, debes abrirte a un proceso de aprendizaje en el que participarán tus sentidos, la manera en que percibes el mundo y entiendes la vida.

No se trata sólo de “saber cómo van las cosas en ese país” sino en encontrar tú yo de ese lugar.

Cuando cruzo la frontera hacia un país en el que ya he vivido y que conozco, en esencia sigo siendo yo, con mi manera de pensar, el mismo sentido del humor y todas las características propias de mi ser, pero también mi manera de hablar, mi comportamiento, incluso mi tono de voz, es otro.

No voy a decir que cuando voy a Suiza me convierto en suiza, ni que cuando voy a Alemania me convierto en alemana, pero desde luego sí se produce un cambio en mí.

Siento que hay una derivación de mí que me hace sentir que pertenezco al país. Igualmente que, si no estoy en él, me falta algo. Y de la misma manera, si no estoy en el mío propio, lo añoro. A esto me refería en mi entrada “Feeling Nowhere”.

Este tipo de sentimientos únicamente se dan cuando te has adaptado a lo nuevo, de manera que ya forma parte de algo que sientes como tuyo.

Uno de los detonantes principales de este otro yo, es el idioma. Pues aunque sigo siendo la misma persona, cuando pienso en alemán, los recorridos que hace mi cerebro para expresar algo, difieren a los que recurro cuando hablo en español.

Si me expreso en inglés o francés no siento igual, que si lo hago en alemán o español.

Una persona que viaje por diversos países, pero viva y trabaje en uno solo, no puede sentirse de esta manera.

Si tu día a día, los sabores, los sonidos, los tonos de voz, la luz, las costumbres, la manera de pensar y todos los factores que te rodean, los has hecho tuyos, es entonces cuando has creado un nuevo yo.

 Museos y café en Berlín

En el aprendizaje de un idioma, por ejemplo, ocurre un fenómeno similar.

Hay gente que es incapaz de formar frases o pronunciar bien un idioma ajeno al suyo porque no derriba esa barrera, y no olvida las estructuras de su lengua materna, ni su fonética.

Estas personas hacen que su mundo sea, en este sentido, monocromo.

Si abandonas estas barreras y te abres, comprendes que la pronunciación de las distintas lenguas parte de un centro que no es el mismo para todas y si pones obstáculos para encontrarlo siempre hablarás ese idioma con acento extranjero.

Del mismo modo, si te empeñas en pensar en español y crees que sólo ésas son las estructuras “correctas” y que en ese otro idioma “deberían ser así, porque así te las han enseñado”, nunca dejarás de cometer errores en ese idioma extranjero.

Es decir, es una cuestión de abrirse o no. Si esta apertura se produce, habrá millones de conexiones cerebrales que cambiarán y también se crearán otras nuevas. El mapa de tu cerebro se ampliará en todos los idiomas que domines. Percibirás las cosas bajo prismas diferentes y dispondrás de un arcoíris de perspectivas, que enriquecerán tu vida.

Yo soy varios” yos” distintos, construidos a base de experiencias muy buenas y también muy malas, que hacen que vea el mundo en colores.

Estas diversas perspectivas son como una droga que nutre de claridad y agudeza a mi mente, pero no está exenta de efectos secundarios como que no sepas cuál de esos” yos” es al que debes seguir. Lo malo, es que, una vez la has probado, no hay posible vuelta atrás.

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